El éxito del secreto

Los dueños de la Coca-Cola han decidido, para celebrar el 125 aniversario del invento, trasladar al museo del producto que existe en Atlanta –World of Coca-Cola– la famosa fórmula secreta que dicen que existe, por más que yo no me lo crea. Dicen que en un principio fue una fórmula secreta memorizada por un reducido pretorio de iniciados y que sólo sería puesta por escrito, medio siglo después de su feliz descubrimiento por el boticario Pemberton, como parte de la garantía de unos nuevos amos, para ser custodiada desde entonces en cajas fuertes bancarias, primero en Nueva York y luego, los últimos 86 años, en un banco local de esa ciudad del Estado de Georgia. Y ahora, en fin, acaba de ser trasladada al museo en el que reposará en un formidable cofre acorazado, dicen que para “compartir” con el gentío en general, por medio de esa presencia, el inefable sabor del misterio. La Coca-Cola está arrasando en China e India tras haber colonizado hasta los lugares más remotos del continente africano en el que, para atender a multitudes hambrientas y sedientas, apenas dan abasto caravanas de “trailers” y todos sabemos que hasta en el caserío más remoto del planeta es más que posible toparse con el cartel que anuncia el fantástico refresco. Bueno, pues qué quieren que les diga, yo no trago con ese mito genial que parece ignorar que hoy día, con las técnicas analíticas al alcance de tanta gente y, por descontado, de la competencia, cualquier laboratorio medio qué sería capaz de descifrar sin especiales esfuerzos. Me consta que son ciertos los ritos fabriles y las ceremonias en torno al mejunje, pero hay que estar ciego para no ver en ese montaje un inigualable trampantojo propagandístico. He visto las caras de los visitantes parados ante el “sancta sanctorum” del museo de Atlanta reflejando ese inconfundible destello de la fe en la mirada creyente y me he reafirmado en mi escepticismo. Si el éxito de la Coca fuera su fórmula, ésta se conocería, no lo duden, y por supuesto, ya la estarían replicando los chinos hace tiempo y por hectólitros.

No hay factor más eficaz en la propaganda que el prestigio misterioso, no importa que la caja acorazada resulte que está vacía y que lo que guarde, en realidad, no sea un papel ilustrado con un arcano sino la huella virtual de una ilusión compartida sin la cual el éxito de la bebida tal vez no fuera tan colosal. Nadie verá ahora tampoco la fórmula, pero podrá sentir la sensación de proximidad –quién sabe si también ilusoria—con el mitificado secreto. Nos pastorean como quieren, está visto. Quizá mi resistencia ante esas publicidades no sea más que la expresión de una última resistencia.

Río de ida y vuelta

El Gobierno de la nación vuelto a ocupar en Sevilla sus despachos de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir (CHG), con funcionarios y todos, lo que da una idea de la precipitación con que se han venido haciendo en los últimos tiempos estas maniobras políticas. La decisión era obligada tras la sentencia del Tribunal Constitucional que, en marzo pasado, echaba por tierra las pretensiones de gestión exclusiva sobre ese río interprovincial sin dejar resquicio para componendas. Por ello se ha aprovechado el inacabable “puente” de la Constitución y la Inmaculada con la intención de hacer el menor ruido posible. Un gran fracaso que la Junta podía haberse evitado con un poco más de mano izquierda y un poco menos de inútiles humos.

