Morir de éxito

El Gobierno tecnócrata italiano ha decidido dejar en suspenso la reclamada petición de los venecianos de cerrar su laguna a los grandes cruceros, especialmente inquietos tras la catástrofe del Concordia. No quieren problemas mayores, los tecnócratas, y han decidido, por ello, darle largas al asunto, dejando sobre la mesa la vieja propuesta de buscar una ruta alternativa a esos monumentos flotantes, que no podría ser otra, al parecer, que la del canal Contorta, por Sant’ Angelo, para evitar el tránsito medular por la Giudeca hasta el Bacino. Venecia se ahoga poco a poco, muere de éxito bajo el aluvión de turistas que se dan cita en San Marco y abarrotan el laberinto de calles a todo lo largo y ancho de la ciudad, saturados, por si fuera poco, por esos masivos pasajes que arriban en los buques de hasta 50.000 toneladas a cuyo paso encoge la perspectiva y la Salute o San Giorgio se eclipsan vergonzantes, pero cuyo mismo tránsito supone ya, de entrada, un riesgo inconmensurable que los ciudadanos –los pocos venecianos de casta o vocación que quedan ya en la ciudad—no perecen dispuestos a tolerar. Y hacen bien, porque aquel delicado paisaje malamente podría sobreponerse a un contratiempo como los que acabamos de contemplar, aparte de que quizá ya va siendo hora de que alguien reaccione ante una situación que, de hecho, ha convertido una romántica ciudad monumental en un parque temático y en un inmenso zoco en el que se despacha a granel la propia caricatura. El turismo es un bien y el deseo de visitar Venecia un derecho estético difícil de regatear a nadie, pero también es verdad que si no se adoptan medidas eficaces –y no se me ocurre ninguna, ésa es la verdad—la ciudad mítica perderá más pronto que tarde su indescriptible atractivo. La pléyade de viajeros célebres que la vieron un día no habrían de reconocerla hoy fácilmente bajo ese hormiguero incesante que destruye el silencioso encanto con el fragor de sus trajines.

Salvada a duras penas de las aguas sobre las que emergió como un milagro de la imaginación, lo más probable –se acabe prohibiendo o no el tránsito de gigantescos paquebotes– es que la Serenísima tenga contados sus días de auténtico paraíso. Es el eterno problema de la cultura de masas, y el turismo es, dentro de ésta, la fórmula más instructiva pero también la más destructiva que se ha inventado jamás. La Madre Naturaleza tiene estos prejuicios elitistas, qué se le va a hacer, aunque haya que reconocer que el Hombre, con su instinto gregario, tenga en la discriminación su considerable parte de culpa. En Venecia, por ejemplo, la salven o no de los trasatlánticos, la verdad es que no cabe ya un alma.

Cintas grabadas

Da asco escuchar a la presidenta de Invercaria, la empresa de capital riesgo de la Junta, en la cinta grabada que, por fortuna, ya tiene en su mano la juez instructora. Imposible imaginar mayor desfachatez, menos sentido del pudor, tanta poca vergüenza. “Si me comprometiera con la ética no estaría trabajando en esta organización”, “Esto era la política de regalo para lo que saliera”, “Si no me haces informes pasados, no me vales como trabajador de Invercaria”.  ¿De dónde habrán sacado a este personal, a qué tratos habrán  llegado con ellos, cual es la idea de la Administración que tiene esta recua de agiotistas y ganapanes? “Todos los que están por encima de mí, saben lo que hay aquí””: quizá esta frase lo aclare todo por sí sola.

