Quiebra la Junta

Llámenlo de otra forma, si lo prefieren, pero ya me dirán que es sino quebrar el hecho de suspender los pagos y obligaciones contraídos durante la legislatura para que las cuentas imposibles les puedan cuadrar. Sostener que se cumple el objetivo del déficit suspendiendo todos los pagos, incluso los legalmente tramitados en el plazo acortado hace un mes, no es más que una trapacería y probablemente un signo elocuente sobre la actitud perdedora de un Gobierno que recurre a dejarle al sucesor la carga que él debió resolver en tiempo y forma. Nunca se ha gobernado peor la autonomía –al margen de la crisis, porque ha habido otras—que en estos amenes griñanianos. El desconcierto es casi perfecto en una situación que no se tiene ya en pie.

Los sin crisis

No todo el mundo yace abrumado en Europa ni en América por la crisis. Allá ha dado que hablar semanas atrás esa feria neoyorkina del lujo en la que el objeto más barato expuesto a los compradores superaba el salario anual medio de un trabajador indígena. Acá no hay manera de limitar las fabulosas ganancias de los ejecutivos, esos primeros espadas del negocio que se ponen a sí mismos sueldos y condiciones de trabajo (como los políticos) –Dios les conserve la bicoca– mientras hacia abajo fuerzan las tuercas con progresivo rigor. En el fútbol, por ejemplo, parecía que había amainado la locura galáctica pero ahí tienen a un Beckham que, a pesar de su edad y del problemático estado de sus rodillas, acaba de firmar con el Paris Saint-Germain por dieciocho meses a razón de 4’3 millones de euros al año que pudieran aumentar, si todo va bien en la cosa de la imagen y el “merchandising”, que es de lo que se trata, hasta los 17 kilos contantes y sonantes. Bekham será el jugador mejor pagado del Championat, pero su pastón queda todavía lejos de los 24 y 31 millones anuales que, según la prensa europea, cobran nuestros Messi y Ronaldo, no sólo (o no tanto) por lo que hacen en la cancha sino por lo que afanan en el mercado de las camisetas, los chándales y la publicidad, por no hablar de los beneficios derivados de los derechos televisivos. Ignoro, desde luego, cuánto van a cobrar como ministros Luis de Guindos o Montoro en esta final a cara de perro que van a jugar contra viento y marea, pero no creo que estuviera de más por su parte algún gesto limitador de semejantes barbaridades. El fútbol no es ya un deporte, como se dice y repite, sino un negocio de colosales proporciones que por ahí llaman ya “foot business” con toda la razón del mundo.

Paul Veyne ha contado alguna vez como los ciudadanos romanos masticaban encantados su hambre canina viendo competir en el circo a unos mimados gladiadores que ganaban fortunas en caso de sobrevivir. Hoy nos haría falta un Veyne que echara una ojeada a esos estadios ululantes donde rompe cada domingo la marea de la sublimación colectiva, pero sobre todo nos vendría al pelo que los ministros que acaban de estrenarse repensaran una situación que ya sé que tiene sus ventajas, pero que no deja de constituir un escándalo mayúsculo en medio de la peor crisis de nuestra historia. Cuentan que Ingmar Bergman se piró de Suecia cuando los del Fisco pretendían sisarle por encima del 70 por ciento de sus ganancias. Lo comprendo, cómo no, pero admiro a esa democracia bajo cero que no se corta un pelo a la hora de aplicar la escalilla fiscal.

Ponerlos a estudiar

Se necesita ser bobo para darle la vuelta a rapapolvo durísimo que el CSJA le ha dado a Griñán y a otros detractores de la jueza Alaya, defendiéndola –por unanimidad—ante ataques como el que el Presidente le lanzó el otro día en sede parlamentaria. ¡Pues no que dice su portavoz que la “inquietud y el rechazo” mostrado por los jueces del Alto Tribunal “le dan la razón a Griñán” en lugar de reconocer el morrocotudo revolcón que le han dado! En fin, las cosas hay que tomarlas según de quién vengan, y a lo mejor les ayuda a comprender esta bufonada, saber que ese “nini”, Mario Jiménez, espontáneo intérprete de magistrados, nunca acabó primero de Derecho ni lleva trazas de acabarlo.

