La enfermedad infantil

No sé a ciencia cierta, como es natural, a qué llamaría hoy Lenin la “enfermedad infantil” del comunismo. Hay demasiada distancia entre el crítico del empiriocriticismo y sus representantes actuales, una brecha intelectual insalvable si miramos alrededor y, también es cierto, unas “condiciones objetivas” muy diferentes de las que aquella época. No sé qué pensaría viendo el carajal ideológico de un Llamazares o la silueta irremediablemente lugareña de Cayo Lara, pero seguro que tendría cosas que decir sobre la crisis que vivimos mucho más serias y coherentes que las ocurrencias de estos líderes hodiernos. De lo que estoy seguro es que, de criticar hoy las corrupciones españolas, no se quedaría selectivamente con las de Valencia sin mentar las andaluzas, de que se tentaría la ropa antes de jugar con la idea de montar una huelga general a “la griega” o antes de emperrarse una vez más, a estas alturas, como ha hecho Valderas, en la propuesta de eliminar la religión de la enseñanza, los crucifijos de las aulas y su influencia de todo el ámbito social. En España –¡y en Andalucía!- no pasa nada más grave y urgente, por lo visto, para una Izquierda vacía de todo contenido realista, que ajustar las cuentas, bien trágicas por cierto, que dejó pendiente el viejo anticlericalismo: no hay un déficit prácticamente insalvable, no existe una corrupción galopante, no hay cinco millones de parados ni un tercio de la población sumido en la pobreza al que, por cierto, esa denostada Iglesia arrima diariamente la mano amiga. Valderas carece, probablemente, de experienciua personal para valorar que la enseñanza “concertada” religiosa aporta una pieza hoy por hoy insustituible a causa, qué duda cabe, de la inveterada desidia de nuestros poderes públicos. Y tampoco creo que valore una acción social como la que en este momento realiza Cáritas a pesar de que sería raro que la desconociera. Lo malo es que del radicalismo comunista, o lo que ahora sea eso, no se come ni bien ni mal, excepción hecha de sus profesionales. Como Valderas, por no ir más lejos en busca de ejemplos.

Da grima la miseria de esta ideología atenida sin escrúpulos a los tópicos más añejos de un izquierdismo anémico, que no sabe ni dónde está de pie. Recurrir al tragacuras, mismamente, sería algo inconcebible ni no conociéramos estos percales tan bastos que, ciertamente, han sido reteñidos en los últimos años desde la socialdemocracia en ruinas. Pero ahí los tienen, tan ternes, sin una idea en la cabeza, validos en exclusiva de cuatro frases prefabricadas. Estos comunistas profesionales poco tienen ya que ver con quienes los precedieron en la utopía.

El modelo sueco

En los años 60 corría la especie de que los grandes del cine sueco, entonces en boga, Ingmar Berman o Max von Sidow por ejemplo, habrían elegido el exilio forzados por la presión fiscal de un sistema de bienestar que cargaba a los más ricos con impuestos devastadores. Luego el modelo sueco se ha venido no poco abajo respecto de lo que era y, no me hagan mucho caso, pero tengo entendido que el cambio ha consistido en sacrificar el ideal totalizante del Estado del Bienestar a cambio de bajar discretamente las cargas fiscales, una pura operación aritmética que ha dado mucho que hablar y seguirá dando en Suecia y en todas partes. En la España que acabamos de dejar atrás se planteó el absurdo debate de si subir los impuestos era cosa propia de la Izquierda o más bien lo era de la derecha, hasta que Rubalcaba partió de un mandoble dialéctico el nudo gordiano a base de introducir en la porfía un matiz tan irrebatible como eventualmente demagógico, a saber, el de su propuesta de zurrar a fondo, no a los ricos en general, sino  a los “más ricos”, expresión que es, a mi juicio, la peor manera de eludir la razonable teoría del impuesto progresivo. Y ahora en Francia, el candidato del PSI, François Hollande, acaba de anunciar nada menos que un impuesto del ¡75 por ciento”¡ contra esos potentados que de sobra sabe él que no van a estar sentados esperando junta al arca a que venga el alcabalero y los descalabre, en lugar de echárselo a cuestas y escapar hacia el “paraíso” como alma que huye del diablo. La ministra Salgado, mucho más cauta, ya había explicado a los españoles que esos “más ricos” son intocables en la práctica porque cualquier medida que contra sus intereses se tome provocaría fatalmente la huida de capitales. Por su parte, Sarko, le ha devuelto a Hollande  la puya afilada por las dos puntas: “Hollande quiere menos ricos; yo, en cambio, quiero menos pobres”. No está mal, para contestada a bote pronto, y a pesar de que los sondeos no le sonríen.

