Niños hermosos

Es muy vieja la obsesión del hombre (y de la mujer, se sobreentiende) por garantizar la belleza de sus hijos. Los nazis organizaron, como es sabido, auténticas “granjas humanas” –los asilos Lebensborn que ideó Himmler– donde amazonas escogidas con esmero se “cruzaban” gozosamente con la pléyade de jóvenes arios, rubios y atléticos,  rebuscados en el frente, que debían contribuir a la purificación progresiva de la raza según el espíritu de las leyes de Nuremberg. Estos mismos días un ‘sitio’ en Internet ofrece pertenecer a una especia de club de guapos dispuestos, dicen que de manera altruista, a ceder sus óvulos y espermatozoides a los feos que así lo soliciten con el objeto de tratar de impedir la duplicación de la fealdad y conseguir una descendencia bella. ¿Se acuerdan de la anécdota de Russell y creo que era la Mansfield (la he visto también referida a Einstein y alguna otra estrella)? Pues resulta que la diva propuso al sabio reunir en un mismo ser las virtudes excepcionales de ambos, es decir, la belleza de ella y el cerebro del otro, a lo que éste retrucó: “Vale, bonito proyecto, sí señor. Pero ¿y si se tuercen las cosas y el niño sale con mi cuerpo y tu cerebro, te imaginas?”. La pulsión humana por mejorar la descendencia es tan explicable como dudosa, si se tiene en cuenta la vastísima experiencia reproductiva acumulada por las especies y, muy en especial, por la humana, en la que con frecuencia elocuente los hijos no salen a los padres ni para lo bueno ni para lo malo. El culto a la belleza, por lo demás, cuando se desorbita hasta fraguar en proyectos como el mencionado, no deja de ser preocupante en la medida en que presagia los peores acentos de la eugenesia que sabemos cómo empiezan y no debemos olvidar cómo han acabado en ocasiones. Hay que desconfiar del narcisismo, incluso cuando se presenta idealizado en la lógica y ambiciosa  proyección paterna.

 

El relativo ocaso de la bioética y el avance incontrolado del sueño genético van a traer no pocos males a la Humanidad doliente, que los tiene ya sobrados, sobre todo en esas promesas insensatas que contiene su milagrería, pero también en estos disparates, veniales si se quiere, que implican una frívola concepción del progreso y una temeraria idea del futuro. A mi amigo Ginés Morata –premio Príncipe de Asturias aunque frustrado rector de Doñana– le he oído sostener que la inmortalidad había dejado de ser una hipótesis imposible aunque no fuera, en absoluto, probable ni tampoco, claro está, deseable. A estos científicos serios no se les ocurriría jamás pensar en montar un chiringuito de estética ofreciendo bellos garañones o amazonas esbeltas a los pobres feos de toda la vida.

La puerta falsa

Las Administraciones no han tenido suerte con la autonomía. Primero se las desmembró a lo loco –cosa que hoy se lamenta por doquier–, luego se perpetró la integración de los empleados del Movimiento y el Sindicato Vertical en pie de igualdad con los funcionarios genuinos, más tarde se abrió de par en par la exclusa para que pasara sin despeinarse el grueso de la Preautonomía y, ahora, se acaba de integrar a los 20.000 “afines” que el PSOE había colocado previamente en las ruinosas empresas públicas de la Junta. Nunca existió un desmadre semejante en la función pública, ni el viejo caciquismo logró clientelas tan vastas.

Coches a gogó

Ahí tienen a esas dos altos cargos de la Junta que se desplazan diariamente hasta Sevilla en el coche oficial desde Almonte y Aljaraque, respectivamente, y vuelven luego a sus domicilios por el mismo procedimiento, a pesar de cobrar religiosamente su plus para alquilar piso en Sevilla. En la dictadura hubo mucho cachondeo a este propósito, pero los que conocimos de cerca aquella situación podemos dar fe de que ni siquiera en aquella autocracia rigió tan desvergonzada actitud predadora. El Parlamento debería pedirle cuentas a estas minervas que nos salen por un ojo de la cara y, como va dicho, por parte del otro.