La enfermedad infantil

No sé a ciencia cierta, como es natural, a qué llamaría hoy Lenin la “enfermedad infantil” del comunismo. Hay demasiada distancia entre el crítico del empiriocriticismo y sus representantes actuales, una brecha intelectual insalvable si miramos alrededor y, también es cierto, unas “condiciones objetivas” muy diferentes de las que aquella época. No sé qué pensaría viendo el carajal ideológico de un Llamazares o la silueta irremediablemente lugareña de Cayo Lara, pero seguro que tendría cosas que decir sobre la crisis que vivimos mucho más serias y coherentes que las ocurrencias de estos líderes hodiernos. De lo que estoy seguro es que, de criticar hoy las corrupciones españolas, no se quedaría selectivamente con las de Valencia sin mentar las andaluzas, de que se tentaría la ropa antes de jugar con la idea de montar una huelga general a “la griega” o antes de emperrarse una vez más, a estas alturas, como ha hecho Valderas, en la propuesta de eliminar la religión de la enseñanza, los crucifijos de las aulas y su influencia de todo el ámbito social. En España –¡y en Andalucía!- no pasa nada más grave y urgente, por lo visto, para una Izquierda vacía de todo contenido realista, que ajustar las cuentas, bien trágicas por cierto, que dejó pendiente el viejo anticlericalismo: no hay un déficit prácticamente insalvable, no existe una corrupción galopante, no hay cinco millones de parados ni un tercio de la población sumido en la pobreza al que, por cierto, esa denostada Iglesia arrima diariamente la mano amiga. Valderas carece, probablemente, de experienciua personal para valorar que la enseñanza “concertada” religiosa aporta una pieza hoy por hoy insustituible a causa, qué duda cabe, de la inveterada desidia de nuestros poderes públicos. Y tampoco creo que valore una acción social como la que en este momento realiza Cáritas a pesar de que sería raro que la desconociera. Lo malo es que del radicalismo comunista, o lo que ahora sea eso, no se come ni bien ni mal, excepción hecha de sus profesionales. Como Valderas, por no ir más lejos en busca de ejemplos.

Da grima la miseria de esta ideología atenida sin escrúpulos a los tópicos más añejos de un izquierdismo anémico, que no sabe ni dónde está de pie. Recurrir al tragacuras, mismamente, sería algo inconcebible ni no conociéramos estos percales tan bastos que, ciertamente, han sido reteñidos en los últimos años desde la socialdemocracia en ruinas. Pero ahí los tienen, tan ternes, sin una idea en la cabeza, validos en exclusiva de cuatro frases prefabricadas. Estos comunistas profesionales poco tienen ya que ver con quienes los precedieron en la utopía.

El modelo sueco

En los años 60 corría la especie de que los grandes del cine sueco, entonces en boga, Ingmar Berman o Max von Sidow por ejemplo, habrían elegido el exilio forzados por la presión fiscal de un sistema de bienestar que cargaba a los más ricos con impuestos devastadores. Luego el modelo sueco se ha venido no poco abajo respecto de lo que era y, no me hagan mucho caso, pero tengo entendido que el cambio ha consistido en sacrificar el ideal totalizante del Estado del Bienestar a cambio de bajar discretamente las cargas fiscales, una pura operación aritmética que ha dado mucho que hablar y seguirá dando en Suecia y en todas partes. En la España que acabamos de dejar atrás se planteó el absurdo debate de si subir los impuestos era cosa propia de la Izquierda o más bien lo era de la derecha, hasta que Rubalcaba partió de un mandoble dialéctico el nudo gordiano a base de introducir en la porfía un matiz tan irrebatible como eventualmente demagógico, a saber, el de su propuesta de zurrar a fondo, no a los ricos en general, sino  a los “más ricos”, expresión que es, a mi juicio, la peor manera de eludir la razonable teoría del impuesto progresivo. Y ahora en Francia, el candidato del PSI, François Hollande, acaba de anunciar nada menos que un impuesto del ¡75 por ciento”¡ contra esos potentados que de sobra sabe él que no van a estar sentados esperando junta al arca a que venga el alcabalero y los descalabre, en lugar de echárselo a cuestas y escapar hacia el “paraíso” como alma que huye del diablo. La ministra Salgado, mucho más cauta, ya había explicado a los españoles que esos “más ricos” son intocables en la práctica porque cualquier medida que contra sus intereses se tome provocaría fatalmente la huida de capitales. Por su parte, Sarko, le ha devuelto a Hollande  la puya afilada por las dos puntas: “Hollande quiere menos ricos; yo, en cambio, quiero menos pobres”. No está mal, para contestada a bote pronto, y a pesar de que los sondeos no le sonríen.

