Pasar de la raya

Si no es verdad lo declarado por el ex–director general de Empleo, Javier Guerrero, a la Guardia Civil, relativo a la destrucción de documentos en los expedientes de los ERE, deberían adoptarse medidas duras contra él. Si lo es, en cambio, lo que procede de una vez es que la juez le coja las medidas a este asunto que empieza a desbordarla, exigiendo a los tres consejeros del departamento así como a los dos Presidentes concernidos, que aclaren lo ocurrido. En esa consejería, contra lo dispuesto por los jueces, se mantiene a los “enchufados” de la FAFFE en estas tareas, habiéndoseles devuelto la claves de acceso a los programas que, como era debido, les fue retirada en su día. Los funcionarios están que trinan y llevan razón. Ante acusaciones como ésas se debería investigar de urgencia y excluir de la indagatoria a quienes no están facultados para ello.

Sujetos sociales

Oigo mucho hablar de las “clases medias” que, según unos son las que le han fallado a Sarkozy y por eso las corteja Hollande, y según otros son los auténticos atlantes y cariátides de la crisis. Las pobres “clases medias” han llevado desde siempre el sambenito de no ser ni carne ni pescado pero también es verdad que vienen siendo un ideal desde hace ya siglos, en España al menos desde que el malagueño Andrés Borrego –a quien conocemos por el estudio de Concepción de Castro y por el ensayo de mi llorado amigo Diego I. Mateo del Peral—las propusiera como paradigma de un razonable equilibrio. Borrego pensaba en ellas como en una especie de gozne entre el estamento privilegiado y la base proletaria, aunque haya que reconocer que, en su tiempo (su interesante vida abarca casi todo el siglo XIX), en la estructura social de España apenas había sitio para ese invitado cuyo retrato aparece en el daguerrotipo de las novela de Galdós. Esa clase-gozne, sin embargo, ha acabado por ser hegemónica en las sociedades que estamos viviendo y en las que la distancia entre los más ricos y los más pobres no hace más que aumentar sin crisis y con ella, porque el propio progreso material ha generado un excedente de bienes que ha impuesto la democratización de sus logros. Si hoy hay hambre en el mundo, como la hay, es porque el Sistema así lo quiere, pues es notorio que sobra el alimento incluso antes de que irrumpa la revolución transgénica, y si no hay chabola sin antena de tv ni rapaz sin “nintendo” ni zagales sin telefonillo y ordenata, es porque la producción de esos adelantos no es ni pensable si no se logra ponerlos al alcance de un público masivo. Por eso es lógico que sea la “clase media” la que sufre más la crisis –aunque habría que ser cuidadoso con este criterio que seguramente ofenderá a los de abajo—como lo es que sea ella la beneficiaria de cualquier expansión económica. El Hombre ha creado un mundo abundante con un pie en el abismo, es cierto. Y eso sería inconcebible sobre un esquema rígidamente bipolar.

Después de todo la clase media no es más que el prerrequisito de la democracia y por esa misma razón estará siempre a merced de los vaivenes que su ejercicio permita a los mercados. La pasada “new age” dio lugar a una vastísima ampliación de ese “nueva clase” que ya no es siquiera la Cenicienta de la burguesía sino el fundamento de todo régimen de libertades. Por eso se ha volatilizado la izquierda y se ha escorado la derecha. Y por eso, ella, que fue la primera en sufrir el zarpazo de la crisis, será también la primera en salir de ella, cuando salgamos, que saldremos. La especie humana se ha hecho de Centro. Ahí tienen la clave de la cuestión.

El sartenazo judicial

Habrá cosas mejores y otras peores, no lo dudo, entre las que el nuevo Gobierno trae entre manos. Algunas no han sentado bien –¿y cómo podría sentar bien la subida de impuestos forzada por el tocomocho del déficit heredado del Gobierno anterior?—pero hay otras que han dado de lleno en la expectativa ciudadana, como ese conjunto de medidas anunciadas por el ministro de Justicia, y entre las que están la reforma de la absurda ley del Menor, la de los aspectos bibianescos de la ley del Aborto o la institución de la prisión permanente revisable. Hay otras muchas cosas que reformar en la Administración de Justicia –y si no, pregunten ustedes a jueces y fiscales—pero no cabe duda de que el clamor ciudadano iba exactamente por el derrotero que la audacia del ministro ha sabido consagrar. El zapaterismo ha sido una etapa en que se ha expandido la idea de que cualquier situación social concerniente a derechos individuales podía ser resuelta sin otro expediente que la aprobación de una mayoría, aunque ésta fuera obtenida en virtud de la “geometría variable”, y ahora toca, por lo que se ve, devolver el país a la realidad en el sentido de confirmarlo en la conciencia de que hay relaciones sociales que no pueden ser impuestas más que por el consenso y el uso. Que una niña de 16 o menos años pueda abortar sin permiso de su padre es un disparate solemne, que la privación de libertad por los más horribles delitos salga tan barata resulta sin duda desmoralizador, y el Gobierno parece dispuesto a erigirse en voz de esta muchedumbre silenciosa que, desde hace tanto tiempo, reclama medidas más adecuadas. Es curioso que admiremos en el cine americano situaciones que aquí rechazamos de plano y más todavía que este país de cabreros se haya convertido, de la noche a la mañana, en la vanguardia transgresora de los valores más elementales de nuestra civilización. No sé si Gallardón logrará sus reformas pero no me cabe duda de que la sintonía con el paisanaje es absoluta.

