El peligro amarillo

La imaginación de Griñán está que se sale. Pudo comprobarse antier al escucharle en el Parlamento replicar a las duras acusaciones de Valderas  (“Vive usted fuera de la realidad”, “no rectifica absolutamente nada porque su soberbia política le ciega) que el quid de la cuestión está en la ebullición financiera china, en los efectos distales del milagro neocomunista y en la conjura que, según él, se traen entre manos los amarillos “contra la deuda soberana de otros países”. En esta legislatura es posible que batamos todos los récords de chorradas parlamentarias y, sin duda, Griñán merecerá ser reconocido como uno de los recordmen indudables.

Nostalgia del saber

Demasiados profesores se quejan hoy de que la incultura generalizada se ha convertido en una obsesión que la connivencia de las tecnologías está agravando hasta un punto de no retorno. Cierto, pero echemos la vista atrás para comprobar que ese fracaso de la educación no es nuevo sino que está ahí presente desde que el mundo docente es tal. En las memorias venecianas de Morand, que estos días he citado, se explaya éste a gusto con esos fallos docentes que dejan al bachiller donde y como lo encontraron, es decir, poco menos que in albis si nos atenemos a lo que sería deseable que conocieran y, evidentemente, no conocen, perdidos en esa mecánica insensible empeñada en inculcar en el aprendiz un gramática rígida y desconectada, una geografía reducida a catálogo de accidentes y, en consecuencia, vacía, deshabitada, junto a una historia reducida a crónica o catálogo en la que igualmente la presencia humana se escaparía de todas todas. ¿Cómo considerar educadas a criaturas que quizá podrían repetir teoremas o clasificar silogismos mientras lo ignoraban todo sobre los orígenes prehistóricos, sobre la Biblia, sobre Bizancio o China, el Extremo Oriente o Rusia, la religión o la música?, se preguntaba el hombre ya a la vista de la última vuelta del camino. Mucho me temo que hoy pudiéramos decir algo semejante, sólo que peor, en la medida en que de nuestra enseñanza real se ha eliminado mucho más, se ha ahondado en esas “omisiones bizarras” y en esas “lagunas ubuescas” que todavía podían lamentar hombres que, después de todo, acabaron siendo sabios de enorme envergadura. Como suele admitirse de la Ciencia, el Saber se rige también por un paradigma determinado por la sociedad, que tiene sus necesidades y sabe perfectamente qué es lo que conviene considerar expletivo y por qué. Yo creo que el magisterio oficial sabe mejor qué es lo que el niño debe ignorar que aquello que debería conocer.

Es más que probable que eso que entendemos por Cultura prosiga decayendo hasta diluirse fósil en ciertas reservadas retaguardias del saber. Nuestros hijos se alejan del conocimiento del pasado o del cultivo de la belleza arrastrados por una absurda lógica productivista que considera inútil e inservible todo saber que no sea reductible a un conocimiento inmediatamente aplicable, que no pertenezca por derecho propio a la praxis. Y es posible que la actual proliferación de materias (me niego a decir disciplinas) improvisadas y hasta absurdas encaje en esta lógica de lo útil obsesionada con eliminar el saber excedente. Ubú parece haber ganado esta batalla. Menos mal que la guerra no ha terminado.

Locos de remate

El tercer Plan Integral para la Integración (PIPIA) que lanza la Junta lleva dentro un arma de integración masiva: la de la implantación del árabe como segunda lengua extranjera en la Enseñanza Secundaria Obligatoria con el fin de procurar integrar del alumnado docente y para lo que previene 2.500 millones hasta 2013. No hay modo de que implanten seriamente el inglés, cada día abandonan más el francés, ni se preocupan de preparar el futuro mirando al chino o al ruso, pero ahí los tienen promocionando el árabe. Todos mirando para la Meca, eso es lo que hay. Marruecos es cada día más nuestra potencia condicionante. Ahora van a comprobarlo también nuestros alumnos de secundaria.

