Convalecencia

Desde que ando atado a mi sillón reclinable (nada grave, lo siento por mis adversarios) ocupo cada mañana algunos ratos en hablar con amigos de la “inteligentsia”. Con Raúl del Pozo, comandante de toda una cohorte generacional de periodistas; con Antonio Elorza, sabio y realista, máximo debelador del populismo podemita; con Santiago González, acaso el más brillante opinador del momento. Compartimos todos el pesimismo ante el “retorno de los brujos” y la irrupción de los oportunistas. Es verdad que las encuestan apuntan a un bastinazo terminal del PSOE y a la recuperación relativa de un PP que hasta, en alguna de ellas, junto con Ciudadanos, rozaría ya la mayoría absoluta… Paren el carro: ver para creer. Porque ¿cómo podría dar marcha atrás ese Rivera que –tras su incuestionable esfuerzo en Cataluña, ha encontrado, como dice Santiago, su “nivel de incompetencia” en la política nacional— si lleva meses concentrando el fuego en Rajoy desde la barbacana de los ERE, por no hablar de su intentona de compartir con el PSOE el Gobierno nacional? Si ustedes se fijaron bien, verían en el traído y llevado “debate a 4” algo desconcertante: que de los cuatro bustos parlantes, tres de ellos carecían de la más elemental experiencia de gestión. ¿No se les eriza el cabello imaginando a uno o a varios de esos tres aficionados gobernando a la cuarta “potencia europea” con la excusa del relevo generacional? Entre charla y charla, reclino mi sillón y pacifico mi disforia leyendo algún clásico. Ya vendrán tiempos mejores.

Que ya veremos, porque en Italia acaban de ganar los payasos de Beppe Grillo y en Francia circula creciente el rumor, esperemos que infundado, de que los neofascistas de Le Pen podrían protagonizar su “sorpasso” sobre los dos grandes partidos tradicionales, lo mismo que aquí, donde el populismo leninista, disfrazado o no, podría destruir la izquierda –la política y la moral—ante el desmayo del PSOE. ¿Qué la banca internacional nos avisa de ese peligro, que la UE nos da un toque por día? Bueno, ¿y qué? Si hemos visto a la Colau con aires de Merkel, a Kichi de Cádiz gobernando (¿) sin quitarse la mochililla, ya podemos ver cualquier cosa. Una clase política –la “nueva clase” de que habló Milovan Djilas—no se improvisa así como así como no sea a base de trampantojos. ¡Un catálogo de Ikea por programa! Mucho me temo que el frente anti-PP acabe reventando como la purga de Benito.

La familia unida

Por muy molesto que pueda resultarle, el pretorio de la presidenta Díaz –que tanto ha esgrimido el fantoche de ¡la Gurtel andaluza!– debe aceptar, siquiera en conciencia, que si las explicaciones dadas para liquidar el vidrioso tema del enchufe del marido de Susana en los cursos de formación han sido hasta ahora del todo insuficientes, lo del cuñado de la Presidenta es ya el colmo. Hay familias unidas por el dinero como las hay fraguadas en la estirpe, pero el problema es que en la Andalucía del “régimen” son ya demasiadas las familias del primer tipo. ¿Nombres? ¿Para qué, si van a repetir en el Parlamento el cuento arcaico del oro de Moscú o lo de la prensa-basura que dice la propia Reina? Que casarse con la hermana de doña Susana resulte un chollo da la medida del vasto lodazal en que estamos enfangados.

