La hora de Andalucía

De pronto todo el mundo apuesta, visita, elogia y valora a Andalucía, lo mismo desde el Gobierno que desde la Oposición. Está de moda esta región de la que nadie se ha acordado hasta que llegaron las pasadas elecciones, hay que decir, porque es la pura verdad, que con la excepción de Rajoy, que ha venido quinientas veces. La presencia de la Vicepresidenta en la toma de posesión de la Delegada ha sido toda una soberana  señal de humo y la protesta de amor que desde Almería enviaba la candidata Chacón un gesto elocuente. La coyuntura pinta bien para esta abandonada autonomía. Habrá que aprovechar la situación.

Amores circunstanciales

En el Museo de Sevilla unas acogedoras voluntarias se disponen a explicar cada una un cuadro a los curiosos visitantes, una gran idea sólo posible por la asistencia relativamente escasa. No quiero ni acordarme de mi última visita a la capilla de los Scrovegni para admirar los frescos de Giotto, sometido a una disciplina casi militar y con el tiempo tan tasado que hube de volver a visitarla con el siguiente grupo luego de soportar una especie de cuarentena aislado en una estancia. También en la Sixtina acaban de instalar medio centenar de detectores de polución para prevenir el daño que sobre la obra maestra pudieran causar al alimón la propia presencia de los cuatro millones de visitantes anuales que recibe y el sistema acondicionador del ambiente que, por lo visto, produce partículas dañinas para la obra de Miguel Ángel. En el Louvre me pusieron en cola media hora la última vez que fui a rendirle pleitesía a la Gioconda y fue allí, quizá, en aquella breve travesía de la impaciencia, donde empecé a preguntarme por qué extraña razón los ciudadanos que, por lo general, van tan poco a los museos que tienen a mano, se convierte en “amateurs” entusiastas en cuanto se travisten de turistas. Los museos –aparte de la idea del “museo imaginario” del gran Malraux—han pasado de ser templos para iniciados y fieles, a convertirse en citas obligadas del turista que, como es bien sabido, es cosa bien diferente al viajero, y temo que esa transformación no tenga remedio dado que, a mi juicio, el gran fenómeno de masas de este comienzo de Milenio no es el de las grandes migraciones que estamos viviendo, sino el auge imparable del turismo, ahora potenciado por la industria “low cost”.

No sé si se acabaron definitivamente aquellas visitas solitarias que podíamos hacer vagando a nuestro albedrío por salas y pasillos semidesiertos, pero sí que probablemente nunca podamos volver a extasiarnos ante Velázquez o Veermer, sin prisas ni apuros, dejando vagar nuestra imaginación a través del tiempo detenido, y tal vez penetrando en solitario en el misterio profundo que casi siempre es un cuadro. Hoy los museos no se visitan, sino que se recorren, saltando a toque de corneta de una a otra entre sus obras más famosas, porque lo que a ellos arrastra a las muchedumbres no es el amor al arte sino el deber turístico. ¿Cómo volver de Nueva York sin haber visto el MOMA aunque sea a la carrera? “Je suis las des musées”, estoy hasta el gorro de museos, dijo alguna vez Lamartine, y Cocteau llegó a escribir que un museo es una morgue. Esos rebaños que hoy abarrotan los museos no comprenderían que esas cosas sólo pueden decirse desde una afición profunda.

Más papista que el Papa

La labor y responsabilidad de los jueces merecen siempre un respeto, por más que salte de ven en cuando uno aquí o allá como empeñado en desencantarnos. El caso del magistrado de Granada que se ha negado a soltar de una vez al preso más antiguo de España, después de indultado por el Gobierno, es de los que le dejan a uno desconcertado, sobre todo cuando se entera de que el motivo de la negativa del juez es que la sentencia aportada por la familia era una fotocopia y no el original, o de que la dirección penitenciaria no estima ni urgente ni inaplazable (casi nada lo es en esta vida) su petición de un permiso para pasar la Navidad en familia. Con lo que estamos viendo en España…, este asunto parece mentira.

El precio del periódico

La profesión periodística tiene, como todas, sus riesgos e inconvenientes. Nunca he conocido un profesional que se queje por ello, pero a muchos no nos hace falta la protesta de esas víctimas, que este año 2001 han sido –según el barómetro anual que publica Repoters sans Frontières—nada menos que 66 asesinados, dos millares de presos (sobre todo en China, Irán y Eritrea) y dos compañeras violadas en el Cairo, en plena Plaza Tahir, por no hablar del balance difícil de concretar de la “primavera árabe” o los innumerables incidentes provocados por las fuerzas militarizadas en los respectivos países. Esa cifra de muertos, 66, supone el balance del año anterior multiplicado por dos, distinguiéndose, junto al laberinto pakistaní, líder por segundo año consecutivo en la negra estadística, una serie de países –como México, Costa de Marfil, Filipinas Bahrein, Libia, Somalia, Rusia,Yemen  o Libia—en los que el ejercicio de la información periodística no cuenta con la menor garantía. Sin salir de este periódico hemos tenido bajas en esas situaciones, por no hablar de aventuras como la de algún colega que logró quedarse en solitario en Bagdad cuando el segundo bombardeo para salir después por pies de un país en la que la caza del periodista había visto levantada su veda.

