No se lo creen ni ellos

Resulta patética, casi conmovedora, la carta del funcionario que ayer reprodujo El Mundo y en la que advertía a un superior del trampantojo urdido entre la Junta y Nueva Rumasa. Ese “Tú me dirás lo que hago” comprende en seis palabras el drama de los funcionarios honrados a los que los responsables políticos del “fondo de reptiles”, como de tantos otros “fondos” oscuros, traen por la calle de la amargura forzándolos a caminar por el filo de la navaja al borde o incluso fuera de la Ley. Pero ¿quién se va a creer que decisiones como ésa de largar millones de euros las toma un jefe administrativo o un director general? La carta en cuestión permite ver lo que está ocurriendo en la Administración autónoma y evidencia que “los que tienen que servir” ni quieren ni saben ya a qué atenerse. Estamos ante una estafa piramidal. Sólo falta que alguien sea capaz de señalar el vértice.

Déficit pintoresco

Debo confesarles que no me lo he creído a la primera. Me ha sido preciso echar mano del BOE (11/11/12) para dar crédito al rumor de que la ministra de Exteriores saliente, Trinidad Jiménez, firmó, al día siguiente de perder las elecciones, la interminable lista de ayudas al exterior que prodiga la Agencia de Cooperación Internacional, o sea, para entendernos, el viejo Instituto de Cultura Hispánica. Me costaba entenderlo, no sólo por el hecho de estar ya “en funciones” la ministra sino porque el detalle de lo adjudicado revela hasta qué punto del enorme déficit legado por su Gobierno al siguiente tampoco es que haya sido provocado por necesidades inexcusables. Sólo a modo de ejemplos, citaré unos cuantos “pelotazos” que por su carácter pintoresco bien merecen no perderse río abajo en el caudal de la desmemoria. El que merecería el premio al ingenio es, sin duda, el que concede una ayuda de casi 300.000 euros para la “Mejora de la producción agrícola mediante la resolución de conflictos con los hipopótamos en Guinea-Bissau”, pero bien de cerca lo siguen otros, igualmente divertidos, como la ayuda de más de 225.000 euros destinados a la “Promoción de los derechos de las mujeres en la reforma política de Egipto”, la que concede 100.000 a la tarea de promover la “Sensibilización de la sociedad española por la vulneración de los derechos humanos por causa de género u orientación sexual” o la que larga casi 300.000 a las “Emisoras de radio con enfoque de género en Camboya”. Uno de esos regalos me ha conmovido al leer  que los contribuyentes españoles concedemos más de 200.000 euros  para la “Implementación del currículo de educación maya bilingüe intercultural”, aunque no tanto como aquel otro de 100.000 que enviamos gustosos a la “Red Iberoamericana de festivales de cine lésbico, gay, bisexual y transexual” y desde luego mucho menos que el que envía 316.000 euros como “Contribución al ejercicio de los Derechos Sexuales y Reproductivos de las Mujeres de Mali”.

No deberíamos quejarnos tanto de la subida de impuestos forzada por la deuda teniendo en cuenta las buenas causas por las que el zapaterismo nos ha rascado la faltriquera a todos y cada uno de nosotros. Había que ir avanzando “Hacia la igualdad de género y los derechos de la mujer en Níger” y hemos sido coherentes y generosos, qué coños, que un día es un día, aunque sea el siguiente de las elecciones: el que venga detrás que arree. El Gobierno, el actual, debería dar cumplida publicidad a estas cosas para que cada cual sepa a qué atenerse. En cuanto a la ministra, bueno, a la ministra, a esta alturas, que le echen un galgo.

El PA no existe

En el andalucismo de partido hace tiempo que se puso el sol. Acaso cuando la sombra del PSOE al que se pegó oscureció muchos méritos anteriores. Pero a tenor de las últimas elecciones, sencillamente, es que ya no existe. Su mascarón de proa, Pilar González, puede criticar ahora a izquierda y a derecha, pero le va a dar, probablemente, lo mismo, sin que su estrategia de lanzar insultos por encima de órbita haya de llevarla a  ninguna parte. El que ha dedicado a Arenas, por ejemplo, al compararlo con un personaje degradado, demuestra, además de una completa inmadurez, la impertinencia de esos aficionados que creen que el insulto político es un argumento. El 25-F a lo peor se da cuenta de que ha estado alanceando molinos de viento.

