Izquierda perdida

Al alcalde de Huelva le han inventado los sociatas, impotentes ante su popularidad pronto hará 20 años y al que barruntan ya encabezando la lista de las autonómicas, la miserable calumnia de que padece Alzheimer, y el alcalde ha replicado poniéndoles dos calles a sus dos antecesores del PSOE. Por su parte IU ha roto la tradición de unanimidad en las distinciones al votar en contra de la concesión de la medalla de la Ciudad a la ministra de Trabajo –mano de hierro en guante de seda, ay– olvidándose de que ese alcalde había rotulado una calle con el nombre de Marcelino Camacho y otra con el de Pasionaria, además de concederle la medalla a Valderas, que ya es conceder. La política se degrada a ojos vista, y de actividad noble va quedando reducida al manejo más rastrero.

El habla enferma

Mi amigo Carlos Tristancho, que se entretiene entreteniendo en pie el monasterio de Rocamador que bautizaran los caballeros de la Orden de Alcántara, lucha a brazo partido en la radio con las palabras enfermas. Tiene la idea, que comparto, de que el Hombre ha ido creando y destruyendo su “lalia”, su sistema de signos para la comunicación, condicionado por las circunstancias de la vida, de manera que voces que albergaron conceptos claros y definidos han acabado corruptas en el uso denotativo, en especial en boca de quienes protagonizan la vida pública, esto es de los políticos. La última palabra tratada fue “sostenible” ese adjetivo cuyo sentido ha acabado implosionando a causa del abuso que de él hace la caterva politiquera, por supuesto, sin barruntar siquiera que al usarla desgastan poco a poco su lustre genuino dejándola reducida a una sombra de incierta significación. Con Tristancho tengo hablada mi tesis de que cada Imperio –y apúntense, si quieren, a la visión toynbiniana—crea, propaga y acaba arrastrando en su caída su propia “koiné” o lengua común, aunque los haya –y no necesariamente timocráticos—que se han apoderado para siempre de alguna rama del habla y de la experiencia, como Grecia, un poner, se hizo para los restos con la jerga médica o Roma con la jurídica. Hoy el Imperio contraataca con su horda invisible para imponer un jergón convencional que procede en masa de la práctica informática eficazmente ayudada por la insolvencia propia de toda sociedad de masas. ¿Quién puede ir hoy día por la vida sin saber qué cosa es o pretende ser un “twitter”, un “post”, un “microbloggins” o un “trackback”, a ver, díganmelo con la mano en el corazón? Esta generación deslumbrante y perversa habla como surfeando sobre las onduladas plataformas digitales, coronada de espuma volátil y con los pies aferrados al vértigo de la tabla. Mi amigo hace bien velando, allá en su retiro cenobial, los cadáveres incorruptos de esas palabras tantas veces abandonadas ya por el alma de sus conceptos y mejor todavía contándoselo al gentío precisamente a través de las ondas.

Hace años, entre lances y maniobras de un jurado literario, el sabio Arturo del Hoyo se divertía comentándome la miseria de una lengua, como la nuestra, cuya decadencia a causa del extranjerismo era tal que le había obligado, al confeccionar su imprescindible diccionario del género, a incluir la explicación de que “muchas gracias” en euskera malsonaba “eskerrik asco”. La lengua enferma, las palabras se dañan, el uso las confirma pero el abuso las hiere. Tristancho lo sabe y por eso las cuida entre pomadas y apósitos como un viejo francisco de su fortín de Rocamador.

Un buen hombre

Durante su visita a Hispanoamérica, el presidente iraní Ahmedineyad ha sido calificado por el inefable Hugo Chávez como “un hombre bueno”. Podía haber tirado ese bocazas del repertorio bolivariano y hablar del campeón antiimperialista, del hombre que anda enfrentando su país a una catástrofe a causa de su agresivo proyecto nuclear, incluso tuvo en su mano, aunque fuera para uso exclusivo de racistas radicales, recordar que él fue quién anunció su deseo y, tal vez, también propósito de “borrar a Israel del mapa”. Pero no, ha elegido lo de “buen hombre” para adecentar en lo posible a ese antiguo terrorista que supone hoy la mayor amenaza para la paz mundial. Me cuenta un amigo diplomático que  está claro que Ahmadineyad no busca disponer de esa energía para usos civiles, para lo que bastaría enriquecer el uranio hasta un 3 por ciento, puesto que ha conseguido ya enriquecimientos del 20 y persevera en el intento –parece que hoy por hoy frenado aún, afortunadamente, por graves carencias  tecnológicas—de alcanzar un enriquecimiento del 90 por ciento, que es el preciso para conseguir la bomba atómica. En poco tiempo entrarán en vigor, por otra parte, los embargos del mundo civilizado a sus exportaciones petrolíferas, lo que ha de suponer un palo considerable para una economía dependiente como ésa del negocio del crudo, debilitando , sin lugar a dudas su posición dentro del país más de lo que ya lo ha hecho el silencioso pero duro enfrentamiento que el mandatario mantiene con los mullahs de Alí Khamenei, quienes no ocultan ya su simpatía por una reforma que eliminara la presidencia para sustituir el régimen actual por otro estrictamente parlamentario. El “buen hombre” lo tiene crudo, mientras los israelíes –también hay que ponerse en su lugar aunque ello no baste—promueven el terrorismo interno llegando a actuar disfrazados de agentes de la CIA, y en especial la caza de científicos comprometidos con el proyecto nuclear. No parece fuerte la posición de ese loco de atar, que puede que encuentre dentro de su propio corral lo que sus interlocutores occidentales no han logrado hasta ahora.