Edades del poder

En obras tan distintas como las de Bertrand de Jouvenel o Maquiavelo nos hicieron estudiar a los de mi generación ese fenómeno fascinante que es el Poder. ¿Cómo surge y por qué razón, de qué se vale para perpetuarse, no en las sociedades primitivas, en las que su “razón” es tan simple como la fuerza, sino en las que viven instaladas sobre la ingenua creencia de que su fundamento último es la “voluntad general” real o imaginaria? Jouvenel creía que en las primeras –que él rastreaba hasta la Revolución Francesa—regía la paradoja de la imposición bruta sin dejar de bregar con la resistencia de las demás legitimidades, mientras que en éstas, en las que la única legitimidad deriva de esa entelequia rousseauniana, el Poder se sublima y totaliza hasta dar paso a una nueva fantasía: la de la bondad intrínseca de ese Poder, la de la idea de que el Poder –así legitimado, sacralizado, en el Líder—no puede obrar mal sino que fatalmente conduce al bien. A Lenin lo veneraban (y veneran aún) como a un morabito, se referían a Stalin como “el padrecito”, a Mao lo imaginaban levitando entre este mundo y el otro, del mismo modo que muchedumbres alucinadas soñaron con un loco como Hitler o un payaso como Mussolini. La democracia verdadera y equilibrada es tan difícil que radicales como Vázquez de Mella y tantos otros se opusieron a ella con el argumento de que la confusión del poder del pueblo con la libertad del mismo es perversa en sí misma. Recuerdo estas cosas a medida que me llegan noticias sobre la personalidad del sátrapa coreano, ese bárbaro sin escrúpulos empeñado en una pedagogía tendente a conseguir que el pueblo creyera superior, predestinado y omnisciente a un mentecato que gastaba fortunas en orgías y que, según Javier Caraballo, llegó a hacer correr la especie de que su cuerpo glorioso ni miccionaba ni defecaba, algo que no se le hubiera ocurrido a los biógrafos de Alejandro o del propio Cristo. La política es prima hermana de la teología en las mentalidades dictatoriales. ¿No han reclamado en España hace bien poco la beatificación de Franco?

Claro que la dinastía coreana no está ahí por su carisma sino por el respaldo de China y, todo hay que decirlo, por el que durante decenios le ha prestado cierta izquierda, en especial la integrada en la socialdemocracia. Pero la moraleja a la que voy apunta con inquietud a la hipótesis del viejo Jouvenel de que al Poder cambia de aspecto pero no de naturaleza. Un tigre será siempre un tigre, incluso cuando mima a sus cachorros, convencido como está de que le es propio su territorio y cuanto hay en él. Corea llora estos días por el suyo con lágrimas de cocodrilo.

La recta final

A la consejería de Educación de la Junta se le ha ocurrido, a estas alturas, convocar para el año que viene miles de plazas de profesores, un decisión que, de ser posible, no se explica cómo no ha tomado antes, pero que tomada ahora resulta de lo más impropio toda vez que –presagios adversos aparte—a la legislatura le quedan unos pocos telediarios y un acuerdo tan importante debería dejarse al criterio del próximo Gobierno regional, sea éste del signo que sea. La Junta vive en un espasmo constante, más convulso a medida que se le complican las circunstancias. Pero respetar al sucesor en el tiempo es de lo más básico. Griñán parece haber olvidado hasta esa norma tan elemental.

El nuevo poder

Ha sido espectacular la resonancia del artículo de Bernard-Henri Lévy sobre (contra) las llamadas “agencias de notación”, esos entes sin rostro que degradan o premian a voluntad, no ya a las empresas, sino a los países, regalándoles o suprimiéndoles sus famosas calificaciones: los de la “triple A”, ya saben. Se queja Lévy de algo que infinidad de peatones ya habíamos pensado, a saber, de que esos misteriosos poderes en la sombra tengan poder sobre los Gobiernos y en su mano la posibilidad de descuajaringar la economía de países y hasta de continentes, sin que se sepa qué metodología utilizan, qué datos manejan, quién se los suministra y garantiza. Y todo ello a pesar de su patente fracaso predictivo, dado que fueron ellas mismas las que no vieron venir, ni por asomo, la crisis devoradora del 97, las que ni presintieron la catástrofe de las llamadas “subprimes”, las que aplaudieron hasta cuatro días antes del estallido a Enron y sostuvieron en vilo a Lehman Brothers hasta el último instante en que ya lo impidió la evidencia. ¿Quiénes son esos poderes nuevos, quién puede tener tanta fuerza como para situarse por encima de los propios Estados y darle jaque a un continente, libres por su parte de cualquier sujeción, dueños sin amo, oráculos omnipotentes a pesar de su comprobado descrédito? Poca gente sabe que esos montajes son empresas, a su vez, empresas que cobran a otras empresas por sus consejos –no necesariamente inocentes y, menos, imparciales–, que van de la mano de los bancos, cuyas consejeros son a la hora de la toma de las decisiones clave, circunstancias que le dejan a uno perplejo considerando el milagro que, en realidad, es su poder omnímodo. Moody, Standar and Poor’s y demás son el nuevo poder que se ha erigido a sí mismo sobre los poderes legítimos, lo mismo amparando la golfería griega –como hicieron– que desacreditando proyectos nacionales de un plumazo, sin que nadie pueda explicar de dónde les llega la fuerza, qué poder superior las inviste en su aparente legitimidad, a no ser que empecemos a pensar mal del Sistema mismo. Y eso serían ya palabras mayores.

Nunca nos pusimos de acuerdo sobre los motivos últimos del crisis del 29 o de la llamada “del petróleo”, eso es cierto, pero al menos en ambos casos, como en otros a los que hemos sobrevivido, las decisiones las tomaban los Gobiernos o las imponían las Bolsas, no oscuros poderes a sueldo, exentos y enteramente libres, de los que apenas conocemos más que la razón social. Lévy propone degradar a esas agencias, quitarles los entorchados y devolver la ultima la palabra –la soberanía—a los poderes democráticos. Yo creo que se queda corto a pesar de su radicalidad.