El oro rebelde

En los viejos tiempos de la dictadura se hablaba mucho del “oro de Moscú” y, nunca supe por qué, también del de Praga. Se daba por sentado que si hacíamos una asamblea en la Facultad, se producían carreras por las calle y nada digo si había una huelga en una fábrica, la mano que mecía esa cuna no era otra que la larga que desde la URSS –Rusia, solía decirse– enviaba sin tasa para recompensar a los rebeldes. Mucho menos se habló del “oro alemán” o sueco, incluso mientras duró la polémica de la ayuda socialdemócrata que un PSOE adolescente y recién llegado recibía de “Flik y Flok”. Siempre el oro, la eterna canción que evoca al militante como mercenario y en la que los poderes constituidos ven a las primeras de cambio la racionalización más cómoda de la rebeldía. El sábado se produjo en Moscú una sonada manifa –la autoridad municipal se vio forzada a autorizar hasta 30.000 participantes—convocada por las redes sociales como refuerzo del movimiento contra el fraude electoral del pasado día 4, que viene rebotando desde el Este lejano a la propia capital, en cuyo centro –alrededor de la Plaza Roja y el Kremlin—ha podido verse el mayor despliegue de fuerzas desde el “pustch” contra Gorbachov. No han faltado los incensarios de los popes y el concurso de los estudiantes, a algunos de los cuales se les ha retenido en clase por el procedimiento simplón de imponerles un examen por sorpresa o anunciarles repentinamente una inverosímil epidemia de gripe. ¡El oro de Washington, cientos de millones de dólares han logrado perturbar la paz de hierro impuesta por Putin y éste ha rescatado del desván, sin pensárselo dos veces, el espectro de la Guerra Fría! Los propios observadores internacionales de la OSCE aseguran, sin embargo, que durante el domingo electoral detectaron numerosas irregularidades, confirmando la sospecha de que Putin podría haberse agenciado alrededor de veinte puntos más de los que realmente obtuvo en las urnas. Más oro haría falta para probar eso, me parece a mí.

No hay dictador que no atribuya a algún adversario la financiación de la rebeldía que se le opone, como si no supiera hasta el gato que en las protestas y hasta en las revoluciones pesan mucho más que el oro otros factores no siempre fáciles de definir. En este caso se ha escuchado la voz de un archimandrita tronar “contra el cinismo” de ese régimen bicípite que ha sabido meter en vereda a las masas y dar a cada mafia lo suyo. Pero esto que se ha visto en Rusia sugiere que no todo está definitivamente  ganado ni perdido. Putin, que fue capo del KGB, debe de saberlo mejor que nadie.

Soberanos y socios

Recuerdo la visita a la Complutense de Pierre Mesnard a principio de los 60. Venía a presentar su obra sobre Bodino, a la que había puesto prólogo Maravall, entre amistosas pullas a Javier Conde y Nicolás Ramiro Rico. Bodino estaba de moda y con él su teoría de la soberanía que hoy día nos vendría al pelo a la hora de participar en esta discusión insolvente sobre la “cesión” de la misma que vamos a tener que hacer –nosotros y los otros—si queremos salir del atolladero. ¿Acaso no hemos sido siempre más o menos condicionados en nuestra soberanía? ¿Hubo alguna vez un país plenamente soberano aparte de los que, cada momento, han ejercido la hegemonía? Roma, España, Francia o Inglaterra absorbieron en su día la soberanía ajena de manera mucho más abrupta que hoy pretende hacerlo, por razones societarias, la UE y yo no veo en ello mayor problema recordando que para aquel pionero que fue Bodino no pasa nada por distinguir entre la “cité” y el “état”, que en el futuro corresponderán a las naciones asociadas y la comunidad europea respectivamente. Es verdad que para aquel adelantado, como la sujeción es lo que hace al ciudadano, no hay más soberanía que la que ostenta el poder no sometido a ningún otro, pero no veo contradicción en ello a poco que consideremos la cesión voluntaria a la comunidad superior como un acto libre y, en consecuencia, también soberano. Nuestras viejas naciones serán en adelante, probablemente, “cités” bodiniana,s mientras que la UE tenderá a ser un “état” o no será nada. Se puede ser ciudadano de un país cumplido más allá de las diferencias de lengua, creencias, privilegios, inmunidades, leyes y costumbres e incluso autonomías, se pensaba en el XVI cuando Bodino diseñaba su ideal de República. Cinco siglos después  es la realidad –¡la crisis, ay!—la que se ha encargado de probarlo.

