Lealtad relativa

Ayer se debatió en el Parlamento autónomo la propuesta de apoyo al Gobierno de la nación planteada por Ciudadanos . Algo elemental si lo tuviera que debatir el ciudadano andaluz medio, visiblemente decantado contra la situación provocada por el secesionismo catalán, pero no tanto para el PSOE andaluz que ha de cuidar con medroso esmero su dependencia del que manda desde Madrid. Tanta demora y tanta excusa escandalizan especialmente si se tiene en cuenta la cicatería que supone regatear ese apoyo a tres días de una intentona separatista que habá sentado peor que a nadie a los cientos de miles de trabajadores andaluces a los que ese pleito afectará de pleno, por desgracia, ocurra lo que ocurra el domingo. Ni en este brete se salva el “régimen”de la voz de su amo.

Gobierno ambulante

Se comprende que ni el santo Job saldría ileso de la jefatura de la Oposición al “régimen” en esta Andalucía, pero ni eso justifica el absurdo cuestionamiento de la capitalidad de la autonomía que acaba de proponer el presidente del PP andaluz anunciando, para cuando sea presidente, viajar con él Gobiernillo a Málaga una vez al mes. ¿Y por qué no a Huelva o a Granada, a Jaén o a Córdoba, a Cádiz o a Almería? Nadie en sus cabales, ni siquiera el más antijacobino, cuestiona la capitalidad en la Toscana o el Algarve, en Texas o en Bretaña. Mostrarnos singulares en este absurdo pleito localista no puede contribuir sino a repintar el falso cartulario de las “dos Andalucías” que muchos creíamos ya olvidado.

De profesión, rebelde

El alcalde de Marinaleda, como algún otro compañero de sindicato, es ya una leyenda, no urbana sino rural en este caso. En varios decenios han logrado asimilar, en efecto, a Lenin con Blas Infante y a Ho-Chi-Minh con Puigdemont, que ya es asimilar, como lo demostró ayer al convocar en la universidad Pablo de Olavide –y contra la expresa prohibición rectoral– un acto de adhesión a la sedición catalana. ¿La razón? Pues la “responsabilidad histórica y social con la humanidad”, ahí es nada, además de izar la “estelada” en su Ayuntamiento, ese kremlin sevillano. Lo que no se le puede negar a Gordillo es esa coherencia más bien contumaz que le servido para vivir toda la vida de su profesión de rebelde.

Saltar la valla

Atónito me quedo ante el riguroso informe de Stella Benot sobre la decisión de la Mesa del Parlamento autónomo de elegir por sí misma a los letrados de la Cámara aparecido ayer aquí mismo. Y no porque me sorprenda una alcaldada más de sus biempagadas Señorías, sino porque resulta por completo desconcertante que el PP se haya sumado en esta ocasión a una iniciativa que, de confirmarse en todos sus términos, no sería más que un comodín en manos de la arbitrariedad interesada del “régimen” y sus socios. ¿Cómo apoyar que los aspirantes a letrados sean escogidos por los propios diputados y que sea la Mesa la que los entreviste por su cuenta y riesgo al margen de lo dispuesto en el Estatuto? Stella dice que lo ignora. Algún letrado al que consultó, también.

La novena provincia

Así, “la novena provincia andaluza”, llamaba a Barcelona el gran José María Osuna . Hay que recordarlo hoy –al iniciar la semana límite que traerá lo que traiga– porque más de un millón de andaluces se vería extranjero el próximo lunes en su propia nación de prosperar el proyecto sececionista y no es posible siquiera imaginar esa situación viviendo como vivimos en el periodo pacífico y libre más vasto de la historia española. A esos trabajadores –que llevaron allá desde el Rocío a la Feria de Sevilla– debe Cataluña gran parte de su progreso y de su bienestar por más que el ex-honorable Pujol –y no sólo él– los ultrajara miserablemente antes de descubrirse su presunto saqueo familiar del país. A ellos, españoles y catalanes estatutarios, debe proteger el Estado frente a la frenopatía de los ganapanes.

Cortázar en la memoria

Lo primero que llamaba la atención en aquel ídolo generacional era su estatura. Alto, delgado, elegante sin afectación. Más bien silencioso y, sin embargo, locuaz cuando se abría en confidencias igual en público que en privado. Lo conocimos entusiasmado en casa de Félix Grande, uno de sus amigos más constantes, con quien mantuvo la intensa e ilustrativa correspondencia que éste públicó luego en Cádiz, y estuvimos con él en compañía de Jaime Salinas primero y de José María Guelbenzu después, invitado él en ambas ocasiones por la editorial Alfaguara. Cercano y preciso siempre, traslucía su fervor por los viejos griego lo mismo que por Cervantes –a quien conocía minuciosamente– o por Poe, cuya obra misteriosa tradujo, a instancias de don Francisco Ayala, cuando todavía éste andaba por Puerto Rico y él circulaba soñador por un París que fue, sin duda, su hogar literario.

No fue fácil su vida a pesar de su éxito clamoroso, como no lo fue su itinerario sentimental –tres mujeres marcaron su obra tanto, probablemente, como su vida– pero él supo atravesarla con invariable pasión, como un cronopio inspirado que eligió el camino de lo fantástico frente al de la lógica y, por descontado, frente al de la ideología, maestro de una narrativa deslumbrante igual en la distancia corta que ante el desafío de una novela con cuya estructura hasta se permitía jugar ofreciendo al lector una imaginaria libertad ilimitada. Si “Todos los fuegos el fuego” o “62 modelo para armar”, si los cuentos fascinantes de “Final del juego” o “Las armas secreta” nos habían sumergido de golpe en una perspectiva literaria insospechada, el concierto de “Rayuela” , entre Wagner y Mozart, un pie en Joyce y otro en Borges, supondría para mi generación un hito decisivo, que tantas veces nos trajo y llevó desde la Rue Cherche Midi al Pont des Arts, o nos fascinó con el saxo de Lester Young o la trompeta de Louis Amstrong –“uno de mis dioses”, diría el escritor alguna vez- bulléndonos en la memoria, vagabundos y noctámbulos por Saint André des Arts, los vericuetos de Saint-Michel o –con mi llorado José Antonio Gabriel y Galán, jóvenes como éramos– ebrios de “vin rouge” y “pastis”, tras las huellas de la Maga, de Ossip, de Gregorovius, tiernos con Rocamadour, el hijo que él nunca tuvo…

Y su leyenda incómoda, su presunto y lejano elogio de la dictadura española, la tesis del sida final –cuando todo indica que él y ella, Carol Dunlop, murieron de leucemia y de aplasia-, el inútil cerco de los anticomunistas profesionales, las pullas al exiliado que siempre negó ser o al afrancesado que tampoco… Lo veo en Les deux Magots o en la Coupole, en la taberna de la Guindalera, recorriendo el Prado, escucho su erre gutural, recuerdo el capítulo 7 de “Rayuela”en la voz de José Luis Gómez, el ritmo pausado de su discurso. Fue un genio y decía que “no hay que buscarle sentido a lo fantástico: está ahí y eso es todo”. Miro su tumba en Montparnasse y lo comprendo.