Lugares ideales

Se hace público el cierre de la “oficina fantasma” que la Junta de Andalucía ha mantenido abierta en Madrid, en plan “apeadero” más que otra cosa, porque ya me dirán  ustedes si se puede tomar en serio la idea de montar un centro de relaciones comerciales andaluza en Madrid. Tiene otra que tal baila en Bruselas, donde también la tienen o tuvieron entes de menor entidad, como la Diputación de Huelva y a saber cuántas más, de todas las cuales sería preciso hacer relación antes de cerrarlas por la vía rápida. Esas “diplomacias paralelas” no son más que chiringuitos para servir de sede a los barandas y colocaderos para amiguetes bien relacionados. No sólo Cataluña tiene “embajadas”, seamos justos. Antes de tirar esa piedra, nosotros deberíamos barrer nuestra propia casa.

Viudas del poder

A la viuda de Arafat, Suha Tawil, la persigue desde hace unos días una orden de arresto internacional y encima no puede regresar a Túnez donde también la Justicia trae cuentas pendientes con ella y con su ex-socia, Leila Trebelsi, señora del depuesto Ben Alí. Peor le va a la virtual viuda de Mubarak con un pie en la UVI y otro en la cárcel mientras la autoridad trata de averiguar el montante de la fortuna rapiñada que su familia esconde en Suiza y sabe Dios en qué otros oasis financieros. No es fácil el oficio de viuda en estos casos. Hay que tener el estilazo de Farah Diba o de Jackie Kennedy/Onassis para sobrevivir al Poder difunto, porque casos como los de Cristina Fernández sólo pueden sostenerse sobre un castellet narcisista como el argentino, y hay que ser muy civilizados para sobrevivirlo decorosamente a dúo, como hubieron de hacer en Francia las dos viudas de Mitterand, Danielle, la legítima, y Anne Pingeot, la fetén. La viuda de Mobutu lleva decenios trajinando tras la fortuna embargada de aquel bárbaro, que yo sepa sin el menor resultado favorable, pero al menos se libró de que la liberara de la viudedad un pelotón de bárbaros espontáneos abatiéndola con una descarga ante un paredón, como a Elena Ceaucescu. El caso de Suha es especial, no sólo porque su diferencia de edad propició algún que otro quebradero de cabeza al “rais” –que, por lo demás, ahora anda empeñada la peña en que era bisexual, calculen–, sino porque parece ser que ella, a pesar de que clama que vive de una mísera pensión (millonaria, eso sí) que recibe de la Autoridad Palestina, también ha sabido montarse su clan y organizarse a buen recaudo su retiro dorado. Un día que, en el Consejo de Redacción de El Mundo, Pedro Jota enumeraba uno tras otros la decena de atentados y peligrosas peripecias a las que durante su vida había logrado sobrevivir asombrosamente Abú Ammar –que así se llamaba aquel trueno antes de rebautizarse como Yaser Arafat–, recuerdo que apostillé al final del recuento: “Y a su mujer”. Los consejeros me miraron como se mira un a un incorrecto, es natural, pero hoy como entonces sigo en mis trece.

La viuda y la hija de Yeltsin también trajinaron lo suyo metiendo y sacando pasta en las valijas, la segunda de Perón heredó la fortuna que había amasado su antecesora, sobre la de Franco circuló siempre por el Foro una divertida leyenda de cleptomanía y la de Mao se salvó por los pelos del tiro en la nuca pero le cayó encima la del tigre una vez que desapareció el líder. ¿Ven como no es fácil sobrevivir viuda al Poder? Mírense en el espejo de la pobre Suha, ¡con lo que ella ha sido!, y ya me dirán.

El negocio sindical

No me parece nada mal el recorte que Griñán le ha propinado a los empresarios, a la CEA quiero decir, dado lo que le llevamos visto y oído a la CEA. En cambio, que le aumente aún más la soldada a los sindicatos –léase a UGT y CCOO–, en medio de la “contracción” presupuestaria general, parece una burla. Que el PSOE cuenta con ellos como agentes callejeros para el día siguiente del 20-N, no admite duda, y que éstos le prestarán en la Oposición el apoyo que se le debe al benefactor, tampoco. Pero es una vergüenza, en todo caso, que el dinero de los contribuyentes vaya a esos mariachis de un “partido hermano” que, por cierto, representan a una ínfima minoría de los trabajadores. Los empresarios tienen razones, quizá, para andar muy cabreados. Los ciudadanos, para qué les cuento.

