Ahora Rubalcaba

Todo el mundo quiere ahora mucho a Andalucía desde el PSOE. No lo han manifestado durante treinta años, mientras ha estado a la cola de Europa, como está, ni cuando alcanzaba cotas insostenibles de desempleo, pero ahora que representa la mayor fuerza dentro del partido, uno tras otros se significan andalucistas y no se encasquetan el traje de faralaes porque no los dejan. El último, Rubalcaba, que ayer desembarcaba del AVE dispuesto a conseguir lo mismo que consiguieron quienes inventaron a ZP: el apoyo de la mayor federación española. Van a mimarla de aquí a marzo, luego ya veremos. Pero no está de más que quede en evidencia lo que son, en realidad, los intereses partidistas.

Persecuciones

A la relación de países en los que actualmente se persigue a los cristianos que ofreció el otro día en esta columna añado hoy los sucesos de Navidad en Nigeria, donde un grupo islamista sectario ha atacado con bombas a las iglesias cristianas provocando no menos de 40 víctimas mortales. Han protestado ante ese hecho lo mismo el Vaticano que Washington, Francia, Gran Bretaña o Alemania, pero todos sabemos, desgraciadamente, que esas protestas diplomáticas sirven para poco si es que sirven para algo. Nigeria no es un país marginal, por otra parte, sino una enorme nación prácticamente invertebrada, de 160 millones de habitantes rígidamente divididos entre musulmanes del norte y cristianos del sur, más o menos a partes iguales, lo cual da una idea de la amenaza que supone en su seno una estrategia sectaria que, entre otras cosas, podría llevar con facilidad a otra de esas  guerras civiles africanas en las que los muertos ni se cuentan y en las que el salvajismo es la norma, en ocasiones con la anuencia, expresa o tácita, de las potencias occidentales. Acabamos de oír al flamante ministro de Exteriores despreciar por inconsistente la estrategia de la llamada “alianza de civilizaciones”, pero hechos como el que comentamos ponen de relieve, en cualquier caso, el absurdo que supone insistir en el debate sobre la mera posibilidad de partir peras con pueblos anclados en una visión medieval del mundo para los que la vida tiene el escaso valor que demuestran sus acciones de un extremo al otro del planeta. Es inútil polemizar, como se ha hecho semanas atrás en Francia y otros países, sobre el “derecho” a satirizar hasta el escarnio a la religión cristiana que asiste a ciertos espontáneos y que parece constituir ya una moda recurrente que lo mismo encontramos en un pueblo de Extremadura que en Venecia o en París.

Hoy se ve justificado ese ataque con tal de que vaya dirigido contra esa religión, pues de apuntar a otros grupos (qué se yo, los islamistas o los homosexuales) acciones de esa naturaleza serían  consideradas como gravísimas transgresiones. No se puede llamar negro a un negro ni maricón a un maricón, resulta gravísimo aludir a un defectuoso físico si no es con un eufemismo consagrado, pero no hay veda que proteja a los cristianos ni en minoría ni en mayoría. Una religión que tuvo en tiempos pecados tan inhumanos, no tiene hoy, desde luego, menor penitencia, mientras lelos descerebrados se empeñan en concertar voluntades y acercar criterios a los que separan demasiados siglos psíquicos. ¿Es posible imaginar siquiera las consecuencias que tendría hoy una ola de atentados masivos contra pacíficas o insurgentes mezquitas? Yo, desde luego, me lo imagino perfectamente.

La hora de Andalucía

De pronto todo el mundo apuesta, visita, elogia y valora a Andalucía, lo mismo desde el Gobierno que desde la Oposición. Está de moda esta región de la que nadie se ha acordado hasta que llegaron las pasadas elecciones, hay que decir, porque es la pura verdad, que con la excepción de Rajoy, que ha venido quinientas veces. La presencia de la Vicepresidenta en la toma de posesión de la Delegada ha sido toda una soberana  señal de humo y la protesta de amor que desde Almería enviaba la candidata Chacón un gesto elocuente. La coyuntura pinta bien para esta abandonada autonomía. Habrá que aprovechar la situación.

Amores circunstanciales

En el Museo de Sevilla unas acogedoras voluntarias se disponen a explicar cada una un cuadro a los curiosos visitantes, una gran idea sólo posible por la asistencia relativamente escasa. No quiero ni acordarme de mi última visita a la capilla de los Scrovegni para admirar los frescos de Giotto, sometido a una disciplina casi militar y con el tiempo tan tasado que hube de volver a visitarla con el siguiente grupo luego de soportar una especie de cuarentena aislado en una estancia. También en la Sixtina acaban de instalar medio centenar de detectores de polución para prevenir el daño que sobre la obra maestra pudieran causar al alimón la propia presencia de los cuatro millones de visitantes anuales que recibe y el sistema acondicionador del ambiente que, por lo visto, produce partículas dañinas para la obra de Miguel Ángel. En el Louvre me pusieron en cola media hora la última vez que fui a rendirle pleitesía a la Gioconda y fue allí, quizá, en aquella breve travesía de la impaciencia, donde empecé a preguntarme por qué extraña razón los ciudadanos que, por lo general, van tan poco a los museos que tienen a mano, se convierte en “amateurs” entusiastas en cuanto se travisten de turistas. Los museos –aparte de la idea del “museo imaginario” del gran Malraux—han pasado de ser templos para iniciados y fieles, a convertirse en citas obligadas del turista que, como es bien sabido, es cosa bien diferente al viajero, y temo que esa transformación no tenga remedio dado que, a mi juicio, el gran fenómeno de masas de este comienzo de Milenio no es el de las grandes migraciones que estamos viviendo, sino el auge imparable del turismo, ahora potenciado por la industria “low cost”.

