Cañas y barro

Conocí a Joan Fuster, el patriarca del nacionalismo culto de los años 60, mucho después de haber estudiado, como la mayoría de los universitarios atentos de la época, un libro espléndido en su mesura tanto como en su saber, titulado “Nosaltres, els valencians”, su  obra más conocida. Fuimos a verlo a su casa de Sueca el entonces director de publicaciones del ministerio de Agriculura, y luego brillante antropólogo, Cristóbal Gómez Benito y yo mismo, guiados por un atento alto cargo de la casi flamante  Generalitat valenciana que ostentaba el curioso cargo de director general de Acción Cívica –nuestro amigo Benito Sanz- con objeto de implicar al maestro en nuestros planes editoriales y, en especial, en nuestra colección de Clásicos Agrarios.
Sanz nos ofreció un espléndido viaje desde Valencia a Sueca, camino amenísimo que discurría entre cañaverales, campos de arroz y fincas de naranjos –el famoso “toronjal” que, con ese título, había canonizado Lluís Font de Mora–, la hermosa región de la Albufera y, en concreto, el campo abierto de la Ribera Baixa de la que Sueca es epicentro o capital, con su estupendo caserío en una de cuyas clásicas mansiones residió siempre Fuster, rodeado de libros –muchos miles–, una considerable pinacoteca y curiosas y variadas colecciones. Fuster nos recibió en zapatillas, con aire amable y cansado, ¡tan azoriniano!, parco en palabras pero mostrando una seriedad entrañable. Lo asistía –no sé cómo decirlo– una joven pareja de discípulos que lo trataba con confiada veneración, desviviéndose por aquel fino espectro que deambulaba por la casa mirándonos distraído pero con ojos penetrantes por encima de una gafas acaballadas sobre su nariz aguileña.

“¿Ausias March, te interesa Ausias March?”. Nos habló del viejo poeta, de Llull, me recomendó que revisara mi estudio del bandolerismo enlazándolo con el tema de los gitanos (sobre el que él mismo había publicado un ensayo) y nos recomendó para nuestra colección un libro lejano del sabio “ilustrado” Jaubert de Passá sobre los canales hispanos que, en efecto, acabaría publicándose después. Lo que no cumplió  fue su vago compromiso de editar con nosotros un clásico y un comentario sobre los reformistas “ilustrados”, desde Jovellanos a Campmany pasando por Foronda.

La casa –hoy museo– acababa de sufrir una inundación que había  desgraciado los centenares de tomos atestados en el suelo a modo de zócalo. Y Fuster nos contaba el incidente resignado mientras nos despedía afable en la puerta hasta la que llegaba lejano el olor volandero del azahar. Luego volvimos a Valencia, no poco conmovidos por la imagen y el trato del sabio, otra vez entre cañaverales y tierras anegadas, verdes perspectivas y espejos de agua, el paisaje mismo que hace tanto tiempo nos mostró Blasco Ibáñez al contarnos la tragedia indiana en su “Cañas y barro”.

Divino tesoro

Más propio sería decir “divina ruina” que “divino tesoro” al referirse a nuestra juventud, de tomar en consideración los datos ofrecidos por dos chiringuitos autonómicos–el Consejo de la Juventud de Andalucía y el Observatorio de la Emancipación- que avisan de que más de la mitad de nuestra juventud regional se halla en riesgo cierto de pobreza, cada día más lejana del famoso “Welfare State” o Estado de Bienestar, y muy lejos ya de la media registrada en el conjunto español. Así, según esas fuentes, oficiales en fin de cuentas, casi uno de cada tres jóvenes españoles apurados reside en nuestra comunidad autónoma, campeona sn rival con su 43 por ciento de jóvenes parados. Aquí todo marcha divinamente, por lo visto y oído, pero si esta realidad no supone una catástrofe social, que venga Dios y lo vea.

Pedir la luna

Es cosa sabida que los políticos –todos– diseñan la gestión pública en función de sus intereses partidistas y, llegada la ocasión, incluso piden la luna, lo que no impide que, cada cual en su turno, exija al adversario imparcialidad y limpieza de manos. Ahí tienen al PP protestando porque la Junta de los ERE, Invercaria, fondos de Formación y demás, va a sacar de un decretazo la famosa Oficina contra el fraude, en lugar de presentar en la Cámara un proyecto de ley que permita su debate libre. ¡Pero, criaturas, cómo le piden al vecino que apedree su propio tejado! La Junta sabe de sobra que lo que hace es un truco y lo insólito sería que buscara de verdad la transparencia frente a la corrupción en medio de la que está cayendo. Son como niños y se creen que los niños somos nosotros.

