La justicia tuerta

El Gobierno en funciones ha indultado en la prórroga a un eminente banquero. No da explicaciones –quizá es que no las haya—sino simplemente la noticia de que conmuta la pena de tres meses de prisión e inhabilitación, por una multa que no se sabe si será de 3.000 euritos o se elevará hasta los 288.000, cantidades que son de suyo “peccata minuta” teniendo en cuenta que el indultado tan generosamente percibe al año un sueldo de 7 millones de euros. No hay Justicia sin misericordia, ya lo sé, y en ese sentido me he empeñado en contemplar la medida de este Gobierno en desbandada, aunque la opinión casi unánime de los jueces, expresada por sus asociaciones profesionales, apunte en un sentido totalmente opuesto, sobre todo porque, según parece, Zapatero acaba de romper la regla no escrita según la cual el Gobierno no indulta nunca a un condenado contra el criterio de ese Tribunal Supremo, y digo supremo, a estas alturas, por decir algo. Mientras tanto, en la cárcel de Huelva permanece en una situación inquietante el preso más antiguo de España, un sujeto condenado por 20 delitos (ninguno de sangre), cuyo indulto fue solicitado, sin éxito, por la Defensora del Pueblo pero al que se oponen la Audiencia, la Fiscalía y la dirección penitenciaria que, por lo que se ve, pesan juntas más que un solo Supremo. ¿Se acuerdan de la metáfora de la tela de araña que atrapa la mosca pero se desploma bajo el elefante? Pues ahí la tienen, plasmada en realidad, escrita no ya en la memoria capciosa de del escepticismo plebeyo, sino sobre el papel timbrado que ha resultado ser el mejor palimpsesto inventado por el hombre. Es verdad que anteriores Gobiernos del mismo signo ya adoptaron en la prórroga decisiones leoninas, pero en esta ocasión me parece a mí que la cosa es peor porque no se trata ya de favorecer en el último minuto a los “amigos políticos” sino de dejar en evidencia a una Justicia que está alcanzando un grado de vulnerabilidad sin precedentes próximos ni remotos. Y ojo, porque a Justicia tuerta, democracia coja, no le den vueltas.

El decano de los reclusos españoles tendrá que echarle paciencia y tal vez aguardar ya la llegada del Gobierno siguiente, porque sería el colmo, la verdad, que el actual, el que está en funciones aunque no lo parezca, lo indultara a él después del banquero, siendo así que éste jamás ha pisado la trema y él lleva entre rejas 36 años de los 61 de su vida, es decir bastante más de la mitad. Dicen que la vida le da a cada uno lo que se merece pero permítanme que albergue mis serias dudas al respecto. ZP se está encargando de confirmármelas en estos tristes amenes de su catastrófico mandato.

Anular las Visas

Desde el Partido Popular, Javier Arenas acaba de proponer la anulación de todas las tarjetas Visa hasta ahora en manos de cargos públicos, una medida que tiene su precedente en el Parlamento británico un grupo de cuyos diputados abusaron manifiestamente del dinero público a través de ellas. Aquí hemos tenido que esperar al insólito al denigrante asunto de un alcalde escandalosamente despilfarrador para pensar en esa medida que el sentido común reclama desde hace mucho tiempo. Y de paso exige la responsabilidad judicial de aquellos cargos públicos que hayan cometidos abusos probados, una medida que la sociedad viene reclamando en vano desde siempre. Si el gobierno del PSOE no se adelanta a adoptar esa medida es que no tiene sentido de la realidad.

