Lo que nos faltaba

Lamentable la discusión en el Congreso a propósito de la próxima pérdida por parte de Andalucía de su condición de Objetivo 1, es decir, de los fondos estructurales y de cohesión que veíamos recibiendo a raudales desde Bruselas. Chaves y una diputada bisoña defendiendo que esa pérdida supone poco menos que un éxito de la autonomía, frente a Juan Manuel Albendea respondiéndole, con evidente razón, que no se trata de ningún éxito sino del efecto de la ampliación de la CE, es decir, del hecho de que se han incorporado a Europa nada menos que 12 países aún más pobres que España. El camelo de Chaves y el intento chovinista de su ayudante no convencieron a nadie, pero en poco tiempo serán todos los andaluces quienes aprecien lo que supone ese desastre.

Cencerros tapados

¿Por qué se emperra la Dipu de ese modo tan impresentable en ocultar con doble llave los datos sobre el proyectado aeropuerto, en especial los que hacen referencia a los gastos ya producidos? Es raro, ¿no?, incluso en el talante autocrático de su Presidenta, porque, entre otras cosas, podría dar lugar a la sospecha de que si tapan es porque algo hay que tapar. El argumento exclusivista dirigido contra la Oposición no encaja en modo alguno en un procedimiento democrático, pero tratándose de cuartos, además, y al paso que va la burra, sería mejor para todos llevar las cuentas claras.

Clase de urbanidad

Las autoridades africanas andan no poco preocupadas con el deterioro creciente de la indumentaria pública y, de manera muy particular, con la que exhiben en sus lugares de trabajo los empleados estatales. El tema es viejo y existe en torno a él un amplio consenso en el sentido de que esa revolución indumentaria, que viste a las masas con camisetas estampadas, universaliza los jeans, hace populares las gorras de béisbol (colocadas al revés, sobre todo), acorta las faldas y abre estudiada y provocativamente los escotes, no es sino la consecuencia en las costumbres ancestrales del impacto de la imagen occidental que trasmiten sin tasa ni posible fielato las televisiones del jodido Occidente. Tanto es así que una Administración proverbialmente desorganizada y corrupta como la gabonesa acaba de recibir por sorpresa un decretazo en el que su Gobierno establece por las bravas un código del atuendo que detalla con precisión qué prendas serán en adelante imprescindibles para el funcionario varón (chaqueta o sahariana, corbata y, no se lo pierdan, “calzado de ciudad”) y para las hembras traje-sastre, falda en todo caso, y camisa, eso sí, decorosamente abrochada hasta una altura prudente. Occidente ha entrado a saco en la estética popular de la negritud y esa circunstancia inquieta a sus responsables, al parecer, tanto como los rastros indígenas que permiten asistir descalzo al trabajo o exhibir el torso detrás del mostrador. Claro está, no han faltado críticas oportunas recordando –en este caso al presidente Ali Bongo—que hay en aquellas covachuelas problemas de mucho mayor entidad, aparte de que imponer semejante normativa de urbanidad puede alejar de hecho de las oficinas a la población rural que, en alejada de las zonas modernizadas, mantiene a veces intactos sus vínculos vestuarios con el neolítico. Quieren comenzar la revolución pendiente por las tetas y los pies, por lo visto, como un homenaje de mínimos a ese Occidente redentor que les ha descubierto el fútbol y la cocacola.

En ese sincretismo embalado sí que sería posible ver una real “alianza de civilizaciones”, cierto que a costa de que la civilización “inferior” –digámoslo así
a título exclusivamente descriptivo—asimile sin mayor reflexión la ganga vistosa que le ofrece un mercado global al que el progreso auténtico de esas masas neocolonizadas le importa un comino. Tipos como Bongo, como pueden comprobar, hacen suyas en un país nudista hasta antier los prejuicios de una civilización tan corrupta como la suya pero que a él, como a tantos otros, debe de parecerle “superior” por el simple hecho de que gasta zapatos y sostenes, bebe colas y sale en televisión.