No es gratis la información, sale por un precio módico eso que uno lee tras el desayuno testificado por héroes anónimos voluntariamente destacado en pleno frente de batalla o en medio de la trifulca callejera. Cuesta sangre, demasiada sangre mantener informado al mundo llamado libre de lo que está ocurriendo, con la complicidad de unos u otros, en esos infiernos que de otra manera permanecerían ocultos y, sencillamente, no existirían para la conciencia mundial. La realidad es que en los sondeos no sale bien parada la imagen del periodista, aunque bien es cierto que mucho mejor, en todo caso, que la del político o el banquero, presentes en todo momento, codo con codo, con las mujeres que han de vivir de la explotación su propio cuerpo, pero parece obvio que semejante estimativa sólo se explica por el desconocimiento de unos riesgos cada día más abrumadores. También hay muertos a montones bajo los andamios, por supuesto, enterrados vivos en las minas o pescadores náufragos agarrados a un madero. Si hay que hablar de periodistas caídos en el ejercicio de su profesión es sólo porque sin su labor este mundo resultaría incontrolable y opaco. No sabemos lo que vale ni lo que cuesta un telediario o una crónica sobre el papel. Y no hablo, naturalmente, del precio en oro sino del coste en sangre. La libertad acaba exigiendo siempre la misma moneda.

Barbaries pendientes

Un nuevo conflicto acude a agravar la situación de Europa con motivo de la decisión francesa de la ley que castiga la negación del genocidio armenio perpetrado por los turcos durante la Gran Guerra. Hay muchos Estados y comunidades en el mundo que han declarado formalmente su adhesión a esa denuncia y los hay, como España, que guardan silencio en torno a él. Los turcos lo niegan, como han negado siempre las atrocidades cometidas por su ejército y sus fuerzas políticas en el periodo final de su Imperio, y con esa negada por respuesta pretenden dar por cicatrizada una herida que, en realidad, es una llaga abierta. En mi niñez vi una película sobre las Cruzadas en las que Ricardo Corazón de León ajustaba con el sultán Saladino una suerte de ordalía en virtud de la cual sería el vencedor aquel de los dos que lograra la mayor proeza con su espada. Ricardo –aquel ambiguo Ricardo que el historicismo cinematofrágico inglés se empeñaba en presentarnos como el “deseado” frente al muy respetable Juan Sin Tierra—eligió como demostración dividir de un mandoble un resistente testigo de hierro, cosa que consiguió a duras penas. Saladino, en cambio, astuto y sutil, requirió el velo de gasa de una de sus damas, lo suspendió en el aire y lo dividió suavemente con sólo oponerle el filo de su afilado alfanje. La vida no es el cine, sin embargo, habría que decir que por fortuna, y el hecho es que hay pendientes por el mundo muchas ordalías que no acaban nunca de zanjarse entre otras cosas por la negativa al reconocimiento mismo de los hechos por alguna de las partes. La del exterminio armenio a manos de los turcos (más de un millón y medio de liquidados y medio más en el exilio),por ejemplo,  negar cuya existencia constituye desde ahora delito en un país más, como lo constituye hace tiempo negar el Holocausto perpetrado por los nazis. Toda reacción turca en contra de esa medida está condenada al fracaso como lo están todos los empeños en perpetuar dramáticamente la memoria de las tragedias humanas más allá de la propia reconciliación. El tiempo todo lo alivia y hasta borra pero son los hombres los que han de asumir las responsabilidades.

No llegará la sangre al río en este nuevo enfrentamiento ni por parte de los justicieros ni por el lado de los negacionistas, porque hoy Turquía se mantiene en pie como puede al borde del camino, mientras la comunidad continental se tambalea conmocionada por sus propias debilidades. Por eso Saladino blande ufano su alfanje aunque sepa que nunca acabará  ganando esa batalla. Es verdad que ha habido muchas barbaries en nuestro pasado que yacen sepultadas en la desmemoria. Reconocerlas es tan necesario como injusto resulta utilizarlas más allá del sentido común.

Quiebra la Junta

Llámenlo de otra forma, si lo prefieren, pero ya me dirán que es sino quebrar el hecho de suspender los pagos y obligaciones contraídos durante la legislatura para que las cuentas imposibles les puedan cuadrar. Sostener que se cumple el objetivo del déficit suspendiendo todos los pagos, incluso los legalmente tramitados en el plazo acortado hace un mes, no es más que una trapacería y probablemente un signo elocuente sobre la actitud perdedora de un Gobierno que recurre a dejarle al sucesor la carga que él debió resolver en tiempo y forma. Nunca se ha gobernado peor la autonomía –al margen de la crisis, porque ha habido otras—que en estos amenes griñanianos. El desconcierto es casi perfecto en una situación que no se tiene ya en pie.