“La Roja” y poco más

Menos mal lo del éxito de “la Roja”. La adrenalina se ha tornado en satisfacción y amplios sectores de la sociedad española, este país funámbulo que recorre el alambre sin red, parecen haber recuperado la euforia. Hay, sí, problemas que pocos ignoran: tenemos una clase política incapaz, vivimos un intenso brote de populismo insensato, los “populares” y los “sociatas” viven poco menos que de la sopa boba que proporcionan las siglas, tras los comicios inminentes no se entrevé más que la bruma, la unidad de la nación está en el alero, etcétera, pero, miren, “la Roja” va ganando y eso es ya un alivio. Si no fuera por los lamentos más o menos fariseos provocados por el puterío de algunos futbolistas –nuestros héroes nacionales– y por la desazón que produce la suplencia de Casillas, casi podría esperarse que, siguiendo el modelo belga, vayamos a unas terceras elecciones y así sucesivamente, hasta desembocar en un Gobierno responsable pero frágil, o en una “dictadura democrática” (lo he oído alguna vez, palabra) que se presenta como “socialdemócrata” tras haber publicado su “leninismo amable”. Pero ¿y si ganamos la Eurocopa? Vean cómo Dios aprieta pero no ahoga y consideren la pasta flemática y maleable del criterio nacional. Ahora bien, si encima perdiéramos en París, entonces temo, como temía el jefe de Axterix, que el cielo se nos caiga encima.

Pero ¿van a suceder las dos cosas, será posible que nos veamos sometidos a soviets vecinales –ya lo está Barcelona, y no lo está ella sola—o a un Gobierno funámbulo bajo la severa mirada de Europa?
En fin, no hay que ponerse en lo peor, entre otras razones porque lo peor puede que esté por llegar, aunque sea para que quede suspenso el ejército rencoroso que ha hecho trizas un bipartidismo podrido pero reparable, ante la evidencia de que lo peor no era Rajoy sino –permítanme la licencia—nosotros mismos. Hacer de la tele un Parlamento y del Parlamento una tele ha sido un disparate que a ver quién arregla ahora que una agitadora de barrio gobierna Barcelona y un mochililla Cádiz. España es hoy un país demediado, casi un espejismo calviniano, y no se ven por ninguna parte instrumentos para superar semejante drama. ¡“La Roja”, “la Roja”, ésa es nuestra última esperanza! Panem et circenses: al fin y al cabo no hemos cambiado tanto desde Sertorio y Perpena. En unos días saldremos de la angustiosa duda, no porque se recupere la cordura política, sino porque se decida la suerte de “la Roja”.

Arde París

No sé si será verídica la pregunta que dicen que Hitler le formuló por teléfono, el día de la retirada, al jefe militar de las tropas ocupantes: “¿Arde París?”. No, París no ardía aunque aún quedaban emboscados en algunas mansardas y sobrados pelotones de francotiradores, disparando sobre el gentío que abarrotaba los Campos Elíseos vitoreando a De Gaulle. En el 68 también surgió la ilusión extremista de que París ardía, cuando la realidad era que, fuera de las áreas universitarias—en las que se cultivaba la demagogia y el amor libre–, París seguía siendo el Paname de siempre, con sus cafés acristalados, sus ruidosos bateaux-mouche, sus colas en el Louvre, los ilusos conspirado en el Café de Flore alrededor de un sabio Sartre afectado ya de le “enfermedad senil” del extremismo y la Piaf afinando sus bellas elegías por lo bajini. Cuando París está ardiendo de verdad es hoy, estos días en que cien mil agentes no dan abasto para prevenir el terrorismo, combatir la criminal demencia de los hooligans y enfrentarse a las protestas políticas, lo que sugiere que la seguridad va a tener que replantearse –permita Dios que sin estridencias—hasta en los lugares más adelantados del planeta. Resulta desconcertante ese espectáculo furioso en uno de los Estados más jacobinos que conocemos, y aterrador pensar en lo que puede ocurrir en países menos preparados, como el nuestro, si por desgracia se desata en él un día de la ira, con sus lobos solitarios haciendo piña con los ciudadanos de la protesta social.