No sé si se acabaron definitivamente aquellas visitas solitarias que podíamos hacer vagando a nuestro albedrío por salas y pasillos semidesiertos, pero sí que probablemente nunca podamos volver a extasiarnos ante Velázquez o Veermer, sin prisas ni apuros, dejando vagar nuestra imaginación a través del tiempo detenido, y tal vez penetrando en solitario en el misterio profundo que casi siempre es un cuadro. Hoy los museos no se visitan, sino que se recorren, saltando a toque de corneta de una a otra entre sus obras más famosas, porque lo que a ellos arrastra a las muchedumbres no es el amor al arte sino el deber turístico. ¿Cómo volver de Nueva York sin haber visto el MOMA aunque sea a la carrera? “Je suis las des musées”, estoy hasta el gorro de museos, dijo alguna vez Lamartine, y Cocteau llegó a escribir que un museo es una morgue. Esos rebaños que hoy abarrotan los museos no comprenderían que esas cosas sólo pueden decirse desde una afición profunda.

Más papista que el Papa

La labor y responsabilidad de los jueces merecen siempre un respeto, por más que salte de ven en cuando uno aquí o allá como empeñado en desencantarnos. El caso del magistrado de Granada que se ha negado a soltar de una vez al preso más antiguo de España, después de indultado por el Gobierno, es de los que le dejan a uno desconcertado, sobre todo cuando se entera de que el motivo de la negativa del juez es que la sentencia aportada por la familia era una fotocopia y no el original, o de que la dirección penitenciaria no estima ni urgente ni inaplazable (casi nada lo es en esta vida) su petición de un permiso para pasar la Navidad en familia. Con lo que estamos viendo en España…, este asunto parece mentira.

El precio del periódico

La profesión periodística tiene, como todas, sus riesgos e inconvenientes. Nunca he conocido un profesional que se queje por ello, pero a muchos no nos hace falta la protesta de esas víctimas, que este año 2001 han sido –según el barómetro anual que publica Repoters sans Frontières—nada menos que 66 asesinados, dos millares de presos (sobre todo en China, Irán y Eritrea) y dos compañeras violadas en el Cairo, en plena Plaza Tahir, por no hablar del balance difícil de concretar de la “primavera árabe” o los innumerables incidentes provocados por las fuerzas militarizadas en los respectivos países. Esa cifra de muertos, 66, supone el balance del año anterior multiplicado por dos, distinguiéndose, junto al laberinto pakistaní, líder por segundo año consecutivo en la negra estadística, una serie de países –como México, Costa de Marfil, Filipinas Bahrein, Libia, Somalia, Rusia,Yemen  o Libia—en los que el ejercicio de la información periodística no cuenta con la menor garantía. Sin salir de este periódico hemos tenido bajas en esas situaciones, por no hablar de aventuras como la de algún colega que logró quedarse en solitario en Bagdad cuando el segundo bombardeo para salir después por pies de un país en la que la caza del periodista había visto levantada su veda.

No es gratis la información, sale por un precio módico eso que uno lee tras el desayuno testificado por héroes anónimos voluntariamente destacado en pleno frente de batalla o en medio de la trifulca callejera. Cuesta sangre, demasiada sangre mantener informado al mundo llamado libre de lo que está ocurriendo, con la complicidad de unos u otros, en esos infiernos que de otra manera permanecerían ocultos y, sencillamente, no existirían para la conciencia mundial. La realidad es que en los sondeos no sale bien parada la imagen del periodista, aunque bien es cierto que mucho mejor, en todo caso, que la del político o el banquero, presentes en todo momento, codo con codo, con las mujeres que han de vivir de la explotación su propio cuerpo, pero parece obvio que semejante estimativa sólo se explica por el desconocimiento de unos riesgos cada día más abrumadores. También hay muertos a montones bajo los andamios, por supuesto, enterrados vivos en las minas o pescadores náufragos agarrados a un madero. Si hay que hablar de periodistas caídos en el ejercicio de su profesión es sólo porque sin su labor este mundo resultaría incontrolable y opaco. No sabemos lo que vale ni lo que cuesta un telediario o una crónica sobre el papel. Y no hablo, naturalmente, del precio en oro sino del coste en sangre. La libertad acaba exigiendo siempre la misma moneda.