Prueba del algodón

Otra decisión del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA) negándole a la Junta su derecho a administrar al margen de la Administración, es decir, por la mano interpuesta de sus innumerables y ruinosas empresas públicas. Bien puede ser esa la prueba del algodón del griñanato, pues mientras el Presidente, que es funcionario de carrera, mantenga esa trampa del desvío de funciones no habrá modo de creer en su voluntad de regenerar este tinglado. ¿Entendería él –Inspector de Trabajo—que las tareas que la ley encomienda a su Cuerpo las ejerciera un ejército de contratados a dedo? Tan seguro estoy de que no como de que esa trampa no hay quien piense en desmontarla.

El partido único

La tentación del partido único no puede faltar en ningún “régimen”. Miren lo que acaba de suceder en Valverde con motivo de la toma de posesión del nuevo alcalde amañado por su partido: que el monterilla le ha negado en el Pleno a la oposición, no sólo el pan y la sal, sino la palabra. Es el sueño eterno, el deseo reprimido, la tendencia irrefrenable al partido único, que un día comienza por marginar a la oposición y acaba reinventando la “democracia” de partido único. En rigor, se puede decir que en Valverde no funciona el régimen de libertades ahora más que funcionó en el periodo anterior. Cada maestrillo tiene su librillo. El del que manda en Valverde nos resulta bien conocido.

El fracaso de lo público

Podrán contarse con los dedos de una mano, probablemente, los españoles que no sepan que España ha ganado recientemente el Mundial de Fútbol. Algunos menos seránlos que ignoren que no hace tanto triunfamos en baloncesto, que un español de Cataluña lleva ganados dos anillos de oro de la competición del basket americano, que otro se ha llevado por delante todos los trofeos y grandes “slams” del planeta o conseguido dos campeonatos mundiales de Fórmula 1, mientras nuestros jóvenes motoristas repiten cada dos por tres el triplete, es decir, acaparan los podios en todas las categorías de ese extremado deporte. Que España vive un momento deportivo excepcional está fuera de dudas y eso es algo que, si se tiene en cuenta nuestro fracaso masivo en educación o el hecho de que, de manera unánime, todos los observadores internacionales coincidan en denunciar la baja productividad del país, no deja de sugerirnos la posibilidad de que éste nuestro sea un país que funciona a pleno rendimiento desde la iniciativa privada pero que tiene poco que hacer cuando es controlado o dirigido por la pública. ¿O no es raro, sobre todo después de que el batacazo de la crisis nos haya despertado de nuestro sueño idílico, ese éxito tan colosal de nuestro “homo ludens” frente al fracaso rotundo de “sapiens sapiens”, de “faber” o de “habilis”? No proclama esta realidad que el español puede logar lo que se proponga siempre que sea lejos de la tutela del Estado y al margen de sus disciplinas? ¿Por qué nuestra basca es tan mala en el aula de matemáticas y tan capaz en el patio a la hora del recreo? Cuando oigo decir por ahí que lo que esta España triunfadora precisa es un ministerio de Deportes me echo a temblar. No tienen más que considerar los logros del de Cultura y hacerse su composición de lugar.

 

O será que quién sabe Solís no iba tan descaminado cuando dijo aquello de “más fútbol y menos latín” y resulta que esta patria forofa no funciona como la gente más que cuando la dejan sola, a lo suyo, organizada desde dentro, más o menos autogestionada, pero siempre al margen del pulpo fracasado que se empeña inútilmente en meternos en cintura. No, en serio lo digo, el país debería plantearse como problema tratar de elucidar las causas por la que nos sonríen unos triunfos tan exclusivos mientras nos vuelve la espalda con displicencia el éxito normal en la vida. Incluso nuestros sabios han solido ir por libre o se han adocenado en un despacho. Nunca el Estado estuvo tan por debajo de la Sociedad ni la civilidad tan por encima de la política.

