El excedente humano

Cualquier estudiante mediano de mi época podía dar razón de esa teoría tan elemental como aterradora que anunciaba a la Humanidad un futuro más bien negro a partir de la hipótesis de que la población del planeta crecía en proporción geométrica mientras que los alimentos para sostenerla sólo lo hacían en proporción aritmética. Malthus, que era un hijo obediente, esbozó esa teoría en términos panfletarios a instancias de su señor padre que, a su vez, era un convencido “progresista” seguidor de las ideas de Condorcet y de Godwin, el padre de la madre de “Frankenstein”, es decir, de Mary Shelley, la señora del gran poeta de este apellido, tan amiga de lord Byron. Dicen que lo de Malthus no era nuevo sino que se benefició de la vieja idea, todavía dominante en su tiempo, de que el problema de las sociedades no era el del exceso de población sino el de su despoblamiento, una idea que en nuestra tradición “arbitrista” constituye un tópico con todas las de la ley, al que, a mi juicio, no le faltaba, sin embargo, su punto de razón. Según nos los explicaba en aquel entonces el maestro Arboleya, lo que Malthus predicaba era que ese desbordamiento resultaba ineluctable, aunque se veía retrasado por ciertos frenos, también inevitables, que podían tener carácter “positivo”, tal como las guerras o epidemias, o ser de naturaleza “preventiva” como el aborto o el control de la natalidad, sin contar con el determinado por el autocontrol sexual, que él denominaba “restricción moral”, y en el que veía la única posibilidad al alcance de las clases desposeídas: matrimonios tardíos y castidad prematrimonial, he ahí los dos remedios de aquel ingenuo clérigo. No serían los ricos y acomodados quienes reescribieran el irreflexivo mandato genesíaco de “Creced y multiplicaos”; habrían de ser los propios tiesos quienes, abrazando la continencia, labraran para ellos y para sus hijos un futuro mejor. ¿A que les suena el cuento a sermón?

Cuando Arboleya nos enseñaba estas cosas la población mundial distaba aún de los ya inquietantes tres mil millones, pero ahora acaban de decirnos que uno de estos días habrá de nacer el terrícola que elevará el censo a los siete mil millones para alcanzar los doce mil en poco menos de cuarenta años, cosa que parece darle la razón al alarmismo malthusiano sin necesidad de que David Ricardo le eche una mano con su ley de los rendimientos decrecientes de la agricultura. ¡Pero si hoy sobra tanto alimento que hasta hay que quemarlo! Se ha dicho que la manía de Malthus no era más que metafísica travestida de ciencia positiva. Con todos los respetos para estos críticos eminentes, siento que esta mañana no me llega la camisa al cuerpo.

Un mal asunto

Un mal asunto el banquillazo propinado en la frente a la Junta por la jueza Alaya a propósito de los presuntos (aunque grabados) comisionistas de su partido, señaladamente, por la inclusión de quien fuera en aquel momento mano derecha del consejero Viera como su delegado de Empleo. Y no sólo porque haya estallado en plena precampaña sino porque ese caso constituye, en sus indicios, una muestra supina del grado de desvergüenza a que se ha llegado en la gestión de la cosa pública. Porque lo improbable es que los empresarios denunciantes de la extorsión, que grabaron íntegras las proposiciones, se hayan inventado semejante historia en la que no tiene sentido quedarse en los escalones inferiores. Si de este juicio salen mal parados esos peones, deberían acompañarlos sin demora los alfiles, las torres y hasta la pareja real.

Tumbas secretas

Tras la ominosa exhibición como trofeo del cadáver del líder libio y de unas extrañas exequias, Gadafi descansa ya en una tumba del desierto. En un lugar secreto, por supuesto, en previsión de que el lugar se convierta en santuario y las flores se renueven a diario sobre la tumba como ocurre con la de Sadan Husein. Ha sido bochornoso ese espectáculo, desde luego, tanto las imágenes más o menos fidedignas como las leyendas que, con cuentagotas, han ido divulgándose por el mundo a propósito de su alevosa ejecución. Tanta saña, tanto desprecio por el derecho no debe extrañar tras una campaña bárbara por ambos bandos, en la que, sintomáticamente, no se han hecho prisioneros por ninguno de ellos y en la que ni unos ni otros se han tomado la molestia de disimular las atestadas fosas comunes. Los “aliados”, claro está, como parte “civilizada” en el conflicto, han protestado en el sentido de que su postrera intervención –la que acabó con la vida del tirano—había sido casual, es decir, no iba dirigida contra su persona sino determinada por la rutina bélica, pero a poco que uno eche sus cuentas percibe con claridad que lo que ha ocurrido era precisamente lo que se deseaba que ocurriera, porque el gran problema diplomático hubiera sido, sin lugar a dudas, el de pillar vivo a Gadafi y hacerle comparecer ante esa Corte Penal Internacional que en La Haya se encarga de juzgar los delitos de genocidio, de guerra y de lesa humanidad aunque siga sin ser reconocido por los EEUU. Como con Sadan, se ha preferido el ajuste de cuentas casero, la venganza dictada en la letra pequeña de los odios tribales y la razón instintiva. Alguien que se gana la vida por aquellos lares me decía hace poco que ni esa gran potencia, ni en realidad nadie en Occidente, quiere otro Nürenberg, porque sale mucho más económico, en todos los sentidos, una soga resistente o un bala en la sien. Da pena, pero no cabe duda de que así es.

