Alguien “ens roba”

Demuestra Hacienda en un informe oficial la enorme distancia que separa a las comunidades forales, País Vasco y Navarra, de las demás y, en esa perspectiva, el desfase que lastima a Andalucía. En resumen, que con la autonomía nos hemos quedado sin el fuero y sin el huevo pero, ojo y que nadie se engañe, porque ello no es responsabilidad exclusiva de este Gobierno sino de cuantos ha habido en nuestra democracia cojitranca. ¡El cupo! –habría que decir el “cuponazo”— es el instrumento que nos separa tanto, igual en sanidad que en educación y demás servicios sociales, y, ciertamente, es tramposo lanzar ahora el agravio contra un Madrid que siempre ha estado en el mismo sitio. Alguien “ens roba” –a nosotros, sí que sí—y todavía hay quien dice que ése es el precio de la paz social.

Presos sin causa

¡Con la de delincuentes que andan sueltos por esas calles y van a meter en una cárcel a unos inmigrantes desesperados que buscan legítimamente su simple supervivencia! Encarcelar en el nuevo penal de Archidona a los desgraciados que acaban de jugarse la vida en el Estrecho, constituye un grave atentado a la condición humana que ninguna razón política puede justificar. Que no funcione la previsión administrativa o falten refugios para acoger a esa previsible ola, será un problema de la gestión política pero no debe ser, en ningún caso, una razón para encarcelar a inocentes, ni siquiera en el supuesto de que los responsables públicos cuenten con la autorización de los jueces. España ha de exigir a la UE que colabore ante este problema frente al que es inútil e injusto cerrar los ojos. Echar el cerrojo no es más que una ignominia.

¿Estarán tontos?

Puedo entender el laberinto en que se mueve el PP capitalino (sevillano), por ejemplo, dividido en dos bandos, me temo que letales. Lo que se me resiste al límite es la noticia de que en el PP de Granada hayan admitido en la organización –y temo que en posición preferente— a un sujeto que hasta hace poco se ha hecho llamar nada menos que “papa Gregorio XVII” en el frenopático hereje del Palmar de Troya. ¿Qué pretenden los conservadores, que los tomen por tontos o será que, en realidad, lo son? Un partido que gobierna España no puede permitirse estos peligrosos malabares, ni sus votantes aceptarán, a buen seguro, estupideces semejantes, que echan por tierra su credibilidad y lo incluyen de pleno derecho en el idiotario nacional. Urge que esa Dirección corte por lo sano una operación tan ridícula.

Pobres “monterillas”

Me ha pisado el tema ese águila que es Juan José Borrero, a pesar de lo cual insistiré, porque es de justicia, en la suerte de los modestos alcaldes que andan pagando el pato de las corrupciones incluso cuando de lo que se les acusa es de un quítame allá esas pajas. Borrero lamenta el caso del regidor de Huesa, entrullado por tres años y dos meses por pagar una obra con dinero de otro renglón presupuestario, y otro por el estilo, aunque olvide las inconcebibles prisiones de Pedro Pacheco, el alcalde de Jerez, preso hace años por cuatro pamplinas si se las compara con los grandes delitos que nos afligen. ¿Cómo encerrar a un alcalde “monterilla” por una alcaldada mientras el clan Pujol goza de su botín y los rebeldes y sediciosos se pasean por los platós? Conteste quien pueda.

Son como niños

También en esta Andalucía abrumada de problemas resuena el trueno territorialista. Discute con la presidenta Díaz la podemita antisistema mientras resuena como fondo la serenata boba de la “plurinacionalidad” y el monstruoso concepto de la “nación de naciones” (¿?). Oímos que el hecho de que Andalucía se autodefina como una “nacionalidad histórica” es indiscutible, como si en las restantes comunidades españolas no lo fuera. ¿Cómo es posible seguir con estas matracas tantos años después? ¿Es que Andalucía y España no tienen encima males más agobiantes que éste de la obsesión lugareña? ¿No tienen bastante estas minervas que nos gobiernan a precio de oro con la pobreza, el paro, la dependencia, la fracasada educación, la problemática sanidad o la precarizada legión pensionista? Vale, tenemos los políticos que elegimos. ¿Pero acaso eso basta como consuelo?

¡A los leones!

Mi amiga tudesca, Annette, que es socióloga en el hormiguero de la ONU, viene con su amigo, un misionero en el África profunda que ha salido del horno por una quincena para tomar aliento. Tristes e indignados, ojeamos entre mis libros, junto a los textos canónicos, el testimonio de la antigua historiografía romana (Tácito, Suetonio, Dion Casio, Plinio el Joven) y el de los padres primitivos (Tertuliano, Eusebio…), junto a los cronistas modernos y contemporáneos. ¡Las persecuciones! ¡La tragedia primordial del cristianismo, la grave tensión entre el ecumenismo cristiano y su competidor, el universalismo imperial! Un panorama escalofriante. Escuchen a Ignacio de Antioquía, mártir (en griego, “testigo”) en el Circo: “Soy trigo de Dios y debo ser molido por los dientes de las fieras para convertirme en pan inmaculado”. Y lo fue. Desde el siglo I hasta el III –bajo Nerón, el propio Trajano o Adriano, Domiciano, Marco Aurelio, Septimio Severo, Decio, Valeriano, Diocleciano… hasta llegar a Constantino), los cristianos son perseguidos a centenares, millares quizá, en nombre de la “religio licita” que imponía el culto imperial. Pero nunca como ahora. ¿Ahora, en pleno siglo XXI, en medio de la apoteosis de la civilización?

¡Ya lo creo! Me traen mis amigos un informe elaborado por Open Doors International y revisado por el International Institut of Religious Freedom, según el cual en este momento son perseguidos en el mundo unos 215 millones de cristianos: en India o Pakistán, Bangladesh, Laos, Butan, Vietnam, Corea del Norte, Somalia, Egipto, Sudán, Afganistán, Siria, Irak, Yemen, por no hablar, entre otros países, de los del África central, media centena de países en que la sangría convive con la exclusión radical y violenta. Mi amiga templa gaitas con el argumento demográfico, compara las poblaciones del tiempo imperial con las actuales, tan enormes, pero el resultado es contundente. Hoy, en 2017, la persecución de cristianos es incomparablemente mayor que en tiempos de la escabechina ordenada por Diocleciano (lean a Lactancio o a Eusebio, y verán), y no sólo es imputable al extremismo islamista, sino a credos tan impensables como el budismo o el induísmo. Recupera actualidad la obra de Paul Poupard, la pionera de Workman o la de Canfield, hasta la serena aunque dolorosa literatura de los padres.

Mis amigos me prometen otros informes mientras contemplan extasiados, al pie de la Giralda, el trajín de la muchedumbre de turistas. “¿Será ésta otra “pequeña paz” como la vivida bajo el emperador Galiano?”, cuestionan inquietos mi amiga estudiosa y el misionero, que no las tiene todas consigo. Uno no quiere ni pensarlo, pero cualquiera sabe qué pensar ante este panorama.