Democracia interna

No quiere Griñán que funcione en su partido la democracia interna hasta el punto de que los candidatos surjan de elecciones “primarias”. “El mando siempre lleva razón”, como decían –y repetido sea aquí sin ánimo de comparar—los fascistas ahora tan rememorados. Aparte de que ya se vivió una vez en el PSOE andaluz esa experiencia y acabó como el rosario de la aurora y con un par de memorables pucherazos que dejaron fuera de juego a Borrell y a Borbolla. La democracia bien entendida empieza por uno mismo, debe de pensar Griñán, y a mí me parece que si no lleva razón, desde luego no le faltan razones.

El subibaja de los impuestos

El PSOE se ha quedado sólo en Andalucía a la hora de imponer la subida de impuestos autonómicos. El PP onubense también, al votar a favor de la congelación de las cargas municipales como un aliciente para la reanimación del cotarro económico. Ya veremos qué consecuencias tienen tanto la subida como la bajada (aparte del aumento del IVA que se nos viene en lo alto) pero, en todo caso, serán los ciudadanos quienes juzguen a cada cual por sus criterios y por sus actos. Pintar de colores políticos la fiscalidad es cosa de bobos. Pero no deja de ser interesante –para el ciudadano contribuyente, insisto—saber quién le aprieta las tuercas y quien se las afloja.

El médico robot

Para el Dr. Carlos López Guilarte

 

Conservo como oro en paño en mi librería un ejemplar de “La relación médico-enfermo” del maestro Laín Entralgo con una generosa dedicatoria que nunca creí merecer. El humanismo íntegro de la época, hijo de Ortega y de Zubiri pero también de Unamuno, expresaba en aquel libro la convicción –tan marañoniana, por otra parte—de que el lazo que se establece entre el que cura y el paciente desborda con mucho la mera relación profesional e incluso la cognitiva, en la medida en que, por lo que a lo primero se refiere, todo acto médico es el resultado de una comunicación personalizada entre ambos, y por cuanto atañe a lo segundo, porque el diagnóstico no es sólo una conjetura objetiva sino también una conclusión de mucha enjundia subjetiva. Lo decía el Eclesiástico, sacralizando la persona y la tarea, más si cabe que cualquier otra tradición cultural, incluyendo la griega: “Respeta al médico, pues lo necesitas,/ también a él lo ha creado Dios (Eclo. 1). Pero en la hora de esta revolución tecnológica parece que se pretende más bien lo contrario, es decir, automatizar (que viene a ser como sublimar la objetivación) la acción del médico de manera que, Internet mediante, un manitas pueda rehacer desde el Polo un hígado baleado en Afganistán o resolver una peritonitis  en un ballenero lejano sólo con escuchar la voz del cirujano ausente y dejar que el brazo automático manipule por control remoto los menudillos de la víctima. El SAS andaluz, sin ir más lejos, acabamos de saber por CCOO que está sustituyendo a los galenos por máquinas parlantes interactivas, esto es, por robots informáticos de voz plana y rostro imposible a los que el enfermo deberá confiar sus síntomas y obedecer sus prescripciones: “Si le duele el bajo vientre, pulse 1, si tiene fiebre, marque el 2, si siente vértigos, agárrese bien…”. Hay que ahorrar, queridos, y ya que no van a quitar coches oficiales, quítense médicos.

 

 

¿Qué es eso de la “teleoperación” aplicada a la medicina, cómo explicarle a un magnetofón un síntoma complejo, quién se fiará de un diagnóstico de urgencia grabado sabe Dios cuándo para cuando llegara la ocasión? Es verdad que la relación médica estaba ya no poco destruida por la masificación y el desgobierno, el cinismo político y el ahorro a ultranza. Pero esto del médico robot es ya demasiado incluso para este corral de cabras con diecisiete posteros en que estos improvisadores están convirtiendo la “España con problemas” de Laín. El médico divino es ya solamente una voz pautada. El pobre enfermo, un Job desconcertado al otro lado del hilo telefónico.