Todo el sentido

No es que no tenga el menor sentido, es que lo tiene todo: si el Estado, es decir, el Gobierno, pagó a la Junta con solares su deuda, ésta está en su más indiscutible derecho a devolverle esos solares como pago de la que, a su vez, tiene contraída con él. Por una vez lleva razón la oposición unánime y, de paso, pone en evidencia la insolvencia de una consejera de Presidencia que sostiene el peregrino sofisma contable de que dejar de cobrar no es lo mismo que perder. El truco de los solares se le ha vuelto al PSOE en contra como la visita de Zapatero a Mohamed. Andalucía no debería devolver al Estado ni un euro antes de saldar equitativamente aquel cambalache.

El paripé del AVE

No ha sido ninguna sorpresa comprobar, como hemos comprobado para nuestros lectores, que en las “obras” del AVE que se llevan a cabo en Las Metas no trabajan 30 obreros, como prometió formalmente el Subdelegado del Gobierno, sino únicamente cinco. Camelo puro. Había que salir del paso y se resolvió, como tantas veces, recurrir al cuento del envergue, confiados en que todo se olvida y la mentira antes que casi todo, pero ahí está la realidad para confirmar la vieja hipótesis de que el PSOE, su Gobierno y su Junta, no consentirán, si pueden, que el AVE se acerque a Huelva mientras Pedro Rodríguez siga imbatido en la alcaldía. La mentira del Subdelegado es la misma de todos estos años atrás.

Equívoco porno

Una vez más, en una interesante crónica parisina de este periódico, encontramos el tema y problema del erotismo histórico, esa leyenda en blanco y negro que se ceba con Eduardo VII o Alfonso XIII como eximios “voyeurs”, o que ha medio colado la ilusión de que la libertad erótica es una conquista reciente no poco endeudada con el desmadre democrático. Esas señoritas entradas en carnes posando ante el espejo, sus ingenuos desnudos casi castos, la sugestión de la “ambiance” prohibida y, por lo general, exclusivísima, suelen aparecer y reaparecer en escena cada poco tiempo para sugerirnos que nuestros abuelos habrían ocultado, tras su apariencia venerable, la cara oscura de un vicio insospechado, tal como ahora parece que va a exponerse en París con base en una cuidada colección de escenas captadas en su día por la cámara indiscreta y, por supuesto, con la comidilla extraída de los dietarios siempre sospechosos pero siempre sugestivos del mundo del putiferio. ¡Como si la Humanidad, yo diría mejor la Civilización –todas y cada una de ellas—, no hubieran girado siempre ciegamente, como caballos de picadero, alrededor de las mismas o parecidas fantasías desde la China ancestral o el Egipto faraónico a la India del Kamasutra! Hay un mundo inalterable que sólo la memoria –como los sueños—reduce desde el technicolor al blanco y negro y que ilustra la inacabable literatura de todas las edades del hombre, en la atropellada nómina que incluye junto a Luciano o Petronio, Ovidio o Catulo, al erotismo tantas veces pornográfico de Rabalais, del Aretino, de Chaucer o el que vemos deslumbrante en “La lozana andaluza”, antes de tropezárnoslos repetidos en los clisés “ilustrados” de Diderot o Chaderlos de Laclos y así hasta llegar a la erotomanía majareta de Bataille o Apollinaire, por no hablar de Pierre Louys. Los “maestros” contemporáneos del género no han sido más que escribas aplicados sobre un palimpsesto tan antiguo como la lujuria, esa flor ardiente. ¡A ver qué se creen algunos!

 

Y luego está lo de las “culpas”, el comején de si Flaubert era un asiduo putero y Proust un chaperista irredento, ya saben, sobre si este byroniano se lo montaba necrófilo o aquel sadista retrasado se pasaba con las víctimas en su ergástula de alquiler. La verdad es que los ancestros nos han dejado poco que imaginar en este terreno. A Terency Moix le divertía mucho mi tesis de que ni el más retorcido del género contemporáneo habría sido capaz, ni de lejos, de imaginar el baile de Salomé a cambio de la cabeza ensangrentada. Que es una tesis que sigo sosteniendo íntegra, seguro de que nadie me va a bajar de la burra.

