La opinión positiva

Nunca se ha llevado bien este PSOE con la opinión crítica. González distinguía en su tiempo entre opinión pública y opinión publicada, como dando a entender que la segunda no era de fiar ni fiel, pero no es el único caso ni mucho menos. La presidenta de la Diputación de Huelva, por ejemplo, ha inaugurado una web abierta a los onubenses pero sin dejar de advertirles que se reserva el derecho de censurar lo que no le guste en las opiniones enviadas: “Sólo entrará quien tenga algo bonito que decir”, es su lema. A quien discrepe le aguarda la misma censura que funcionaba cuando ella ni había soñado ganarse la vida con la política.

Despotismo populista

Las obras del AVE ya se han iniciado. Como lo oyen. Nadie se cree, por supuesto, que el Gobierno piensa en culminarlas en plazo breve (ni siquiera se atreve a dar fecha alguna) pero, además, ahí tiene la exhibición de despotismo populista (lo de “despotismo ilustrado” sería del todo inapropiado para el caso), ese gesto de dejar al margen al Ayuntamiento, es decir, a la representación genuina del pueblo, y no darle siquiera bola en la partida trucada. No digieren la independencia de la capital y menos a su imbatible alcalde. Quizá por eso desdeñan también a los ciudadanos.

Inventar la playa

Cada verano, cuando el ferragosto caldea la gran ciudad y cuantos pueden huyen a las costas lejanas, los parisinos reviven el debate sobre sus playas artificiales, ese invento del todavía alcalde Chirac que prometió el baño libre en el Sena allá por 1988, y empezó por librar bancos enteros de lucios en las aguas pútridas de un río cuyo mayor afluente es el de las aguas residuales que recibe a lo largo de una cuenca de casi 800 kilómetros en la que se amontonan industrias que van desde el automóvil a las nucleares junto a explotaciones agrícolas sobradas de pesticidas. El Sena ha mejorado mucho en estos años, aunque los expertos avisen de que si mucho han podido con la polución química –consiguiendo oxigenar unas aguas asfixiadas por el amoniaco procedente de tres millones de metros cúbicos de aguas residuales diarias–, es poco lo que han logrado a la hora de neutralizar los riesgos bacteriológicos desde unas estaciones no proyectadas para ese fin. Y así, tal como Tierno logró devolver los patos simbólicos  al Manzanares, el año pasado nacieron en los afluentes del Sena –un río que ha logrado duplicar sus especies pero que queda aún lejos de la biodiversidad del Ródano o del Danubio– los primeros salmones que emigrarían al mar para vivir su vida, pero también, ay, fueron capturados en sus aguas peces superdotados con cuatro penes y especies afectadas de misteriosas mutaciones por el momento incontrolables. Los parisinos se disputan ingenuos su metro cuadrado de playa desde el Louvre al Pont de Sully, forzando un voluntarismo bajo la prohibición expresa de un baño que podría resultar fatal para su salud. El hombre vive de metáforas cuando la realidad le falla y las playas del Sena constituyen, desde luego, una espléndida demostración de esa pulsión tropológica.

 

¿Acabará siendo inviable la democratización de la playa? Mi padre me decía a mí que la reserva práctica de la costa para una población privilegiada era un contradiós pero que el día en que se lograra eliminarla hasta permitir el uso generalizado, sencillamente no habría sitio para todos. Las cosas de mi padre, que pertenecía a la generación maurista y creía, solamente, en consecuencia, a falta de una buena tradición, en la “revolución desde arriba”, pero si me entero que los andaluces destruimos cada día el equivalente a seis campos de fútbol de costas, créanme que me siento tentado por aquellas viejas razones. ¡Un pez con cuatro penes! Me parece a mí que los parisinos deberían resignar su entusiasta romanticismo y percatarse de que si ese río mítico tiñó de rosa un día el tarjetón de la Piaf también fue en una noche funesta la negra tumba de Celan.

