El clavo ardiente

No es una novedad la campaña que se está llevando a cabo en las prisiones de diversos países europeos con el objetivo de proporcionar la Biblia a los reclusos. Se parte de la idea de que la lectura del Libro funciona como un remedio a la soledad y constituye eventualmente un depósito de esperanza que acaso desde la desdicha resulte más fácil recuperar. En las cárceles de Argentina descubrió Jesús Quintero, con su perspicacia y su “savoir faire”, a más de un converso que aseguraba haber encontrado en la lectura sagrada un motivo bastante para su conversión, y recuerdo muy bien el caso de un aterrador asesino múltiple, el “Loco del martillo”, que confesaba a nuestro gran entrevistador –como tantos otros en su serie sobre las ergástulas españolas, la mejor y más inquietante de su amplia producción—el cambio que para su concepto de la vida había supuesto el Pentateuco o el consuelo de los Psalmos. En los centros españoles se han promovido experiencias de esa naturaleza y me consta que en no pocos de ellos hay grupos marginales, como los de raza gitana, que cultivan una suerte de “góspel” a la española a la que llaman “el Culto”, normalmente por iniciativa de iglesias o comunidades ajenas a la ortodoxia que trabajan por la reinserción espiritual de los presos. En mi sentir, Quintero dejó entrever astutamente que la mayoría de aquellos biblistas conversos se aferraban a esa lectura por entretenimiento pero también movidos por una inefable intuición soteriológica que los dignificaba como personas y les abría un incierto aunque sugerente horizonte de futuro. Seres intratables hablaban con unción en aquella gran serie de altos sentimientos y elevadas pulsiones jamás experimentadas en sus duras vidas hasta que llegó sobre ellas la luz de la Palabra y eso era algo que el espectador podía creer o no creer, pero que, en todo caso, no dejaba de conmover a quienes contemplaban la escena desde el otro lado de los barrotes. No todo el mundo es Quevedo o Silvio Pellico entre la población reclusa, como es natural.

Con Biblia o sin ella temo que nuestro sistema penitenciario se haya quedado obsoleto en un mundo que circula a la velocidad que lo hace éste. Y claro que la Biblia puede reorientar o incluso enderezar morales, pero parece evidente que lo que hace falta es una reinvención del sistema que, garantizando la seguridad de la sociedad en su conjunto, no penalice añadidamente a sus forzados clientes. Me cuentan que en un reciente recital de ese “Culto” gospeliano, celebrado en la cárcel de Huelva, resonaban con fuerza acentos proféticos. Nunca se sabe dónde se agazapa la redención. No está de más comenzar la búsqueda por las mazmorras.

Ahora Rubalcaba

Todo el mundo quiere ahora mucho a Andalucía desde el PSOE. No lo han manifestado durante treinta años, mientras ha estado a la cola de Europa, como está, ni cuando alcanzaba cotas insostenibles de desempleo, pero ahora que representa la mayor fuerza dentro del partido, uno tras otros se significan andalucistas y no se encasquetan el traje de faralaes porque no los dejan. El último, Rubalcaba, que ayer desembarcaba del AVE dispuesto a conseguir lo mismo que consiguieron quienes inventaron a ZP: el apoyo de la mayor federación española. Van a mimarla de aquí a marzo, luego ya veremos. Pero no está de más que quede en evidencia lo que son, en realidad, los intereses partidistas.

Persecuciones

A la relación de países en los que actualmente se persigue a los cristianos que ofreció el otro día en esta columna añado hoy los sucesos de Navidad en Nigeria, donde un grupo islamista sectario ha atacado con bombas a las iglesias cristianas provocando no menos de 40 víctimas mortales. Han protestado ante ese hecho lo mismo el Vaticano que Washington, Francia, Gran Bretaña o Alemania, pero todos sabemos, desgraciadamente, que esas protestas diplomáticas sirven para poco si es que sirven para algo. Nigeria no es un país marginal, por otra parte, sino una enorme nación prácticamente invertebrada, de 160 millones de habitantes rígidamente divididos entre musulmanes del norte y cristianos del sur, más o menos a partes iguales, lo cual da una idea de la amenaza que supone en su seno una estrategia sectaria que, entre otras cosas, podría llevar con facilidad a otra de esas  guerras civiles africanas en las que los muertos ni se cuentan y en las que el salvajismo es la norma, en ocasiones con la anuencia, expresa o tácita, de las potencias occidentales. Acabamos de oír al flamante ministro de Exteriores despreciar por inconsistente la estrategia de la llamada “alianza de civilizaciones”, pero hechos como el que comentamos ponen de relieve, en cualquier caso, el absurdo que supone insistir en el debate sobre la mera posibilidad de partir peras con pueblos anclados en una visión medieval del mundo para los que la vida tiene el escaso valor que demuestran sus acciones de un extremo al otro del planeta. Es inútil polemizar, como se ha hecho semanas atrás en Francia y otros países, sobre el “derecho” a satirizar hasta el escarnio a la religión cristiana que asiste a ciertos espontáneos y que parece constituir ya una moda recurrente que lo mismo encontramos en un pueblo de Extremadura que en Venecia o en París.

