La justicia no ahoga

Puede que la justicia apriete pero, en tantos “casos” como estamos viendo, la verdad es que no ahoga. ¿Recuerdan la movida policial de la llamada “Operación Edu” y las graves imputaciones formuladas entonces por los investigadores? Pues bien, el panorama parece haberse relajado bastante durante la fase de instrucción, como lo prueban ya tres autos judiciales que coinciden en que a aquellos hechos sólo les corresponde la acusación de fraude en las subvenciones, descartadas ya las de fraude de fondos de la UE, estafa y falsedad. Es más, se consolida en esas decisiones la doctrina de que las ayudas investigadas inferiores a 120.000 euros no implicarán el reproche penal sino, en todo caso, el civil. Lo dicho, la Justicia aprieta pero no ahoga… ni mucho menos.

El magnicidio

Mañana viernes presentaremos en el Ateneo sevillano un nuevo libro sobre el enigma del magnicidio que quitó de en medio al general Prim. Es obra de un apasionado del tema –hijo de Reus reciclado en Madrid–, José María Fontana, que ya venía reinando en ese negocio desde la época en que fue alumno mío en la Complutense, es decir, desde el Pleistoceno bajo. José María ha escrito más libros sobre aquella figura indiscutible de la gran crisis española que acabó resolviendo la astucia de Cánovas, pero anda empeñado en ahondar en esa fosa de la memoria histórica, entiendo que tan meritoria como inútilmente, aunque con lo ya publicado creo también que ha trastornado no poco el clima de silencio recaído, como en todo magnicidio, sobre el atentado de la madrileña calle del Turco. ¿Quién mató a Prim? He ahí una pregunta supongo que sin respuesta posible que, al igual que los demás magnicidios españoles (y extranjeros), dejará para siempre en la penumbra la larga mano que anduvo tras cada uno de ellos. Fontana maneja tesis novedosas –sobre todo su sugerencia de una conexión catalana hasta ahora inédita—aunque yo suelo animarle recordándole que es precisamente el nimbo misterioso lo que hace posible pasiones como la suya. Nunca sabremos donde se escondía la larga mano de los conspiradores –que seguro que los hubo—ni qué intereses latían bajo las apariencias políticas. El propio sumario del caso ha sido burdamente manipulado, lo que da una idea de la gravedad de las eventuales complicidades.

En esta ocasión, sin embargo, Fontana se enfrenta al enigma desde la libertad literaria –como Sthendal o como Galdós, con perdón—convencido de que esa vía libre permite a la diligencia del investigador riguroso un margen mayor que el del mero ensayo. ¿Y acaso la vida de Prim no tuvo mucho de novela o, al menos, de “nivola”, como diría Unamuno, con sus hazañas bélicas, sus ambiciones políticas y hasta con la arcana circunstancia de su dudosa agonía, todavía cuestionada? Por algo tanto Galdós como Valle-Inclán mostraron el XIX “sub especie literaria”, convencidos de que, historiográficamente una buena novela isabelina siempre valdría más que una Historia como la de don Modesto Lafuente. Yo también prefiero el cronicón de Norman Mailer al “informe Warren” a la hora de pensar en la muerte de Kennedy. Como Fontana, al que me parece estar oyendo sus cábalas no exentas de elegante fantasía en medio del robledal guadarrameño donde suele recluirse para pensar.

Trastornos primaverales

“Yo, entre un policía que denuncia y un vecino que se busca la vida, me quedo siempre con el vecino”, el gran Kichi, alcalde de Cádiz. “Me arruiné con los cursos de Formación”, Ángel Ojea, ex–consejero de Hacienda de la Junta implicado en el “caso Formación”. “La Junta me debe todavía cinco millones”, el mismo. “Mi hijo tenía poderes pero no administraba”, otra vez el mismo. “Tras sonada dimisión,/ Pepe Torres ya no cuenta,/ y andaban tos de reunión/ pa tomar la decisión/ de acabar mirando a Cuenca”, caroca o cartela en el Corpus granadino. “Tres colegios en Andalucía invadidos por las pulgas”, titular de estos días. “Cáritas atiende a menos familias pero constata que la pobreza se hace crónica”, informe de Cáritas Diocesana de Sevilla.

