El gran montaje

Es curioso el escaso eco que fuera de Andalucía está teniendo el escándalo del “fondo de reptiles” comparado, por ejemplo, con el “caso Gurtel”. Y sin embargo, todo indica que el asunto ha sobrepasado ya los límites del escándalo local para constituir una auténtica bomba bajo la línea de flotación de un PSOE que parece que resulta que ha estado gobernando años y años a base de manejar la pasta pública al margen de Ley, con el beneplácito de los mandamases. Hasta siete consejerías sostiene la Oposición que han venido funcionando con “fondos opacos”, como si el Interventor no existiera y la Ley fuera papel mojado. En buena lógica, lo suyo sería acelerar el desenlace de este montaje, lo más alejado posible de las elecciones autonómicas. Porque si así acaba ocurriendo, malo, pero si no ocurre así, peor que peor.

Males y remedios

Es duro empezar un año bajo el cenizo de que el nuevo va a ser peor que el que se fue, y eso es lo que nos ocurre en este momento a los ciudadanos que trajinamos con el euro, una moneda común puesta ahora por primera vez en entredicho hasta el punto de plantearse su supervivencia. Desde las balconadas oficiales se lanzan discursos en los que se incita a los sufridos usuarios de la moneda común a superar esa “crisis inaudita”, se nos asegura que sus monedas y  billetes han sido la argamasa que ha hecho posible la cohesión de esta entelequia contable que, desde el optimismos, llamamos Europa. Hay incluso voces cimarronas que proponen fundir esa moneda y volver a las tradicionales, remedio que, sin duda, resultaría hoy por hoy peor que la enfermedad, porque los que saben explican que sería una mala solución no sólo para el sistema financiero sino para la inmensa mayoría de los afectados y, muy en particular, para los más pobres. Lo dice brillantemente un comentarista europeo: ésa es la gran fuerza del neoliberalismo, la panacea del catecismo universal que, sobre los escombros del Muro de Berlín, logró dar el salto en los años 80: que salir de su lógica es mucho peor y más dañino que mantenerse dentro de ella. No se puede decir mejor con menos palabras, y la puerta que dejan entreabierta permite entrever que acaso en el futuro, no sabemos cuándo, que los efectos externos inducidos (es decir, las “externalidades”) podrían llegar a ser tan clamorosas que nos permitieran volver como un rebaño convencido a otros terrenos lógicos menos irracionales. Dicen ahora –¡vaya descubrimiento!—que los precios se han disparado al socaire de la nueva moneda, una unidad de medida que hoy sabemos que sigue sin ser dominada por una mayoría de usuarios. En mi barrio una caña de cerveza costaba 60 pesetas y en enero de 2002 pasó a valer un euro, es decir, más de 166 pesetas. Es lo que llaman “redondeo” y los Gobiernos –todos—lo han dejado correr como quien no quiere la cosa. A ver quién para ahora, en plena pendiente, esa bola de nieve.

Pueden decir misas en los cenáculos europeos (que no dejan de llevar razón, por supuesto) pero el caso es que hemos rematado el año en el nivel más bajo frente al yen y muy por debajo también del dólar. Y sin embargo, sabemos que volver a la peseta o al dracma sería un suicidio porque la jugada liberal ha resultado impecable. Nos han convencido de que esto es lo que hay y de que cualquier aspiración a algo mejor no deja de ser temeraria, y nosotros, con la faltriquera vacía, parece que estamos de acuerdo. El pobre maestro armero no va a dar abasto cuando empiece a revivir quejas por la derecha y por la izquierda.

Dura lex

Lo de “dura lex, sed lex” ha sido siempre un comodín en la manga del juez. ¿O es que de verdad vamos a creernos eso de que “La Justicia es igual para todos” que nos ha dicho el otro día el único español que no está sometido a la Ley? Un juzgado sevillano dice que no tiene otro remedio que encarcelar a una gitanita madre de dos hijos que robó unos hierros hace años, ya ven lo que eso puede suponer frente a lo que estamos viendo que ocurre cada día en los despachos, incluidos no pocos de la Junta y de las demás Administraciones, aparte de los de las empresas privadas. ¿A la cárcel por 1.600 euros mal contados? Eso sería tan estricto y reglamentario como injusto, y lo sabe mejor que nadie quien tan de cerca ve cada día cómo se roba impunemente en este Puerto de Arrebatacapas.

