Infame sociedad

Parte el corazón la constante noticia del niño maltratado, aterran las imágenes de los abusadores perversos y hasta las de los inconcebibles parricidas. Y junto a ellas, nos llega ahora (en el excelente trabajo de M.J. Pereira) la silueta canalla de esos buitres que acechan, engañan y saquean a los ancianos. En todas las épocas, el hombre ha tenido la sensación de tocar el fondo moral de una crisis, pero ¿hubo alguna tan irresponsablemente malvada como ésta en que vivimos, en la que un clamor creciente ha de recurrir a la Justicia contra semejantes depravados? La Justicia no debiera quedarse sólo en proteger a esos indefensos sino convertirse en látigo implacable contra tanta ruindad. Goethe sabía ya que un anciano es alguien tan desgraciado que perdió el derecho a ser juzgado por sus iguales.

Habanera imposible

Justo cuando la dictadura castrista deja paso a un delfín post-generacional, llega desde la vieja Rusia la dudosa oferta de ayuda formalizada como su mejor disposición a “contribuir a la modernización” de Cuba. Allá por la Navidad del 92 fuimos allá, acaso todavía con la esperanza de encontrar sobre el terreno nuevos argumentos para mantener nuestro cordial apoyo a aquel brillante pero frustrado ensayo revolucionario. En el aeropuerto me entretuvieron horas mientras los aduaneros cavilaban no sé qué amenazas y en el histórico hotel en el que nos alojamos descubrimos pronto el fracaso del estatalismo cristalizado en el trato distante de los empleados-funcionarios y en la miserable escasez del famélico desayuno. Los programas de la tele oficial nos adoctrinaban incesantes con el sermón de las bonanzas del “régimen”, la exuberancia de la zafra y el imparable progreso de una hermandad cívica que desmentía a ojos vista el paisaje humano. Cuesta abdicar de las viejas lealtades, es cierto, pero ante la evidencia, resulta obligada la abdicación si uno no es un fanático. Abdiqué, con dolor de corazón, por supuesto, para dar paso a un sentimiento fraterno que conservo al día de hoy. Nada me ofrecía ya una Cuba en la que los cubanos no podían acceder a los hoteles ni siquiera invitados por los turistas y en la que tantos desilusionados nos “jineteaban” para conseguir un plato de “ropa vieja” en la Bodeguita del Medio o un psicodélico daikirí en “Floridita”, a la sombra de Hemingway.
Más de un cuarto de siglo después leo que la “santa Rusia” sucesora de la URSS ofrece a Cuba su apoyo para sacarla del atraso más de medio secular y arrastrarla a una dudosa modernidad, se supone que lejana ya del monocultivo y los racionamientos, aunque ignoramos en qué fórmula salvadora. Se viene la memoria la cuarteta barroca: “El señor don Juan de Robles,/ de caridad sin igual,/ fundó este santo Hospital, pero antes hizo los pobres”. Porque han sido sesenta años de abulia y burocracia, de voluntarismo insensato y de ambiciosa ceguera, los que ha vivido arrastrado ese pueblo al que hoy sus propios “aliados” consideran fuera del tiempo.

En aquel tiempo, los visitantes compensábamos el hermoso purgatorio de la Habana con una estancia reparadora en el paraíso reservado de Varadero, donde te llevaban servicialmente la copa hasta el lejano cocotero bajo el que te acogías mientras contemplabas el agua clara y tibia del Caribe. Más o menos como nos ocurría en aquél Moscú en el que la bandera roja ondeaba artificialmente sobre el mausoleo de Lenin. Lo recordamos hoy estupefactos tras oír esa cínica oferta de la Rusia mafiosa.

“Fariña”

¡Nueve toneladas de “fariña” aprehendidas en el puerto de Algeciras! O sea, 9.000 kilos, es decir, más o menos, 9 millones de dosis de coca bien despachadas, que en ese mortal mercado valdrían nada menos que 3.000 millones de euros. ¿A dónde va esa pasta gansa, qué virtuosos operadores financieros la blanquean impunemente, nos hemos parado a considerar el peso que semejante negocio debe de tener en una economía modesta como la andaluza? El narcotráfico –y Andalucía es ahora, al parecer, la Galicia de los años 80— no constituye sólo un problema sanitario ni policial, sino una gravísima cuestión política. Además de los camellos, habría que trincar a otros más importantes, a esa canalla de cuello blanco y guante de seda que maneja hoy por hoy más dinero que nuestras instituciones públicas. Por aquí te quiero ver, como dicen en Cádiz.

Pelillos a la mar

Tras cuatro años de instrucción, la Fiscalía ha entendido que en el extraño y no poco manifiesto reparto de los fondos destinados a Formación en Huelva pudo haber impropiedades administrativas pero no delitos. Nada por aquí nada por allá, pues, como en el circo, para que el gentío se desmoralice preguntándose por qué hace falta tanto tiempo para darle la vuelta al argumento y declarar la inocencia de quien, en su día y con toda firmeza, fue considerado imputable y hasta se llegó a detener. ¿Será que nuestro aparato procesal resulta ser un cedazo inadecuado para cernir las astucias de estos gestores? Puede, pero aunque no hay por qué dudar de los instructores, sí que cabe extrañarse de bandazos tan graves. ¿No miraron bien al principio o miran mal ahora? Esa pregunta queda en el aire una vez más.

Cosecha de absurdos

Da pena escuchar lo oído a los máximos responsables en el juicio de los ERE. Cosas como “Yo no entraba en cómo se repartían las ayudas”, “La ayuda no se le negó a nadie”, “No conozco a nadie que recibiera ayudas”, “Nadie en el Consejo de Gobierno puede conocer la ejecución presupuestaria”, “Quienes escriben no son los políticos sino los funcionarios”, “Es un error pensar que en la consejería de Hacienda se controla todo”, “El aviso ‘por indicación del Presidente’ no es más que una fórmula protocolaria”, “No teníamos ninguna advertencia para actuar”, “El Parlamento y los representantes del pueblo conocían (el procedimiento)”, “Es muy difícil que se pueda establecer un procedimiento conscientemente ilegal para burlar la Ley”, “Prefiero creer a mis consejeros (antes que a las pruebas)”, “Las transferencias de financiación son inocentes”. Casi mil millones merecían mejor defensa.

Vericueto procesal

El camarero que me ofrece el desayuno no entiende por qué si el delito de malversación de fondos de que es acusado un alcalde prescribe a los tres años, no prescribe también a corto plazo el impago de su hipoteca. Y no sé qué decirle, la verdad, más allá de las cucas racionalizaciones procesales. Son ya demasiados los casos de “manguis” archivados por los jueces a causa de haber transcurrido el plazo legal, en tantas ocasiones facilitado por el intrincado procedimiento que, en la práctica, protege y privilegia a los políticos. ¿Por qué se protege más al dinero del Banco que a la pasta pública? El camarero se planta terne en su protesta y uno no sabe qué argumentar contra su elemental hermenéutica. No seré yo quien le repita eso tan disolvente de que se puede robar un monte pero no un pan.