La mano airada

La estadísticas sobre el suicidio en relación con la crisis están superando todas les expectativas en medio de un estruendoso silencio oficial. No se suele hablarse de que la crisis ha disparado esa estadística en un 25 por ciento, de que hay países, como Lituania o Rusia, donde se alcanzan cifras inasumibles, de que en España, y a pesar de que por cada suicidio consumado hay que contar con veinte fallidos, la cifra supera holgadamente los diez casos diarios (3.600 en el año 2009, 3.421 en el siguiente) siendo ya la primera causa de muerte violenta y la tercera en cualquier caso, tras las provocadas por las enfermedades vasculares y el cáncer. Y menos se dice, por supuesto, que su progresión entre los jóvenes es tal que se cuenta ya como la tercera causa de muerte entre ellos, aparte de su alarmante crecida entre los adolescentes, síntomas todos ellos  evidentes de que la causa del fenómeno es de naturaleza social y no se debe a ningún avatar psíquico. Al suicidio le sobra literatura y le falta sociología, más allá de las consabidas banalidades que sobre él se han dicho sin contemplaciones. ¿Recuerdan el hallazgo de Shakespeare en “Otelo” con aquello de que era cosa de tontos vivir atormentados teniendo en la mano la receta infalible para escapar al tormento? Un autor que tan de cerca a contemplado la autoaniliquilación como Bernhard, ironizó con razón sobre la estupenda confesión de Kafka de que se había pasado su vida defendiéndose del deseo de acabar con ella, por no hablar de las sandeces que pudieron decir sobre tan triste asunto personajes como Breton o el propio Cioran, socios todos ellos del club de la paradoja que propicia la paradoja atroz. La gente se mata por desesperación, incluso cuando logra disfrazar teatralmente ese estado de ánimo, y por eso las crisis relanzan incluso cierta estética del suicidio. No hay que dar crédito a la premisa de Durkheim en su obra clásica sobre el tema cuando asegura que las cifras de suicidios son invariables en cada sociedad; yo sí se la daría, en cambio, a su idea de que el factor integrador que ayuda a preservar la vida es la socialización del individuo. El que se mata suele llevar en la mano el puñal que le ha puesto el grupo.

La crisis ha disparado igualmente la estadística psiquiátrica (en España, se calcula que en un 15 por ciento) en el marco de ese “malestar de la cultura” que Freud escribió precisamente el año de la otra gran crisis, la del 29, y en el que hoy conviene atender más a la “necesidad” que a la “culpa”. La “lógica de la decisión” no hay que buscársela hoy al suicida entre las entretelas del psiquismo sino en la faltriquera vacía.

Tordos en el olivar

La metáfora es de Manuel Vicent: la bandada de tordos se abate sobre el olivar justo el tiempo preciso para arrebatarle las aceitunas; luego, levanta el vuelo. Los economistas llaman “deslocalización” a lo que hacen los tordos del mercado cuando en el olivar asaltado se agota el fruto. Y por lo general, una vez saqueado el pago y trincadas las subvenciones estimulantes del Gobierno o de la Junta, no dudan un segundo en buscarse un nuevo emplazamiento. En Andalucía, de Delphi a Visteon, lo tenemos visto y comprobado, ante la impotencia de una Junta tal vez ingenua que primero nos arruina subvencionándolos y luego en socorrer a sus víctimas. Nunca habíamos visto un expolio semejante. Mucho me temo, sin embargo, que tengamos que verlos aún peores.

Sabios emperrados

No es nuevo el hecho de que al sabio se le encasquille el cacumen en un tema que acaba convirtiéndose en  su manía. Trata un asunto y, en el caso, de que el éxito corone su esfuerzo, acaba considerándolo exclusivo, en especial si ese éxito lo deslumbra con el espejismo de la fama. De Richard Dawkins recuerdo el entusiasmo con que, a mediados de los 79,  leímos “El gen egoísta”, con su atractiva teoría de los “meme” frente a los genes que, hasta cierto punto, nos liberaba del determinismo que se abría paso por entonces (y ahora) a galope tendido, y cómo, ya al filo de los 90, seguimos su controversia con el viejo William Paley, aquel apologista que fue el primero, que yo sepa, en sugerir formalmente la idea del “diseño inteligente” como obra de un relojero –que todavía le recordaban a los niños de mi generación los catequistas– en una obra tan celebrada como “El relojero ciego”. Dawkins era de esos darwinistas urgidos ante la parsimonia de la razón dialéctica y, en efecto, andando el tiempo, ha terminado tirando por la trocha más corta en su empeñada campaña ateísta que no se ha  conformado con exhibir en los autobuses de Londres o Barcelona, sino con la que ahora anda tratando de seducir a la santa infancia a base de enfrentarla a la procelosa incertidumbre que parece lógico reservar a los adultos. En el Albert Hall nada menos ha protagonizado una tenida con este propósito aunque, todo haya que decirlo, también para publicitar su nuevo libro, “La magia de la realidad”, y su propuesta consiste en oponer a la mirada inocente las mismas impenetrables oscuridades ante las que el adulto avezado puede reaccionar pero sin lograr nunca, ésa es la puñetera verdad, despejar el último pelotazo. Pocas cosas tan inconvenientes para el intelectual como la obsesión. Ninguna tan fútil como la controversia religiosa.

La evolución es, según Dawkins, como una “magia lenta” que pausadamente va modelando a los seres de una manera que al sabio le parece “poética” por más que se vea incapaz de aportar a la curiosidad las últimas y decisivas respuestas. Los niños deben sumergirse en ese magma metafórico y renunciar lo antes posible a la experiencia trascendente. Dawkins ve en ello una suerte de salvación de la Humanidad y, quizá por ello pero por nada más, atribuye a su cruzada cierta legitimidad científica, desde una curiosa heurística más dependiente de la pasión que del conocimiento. Nunca entenderé por qué talentos tan eminentes se desperdician en empeños tan repetidos y, por supuesto, imposibles de consumar. ¿Quizá por abarrotar el Albert Hall y salir a hombros editoriales? Si por eso fuera, me daría mucha lástima alguien a quien tanto admiro.