En Francia a esta reserva de raíz nacionalista le llaman chauvinismo, en España se ve como cosa propia del patriota, en Inglaterra ni se lo plantean y en Italia pasan un kilo del debate, pero la realidad es que habremos de reinventar algo muy parecido a la fórmula federal si queremos administrar un continente ni más ni menos que como lo vienen haciendo los americanos desde Jefferson. ¿Qué pasa porque en Bruselas se ocupen de una política fiscal única o una política agraria común? Pues nada de nada a poco que seamos socios leales pero firmes. El euroescepticismo es ya una pura superstición para uso de anglicanos e islandeses. Y a mí, cuando el mundo de todos se nos viene encima como un sombrajo, la verdad es que me resulta incomprensible esa obcecación.

La prioridad de Griñán

Dijo y proclamó Griñán en su discurso de investidura que la educación sería la prioridad de su gobierno autónomo. Pero una cosa son las palabras, que se las lleva el viento, y otra muy distinta las obras. Ahí tienen la protesta de los responsables de la maltratada enseñanza media porque estamos en diciembre y los Institutos no han recibido aún el dinero para funcionar al día, la partida para el gasto corriente que tradicionalmente se les envía desde la Junta en el primer trimestre. Prometer es fácil, cumplir lo prometido, bastante menos, como demuestra ese elocuente botón de la librea presidencial. ¿No vamos a seguir a la cola de la educación si nuestros centros docentes no tienen ni para papel higiénico? Si no funciona lo prioritario, imaginemos como irá el resto.

Arte y fetiche

La obra relativamente reducida de Velázquez se ve incrementada de vez en cuando por hallazgos fortuitos que suelen revolucionar el mercado más que la perspectiva artística. Hace tres años se descubrió en los sótanos del Metropolitan  de Nueva York, adocenado  entre sus fondos, lo que sugirió ser un posible autorretrato velazqueño avalado por la firma del genio que apareció tras la limpieza del lienzo. Y el año pasado, sin ir más lejos, un experto se topó en los sótanos de la Universidad de Yale con una obra a la que se ha atribuido gran importancia: “La educación de la Virgen”. Pero es que esta misma semana, los subasteros de Bonhams han tenido la fortuna de descubrir que un retrato atribuido a cierto pintor mediocre era, en realidad, uno de esos inconfundibles caballeros españoles que el gran experto Peter Cherry, una vez escudriñada la obra, ha certificado que tal vez fuera Juan Mateos, el maestro de Felipe IV. Vicente Lleó me ha explicado que fue una alumna de Cherry –de quien, mientras éste fue becario, Vicente fue su tutor– la que lo alertó casualmente sobre el retrato, añadiéndome la razonable explicación que estos frecuentes encuentros son explicables sólo desde la clave de la rapiña militar (incluida la soldadesca) que  tanta pintura española diseminó por Francia como por Inglaterra durante la guerra de la Independencia, y ya puestos hemos pegado la hebra a propósito  de ese cuarto oscuro que es el mercado del arte en el que se confunden los sabios con los impostores. En resumen, que el cuadro que el afortunado dueño poseía valorado en unos cientos de euros –quizá incluso en tres mil—ha sido subastado el miércoles en la casa y adjudicado en tres millones y medio de euros. Vean lo que vale una firma, o mejor, dos, la del autor y la del perito, dos garabatos capaces de transformar en un tesoro –visto y no visto– el cuadro que a lo mejor compró el abuelo en un chamaril una tarde en que le entró por el ojo. Fetichismo le llamo yo a eso. Me encanta la gente que decora su casa haciendo de su propia estimativa el único criterio.

No hace mucho tiempo, dos gigantes de la crítica y de la experticia dejaron en el aire, al discrepar atribuyendo, uno a Velázquez y el otro a Alonso Cano, la autoría de una famosa Inmaculada que, en consecuencia se quedó compuesta y sin papeles. Tal es el valor fetiche que el mercado atribuye a la “cosa” artística, en él transformada en mercancía y por tanto sujeta a la aventura de formación del precio que Marx, con perdón, vio y supo exponer como nadie. Los guripas de Napoléon dieron cumplida muestra de cómo saquear un museo aprovechando sólo los desechos despreciados por sus generales.