Globos y fantoches

Entre los imputados por la laboriosa juez Alaya han fallecido ya unos cuantos, razón por la que día a día crece la sensación de que, a lo peor, todo queda al final en nada o en poco, es decir, se liquida el fabuloso saqueo con una cuantas sanciones a los más “pringaos” de la cuadrilla, mientras quienes lo idearon y consintieron se van de rositas. Poco a poco, la nueva juez de las macrocausas va destejiendo la madeja que cardó Alaya, hoy archivando este expediente, mañana percatándose de que los hechos reprobables han prescrito. Hasta algunos de los mayores presuntos se permiten chulear dialécticamente a la Justicia diciendo que todo es un montaje –y un “bluf, ¡que británicas elegancias!—y hasta consiguiendo por vía judicial que se le abonen dineros bloqueados en su momento por la instructora. Lo de siempre, pues: que aquí se puede robar un monte pero no se puede robar un pan. Y mientras, en la comisión parlamentaria que trata de aclarar el enredo milmillonario del saqueo de los fondos de Formación, las cañas se vuelven lanzas ante la negativa de la ministra de Trabajo a prestarse al show que supondría su comparecencia ante la Cámara autonómica que es, obviamente, el propósito que mueve a quienes la citan, mientras, ya digo, los investigados van desapareciendo o algunos magistrados les pasan la mano por el lomo, y aquí no ha pasado nada. Se admiten apuestas a que lo defraudado en Andalucía –en la Junta y sus “Agencias”—supera con mucho el montante de todos los mangazos del PP juntos. Pero, ay, como los hay más tontos que Abundio, la opinión extendida por los “medios” afines entre el pueblo soberano viene a sostener todo lo contrario. Así se escribe la Historia.

Que la corrupción viaja de arriba abajo lo demuestran los últimos hallazgos de fraude en los partidos de fútbol de nuestras ligas y, asómbrense, particularmente en las de categorías inferiores. El minifraude fiscal, las peonadas falsas, los escaqueos anticívicos, están a la orden del día como no podría ser menos en un país en el que los dos grandes protagonistas de la vida pública están hundidos hasta las corvas en el cenagal del agio, sin que los medianos y más chicos se libren de esa gangrena que está demoliendo sin prisa ni pausa el edificio democrático, por lo que de poco valen los clamores de algunos sectores judiciales comprometidos en exclusiva con su deber, dada la inoperancia de su Administración. Siempre nos quedará el pesimismo, esa inefable coquetería de los “de abajo”.

La realidad radical

Un gran número de Ayuntamientos españoles, a causa de tan extravagantes alianzas como llevan cruzadas, anda sin Presupuestos por la vida, algo que, a mi juicio, bien podría acabar siendo la tumba de nuestra vida local cavada por esos radicales “emergentes” que lo mismo piden la luna que proponen a los padres de familia que entreguen sus hijos a la tribu para su “socialización”. En las candidaturas irán a los próximos comicios imputados y hasta algún condenado –técnicamente, un delincuente—mientras algún alcalde como el gran Kichi de Cádiz aprueba sus cuentas a puerta cerrada y se enfrenta a la policía defendiendo a la “basca”. ¿Ven como no hay duros a dos pesetas? La Derecha y también los simples sensatos deberían tener en cuenta en esas elecciones repetidas por donde va la vera.

A moro muerto

No siempre resulta válido el adagio “a moro muerto, gran lanzada”. Hay ocasiones –y estamos viviendo una de ellas– en que al moro muerto se le rescata incorrupto del campo de batalla para rendirle homenajes y ejemplificar con su figura el ideal. Ahí tienen al Adolfo Suárez al que me consta –y no me tiren de la lengua— que la práctica totalidad de la progresía acogió entre el sarcasmo y la frialdad más absoluta, hasta acabar llevándose el gran chasco. Rajoy mismo caracoleó hace un año o así en la mismísima Ávila suareciana invocando el espectro del líder pretérito de quien ya será por siempre inseparable la imagen del centrismo. Luego ha sido Rivera, el líder sobrevenido –¡cuánto le deben a la crisis lo mismo él que Iglesias!—quien también visitó la patria del primer presidente de la democracia elogiando la equidistancia centrista como el mejor modelo a seguir. Y ahora ha sido Pedro Sánchez, ese empecinado yoísta, quien ha osado reeditar la retórica de Suárez repitiendo tres o cuatro veces lo de “puedo prometer y prometo”, aquel famoso afarolado tribunicio que seguro que Sánchez ignora que no fue un recurso de Suárez sino fórmula ideada por Fernando Ónega. ¡Que pobreza, Dios, cuánta inania política deben de padecer estos líderes cuando se aferran todos al ejemplo y a la imagen del mismo líder al que en su día contribuyeron (casi) todos a destruir por todos los medios! Incluso desde la oposición sabíamos entonces que Suárez le daba sopas con honda a la pandilla originaria de esta democracia.

Lo que me importa más en este fenómeno de la recuperación retórica de Suárez, no es su elemental ingenuidad –oír a Sánchez esa retahíla resulta realmente desopilante—sino la evidencia del vacío ideológico que soporta este maltratado sistema de libertades que nos dimos a nosotros mismos hace más de treinta años. Nadie tiene una idea propia, es raro escuchar a algún líder una sola originalidad, todos se agarran como pueden el viejo clavo ardiente del éxito de una Transición que, aunque ahora pretendan derribar, constituyó en su día un soberano éxito político. Y no es que Suárez fuera un ideólogo, tampoco es eso, sino que los actuales mandamases son ante todo burócratas desconcertados por los nuevos tiempos. Hoy Suárez fracasaría de nuevo probablemente y sus actuales apologistas serían otra vez sus enemigos jurados. Pero queda la imagen de un ensayo de centralidad hoy, lamentablemente, impensable. El Cid siempre triunfa después de muerto. Como Suárez.