El derecho propio

Unas declaraciones hechas por Angela Merkel ante las juventudes de su partido acaban de reabrir el viejo debate sobre el multiculturalismo, es decir, la cuestión de si en un mundo en rápida evolución, en el que las poblaciones se trasladan masivamente desde los países subdesarrollados al imaginario paraíso capitalista, una política de inmigración debe orientar esos movimientos hacia una eventual integración cultural y social en el modelo del país de acogida o, por el contrario, lo deseable es que cada minoría inmigrante conserve celosamente su acervo cultural e intactas sus costumbres, de manera que la vida colectiva haya de guardar un delicado equilibrio entre lo indígena y lo exótico. Por supuesto que el prejuicio favorable a la primera opción se ha asentado con fuerza en la Europa receptora y que hasta ha llegado a elaborarse una vaga antropología propicia al mantenimiento a ultranza de la identidad, pero no hay que olvidar los muchos problemas que semejante propuesta ha acarreado y sigue acarreando en nuestro continente. Europa –una creación histórica de la cultura clásica y el cristianismo–  se ve hoy amenazada por una invasión que no es ninguna elucubración considerar como un peligro cierto de desnaturalización. A Gadafi se suele atribuir una idea temerosa: “La conquista de Occidente por el Islam se hará desde el vientre de nuestras mujeres”, es decir, que el nuevo campo de batalla de la yihad no es otro que el paritorio, y ésa no es una perspectiva amistosa precisamente sino una lúcida estrategia que, por cierto  reproduce, la que a finales del mundo antiguo consumaron en el solar europeo los pueblos llamados bárbaros. Hay en el mundo ejemplos brillantes de sociedades integradas, es decir, de pueblos multirraciales y multiculturales que, sin perjuicio de su identidad residual, han sabido fraguar en el crisol indígena. Y no se puede decir que les haya ido mal si pensamos en los EEUU o en Australia.

 

No creo que sea cosa de avanzar en la polémica sino de entender las ventajas de unidad concorde. Pienso en la idea de Shopenhauer que Borges cinceló con rotundidad en el mármol ontológico: Yo soy los otros. Cualquier hombre es todos los hombres. Y en que eso no se consigue aislando a unos de otros sino fundiéndolos libremente, a su libre albedrío, sin trabas ni prejuicios, olvidando diferencias y apreciando lo esencial. Los alemanes andan inquietos porque tienen un porcentaje temeroso de población islámica que se beneficia del juego democrático pero no cede en sus pretensiones aislacionistas. Angela Merkel ha tenido el valor de decirlo en voz alta. El tiempo dirá a qué coste pero también con qué beneficios.

Pitos y flautas

Todos hemos visto a Chaves abucheado el domingo en Sevilla por sus propios correligionarios de la UGT. Muchos lo habíamos visto también encabezando desde la oposición manifestaciones contra el Gobierno legítimo y, precisamente, por causas, que cuando él gobernó se repitieron sin mayor estrépito. Aquello de que quien siembre vientos recogerá tempestades, siendo cierto también que el partido de Chaves ha organizado con notable éxito graves agresiones a su adversario, como las ocurridas tras el 11-M. Hay políticos amortizados y políticos sin prórroga posible. Todo indica que Chaves es uno de ellos.

Llevar la contraria

Es claro como el día que el proyecto del alcalde Rodríguez se ha centrado en el onubensismo y ha hecho de los símbolos colombinos, durante decenios, un referente de primer orden en la vida de la ciudad. Pero ello no debería llevar, como lleva, al partido adversario, el PSOE, a adoptar posturas en contra de cuanto aquella postura significa, a no ser que, de manera deliberada, se decida pasar por encima de la identidad propia con tal de llevar la contraria al rival. Lo que está sucediendo con la oposición de la Junta a proteger el monumento a Colón o el encargo del expediente de la Rábida a alguien tan despegado de proyectos semejantes como Guadalupe Ruiz, lo dicen todo.