La situación de París hoy es un símbolo elocuente del peligroso momento que vivimos y del reto que supone para las democracias blindarse frente a un espíritu anómico que lo mismo dinamitan una iglesia cristiana que retrasmite la degollación de los inocentes o cultiva desde el populismo una acracia sin moral e incluso la amenaza de un puño de hierro leninista que desde Podemos califican de “amable”. La imagen de un París en estado de alerta vale más que cuántas palabras se puedan amontonar para lamentarlas, incluso desde la esperanza de una pronta normalización que reabra los bistró y nos permita de nuevo asomarnos al Sena, callejear por Montmartre escuchando a lo lejos el bandoneón de la libertad y contemplar de nuevo la ciudad alegra y confiada desde el mirador del Sacré Coeur. París simboliza la proeza de levantarse tras cada tragedia intacto su sentido cosmopolita de la convivencia. No ha habido bárbaro hasta ahora capaz de abatir esa solemne insolencia.

Total, una firma…

Todos hemos conocido, junto a muchos aciertos, no pocos errores en la administración de la Justicia, en especial desde que una como la que tenemos haya merecido ser públicamente calificada, por un magistrado, de “amordazada”. Cada cual tendrá su antología de logros y fallos, pero en la mía, acaso ninguna tan pintoresca y bizarra como la que recientemente ha utilizado un juez en una sentencia que, de hecho, da carpetazo al “caso” del actual consejero de Educación, a saber, la que decía que “un alto cargo no tiene por qué conocer al detalle lo que le pongan a la firma” sus funcionarios. Ah, ¿no? ¿Entonces qué es lo que valida una firma de un alto cargo? Con todo respeto, temo que negar la responsabilidad con ese argumento –¡oigan a sus propios colegas!—es darle carta blanca a los de arriba para colar lo que les venga en gana.

Tiempo medroso

Un amigo diplomático me hace desistir de mi proyectado viaje a Egipto. “Espera a que se tranquilicen las cosas allí”, me dice. Otro, gran editor y buen conocedor de México, me aconseja que aplace mi visita a aquel país donde los amigos suelen ir a recogerte al aeropuerto para evitar problemas. Hay miedo, un miedo generalizado como el que pintó Goya en “El coloso”, también llamado “El pánico”. Este es un tiempo medroso en el que nuestra libertad se va viendo constreñida cada día más por las imágenes de la catástrofes, la injuria de la guerra, le demencia machista –que lleva 25 víctimas en estos seis meses mal contados—y el conmovedor chafarrinón del loco que mata a cincuenta personas y deja otro medio centenar de heridos en un bar de Orlando. Hasta antier viajábamos sin temores, atentos sólo a la discreta obligación de adaptarnos a las costumbres del huésped, pero ahora ¿quién en sus cabales viaja a Egipto, quién se expone al caos mexicano, quién osa bajarse al Sahel…? La locura terrorista está celebrando está celebrando su fiesta secreta en el París policial de la Eurocopa y en no poco Estrado fallidos nadie te garantiza tu seguridad. En Praga me encuentro encima de la cama del hotel un aviso de la Policía para que no me deje detener por salteadores disfrazados de policías y en Sudáfrica llegan a robarte en tu hotel protegido, como le ocurrió a nuestros mundialistas. El miedo ha liquidado a esa “paz augusta” que disfrutábamos mientras duró la ingenua ilusión de la “new age”.

Ni siquiera nos damos cuenta de que estamos en el penúltimo grado de la alarma terrorista lo mismo aquí que en Francia o en Bélgica, como si viviéramos en la ciudad alegre y confiada y no bajo el volcán. Y eso es inquietante porque forzará al Poder, bien a mantenerse inerme ante la amenaza, bien a atraillarnos a todos –santos y pecadores—bajo una férula que de sobra conocemos. Fraga habló de “La crisis del Estado” cuando, ya en pleno desarrollismo, media España suspiraba por la y eso que él decía aquello de “la calle es mía”. Hoy el miedo que nos va invadiendo no tiene más que un rostro conjetural y el Estado se tienta la ropa bien protegido por sus guardaespaldas. ¡Hasta París palpita en un sinvivir y vive, de hecho, un estado de guerra! El siglo XXI amenaza con emular la crueldad bárbara del anterior. Tenemos miedo al invisible Fantomas que aterrorizó a nuestros abuelos. Nunca tan pocos apretaron tanto al Poder.