La burbuja redonda

Me consuela de las cargas que me dieron mis contertulios cuando se me ocurrió augurar que tras la burbuja inmobiliaria vendría la de las Cajas, después de ésta la del fútbol y a continuación la creada por el despiporre de los Ayuntamientos, enterarme de que “el mejor club del mundo”, ése que precisamente dice ser “més que un club”, no sólo no ha coronado su balance con el superávit que declararon sus anteriores mandatarios sino que mantiene amarrada una perra de 552 millones de euros. Al Mallorca mismo lo traen arrastrado desde Europa al impedirle participar en la codiciada  Champion League debido a su insostenible situación financiera, como si el balance debiera pesar tanto o más que los goles a la hora de valorar el mérito deportivo, y sin que existan demasiadas posibilidades de salvarlo, pasadas ya, enhorabuena, aquella etapa en que el Estado enjugaba periódicamente –como en un forzoso ejercicio de evergetismo—la deuda contraída por los directivos. Dicen los expertos, por lo demás, que no son esos clubs solamente –en el caso del Barça y otros grandes esos reveses tendrían fácil arreglo—quienes se hallan en apuros, sino la práctica totalidad de los equipos españoles. El deporte se ha inflado en el negocio, ha desmesurado sus posibilidades más allá incluso de las enormes que hoy permite el merchandising extradeportivo, entre mimético y fetichista,  que hoy no conoce ya fronteras, y ha magnificado sus posibilidades con sus fabulosos ingresos extraordinarios aunque siempre inferiores a sus despilfarros. También se asegura que no es posible determinar con rigor en este momento el montante de esa deuda masiva que, en caso de implosión, se convertiría en un espinoso asunto de Estado. No estoy muy seguro de si aquí está todo el mundo loco, pero es más que probable que acabe estándolo.

 

Nos hemos hecho el cuerpo a aceptar como normales contratos astronómicos de los justamente llamados “galácticos”, a que de esas fortunas se queden con tajadas millonarias unos trujimanes que negocian con sus “figuras” como si fueran valiosas pero simples mercancías, y hasta que algo se quede también de ese pastel en la uña de algún directivo. Con el resultado de la burbuja pronosticada –que está ya ahí bien visible en la “quiebra técnica” del club más grande del momento y las gurumías que andan pasando las entidades modestas– y con la perspectiva de que el erario público tenga que acabar pechando con el desaguisado en caso de producirse el probable desastre. No soy capaz de imaginarme cómo podríamos estar en el caso de habernos ahorrado el socorro público pinchando a tiempo esas burbujas que entre todos hemos contribuido a inflar.

El dinero europeo

Ha dicho la consejera de Agricultura de la Junta que las ayudas europeas no van a cortarse en seco como temen sus beneficiarios sino que continuarán percibiéndose aún durante unos años. Ahora bien, que eso sí, desde ahora habrá que currárselas, porque se acabó el tiempo en el que para trincarlas bastaba con “sentarse a esperar”. ¿Qué les parece la expresión con que la máxima responsable del campo viene a certificar, aunque sea a toro pasado,  las amargas críticas que, durante todos estos años, se han vertido sobre el empleo de esos fondos imprescindibles? Nada más elocuente que el desliz político.

Alcaldes importados

La candidata a la alcaldía no está en el Padrón, o sea que ni siquiera es onubense. Véase el tejemaneje de la política y piénsese en la actitud profesionales como Petronila Guerrero que, tras ejercer como auxiliar en su propio partido, no ha conocido otro oficio que el de alto cargo durante tres decenios. ¿Renunciaría de antemano a ser reelegida presidenta de la Dipu si pierde las municipales y se queda, como es previsible, sin alcaldía, o repetirá el truco de su edilato en Aljaraque para guardarse esa carta en la manga ancha? De momento, sabemos que ni siquiera es legalmente onubense. Parece que todo juega a favor del Superalcalde.