Maravilla diminuta

Un joven sabio español, Ignacio Cirac, cerebros fugados que ya ha sido propuesto para el Nobel de Física, trabaja en el Instituto Max Planck sobre lo que pudiéramos llamar la física de lo pequeño. Anda engorilado con el misterioso comportamiento de la realidad en esos ínfimos niveles en los que se asegura que la bilocación es posible tal vez, que los cambios ocurridos en una molécula pueden producirse simultáneamente en otra distante y desconectada, y hasta propuestas tan escalofriantes como la de que la sensación de felicidad pueda acaso ser “traducida en moléculas” que es, al menos para mí, la mayor y más deslumbrante pasada materialista que haya podido escuchar. A altas horas de la madrugada –ya se sabe que estas sabidurías no conviene divulgarlas demasiado—le he escuchado en la radio explicar algo tan desconcertante como que la realidad exterior al sujeto no existe en tanto no esté definida, de tal modo que en ella las entidades podrían ser una y otra diferente al mismo tiempo, hipótesis que nos remite al asombro de los universos paralelos que Cirac propone que pudieran existir en el universo microscópico, o mejor, que en caso de existir esos postulados misterios, las partículas podrían ser (o comportarse al menos) como varias cosas a la vez, haciendo trizas los principios aristotélicos y pasándose por el arco nuestra acomodaticia concepción de lo real. Le oigo asegurar, encima, que esos hallazgos no son gratuitos sino que debidamente aplicados en el taller acabarán produciendo un ordenata cuántico al lado del cual los actuales superordenadores harán a nuestros hijos el mismo afecto que a nosotros nos hace el recuerdo de los primitivos que funcionaban con tarjetas perforadas. Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad: vean que hasta la zarzuela castiza puede llevar razón e incluso estar de actualidad.

 

Una barbaridad, compréndalo, que a mí me ha recordado, en todo caso, la insistencia del viejo maestro Faustino Cordón cuando nos insistía en que todo intento de preterir la investigación básica por la aplicada o viceversa estaba condenado al fracaso porque una y otra eran caras inseparables de la misma moneda. Cirac supone que los hombres que comenzaron contando con piedras acabarán calculando con cuántos, ni más lejos ni más cerca de la Verdad, que siempre será parcial e imprevisible, ni más liberados ni menos de la necesidad filosófica y epistemológica de rendirse a la evidencia de que tras cada montaña superada hallaremos otra y tras ésta la serie seguramente infinita de otras más altas e inaccesibles. Ni con Dios ni sin Él, el mono loco es capaz de hallar reposo y sosiego ante sus propios desafíos.

Mejor no meneallo

El presidente Griñán ha tratado de rehacerse del bastizano colosal que supuso su propuesta de llamar “oferente de empleo” al parado desmintiendo informaciones y enredando conceptos sin lograr gran cosa, mientras en la página web de su partido permanecía expuesto urbi et orbi lo que dijo, que no era más que lo que dijo, no sé si logro explicarme. Hay cosas que mejor no meneallas, y hay errores que no deben impulsar a cometer otros sino a renunciar al camelo como instrumento político. Hasta para el más lelo ha quedado claro lo que Griñán quiso decir y por qué. Y por qué se equivocó, por supuesto.

Sin levantar la voz

Nada de levantar la voz. Rubalcaba visitaba Huelva con la oreja aún caliente de la bronca asilvestrada del desfile madrileño y evidentemente poco dispuesto a que a él le aguaran la fiesta. Por más que haya una diferencia entre los bronquistas de Madrid, que no respetaron ni los símbolos más sagrados, y una voz libre (¿no habíamos quedado en eso?) que intentó protestar en un acto público manifestándose ¡a favor de la Guardia Civil y de la Policía Nacional! En Madrid, los bronquistas impidieron realizar un acto de Estado. En Huelva, simplemente, el ministro del ramo ha impedido que un ciudadano exprese su opinión en público.