Así está el patio

“Si la educación estuviera en manos del PP sería un absoluto fracaso”, F. Álvarez de la Chica, consejero de Educación. “Plurilingüismo: de proyecto estrella a proyecto estrellado”, profesores y padres ante la Junta. “La reducción en 150 de los 4.655 coches oficiales de la Junta constituye un ridículo espantoso”, Antonio Sanz, secretario general del PP-A. “La juez puede decir lo que quiera, yo digo la verdad”, Juan Enciso, alcalde multiimputado de El Ejido. “Griñán es un peso mosca en materia financiera”, Diego Valderas, coordinador general de IU. “Los presidentes de Unicaja y Cajasol deben dejar de mirarse el ombligo”, Francisco Carbonero, secretario general de CCOO en Andalucía. “En Andalucía hay empresarios pero hace falta iniciativa empresarial”, A.M. Bernal, catedrático de Historia.

Huelva va fatal

No mal, Huelva va fatal, como acaba de poner de relieve el Foro Soluciones para la Crisis: ha perdido 8.000 empleos en lo que va de año, soporta ya una tasa de paro que araña el 27 por ciento de la población en edad de trabajar, récord que lleva camino de duplicar la tasa española y triplicar la europea, con un deplorable total de 64.300 parados. Y mientras tanto, nada: los optimistas vendiendo humo y gastando fortunas como si aquí no ocurriera nada extraordinario. Hace falta con urgencia otro modelo, otros gestores (políticos y civiles) y un mínimo de rigor a la hora de enfrentarse a esta desgracia que, probablemente, nunca fue tan enorme.

Saber la verdad

A Antonio Rubio, el subdirector de El Mundo, que lleva años desenredando madejas secretas sin tentarse la ropa, lo han traído por la calle de la amargura, proceso va proceso viene, durante toda esta etapa de hierro, en la que ha sufrido el injusto acoso de un Gobierno que ha perdido sus tres intentonas de neutralizar al periódico en el tema del 11-M, así como a propósito del lío de los fondos reservados o de los papeles secretos del Cesid, e incluyendo la absolución dictada trasantier por la Audiencia madrileña, tras tres años de imputación, en el turbio asunto del confidente ‘Cartagena’, un infiltrado policial en la célula del famoso ‘Tunecino’ que facilitó en vano datos alarmantes sobre los planes terroristas hasta poco antes de la tragedia de Atocha. ¿Qué sería de la crónica real de la vida española de estos convulsos años sin la entereza y tenacidad de estos hombres y, por qué no decirlo, sin la aportación, absolutamente decisiva, de un periódico que apostó en solitario por buscar la escondida verdad estuviera ésta donde estuviera? El historiador futuro nada sabría sin ellos de los manejos de Filesa, del GAL, de la conspiración canalla del caso Lasa y Zabala, de esos fondos reservados que se repartían en plan compadre los mandamases de Interior mientras sus policías andaban a dos velas o de los papeles del Cesid que el Poder, sin distinción de colores, luchó denodadamente por mantener bajo llave. Sobre el propio 11-M, por supuesto, descontados los hallazgos de sabuesos como Rubio, sólo tendría ese historiador la contrahecha versión de un juicio incapaz de convencer a nadie y las innumerables contradicciones sacadas pacientemente a la luz para acabar atrailladas por los tentáculos paralizadores del Gobierno. Es ilusorio esperar la luz en las sentinas del Poder, ya lo sé, pero es una obligación moral y cívica del periodismo independiente, intentarlo contra viento y marea.

Yo pediría un respeto para estos hombres denodados que deben moverse, con tanta incomodidad como riesgo, en un mundo de chivatos logreros, policías corrompidos y cómplices de cuello blanco a los que, sorprendentemente, fiscalías y clanes policiales han venido prestando un apoyo decidido desde el convencimiento de que arriba han de agradecérselo. Profesionales que deben competir a pelo con la galería política o los servicios secretos, vérselas con magnates y con los líderes políticos, desde su modestia menudencia y su práctica indefensión. Ellos son los cronistas sacrificados de esta Historia que se pretende escribir en blanco para encubrir a esa delincuencia poderosa y de la que apenas sabríamos ni lo esencial sin su abnegada aportación.