Fraga

Los obituarios suelen ser desconcertantes, sobre todo si están escritos por quienes no conocieron al personaje más que por su leyenda. Leo en mi propio diario opiniones estupendas, como la de que Fraga fue el guía de la Derecha española gasta la democracia o que, en su larga vida política, fue “sólamente beligerante a favor de la paz , el perdón y la reconciliación entre todos los españoles”. O su propia protesta de que él jamás colaboró con dictadura alguna, lo cual, subjetivamente hablando, es inobjetable. Fraga ha sido un personaje clave del último medio siglo, una pieza maestra del régimen caudillista de Franco –su “Goebbels” ha dicho alguien–, un implacable ministro de la Gobernación sobre el que pesa el atentado policial de Vitoria, el viejo político que si no dijo aquello de “la calle es mía” cuando le dieron el tiro en sedal a Curiel, la verdad es que podría haberlo dicho sin traicionar su pensamiento. Algunos conocimos s Fraga joven y era una fuerza de la naturaleza, un ciclón que atropellaba sus lecciones ininteligibles o perseguía por los pasillos (lo digo por experiencia) a un alumno por el delito de lesa cátedra de llegar a clase un nanosegundo después de que el bedel cerrara la puerta. Fraga nos entretenía con una ilegible “La crisis del Estado”, rehabilitaba a Karl Schmitt en sesión pública o dirigía la campaña contra Grimau a sabiendas de que su fusilamiento era un montaje que remataba su frustrada defenestración. Cuando Fraga se fue de embajador a Londres iba convencido de que volvería de Presidente  de una democracia emasculada y se encontró, al volver, de mariachi de Carrillo. Ésa es la verdad, que no resta méritos los suyos académicos y políticos –que los tuvo—pero que está mucho más cerca de la verdad que las apologías. Fraga apostó por el postfranquismo continuista y sólo la tozudez de los hechos lo emparejaron con González o el “verdugo de Paracuellos”. Un día le escuché decir a Jesús Fueyo, que lo conocían de cerca, algo que me dejó –entonces—turulato. “Ése, siendo él el primero, estará siempre a la cabeza de lo que venga. Fueyo era un fascista iluso. Fraga era un fascista asistido por la lucidez.

La desmemoria es mala, incluso si lo que procura es la templanza. Para los demócratas españoles, por ejemplo, no es posible presentar a Fraga como un paradigma del buen sentido democrático, sencillamente porque eso es mentira Que lo digan, si quieren, ppor supuesto, pero no es verdad. Fraga fue un personaje de gran talla en la España de Franco y en la que vino después, lo cual no quiere que fuera un demócrata Eso lo fue a la fuerza. Si por él fuera todo lo más hubiera habido una dictablanda tras la dictadura. Con él a la cabeza, por descontado, con él a la cabeza.

El trofeo andaluz

Nunca fue Andalucía más importante que ahora, tanto para unos como para otros. Nunca se volcaron tanto en ella, por eso mismo, ni siquiera los “cuneros” que caían sobre ella, como los tordos en el olivar, para saquearla electoralmente y levantar el vuelo. Para el PSOE perderla sería quedarse definitivamente con las manos vacías en toda España y el cuerpo militante partido por gala en dos. Para el PP, rematar el repóquer, aunque cualquiera sabe lo que a irá a encontrarse, tras el triunfo, escondido bajo las alfombras y guardado en los cajones. No hay quien gobierne en positivo más de treinta años, eso está claro. Pero el que llegue después, aviado va.

La democracia perfecta

Es un signo de madurez, seguramente, éste que en nuestros días hace recapacitar a muchos antiguos antiyanquis que no por esa rectificación han de olvidar los abusos intolerables perpetrados por ese gran país –la “democracia perfecta”, ironizaba Bourdieu—en el pasado, incluso el muy reciente. Las foto de Abu Ghraib o la de los cuatro soldados meando sobre los cadáveres de otros tantos afganos aniquilados dificulta este reconocimiento de otros méritos y reabren la antigua polémica (fobia, en muchos casos, diría yo), pero estos mismos días ha resurgido la más escandalosa de esa barbaridades: el mantenimiento del campo de concentración de Guantánamo, cuyo cierre fue la primera promesa de Obama al llegar al Poder aunque el último día del año recién pasado firmara una ley que impide todo traslado de esos detenidos ilegalmente –lo han dicho los jueces americanos, ojo–  a territorio americano y autoriza de hecho las detenciones indefinidas de esos presuntos terroristas. Anda por ahí un demoledor informe de Amnesty International en el que su presidenta, Geneviève Garrigos, afirma que las perspectivas de liquidación de ese horror se alejan, al tiempo que informa que el 47 por ciento de los ciudadanos americanos rechazan la idea de esta normalización procesal, o lo que es lo mismo, apoyan la existencia de un campo de castigo, al margen de la ley, en el que no hay más autoridad que la justicia militar que, como dice algún guasa, es a la Justicia lo que la música militar es a la Música. En el “Washington Post” leo que, siendo cierto que Obama encuentra resistencias durísimas en el Congreso para cumplir esta promesa –elemental si pretende mantener el prestigio moral de la gran potencia–, no lo es menos que el Presidente carece de valor para mantener sus ideales. No se puede mantener una ergástula en una democracia, no se puede hacer Justicia al margen de la Justicia ordinaria, no se puede torturar y es un secreto a voces que en Guantánamo, como en esos aviones peregrinos que hasta el Gobierno de ZP autorizó a recalar en nuestros aeropuertos con torturados políticos a bordo, las torturas son una práctica habitual.

¿Obama atado de pies y manos? Pues si me dicen eso, peor me lo ponen. Eso sí, la foto de Afganistán, con los cuatro meones desafianzo al mundo, pasa de la raya casi tanto como la de los atrapados en Guantánamo y exige que la rápida reacción de la Administración americana no se quede en palabras vacías. Un tal teniente Calley se fue de rositas tras aniquilar porque le dio la gana una aldea vietnamita, My Lai, pero desde entonces ha llovido mucho. Son estos chaparrones hodiernos los que no nos dejan ver la democracia perfecta.