Zonas catastróficas

Nos ha pillado desprevenidos el diluvio y enseguida han surgido voces, estimo que justificadas, exigiendo la declaración de sus tierras como “zonas catastróficas”. Pero ¿en qué quedamos, vale para valgo esa declaración o, como los diputados del PSOE defendieron en el Congreso cuando el fuego arrasó las provincias de Huelva y Sevilla, ésa no era más que una figura en desuso? Estos tratamientos excepcionales, plenamente justificados ante la desgracia, deberían medirse por igual como una misma vara y no en función de los intereses electoralistas o coyunturales del partido en el poder.

El museo

¿No es una pena que Huelva tenga el museo menos frecuentado de Andalucía? Sobre todo teniendo en cuanta su largo y peculiar pasado, hoy mucho mejor conocido, y del que en el Museo se exhiben piezas de primer nivel, como las halladas en la necrópolis de La Joya. Un museíto para salir del paso tuvo quizá sentido cuando se hizo el actual, pero no se comprende como hoy la Junta no se decide a crear uno nuevo y adecuado a las necesidades de una capital muy distinta. Tanto dispendio en fomentar la “memoria histórica” choca con este abandono oficial del conocimiento del pasado, puesto a salvo apenas por la profesionalidad de sus funcionarios.

País normal

Tras los incuestionables logros perturbadores del Gobierno, la Generalitat catalana y hasta del TC, parece que en la España resquebrajada comienzan a notarse síntomas elocuentes de vuelta a la normalidad. Son, desde luego, hechos en sí mismos nada singulares ni extraordinarios, lo que obliga a recurrir para su correcta interpretación a más hondos rigores semióticos capaces de revelar su sentido oculto y sacar a flote la relación dialéctica que su propio acontecimiento mantiene con la realidad política. Primero fue el notición de que Vuelta Ciclista a España tendría dos etapas vascas, es decir, algo cuyo sentido sociopolítico no encajaría siquiera en la mentalidad francesa, por no hablar más que de la más próxima, en la que un boicot regional al Tour habría de resultar, sin duda, inimaginable además de extravagante. Y luego la actuación en Vitoria de la selección nacional de baloncesto, campeona del mundo, ante un público entusiasta travestido con la “roja” mientras en la calle pequeños contingentes de empecinados protestaban con sus cacerolas. ¿Les parece normal que haya que resaltar la normalidad de hechos tan normales? Y sin embargo hay que hacerlo, aunque sólo sea para mostrar por el envés esa imagen de la nación rota que se empeñan en disimular los propios responsables del desaguisado. Nada más elocuente ni ilustrador de la fractura efectiva de España que el hecho de que puedan considerarse como efemérides de la normalidad acontecimientos tan elementales aunque, ciertamente, pocas cosas tan debeladoras del mito secesionista como la facilidad con que se demostrado normal esa vuelta la realidad. Ahí lo tienen, ya se rueda por el País Vasco y se encesta Vitoria sin que a los filisteos se les hayan venido encima los mármoles del templo. Si España se rompe, evidentemente, será porque haya quien lo provoque pero, sobre todo, porque haya quien lo consienta sin reaccionar.

 

Es posible que, con el tiempo, miremos atrás para ver el paisaje ultranacionalista como un cuadro que tenía más de espejismo que de realidad, para entender que si en una región española no podía pedalear los ciclistas o encestar sus pivots era más a causa de la indolencia o complicidad de un poder cómplice y consentidor que a los logros del ruidoso negacionismo. En una semana se ha normalizado el rostro crispado del deporte en el País Vasco sin que la sangre llegara al río ni mucho menos y con el apoyo entusiasta de muchos miles de ciudadanos normales. Lo que habría que preguntarse es por qué esto no había ocurrido antes y de quien es la culpa por acción u omisión. A ambos lados de la muga, por supuesto, a ambos lados de la muga.