Cuentas sin fin

La noticia de que el Gobiernillo andaluz acaba de aprobar una subvención de 15 millones de euros para un instituto de investigación que no existe hace tiempo, puede informarnos pero no sorprendernos, después de lo que sabemos de facturas falsas, EREs y prejubilaciones fraudulentas o pago de obras inexistentes. Y justifica, además, sobradamente, el proyecto del Gobierno de la nación de responsabilizar penalmente a los políticos despilfarradores o que superen el techo de gasto legal establecido. Personalmente estimo insuficiente la inhabilitación que se anuncia para ellos, ya que cualquier empresario particular iría a la cárcel por hacer lo mismo. Pero menos da una piedra. Se ve que, en el fondo, siempre queda entre políticos aquello de “hoy por ti, mañana por mí”.

Apagón cultural

Como la cultura contemporánea parece apoyarse cada día más en el calambre informático, el anuncio de un “apagón” de veinticuatro horas por parte de Wikipedia ha levantado el vello de la muchedumbre estudiantil que ha hecho de ese almacén de saberes (la imagen es de un colega que enseña en la Complutense) lo que jamás hubiera llegado a ser, ni para sus propios usuarios, la Biblioteca de Alejandría. ¡Imagínense, queridos profs, un día y una noche libres de la trampa pero, sobre todo, imaginemos a la legión estudiantil privada de ese talismán omnisciente que con sólo teclear unas palabras sirve gratuitamente las respuestas requeridas! Por la prensa americana me entero del suceso y lo más pintoresco que en ella encuentro es el “aviso a los estudiantes” lanzado por Jimmy Wales, que fue quien parió ese invento tan útil, sin duda, para muchos menesteres como peligroso para la integridad de nuestra precita Cultura, aviso en el que se anuncia el “black-out” como respuesta de la casa –y en nombre de un importante grupo de pioneros de la Red—a una especia de “ley Sinde” que acaban de aprobar los legisladores americanos . Wales justifica la medida con el argumento de que semejante norma pondría en manos del Estado una capacidad de censura semejante a la que por las bravas ejercen dictaduras como la china o la de Irán, pero la realidad es que con lo que se juega es con el espíritu tramposo de más de uno y más de cien mil que se aprovechan constantemente de una Cultura tan asequible como insegura que consta nada menos que de veinte millones de artículos ofrecidos en casi trescientas lenguas (282 para ser exactos). Y eso que, por una parte, puede movernos a la solidaridad –“la libertad no se concede, se exige”, alega Wales, y podemos estar conformes con ello–, por otra no puede dejar de inquietarnos, en la medida en que la Cultura en píldoras y en régimen de autoservicio, no sólo no es un remedio, sino que constituye un agravante. Es muy bueno disponer de información instantánea sobre mil conceptos opinables, pero a mí me lo dice todo el hecho de que unos linces españoles hayan denominado a su chiringuito “El rincón del vago”.

No es que uno esté de parte de la Kultura con ka, ni siquiera de los rigores tudescos o anglosajones. Es, simplemente, que convencido de que no hay saber sin esfuerzo, la mera oferta de esa cultureta en régimen de “self service” le levanta la oreja al más pintado. ¿Para qué estudiar a Condorcet o empaparse en la obra de Bury si con teclear en el ordenata “progreso” nos va a salir en pantalla un inabarcable repertorio de respuestas? Es estupendo lo del “apagón” de la Wiki. Va a haber una semana catastrófica en la enseñanza de medio planeta.

El huevo frito

Yo debo de ser un paleto, no tiene más remedio. Me lo espetó el otro día refunfuñante un amigo pintor por comentar en público que, si bien adoro el impresionismo, pierdo pie por Monet, gusto del ingenio cubista y de la freudiana intuición del surrealismo, ante quienes de verdad me abro e hipoteco sin cláusulas ni letra pequeña es ante Velázquez, Vermeer, Rembrandt o Goya. Y me lo volverán a decir, seguro –desde mi compadre Arcadi Espada al híspido y vehemente Salvador Sostres– si me ven troncharme de risa ante esa perla que acaba de dejar caer Ferrán Adriá proclamando que “el huevo frito es la receta perfecta”.  ¡Él, el genio que inventó la “cocina molecular”, el mago del nitrógeno líquido, el alquimista de la técnica de la esterificación, posando ante el caballete velazqueño como quien de pronto se cae del caballo y renuncia a convertir la crema catalana en un flan aromatizado al estilo panacota o a apostar por el tartufo de grasa de oca con chistorra de dátiles! Estoy confuso aunque como reanimado, no porque reencuentre en esta confesión prodigiosa la razón del axioma, ni porque milite en el fundamentalismo de los duelos y quebrantos, sino más bien porque barrunto en esa paradoja un trasfondo de sinceridad que ha de devolver la paz a mucho espíritu acomplejado. Vean como esa vanguardia –ay, Apollinaire—tiene sus intervalos lúcidos y cómo no hay que perder la esperanza de reencontrar en ella la vieja sabiduría porque, ciertamente, es muy vieja: Apicio cebaba las truchas con higos y Macio los lirones con castañas para servirlos en mesas decadentes en las que no faltaban las lenguas de flamenco o las perlas en vinagre.
 