Lo tremendo de esta crisis –“no sabemos lo que nos pasa, y eso es lo que nos pasa” (Ortega)—consiste en que está dejando en evidencia las fallas del neocapitalismo sin dejar espacio para una socialdemocracia que, como bien sabemos, acaba siempre en la quiebra supina que es la demagogia. El modelo sueco era un espejismo que espantaba el dinero y, de paso, el talento, como el jaleado cooperativismo yugoeslavo acabó gestionando la pobreza y el sovietismo implosionando de improviso. “Sapiens demens”, como dice en su flamante libro Edgar Morin, no es más que un sabio delirante que nunca supo organizar la tribu de acuerdo con una recta razón.

Alcaldes con suerte

Ya son cuatro los alcaldes del PSOE “prejubilados” en los ERE fraudulentos en condición de “intrusos”. Demasiados para una comunidad cuyos datos de paro –los que acabamos de conocer—la sitúan a la cabeza de Europa. ¿Cómo puede seguir la Junta manteniendo el tono bajo, como si de una rutina se tratase, sin explicar las circunstancias de este saqueo y, sobre todo, sin procurar el reembolso de lo afanado ni en uno solo caso? Jubilar a un “amigo político” con 44 años es una auténtica golfería, como lo fue “prejubilar” a otro que hacía varios años que no cumplía ya los 65. La Junta ha dilapidado por entero su prestigio en esta operación del “fondo de reptiles” en una sociedad que tiene ya prácticamente mano sobre mano a uno de cada cuatro ciudadanos en edad de trabajar.

Fuga de cerebros

Al ministro de Educación, José Ignacio Wert, le ha salido de dulce la operación del “Odissey”, el tesoro del pecio al fin rescatado, pero se ha metido en un charco fenomenal al declarar en la radio para quien quisiera oírlo que, al fin y al cabo, la emigración de jóvenes talentos universitarios no es una tragedia tan grande como venimos diciendo muchos, sino un simple fenómeno menor que él cifra en la sexta parte de lo que se viene diciendo, por razones estadísticas que él maneja con discutible destreza. Llega a decir Wert que qué puede venirle mejor a un joven científico que viajar al extranjero, sofisma deplorable que con toda facilidad puede invertirse hasta dejarlo en que pocas cosas pueden causarle tanto daño a un país como la emigración de esas minervas en cuya formación tanto tiempo y dinero invirtió. ¿Se acuerda Wert de lo que supuso para la Alemania derrotada la deserción en masa de sus científicos o, al revés, de la oportunidad que significó para los EEUU el desembarco en tropel de los sabios que huían del nazismo?  ¿Y del exilio español, se acuerda Wert de aquel exilio español que nos privó de una pléyade de sabios en beneficio de sus amables anfitriones de las universidades mexicanas o argentinas? Por lo general no es bueno decir que el exilio de los jóvenes profesionales no es tan grave, puesto que es, ni más ni menos, una de las mayores tragedias que pueden ocurrirle a un país, y por lo general, también, carece de sentido hacer números con la estadística para probar que no es cierto lo que la experiencia acredita sin lugar a dudas, como por ejemplo que una legión de investigadores españoles –por no hablar de las miríadas de profesionales—se anda largando fuera en busca del trabajo que aquí no encuentra ni a tiros. Wert se ha equivocado de parte a parte, incluso si fueran ciertos sus cálculos sobre la emigración española, que no dejan de ser vagos y cuestionables.