Nuevas dictaduras

Como él sabe que nada más lejos de mi ánimo que polemizar con él, con quien tanto coincido, me permito apostillar alguna consideración al artículo que, con el título de “Una nueva dictadura” publicó aquí a mi lado, antier mismo, mi amigo Plácido Fernández-Viagas. Se mostraba Plácido muy preocupado porque a la inquisición que históricamente han ejercido los poderes públicos, haya sucedido –como creación colectiva me ha parecido entender—otra de naturaleza diferente, a saber, la inquisición de los “medios” que ahora parecen “legitimados para destruir las reputaciones ajenas con tal de que lo políticamente correcto pueda establecerse”, y uno, francamente, se queda un poco estupefacto porque no entiende ni bien ni mal qué “medios” son esos ni qué legitimación pudieran exhibir por más que sus basuras obtengan audiencias millonarias. Tampoco creo que hayamos “eliminado los servicios secretos de carácter totalitario” ni que el presunto “servicio” de esos “medios” podridos pueda compararse a la inquisición que, en efecto, hemos visto todos estos años funcionar al servicio del Gobierno respectivo, espiando desde el propio Rey a los abogados particulares de sus rivales políticos. Hace bien poco que el ministro en cuyas manos está la seguridad del país dijo a boca llena que, mucho ojo, porque su ventaja estribaba en que él lo “sabía todo de todos”, insolente e indecente declaración en un ministro al que se le encomienda la información de lo que acontece para que garantice la seguridad y no para que chantajee a los espiados. En lo que sí estoy plenamente de acuerdo con Plácido es en que “asistimos a un espectáculo cruel y antiestético sin que los tribunales sean capaces de reaccionar” para poner a cada uno en su sitio. De acuerdo pleno, digo, pero no se olvide que hace unos pocos años servía para difamar a este diario la misma historia canalla que González acaba de reconocer como cierta por activa y pasiva.

¿Inquisición? Yo distinguiría con claridad entre los alcahuetes del chivateo y quienes se han jugado el pellejo por descubrir lo que hoy sabemos, que no es poco, poniendo al descubierto esas “tripas del Estado” ante las que González parece sentirse como en su propia casquería. La vida privada se ha puesto en almoneda al tiempo que sobre la pública se abrían escotillas por las que observar su repugnante sentina. ¿No van encantados nuestros políticos a programas jarrapellejos del basurero televisivo? Yo creo que lo que se ha liquidado es el tabú de lo público. De las “víctimas” privadas no me preocuparía yo más de lo que lo hacen ellas mismas.

Cese sonado

Desayuno de despedida en la consejería de Hacienda y Administración Pública. El secretario general cesado quita importancia a su papel en el “decretazo” de integración de enchufados y brama contra quienes han difundido por tierra, mar y aire el informe sobre sus actuaciones particulares amenazando con ir a los tribunales una vez concluida la caza de brujas que ha desatado el caso ordenata por ordenata. Yo creo que el cese puede haber obedecido a las dos causas, porque si creciente es la inquietud ante la movilización funcionarial del sábado, la verdad es que lo que denuncia el informe tampoco es moco de pavo.

El poder y el mal

No ha resultado poco estimulante la práctica unanimidad de los comentarios aparecidos en torno a las miserables declaraciones de González sobre su papel en el terrorismo de Estado. Un político influyente asumiendo la actividad criminal del Estado y, en consecuencia, la del político mismo, constituye un espectáculo demasiado escandaloso como para que la reacción hubiera sido, encima, ambigua. No lo ha sido, aunque para mi gusto se ha hablado más de Maquiavelo que de Niestzche, porque lo que puede aprenderse en “El Príncipe” no es más que la teorización de una práctica eterna del Poder, mientras que lo que el filósofo aportó no fue ya la capacidad (a)moral del político para hacer el mal en beneficio propio o del Estado, sino el convencimiento de la superioridad moral del hombre, ese animal situado “por encima del Bien y del Mal” que no es que no deba explicaciones a nadie por su conducta desenfrenada, sino que debe considerar ésta como la única legítima. Los que montaron la mafia estatal del GAL no fueron personajes éticos abducidos por la idea del Mal necesario, sino inmorales (hasta se llevaban el dinero a manos llenas, en muchos casos) aprovechados de una superioridad que convertía en alevosos sus crímenes. Nunca hubo arrepentimiento en ellos ni pudo apreciarse en sus conductas la menos vacilación, ni más ni menos que porque esa calaña humana, que se cree superior a toda norma, carece plenamente de conciencia. Por eso González ni deja entrever una brizna de pesar ni una sombra siquiera de atrición, sino que exhibe, se diría que asépticamente, su implicación en el Terror, en la misma complacida clave que podría mostrar sus logros cívicos. No hay frontera entre el Bien y el Mal para el político porque es él mismo quien define un marco metaético en el que cualquier cosa le está permitida siempre que confluya con su propósito. 27 asesinatos y un secuestro no son nada desde esa perspectiva. Son simplemente una estadística por completo ajena al ámbito de los valores.

Claro está que hay una evidente impunidad en un gesto semejante. Que alguien diga sin consecuencias que no sabe si obró bien o mal al no ordenar un asesinato masivo, por ejemplo, supone –aparte de una extravagante confesión de parte—un testimonio supino de jactancia por completo incompatible con los principios democráticos. Un desafío, en definitiva, a esa conciencia pública a la que, ciertamente, tanto contribuyeron a corromper los gales con su oferta del talión. ¿Recuerdan, por otra parte, cuando decían que toda esta basura no era más que un invento? González acaba de confirmar la vigencia de una maldad política de la que sólo es responsable la impunidad.