En Cataluña viene de lejos esa afición por la innovación gastronómica como lo demuestra que Ruperto de Nola, que era catalán de pura cepa, recogiera en su obra, no sólo los secretos internacionales a su alcance, sino el recetario medieval conservado en el Llibre de Sent Soví, un precedente que era una joya. Lo dicho, un paleto, qué voy a hacerle, pero eso sí, un paleto que no habría de comerse una fruslería espolvoreada con oro ni por todo el que atesoran nuestros próceres en los paraísos fiscales. La novedad resulta ser bien vieja, una vez más: lean a Petronio o a Tito Livio. Y como yo creo que estas delicatessen son síntoma de todo ocaso imperial he sentido un subidón oyendo a Ferrán Adriá esa patriótica confesión.  Ahora resulta que detrás de toda la lucrativa comedia de los nuevos fogones lo que había era un huevo frito. No sé a qué atenerme, pero a ver si al final va a resultar que aquí hay bastantes más paletos que los previstos en el libro de estilo de esta sociedad babieca.

Luz roja

No acabo de tragarme la encuesta granadina, que quieren que les diga, pero me alarma esa desafección frente a la democracia que dice haber detectado entre nuestros paisanos. ¿Que un 60’6 por ciento de los andaluces “suspenden” a la democracia? Bueno, eso no se compagina con los hechos electorales pero, en todo caso, ni que decir tiene que que la carga mayor de semejante responsabilidad corresponde a un “régimen”, el del PSOE, que ha ido permitiendo este deterioro durante más de tres decenios. Ya digo que no me cuadran las cuentas a la vista de la participación real de los ciudadanos, pero el aviso, en todo caso, debe servir para prevenirnos de los malos efectos de la actual política sobre lo que verdaderamente importa. Por otra parte, lo que sería raro es que tanto escándalo y tan poquísima vergüenza no hubieran calado en la conciencia pública.

Izquierda perdida

Al alcalde de Huelva le han inventado los sociatas, impotentes ante su popularidad pronto hará 20 años y al que barruntan ya encabezando la lista de las autonómicas, la miserable calumnia de que padece Alzheimer, y el alcalde ha replicado poniéndoles dos calles a sus dos antecesores del PSOE. Por su parte IU ha roto la tradición de unanimidad en las distinciones al votar en contra de la concesión de la medalla de la Ciudad a la ministra de Trabajo –mano de hierro en guante de seda, ay– olvidándose de que ese alcalde había rotulado una calle con el nombre de Marcelino Camacho y otra con el de Pasionaria, además de concederle la medalla a Valderas, que ya es conceder. La política se degrada a ojos vista, y de actividad noble va quedando reducida al manejo más rastrero.

El habla enferma

Mi amigo Carlos Tristancho, que se entretiene entreteniendo en pie el monasterio de Rocamador que bautizaran los caballeros de la Orden de Alcántara, lucha a brazo partido en la radio con las palabras enfermas. Tiene la idea, que comparto, de que el Hombre ha ido creando y destruyendo su “lalia”, su sistema de signos para la comunicación, condicionado por las circunstancias de la vida, de manera que voces que albergaron conceptos claros y definidos han acabado corruptas en el uso denotativo, en especial en boca de quienes protagonizan la vida pública, esto es de los políticos. La última palabra tratada fue “sostenible” ese adjetivo cuyo sentido ha acabado implosionando a causa del abuso que de él hace la caterva politiquera, por supuesto, sin barruntar siquiera que al usarla desgastan poco a poco su lustre genuino dejándola reducida a una sombra de incierta significación. Con Tristancho tengo hablada mi tesis de que cada Imperio –y apúntense, si quieren, a la visión toynbiniana—crea, propaga y acaba arrastrando en su caída su propia “koiné” o lengua común, aunque los haya –y no necesariamente timocráticos—que se han apoderado para siempre de alguna rama del habla y de la experiencia, como Grecia, un poner, se hizo para los restos con la jerga médica o Roma con la jurídica. Hoy el Imperio contraataca con su horda invisible para imponer un jergón convencional que procede en masa de la práctica informática eficazmente ayudada por la insolvencia propia de toda sociedad de masas. ¿Quién puede ir hoy día por la vida sin saber qué cosa es o pretende ser un “twitter”, un “post”, un “microbloggins” o un “trackback”, a ver, díganmelo con la mano en el corazón? Esta generación deslumbrante y perversa habla como surfeando sobre las onduladas plataformas digitales, coronada de espuma volátil y con los pies aferrados al vértigo de la tabla. Mi amigo hace bien velando, allá en su retiro cenobial, los cadáveres incorruptos de esas palabras tantas veces abandonadas ya por el alma de sus conceptos y mejor todavía contándoselo al gentío precisamente a través de las ondas.

Hace años, entre lances y maniobras de un jurado literario, el sabio Arturo del Hoyo se divertía comentándome la miseria de una lengua, como la nuestra, cuya decadencia a causa del extranjerismo era tal que le había obligado, al confeccionar su imprescindible diccionario del género, a incluir la explicación de que “muchas gracias” en euskera malsonaba “eskerrik asco”. La lengua enferma, las palabras se dañan, el uso las confirma pero el abuso las hiere. Tristancho lo sabe y por eso las cuida entre pomadas y apósitos como un viejo francisco de su fortín de Rocamador.