La mujer-objeto

Dos noticias nos llegan del África remota y una de bien cerca, que tratan de la trágica situación en que viven esas mujeres que, o no cuentan en los planes de rescate, o caen tan a trasmano que no llega hasta ellas el proyecto civilizador. La primera viene de Kenia y da cuenta de que los guerreros masai andan asaltando escuelas para raptar las hembras que escasean en sus tribus. Los “ritos de paso” parecen ser la pólvora que carga esos trabucos contra los que luchan como pueden las autoridades locales y, sobre todo, las familias afectadas por esta ola que los ancianos locales califican de “moderna” en el sentido de que contravienen la tradición vigente. Las otras dos –la africana y la española—dan cuenta de sendas sentencias judiciales que condenan a padres que propiciaron la ablación de sus hijas, y es curioso porque la keniata, dictada en Narok, precede con mucho a la primera española de que haya noticia –la pronunciada estos días por la Audiencia de Teruel—dado que hasta ahora todas las iniciadas acaban en el archivo al no poderse demostrar la territorialidad del delito. “Ninguna persona puede obligar a un niño a someterse a la circuncisión femenina, matrimonio temprano u otros ritos culturales”, proclama solemnemente un juez local tocado con la clásica peluca británica”; “Para la sociedad española, la ablación del clitorix supone una de las prácticas más detestables que puede realizar una sociedad contra sus niñas”, consagran nuestros magistrados. Parece, en resumen, que empieza a haber unanimidad al menos en el concepto y que cae por su base la bárbara tesis de cierto progresismo que antepone el respeto a la multiculturalidad a cualquier otro valor. Hay  muchas culturas, eso es evidente, y sería bueno que se llevaran bien entre todas en un planeta irremediablemente globalizado. Pero no hay más que una civilización –por decirlo en los términos que ofrecería un Alfred Weber– y ésa es la que trata de elevar la condición de la especie, en sus dos sexos, a un mismo nivel de respeto.

Aquí vamos retrasados no sólo en los Juzgados. Miren el uso comercial (e industrial) que se hace del cuerpo femenino (y de modo incipiente, con el masculino), objetualizados al máximo ante la indiferencia y hasta con la aceptación general. No tenemos guerreros raptores que invadan nuestras aldeas para arrebatarnos nuestras sabinas, eso es verdad, ni practicamos esos ritos salvajes de mutilación que consideramos delictivos, pero nos mantenemos aferrados a la visión tribal de la mujer como un cuerpo deseado y lo utilizamos como reclamo en nuestros anuncios de todo tipo. África está ahí mismo. En ocasiones tienta pensar que en nuestro interior.

Junta contra Gobierno

Ya estamos otra vez en pleno chavismo, es decir, haciendo de la autonomía, no un instrumento de regeneración comunitaria regional, sino un ariete contra el Gobierno de la nación. Se reproduce aquella estrategia de la “deuda histórica” empleada a fondo contra Aznar, pero sin caer en la cuenta de que abrumar ahora al Gobierno con reclamaciones inventadas sobre la marcha –fondos para un plan de empleo, por ejemplo, nunca se le exigió a ZP—resulta sencillamente desaprensivo y, en definitiva, dudosamente solidario con el conjunto español. La Junta no puede ser el último cartucho del PSOE contra el PP. Un millón trescientos mil parados (y subiendo), en medio de una crisis pavorosa, reclaman otra política.

La primera dama

La muerte de Danielle Mitterand ha provocado en Francia una ola de unánime respeto. Por ella, por supuesto, por su figura de mujer comprometida que, casi en la adolescencia no dudó en militar en la Resistencia contra los nazis. Cuando en el 96 enterraron a su marido, que era un ciclón, ella aceptó respetuosa la presencia en el duelo oficial de “la otra, la otra”, es decir de la “segunda esposa” del Presidente, Anne Pingeon, y de su hija Mazarine, a pesar de que ambas habían permanecido en el secreto a voces hasta que el Paris Macht descubrió el pastel en 1994. Pero Danielle, que era una luchadora, supo pasar con elegancia por encima no sólo de esa circunstancia, sino de la auténtica leyenda que rodeó toda su vida a un Mitterand al que se le atribuye al menos una docena de amantes. En una ocasión, alguien de confianza preguntó a aquel garañón para qué tanto trajín, teniendo en cuenta que ya no cumplía siquiera los 60, y el garañón contestó una frase que merece figurar en la antología del donjuanismo o, quizá más propiamente, en la del edipismo incurable: “Es que usted no puede entenderlo, pero yo, cuando bajo de la tribuna, necesito acabar en los brazos de una mujer”. No de la suya, bien entendido, sino de una mujer, de “otra”, imprescindible para que el ritual amatorio reafirmara su complejo de macho dominante. Y Danielle, en lo suyo. Ayudó a los kurdos en momentos bien difíciles,  luchó con denuedo contra la pena de muerte en los mismísimos EEUU, se puso enteramente de parte del Frente Polisario frente a la usurpación marroquí, y arrimó el hombro a la causa indigesnista en Hispanoamérica hasta el punto ingenuo de respaldar al pintoresco subcomandante Marcos o a la cuestionada Rigoberta Menchú. Una luchadora a la que el Burlador disculpaba sus gestos radicales probablemente en compensación de lo incompensable. Mitterand eligió la casita semisecreta de la “maîtresse” para esperar la muerte. Danielle, la primera dama, aceptó incluso ese gesto extremo.