El señor presidente

Insisto en que no es tolerable la “operación Griñán”, que verosímilmente consistiría en salvar con un Presidente provisional la travesía hasta las elecciones para colocar luego en su lugar a un/a sucesor/a. La arbitraria defenestración de Chaves, organizada sin reflexión, debe de haber forzado esta solución de emergencia que puede que para el partido tenga sentido pero que para la autonomía va a resultar un desastre. No hay derecho, por lo demás, insisto, en sacrificar al personaje con más talla entre los disponibles en aras del cálculo madrileño. Ponerlo en permanente fuera de juego e incluso en ridículo es ya, sin más, una canallada política.

Sin excusas

Se acabaron las excusas para demorar la llegada del AVE a Huelva. Más allá de la confusa ceremonia organizada desde el PSOE, que es quien a través de sus instituciones lo ha retrasado, y hasta de la hilarante demanda de un  tal Baluffo que exige al alcalde que pida perdón. Se acabó lo que se daba y, sencillamente, ha habido que tragar y dar luz verde al proyecto (otra cosa será a su realización, claro) durante el largo mandato de Pedro Rodríguez, que es lo que desde el Gobierno, la Junta y la Diputación de ha tratado de evitar a toda costa, en perjuicio de los onubenses. ¡Hay que mamar! Otra cosa sería un escándalo cuyas consecuencias el PSOE saben bien que podrían resultarle prohibitivas.

Identidad y nación

Enredados con las sandeces presidenciales escuchadas en el reciente debate parlamentario (toda esa farfolla de la nación “política”, “sociológica” o “histórica” con que se pretende amansar a la fiera nacionalista), discurrimos en la radio de Herrera sobre la sempiterna cuestión de la identidad como fundamento del derecho a la nacionalidad. Les digo a los colegas que también Andalucía tiene y siente su identidad –de la que hasta se ha dicho que era “excedente”—sin necesidad de reclamar otra nacionalidad que la española de toda su historia (los andaluces somos leoneses, castellanos, gallegos, aragoneses, vascos, catalanes, genoveses, franceses: el maestro Manuel González suele decir que la Baja Andalucía es el “melting pot” peninsular) y mucho menos de postularnos superiores a nadie. Y eso es algo muy diferente de lo que ocurre en las regiones españolas que se postulan como naciones con la visible intención de diferenciarse gananciosamente de las demás, a las que lo más que se les concede es tenerse por “regionalidades”. ¿No hemos tenido que asistir a la comedia de calificar estatutariamente a Andalucía como una “realidad nacional”, que no es más que una de esas ocurrencias conceptuales de Blas Infante, por cierto? No hay que olvidar que, después de todo, el barómetro ofrecido por el CIS antier mismo asegura que sólo 3 de cada diez catalanes reniegan del orgullo español, lo que permite pensar que siete de cada diez (el 65’7 por ciento, según el CIS) no renegaría. Pero bien pensado, me temo que dé lo mismo: el argumentario ultra del nacionalismo no se sostendría si su apoyo no resultara imprescindible a los Gobiernos españoles. Lo cual resitúa la cuestión al dejar en evidencia que todo este embrollo viejo pero renovado a dónde remite es a la pésima ley electoral que padecemos. Refórmese esa ley, atribúyase a los partiditos regionales  su justa medida, y verán cómo desaparece el debate de fondo. Hay que decir que si España se rompe –y le faltan tres credos– será responsabilidad absoluta de quienes, por conveniencia u oportunismo, han consentido esta injusticia electoral.

 

No hay acuerdo en la radio, como no lo hay en el país, quiero decir en la “nación”, en ese plebiscito de todos los días de que hablaba Renán, el mismo que tenía tan claro que lo esencial en una nación es que sus miembros posean muchas cosas en común pero también que hayan olvidado otras muchas. Acabo de recordar de dónde venimos los andaluces, pero ¿saben los catalanes de dónde vienen ellos? “Ningún ciudadano francés sabe si es burgundio, alano, taífalo o visigodo”, aseguraba este maestro romántico. Con más razón que un santo.