Lo tremendo de esta crisis –“no sabemos lo que nos pasa, y eso es lo que nos pasa” (Ortega)—consiste en que está dejando en evidencia las fallas del neocapitalismo sin dejar espacio para una socialdemocracia que, como bien sabemos, acaba siempre en la quiebra supina que es la demagogia. El modelo sueco era un espejismo que espantaba el dinero y, de paso, el talento, como el jaleado cooperativismo yugoeslavo acabó gestionando la pobreza y el sovietismo implosionando de improviso. “Sapiens demens”, como dice en su flamante libro Edgar Morin, no es más que un sabio delirante que nunca supo organizar la tribu de acuerdo con una recta razón.

Alcaldes con suerte

Ya son cuatro los alcaldes del PSOE “prejubilados” en los ERE fraudulentos en condición de “intrusos”. Demasiados para una comunidad cuyos datos de paro –los que acabamos de conocer—la sitúan a la cabeza de Europa. ¿Cómo puede seguir la Junta manteniendo el tono bajo, como si de una rutina se tratase, sin explicar las circunstancias de este saqueo y, sobre todo, sin procurar el reembolso de lo afanado ni en uno solo caso? Jubilar a un “amigo político” con 44 años es una auténtica golfería, como lo fue “prejubilar” a otro que hacía varios años que no cumplía ya los 65. La Junta ha dilapidado por entero su prestigio en esta operación del “fondo de reptiles” en una sociedad que tiene ya prácticamente mano sobre mano a uno de cada cuatro ciudadanos en edad de trabajar.

Fuga de cerebros

Al ministro de Educación, José Ignacio Wert, le ha salido de dulce la operación del “Odissey”, el tesoro del pecio al fin rescatado, pero se ha metido en un charco fenomenal al declarar en la radio para quien quisiera oírlo que, al fin y al cabo, la emigración de jóvenes talentos universitarios no es una tragedia tan grande como venimos diciendo muchos, sino un simple fenómeno menor que él cifra en la sexta parte de lo que se viene diciendo, por razones estadísticas que él maneja con discutible destreza. Llega a decir Wert que qué puede venirle mejor a un joven científico que viajar al extranjero, sofisma deplorable que con toda facilidad puede invertirse hasta dejarlo en que pocas cosas pueden causarle tanto daño a un país como la emigración de esas minervas en cuya formación tanto tiempo y dinero invirtió. ¿Se acuerda Wert de lo que supuso para la Alemania derrotada la deserción en masa de sus científicos o, al revés, de la oportunidad que significó para los EEUU el desembarco en tropel de los sabios que huían del nazismo?  ¿Y del exilio español, se acuerda Wert de aquel exilio español que nos privó de una pléyade de sabios en beneficio de sus amables anfitriones de las universidades mexicanas o argentinas? Por lo general no es bueno decir que el exilio de los jóvenes profesionales no es tan grave, puesto que es, ni más ni menos, una de las mayores tragedias que pueden ocurrirle a un país, y por lo general, también, carece de sentido hacer números con la estadística para probar que no es cierto lo que la experiencia acredita sin lugar a dudas, como por ejemplo que una legión de investigadores españoles –por no hablar de las miríadas de profesionales—se anda largando fuera en busca del trabajo que aquí no encuentra ni a tiros. Wert se ha equivocado de parte a parte, incluso si fueran ciertos sus cálculos sobre la emigración española, que no dejan de ser vagos y cuestionables.

Un país ha de defender que sus jóvenes profesionales permanezcan en él aunque sólo sea para recuperar razonablemente el coste de su formación, que no es moco de pavo. Y si se advierte que el país profesional se desangra atraído por ofertas más seductoras, lo que hay que hacer es tomar medidas para que eso no ocurra en adelante, pero nunca negar el hecho mismo. ¿Por qué cree Wert que las academias de alemán están que rebosan de aspirantes a conocer esa lengua hasta ahora prohibitiva en España? Pues porque en Alemania reciben con los brazos abiertos a los científicos que en España están en paro, ni más ni menos. Hay veces en que conviene más callar que salir al quite. En esta ocasión, el ministro se ha quedado solo en los medios.