Hay personajes de calidad bastante para entender que la propia vida no tiene por qué depender de la ajena, y los hay, como Danielle Mitterand, capaces de sobrellevar las contradicciones de la vida con un pulso seguro y personalísimo. Quizá por eso hoy le llueve el elogio emocionado desde medio mundo mientras que una especie de reproche hace que la memoria de Mitterand vuelva a poblarse de fantasmas, incluidos los de Vichy. Y es que una cosa es la ambición y otra muy diferente la vocación política, como una cosa es la “grandeur” –ya saben que Mitterand sublimaba en la figura de Napoleón—y otra distinta el prestigio. “Ustedes no lo entenderían”, era su coartada. Danielle lo entendió a la perfección.

Trenes puntuales

Un cambio de horarios en la red ferroviaria es, al parecer, un problema muy complejo. El que se producirá a principios de diciembre en Francia afectará a 15.000 trenes, 100.000 ferroviarios y a una legión de maquinistas. Hay que reparar el viario y acoplar el ir y venir de las unidades atendiendo a la demanda del público y a las circunstancias de la estación invernal, una operación de bigotes que le va a ahorrar al Estado este año de gracia la tradicional huelga de mediados de ese mes y, de paso, beneficiará sus arcas en la medida en que los nuevos horarios impedirán, por lo visto, las eventuales devoluciones habituales en las líneas de alta velocidad. Los trenes son una cosa muy seria que, curiosamente, parece que se ajustan mejor bajo la férula de las dictaduras que en el pleno pulmón de las democracias. Mussolini acabó de hipnotizar a los italianos con aquella gestión ferroviaria que logró la más absoluta puntualidad de los trenes en un país en el que –como en España hasta hace poco– los retrasos eran la norma y la puntualidad la excepción. En España sería otro dictador, Primo de Rivera, el que pusiera orden en el laberinto de nuestras vías y, ya puestos, consiguiera también que nuestros convoyes arribaran a tiempo por primera vez en su historia por entonces breve, y la verdad es que la actual revolución de la alta velocidad se está encajando mejor o peor en aquel enredijo trazado bajo el denostado espadón que fue el mismo, todo hay que decirlo, que creó las Confederaciones Hidrográficas ahora en danza por los caprichos autonómicos. Hay poblaciones entusiasmadas con los actuales progresos de nuestros trenes mientras otras se quejan de que esas flechas imparables diseccionan el territorio aislando a los que quedan a trasmano del tiralíneas, en la medida en que esos trazados conectan lo lejano pero aíslan lo próximo, gran problema que de momento no parece tener solución en ninguno de los países (Japón, Italia, Francia…) que han optado por la vía rápida.

No se dice mucho, pero parece evidente que, igual que ocurriera en el XIX, con Isabel II en nuestro caso, la revolución del tren se ha erigido en uno de los grandes motores del desarrollo, como lo prueba que su paralización temporal a causa de la crisis, ha disparado la estadística del paro en vastas zonas del territorio nacional. Aunque ya se verá por dónde sale el negocio una vez que se remansen las aguas y desaparezcan las excusas para emprender o rematar ese AVE que, en plan Rey Mago, nuestros políticos han ido prometiendo provincia por provincia. Y ya veremos cómo se organiza el tráfico en la enrevesada retícula final que esas promesas implican.