Vendrá la reacción, sin duda, en esta ocasión para esgrimir de nuevo –sólo que ahora desde la izquierda teórica– el espectro de la crisis de las libertades, pero una masa abigarrada y a punto de perder el norte apoyará esas reformas que también exigen ciertas elites ilustradas. La Justicia estaba manga por hombro, de arriba abajo, en la letra capitular y en la letra chica. Ahora se trataría de reformarla de modo y manera que sus decisiones se entiendan y se vean respaldadas por un sentimiento común. Puede que toque a su fin la pesadilla. Si así fuera habríamos recuperado de un plumazo la pérdida más grave que ha sufrido esta nación.

Compartir el marrón

Parece que comienza la desbandada en el hasta ahora hermético grupo que organizó y llevó a cabo el saqueo de los ERE. De momento, el ex-director general Guerrero –10 años en su sillón, no se olvide—ya ha disparado su perdigonada sobre los tres consejeros  que lo mantuvieron en activo, pero lo previsible es que el tiroteo suba de tono y apunte cada vez más hacia arriba de esa mancha. Lo que no tiene sentido es la tesis de que un directorcito general haya manejado por su cuenta y riesgo mil millones de euros. Eso es lo que trae de los nervios al personal en la alta esfera de la Junta. Cuando menos se espera alguien dará por ahí algún tiro de gracia.

Fornicio y divorcio

Dos obispos españoles han competido con denuedo la semana pasada ver quién la decía más llamativa y menos razonable. Allá ellos, por supuesto, que no me meto ni por asomo en su jurisdicción, y los creo, además, sobradamente adultos como para saber dónde le aprieta el zapato a cada cual, pero permítanme expresarles respetuosamente mi desacuerdo con unos criterios que seguro que pueden lastimar gravemente –sólo por atenerse a la letra o rutina de la norma tradicional—el sentimiento de los creyentes, aparte de dar pábulo a la lógica rechifla de los enemigos, que los hay a puñados. Al obispo de Córdoba no se la ha ocurrido más que reflexionar en voz alta sobre la castidad, es decir, en definitiva, sobre el uso de esa facultad humana elemental que es el sexo, concluyendo, como si mirara ciego a su alrededor, que su uso queda vedado a todo célibe en un mundo que hace mucho que liquidó ese tabú primordial. Al de Valladolid –a quien el padre Arzallus llamaba “un tal Blázquez”, por cierto–, por su lado, le ha picado la mosca de humillar nada menos que a la Vicepresidenta del Gobierno –en plan tragedia de Samuel Beckett– prohibiéndole pregonar la Semana Santa local por el hecho, hoy enteramente común, de estar casada sólo por lo civil, criterio que creo que luego ha matizado, con muy buen sentido, rebajando una exigencia tan absurda. ¿Saben esos purpurados que la edad actual de iniciación en el sexo está en los trece años para las mujeres y que uno de cada dos matrimonios canónicos se separa, por lo común antes de dos años? Toparme en la prosa del prelado cordobés con la palabra “fornicio” me ha desalentado tanto como ver de qué manera tan soberana se ponía en la picota a tan alta institución sin conocer las circunstancias que seguro que explican la opción secular de esa mujer joven a la que, por tantos conceptos, monseñor debería considerar más próxima que lejana.

¿Se darán cuenta nuestros pastores de que el proceso de secularización avanza que se las pela, de que las Iglesias están casi vacías o de que la gente joven –fuera de jornadas y festivales “mediatizados” a alto nivel– hace mucho tiempo que ni siquiera concibe esas prescripciones abstinentes? Ahí tienen los obispos el festín financiero o el saqueo público, las guerras injustas o la debacle del sida, la explotación del trabajador o las defecciones gubernamentales, para lucirse en sus homilías sin necesidad de meterse en berenjenales tan ásperos. Gide sostuvo que los adolescentes demasiado castos rompen fatalmente en viejos disolutos. Yo no diría tanto pero me permitiría aconsejar a los monseñores que echen un vistazo a su alrededor.

Fiscal de todos

Por una vez el candidato a Fiscal General del Estado consigue el plácet favorable de todos los grupos políticos del Congreso. Entiendo a quienes mantienen aún que con esto no se arreglan las cosas, pues en tanto ese Fiscal dependa del Gobierno no estará garantizada su independencia. Pero también sostengo que la independencia es cosa muy personal y que a Eduardo Torres-Dulce no le ha tocado en una tómbola esta acogida universal, que no es otra cosa que el resultado de su buen nombre y enorme prestigio ganado lo mismo dentro de su profesión que fuera de ella. Un Fiscal General aceptado por todos es un avance inimaginable hace bien poco y lo justo es depositar en él también la confianza ciudadana. Con éste no van a jugar ni unos ni otros. Es la ventaja que tiene llegar al cargo ligero de equipaje y con la vida resuelta.