Un país ha de defender que sus jóvenes profesionales permanezcan en él aunque sólo sea para recuperar razonablemente el coste de su formación, que no es moco de pavo. Y si se advierte que el país profesional se desangra atraído por ofertas más seductoras, lo que hay que hacer es tomar medidas para que eso no ocurra en adelante, pero nunca negar el hecho mismo. ¿Por qué cree Wert que las academias de alemán están que rebosan de aspirantes a conocer esa lengua hasta ahora prohibitiva en España? Pues porque en Alemania reciben con los brazos abiertos a los científicos que en España están en paro, ni más ni menos. Hay veces en que conviene más callar que salir al quite. En esta ocasión, el ministro se ha quedado solo en los medios.

El paso cambiado

La Junta de Andalucía, lejos de afligirse al ser sorprendida con su enorme deuda a cuestas, dice que va a solicitar al Gobierno margen para endeudarse aún más. ¿Están locos o se trata de llevar la confrontación nacional con el PP a una auténtica confrontación continental con la UE? Andalucía es hoy por hoy una calamidad y este adormilado Gobiernillo autónomo no se le ocurre otro remedio que seguir adelante con los faroles y endeudarse hasta las cejas, en contra de lo que está haciendo todo el mundo. Lo que se desconoce es un proyecto de Griñán, un diseño siquiera razonable de plan anticrisis, una alternativa a la reforma laboral y al plan de ajustes colectivo. Griñán, como la madre del guripa, cree, simplemente, que son “ellos” los que llevan el paso cambiado.

La sexta vía

Sigue el Hombre interesado en ese concepto supremo que es Dios. Lo afirma o lo niega, con pasión o indiferencia, cada día más lejos de la ingenua prueba tomista de las “cinco vías”, de la tesis ontológica del loco anselmiano o de la veneranda visión de Avicena, pero cerrado también a la pretensión cientificista de atenerse en exclusiva a la indagatoria analítica. Los límites de la Fe lindan con los de la Razón y por eso resultan tan desabridas tanto las teorías racionalistas como las que se fundan en el “a priori”, cuando ninguna de las dos se somete a la imprescindible cortesía intelectual. El jueves 23 se ha celebrado en Oxford un debate televisado, que había colgado el cartel de “no hay billetes” con mucha antelación, entre el inevitable Richard Dawkins, ese empecinado ateísta, y el arzobispo de Canterbury, Rowan Willians,  empeñados en reproducir el que, nada más aparecer la obra de Darwin, en 1860, se dirimió entre Thomas Huxley y el obispo de Oxford. ¿Tienen sentido estas justas, que casi parecen ordalías, estas porfías enfocadas desde paradigmas tan incompatibles que harán inútil siempre la discusión pretendidamente filosófica sobre el gran tema?  En Oxford todo ha ido sobre ruedas en esta ocasión, acaso para desazón de radicales de ambos bandos, pues si el arzobispo ha admitido obviedades desmitificadoras como la de que no existió el “primer hombre”, el implacable Dawkins se ha visto en la precisión de confesar que no dispone de seguridad absoluta al defender su tesis negativista por más que considere que la no existencia de Dios pudiera calcularse –¿por qué?— un 6’9 sobre 7 de probabilidades. Que si somos un accidente de la materia, que no tenemos más naturaleza que la que nos prestan nuestros átomos, que si de la Nada nada surge, que si venimos “de una mezcla de amor y de matemáticas”… Uno puede envidiar ese estilo universitario, tan admirable en sus formas, y reconocer que meterse en esas harinas no es más que perder el tiempo hoy lo mismo que en tiempos de al-Ghazali, Descartes o Hume. Verdaderamente hay puertas sin cerradura.

He seguido con atención ese intercambio de argumentos, admirando el recíproco esfuerzo dialéctico, reafirmado en la convicción pascaliana de que, siendo Dios una esfera infinita, en la que el centro está por todas partes, la circunferencia no está en ninguna. No, no lo está, ciertamente, por lo que lo único que queda del debate es la lección del respeto. “Cuando Dios se calla, se le puede hacer decir lo que se quiera”, pensaba Sartre. En Oxford, ni Dawkins ni el arzobispo han querido pisar ni por descuido la línea roja. A mí me parece un resultado superior al que pudiera esperarse.