Hoy se ve justificado ese ataque con tal de que vaya dirigido contra esa religión, pues de apuntar a otros grupos (qué se yo, los islamistas o los homosexuales) acciones de esa naturaleza serían  consideradas como gravísimas transgresiones. No se puede llamar negro a un negro ni maricón a un maricón, resulta gravísimo aludir a un defectuoso físico si no es con un eufemismo consagrado, pero no hay veda que proteja a los cristianos ni en minoría ni en mayoría. Una religión que tuvo en tiempos pecados tan inhumanos, no tiene hoy, desde luego, menor penitencia, mientras lelos descerebrados se empeñan en concertar voluntades y acercar criterios a los que separan demasiados siglos psíquicos. ¿Es posible imaginar siquiera las consecuencias que tendría hoy una ola de atentados masivos contra pacíficas o insurgentes mezquitas? Yo, desde luego, me lo imagino perfectamente.

La hora de Andalucía

De pronto todo el mundo apuesta, visita, elogia y valora a Andalucía, lo mismo desde el Gobierno que desde la Oposición. Está de moda esta región de la que nadie se ha acordado hasta que llegaron las pasadas elecciones, hay que decir, porque es la pura verdad, que con la excepción de Rajoy, que ha venido quinientas veces. La presencia de la Vicepresidenta en la toma de posesión de la Delegada ha sido toda una soberana  señal de humo y la protesta de amor que desde Almería enviaba la candidata Chacón un gesto elocuente. La coyuntura pinta bien para esta abandonada autonomía. Habrá que aprovechar la situación.

Amores circunstanciales

En el Museo de Sevilla unas acogedoras voluntarias se disponen a explicar cada una un cuadro a los curiosos visitantes, una gran idea sólo posible por la asistencia relativamente escasa. No quiero ni acordarme de mi última visita a la capilla de los Scrovegni para admirar los frescos de Giotto, sometido a una disciplina casi militar y con el tiempo tan tasado que hube de volver a visitarla con el siguiente grupo luego de soportar una especie de cuarentena aislado en una estancia. También en la Sixtina acaban de instalar medio centenar de detectores de polución para prevenir el daño que sobre la obra maestra pudieran causar al alimón la propia presencia de los cuatro millones de visitantes anuales que recibe y el sistema acondicionador del ambiente que, por lo visto, produce partículas dañinas para la obra de Miguel Ángel. En el Louvre me pusieron en cola media hora la última vez que fui a rendirle pleitesía a la Gioconda y fue allí, quizá, en aquella breve travesía de la impaciencia, donde empecé a preguntarme por qué extraña razón los ciudadanos que, por lo general, van tan poco a los museos que tienen a mano, se convierte en “amateurs” entusiastas en cuanto se travisten de turistas. Los museos –aparte de la idea del “museo imaginario” del gran Malraux—han pasado de ser templos para iniciados y fieles, a convertirse en citas obligadas del turista que, como es bien sabido, es cosa bien diferente al viajero, y temo que esa transformación no tenga remedio dado que, a mi juicio, el gran fenómeno de masas de este comienzo de Milenio no es el de las grandes migraciones que estamos viviendo, sino el auge imparable del turismo, ahora potenciado por la industria “low cost”.

No sé si se acabaron definitivamente aquellas visitas solitarias que podíamos hacer vagando a nuestro albedrío por salas y pasillos semidesiertos, pero sí que probablemente nunca podamos volver a extasiarnos ante Velázquez o Veermer, sin prisas ni apuros, dejando vagar nuestra imaginación a través del tiempo detenido, y tal vez penetrando en solitario en el misterio profundo que casi siempre es un cuadro. Hoy los museos no se visitan, sino que se recorren, saltando a toque de corneta de una a otra entre sus obras más famosas, porque lo que a ellos arrastra a las muchedumbres no es el amor al arte sino el deber turístico. ¿Cómo volver de Nueva York sin haber visto el MOMA aunque sea a la carrera? “Je suis las des musées”, estoy hasta el gorro de museos, dijo alguna vez Lamartine, y Cocteau llegó a escribir que un museo es una morgue. Esos rebaños que hoy abarrotan los museos no comprenderían que esas cosas sólo pueden decirse desde una afición profunda.

Más papista que el Papa

La labor y responsabilidad de los jueces merecen siempre un respeto, por más que salte de ven en cuando uno aquí o allá como empeñado en desencantarnos. El caso del magistrado de Granada que se ha negado a soltar de una vez al preso más antiguo de España, después de indultado por el Gobierno, es de los que le dejan a uno desconcertado, sobre todo cuando se entera de que el motivo de la negativa del juez es que la sentencia aportada por la familia era una fotocopia y no el original, o de que la dirección penitenciaria no estima ni urgente ni inaplazable (casi nada lo es en esta vida) su petición de un permiso para pasar la Navidad en familia. Con lo que estamos viendo en España…, este asunto parece mentira.