Pregunta en la calle

No se puede estar conforme con el drástico debut exactor del Gobierno. A pesar de lo que proclamara Tierno, los programas electorales están para cumplirse y no para invertirlos al día siguiente de ocupar el poder. Ahora bien, la pregunta es qué puede hacer un Gobierno –cuya extrema dificultad acepta todo el mundo– si se encuentra, encima, con que el Gobierno anterior había falseado las cuentas de manera que el déficit público ha resultado no ser del 6, como aseguraba el anterior, sino del 8 por ciento, y la respuesta es, probablemente, que nada distinto de lo que ha hecho, aparte de lo que venga. Pero hay todavía una pregunta y se refiere a la responsabilidad de los políticos que falsean las cuentas, esconden la deuda o falsifican facturas cuando no despilfarran en gastos incalificables. Y la pregunta es ésta tan elemental: ¿qué le ocurriría a un empresario particular si falseara el balance, ocultara sus deudas o falseara facturas? Pues ignoro con qué pena, pero no me cabe duda de que sería sancionado gravemente por cualquier tribunal, como probablemente lo sean en su momento un ex-ministro presuntamente cohechador y un miembro de la Casa Real al que se atribuyen prácticas empresariales intolerables. ¿Que son las flamantes autonomías del PP las responsables del agujero? Bueno, y qué: sea quien sea el culpable –y no es verosímil que las autonomías del PSOE o las nacionalistas leviten por virtuosas– lo cierto es que el Gobierno ha ocultado el desastre hasta que ha perdido las elecciones y eso cuesta entender que, en el caso de que no sea constitutivo de delito, no implique al menos una responsabilidad grave.

Porque aquí no sólo vemos a un Gobierno falsificar las cuentas públicas, sino que han dejado de ser noticias las facturas impagadas encontradas en las gavetas para pagar las cuales hay Ayuntamientos –como el de Sevilla– que viene aprobando uno tras otro créditos para poder abonarlas a los acreedores. ¿Y nadie es culpable de ese disparate, o es que hemos de conformarnos con la absurda teoría de que la pérdida de las elecciones vienen a ser como un rito lustral tras el cual quedan limpias todas esas manos negras? Se pregunta el personal, con razón, por qué rige esa impunidad para los políticos en los mismos supuestos en que los particulares son castigados con implacable severidad. Y por qué el Gobierno sorprendido por el estafón contable no acude al fiscal para que opine sobre qué habría que hacer con esos administradores desleales para quienes, al parecer, no cuenta la Ley. Rajoy debería hacer algo más (si puede, que ésa es otra) por darle cumplida respuesta a esta justa y lógica inquietud ciudadana.

Mal empezamos

No ha escatimado perlas la consejera de Presidencia y portavoz del Gobierno al justificar en este periódico el famoso “decretazo” que pretende, en contra de un aluvión de sentencias, reconvertir en funcionarios a los “enchufados”. Dice, por ejemplo, que “hay un claro tinte político en la protesta contra la reordenación” y asegura, contra la evidencia más clamorosa, “que nadie adquiere la condición de funcionario fuera de los sistemas objetivos de selección”. Está claro que lucharán hasta el último segundo, digan lo que digan los jueces, por incrustar en la Función Pública a su legión clientelar. Esta última legislatura será, si Dios no lo remedia, la tumba de la Administración autónoma.

Perder un día

El Gobierno del archipiélago de Samoa, el último rincón del sol en su recorrido diario, ha decidido, como quien no quiere la cosa, suprimir un día, concretamente pasar de un salto del 29 al 31 de diciembre. No se sabe qué harán los que en esa fecha suprimida celebren su onomástica o cualquier otra efemérides, pero la autoridad se ha percatado de que el leve retraso que separa su horario de Australia y Nueva Zelanda –sus dos principales, socios comerciales– supone para el país la pérdida fáctica de dos días de trabajo, puesto que cuando los samoanos van a la iglesia en la mañana del domingo (son mayoritariamente cristianos) sus vecinos llevan ya horas trabajando en sus oficinas abiertas al público lo que, a juicio de esa autoritaria autoridad, supone nada menos que extraviar dos días laborales por semana. El tiempo debería escribirse siempre con minúscula dada esa condición conjetural que ha hecho que la Humanidad conozca tan variados calendarios desde el egipcio al que Numa ajustó por vez primera a los doce meses, el juliano –primero en ajustarse al año trópico—que estableció la norma de los 365 días ajustables con los bisiestos, norma seguida por el que llamamos gregoriano que en el siglo XVI y para ajustarse a la normativa tridentina, siguió la misma estela, tal como había hecho ya siglos antes nuestro señor don Alonso el Sabio. No hay que escandalizarse, en todo caso, por este recorte samoano, pues el paso del juliano al gregoriano supuso nada menos que la desaparición de diez días naturales y aquí estamos nosotros, tan ternes, a sabiendas, incluso, de que nuestro sistema casi universal de medición del tiempo adelanta medio minuto, segundo más o menos, cada año que pasa. El tiempo es un concepto muy resbaladizo. San Agustín, imagino que no sin cierta sorna, decía que él sabía perfectamente lo que el tiempo era, pero que si alguien se lo preguntaba se encontraba incapaz de explicárselo. Nada expresa mejor la paradoja del tiempo que esa vieja broma que dice que mientras todos creemos que es él el que pasa, no advertimos que quienes pasamos somos nosotros.

Los samoanos, hartos de turisteo y excepcionalidad, han decidido llevarle la contraria al Shakespeare que decía en su “Pericles” que el tiempo es el dueño absoluto de nuestras vidas, y lo han hecho sin encomendarse a Dios ni al diablo con un burocrático decretazo que ha amputado a la vida esa materia inasible que la mide y regula, si no es que, en última instancia, la constituye como la matriz de un misterioso “arjé” eleata. Lo que no sé es si ellos son desde ahora un día más jóvenes que nosotros o viceversa. Da igual. Boileau sabía que cuando uno habla, sus palabras están ya lejos.