Su reciente viaje a Hispanoamérica, apadrinado por Chávez y los Castro, con la comparsa del ecuatoriano Correa y el menorero Daniel Ortega, demuestra la soledad en que se encuentra, de hecho, quien se ha erigido insensatamente en amenaza mundial y gran desestabilizador de una región tan estratégica como agitada, un agitador profesional al que cuesta negarle sus dotes actorales. Qué qué hacía allí nuestro Príncipe, soportando el ninguneo del menorero, es pregunta que sólo puede contestar un Gobierno, que responda o no, seguro que ha aprendido la dura lección.

No se lo creen ni ellos

Resulta patética, casi conmovedora, la carta del funcionario que ayer reprodujo El Mundo y en la que advertía a un superior del trampantojo urdido entre la Junta y Nueva Rumasa. Ese “Tú me dirás lo que hago” comprende en seis palabras el drama de los funcionarios honrados a los que los responsables políticos del “fondo de reptiles”, como de tantos otros “fondos” oscuros, traen por la calle de la amargura forzándolos a caminar por el filo de la navaja al borde o incluso fuera de la Ley. Pero ¿quién se va a creer que decisiones como ésa de largar millones de euros las toma un jefe administrativo o un director general? La carta en cuestión permite ver lo que está ocurriendo en la Administración autónoma y evidencia que “los que tienen que servir” ni quieren ni saben ya a qué atenerse. Estamos ante una estafa piramidal. Sólo falta que alguien sea capaz de señalar el vértice.

Déficit pintoresco

Debo confesarles que no me lo he creído a la primera. Me ha sido preciso echar mano del BOE (11/11/12) para dar crédito al rumor de que la ministra de Exteriores saliente, Trinidad Jiménez, firmó, al día siguiente de perder las elecciones, la interminable lista de ayudas al exterior que prodiga la Agencia de Cooperación Internacional, o sea, para entendernos, el viejo Instituto de Cultura Hispánica. Me costaba entenderlo, no sólo por el hecho de estar ya “en funciones” la ministra sino porque el detalle de lo adjudicado revela hasta qué punto del enorme déficit legado por su Gobierno al siguiente tampoco es que haya sido provocado por necesidades inexcusables. Sólo a modo de ejemplos, citaré unos cuantos “pelotazos” que por su carácter pintoresco bien merecen no perderse río abajo en el caudal de la desmemoria. El que merecería el premio al ingenio es, sin duda, el que concede una ayuda de casi 300.000 euros para la “Mejora de la producción agrícola mediante la resolución de conflictos con los hipopótamos en Guinea-Bissau”, pero bien de cerca lo siguen otros, igualmente divertidos, como la ayuda de más de 225.000 euros destinados a la “Promoción de los derechos de las mujeres en la reforma política de Egipto”, la que concede 100.000 a la tarea de promover la “Sensibilización de la sociedad española por la vulneración de los derechos humanos por causa de género u orientación sexual” o la que larga casi 300.000 a las “Emisoras de radio con enfoque de género en Camboya”. Uno de esos regalos me ha conmovido al leer  que los contribuyentes españoles concedemos más de 200.000 euros  para la “Implementación del currículo de educación maya bilingüe intercultural”, aunque no tanto como aquel otro de 100.000 que enviamos gustosos a la “Red Iberoamericana de festivales de cine lésbico, gay, bisexual y transexual” y desde luego mucho menos que el que envía 316.000 euros como “Contribución al ejercicio de los Derechos Sexuales y Reproductivos de las Mujeres de Mali”.

No deberíamos quejarnos tanto de la subida de impuestos forzada por la deuda teniendo en cuenta las buenas causas por las que el zapaterismo nos ha rascado la faltriquera a todos y cada uno de nosotros. Había que ir avanzando “Hacia la igualdad de género y los derechos de la mujer en Níger” y hemos sido coherentes y generosos, qué coños, que un día es un día, aunque sea el siguiente de las elecciones: el que venga detrás que arree. El Gobierno, el actual, debería dar cumplida publicidad a estas cosas para que cada cual sepa a qué atenerse. En cuanto a la ministra, bueno, a la ministra, a esta alturas, que le echen un galgo.

El PA no existe

En el andalucismo de partido hace tiempo que se puso el sol. Acaso cuando la sombra del PSOE al que se pegó oscureció muchos méritos anteriores. Pero a tenor de las últimas elecciones, sencillamente, es que ya no existe. Su mascarón de proa, Pilar González, puede criticar ahora a izquierda y a derecha, pero le va a dar, probablemente, lo mismo, sin que su estrategia de lanzar insultos por encima de órbita haya de llevarla a  ninguna parte. El que ha dedicado a Arenas, por ejemplo, al compararlo con un personaje degradado, demuestra, además de una completa inmadurez, la impertinencia de esos aficionados que creen que el insulto político es un argumento. El 25-F a lo peor se da cuenta de que ha estado alanceando molinos de viento.