Demagogia supina

La autodenominada izquierda andaluza (PSOE, IU, Podemos) quiere perpetuar la desigualdad fiscal entre los españoles manteniendo el brutal impuesto de sucesiones que rige en nuestra comundad. Y para fundamentar esa injusticia clamorosa, doña Susana sostiene en el Parlamento que los herederos obligados a pagar ese impuesto confiscatorio son “millonarios en euros”: ya ven que pamplina. Esta vez Ciudadanos (C’s) ha votado contra ese propósito pero no basta con eso, pues de sobra sabe este “socio para todo” con que cuenta el gobiernillo que, dada la aritmética parlamentaria, ello no constituye más que un gesto intrascendente. Que los andaluces tengan que pagar por su herencia lo que no pagan otros españoles es un disparate y un atraco. Aparte de que, si doña Susana quiere, otro día hablamos de quienes son aquí de verdad –¡y cómo lograron serlo!–  “millonarios en euros”.

Autonomía, ¿para qué?

Para muchas cosas, qué duda cabe, pero, lamentablemente, no para algunas de las más esenciales. Para librarnos del mochuelo de ser una de las pocas comunidades españolas que han renunciado a rebajar o eliminar el impuesto de sucesiones, para superar el fracaso educacional o, en fin, para algo tan urgente como organizar la sanidad de verano sin mantener las insostenibles listas de espera que la Junta oculta en la cámara oscura desde hace más de un año. No es que esperáramos que en la autonomía los fueran atados los perros con longaniza, desde luego, pero sí que nos sacara de una vez de la cola del tren nacional y nos mantuviera ni más ni menos que a la altura de los demás españoles. Más de tres decenios de “régimen”absoluto legitiman aquella incómoda pregunta.

El traje del decano

Es posible que un universitario actual no se haga idea cabal de lo que era un Decano de los viejos tiempos por no hablar siquiera de lo que representaba un Rector. En medio de la continuas tensiones de la convivencia universitaria provocadas por la oposición al régimen dictatorial, hubo, ciertamente, cargos que se plegaron a los dictados políticos pero también personajes que supieron mantener la hoy, en muchos casos, casi desaparecida dignidad académica. El ambiente de continuo ajetreo y hasta de violencia vividos en nuestras Facultades, era compatible, por ejemplo, con Decanos como Pérez Botija, que era un dandy de estricta observancia, del que se rumoreaba en la Facultad de C.C.P.P. y E.E tanto como en el Instituto de Estudios Políticos que reservaba permanentemente un vestuario completo en la institución en previsión de un eventual desdoro del que usaba de ordinario.

Pocos casos como el del maestro de procesalistas don Leonardo Prieto- Castro, a quien la turba estudiantil llamaba expresivamente en las “fiesta del rollo” y en latín macarrónico, cuando lo era, nada menos que “pluscuanperfecto Decano”, figura imperturbable y, ciertamente, respetada, a la que tocó lidiar con la marea que condujo al 68 –incluido el grave incidente provocado por los carlistas progres en el recibimiento en la Facultad de Derecho complutense del entonces Príncipe de España— y finalmente dimitido irrevocablemente en la primavera de aquel año tempestuoso cuando, encabezando a los estudiantes a la puerta del centro, fue alcanzado por la manguera policial, dando origen, además, a una desmesurada demanda judicial contra el Estado que pretendía la reparación costosísima de los daños causados por la represión a su impecable indumentaria, indemnización que, por supuesto, jamás llegaría a conseguir.

Quizá falta aún el balance de aquella situación conflictiva –la normalidad hubiera sido impensable en una Universidad aún viva–, en la que se produjeron acciones lamentables, sin duda, por parte del bando estudiantil, sólo explicables por la brusca terquedad de un poder que intentaba en vano –ya desde los disturbios del año 56 y el fallido rectorado de Laín Entralgo— establecer en la Universidad un clima mansueto. Hoy no alcanzaríamos a imaginar siquiera situaciones como el intento de defenestrar a un decano barcelonés o la escena indignante de la pintada integral y pública de un profesor, pero tampoco, me temo, posturas altivas como la del gran procesalista pasándole al Estado, en reparación del ultraje recibido, una factura del sastre que superaba con mucho el salario anual de un docente, como me ha comentado más de una vez el yerno de don Leonardo, y también ya maestro, Ramón Tamames.