Ha crecido mucho la protesta, más bien el sordo rumor del descontento, con esa inhumana cacería del tirano que ya va convirtiéndose en el clásico desenlace de estas guerras. Se lamentan las estampas atroces, el mal ejemplo dado, la lamentable inhibición de las fuerzas –decisivas fuerzas—enviadas por los países democráticos. Un cadáver arrastrado durante días, a merced de cualquier malevo, es siempre una atrocidad. Pero nos hemos librados, se han librado, quiero decir, de verse en el brete de un juicio decente en el que, en rigor, hubieran debido comparecer todos sus amigos y socios. De Obama a Aznar, de Blair a Lula, de Mandela a don Juan Carlos. Todo es más fácil así, qué duda cabe. Una tumba en el desierto no hay quien la encuentre.

Nuestra tierra

Se podrá discutir más o menos si en Educación o en Salud ha habido “recortes” o, simplemente, lo que hay son las habituales carencias. Ahora bien, a la vista del Presupuesto 2012 no cabe duda de que el tijeretazo de Griñán ha sido morrocotudo, porque por más que se predique el mantenimiento de mantenimiento de los servicios sociales, está claro como el agua que reduciendo drásticamente la inversión pública no hay posibilidad alguna de reactivar nuestra comatosa economía. Otra cosa es que la tijera pudiera aplicarse a gastos mucho más prescindibles que la Junta prodigaba y prodiga, pero eso no parece ni de lejos en la intención de nuestros responsables. Andalucía está prácticamente parada y más que se va a parar con los nuevos Presupuestos. Si no es una enfadosa despedida del PSOE, desde luego lo parece.

Palo y astillas

Diversas y fascinadoras técnicas están permitiendo avanzar arrolladoramente hacia el pasado. Se descubre linajes, se escudriñan estirpes, se identifican restos a partir sobre todo del ADN, como acabamos de comprobar en torno a la huesa de Ramiro el Monje hoy venerado ya, con certificado de autenticidad, en su sepulcro de san Pedro el Viejo de Huesca, y de cierta parentela que creo que se arremolinaba a su alrededor. Pero las técnicas del ADN son una broma, en este sentido, comparadas con las que nuestros sabios –y digo nuestros porque hay españoles implicados en los recientes logros de Columbia—traen entre manos resucitando esas tierredoxinas que son estimadas, según leo en el Scientific American, como pertenecientes a organismos pioneros que habitaron el planeta poco después de su origen. En Internet mismo se puede rastrear la prosapia siguiendo el rastro filogenético con resultados espectaculares, pero el colmo para mí ha sido la insistencia de un amigo, que es historiador cumplido y genealogista de excepción, y que me insiste en que un tercio de los franceses, si es que no muchos más, descienden, por una o varias ramas, del mismísimo Carlomagno, el de la barba florida, aquel genio iletrado que, a su manera, inventó Europa para deshacerla luego con su herencia. Me he perdido, aunque no del todo, en el razonamiento de mi amigo, empeñado en desplegar ante mi imaginación el desarrollo exponencial de cualquier ascendencia hasta llegar al gran Emperador o, si fuera posible fijar su cronología, la del mismísimo Adán y su indiscutible ascendencia andrógina. Es la hipótesis más demótica que he conocido en mi vida, dicho sea atenido en exclusiva a la etimología. La vida y evolución de las especies nos ocultan aún muchas sorpresas, pero pocas me han inquietado tanto como ésta con que mi amigo el genealogista revuelve hasta su último fundamento la filosofía vulgar de las desigualdades castizas.

Es posible que en un plazo corto la especie deba revisar muchos apriorismos en los que ha basado durante siglos esa infinidad de certezas que tanto ha contribuido a mantenerla a flote, sin que ello garantice ni mucho menos una más certera autoimagen sobre la que fundar un orden. Imaginen a los franceses mismos si llegan a convencerse de su ascendencia carolingia y reinventan un aristocratismo invertido fluyendo de abajo arriba en lugar de hacerlo de arriba abajo, y que incluso discurriera más allá, a base de resucitar moléculas dormidas hace milenios, hasta dar con el orden fabuloso de las bacterias, las eucariotas y las arqueas. Empezamos a vislumbrar no sin cierta decepción que el problema de Roldán no era, ciertamente, el de no ser sobrino de Carlomagno.

Juan Palomo

La Inspección de Servicios de la Junta de Andalucía ha sido siempre lo que ha sido, como no puede ser de otra manera quizá, tratándose de un órgano que depende de la jerarquía. ¿Qué va a decir esa Inspección en un dictamen sobre una actuación más que vidriosa del Presidente de la Junta? Pues lo que dijo: que mil sobre hojuelas. ¿Y qué papel puede hacer si se le encarga por quien la manda que ajuste las piezas por ajustar en el puzzle inconcebible de las empresas públicas y sus “enchufados”? Al próximo Gobierno autónomo le queda la tremenda tarea de devanar esa madeja que el “régimen” deja bien enrevesada. El toque estará en ver si a los funcionarios de único derecho les da tiempo a impedir que se consume el atentado.