El PA no existe

En el andalucismo de partido hace tiempo que se puso el sol. Acaso cuando la sombra del PSOE al que se pegó oscureció muchos méritos anteriores. Pero a tenor de las últimas elecciones, sencillamente, es que ya no existe. Su mascarón de proa, Pilar González, puede criticar ahora a izquierda y a derecha, pero le va a dar, probablemente, lo mismo, sin que su estrategia de lanzar insultos por encima de órbita haya de llevarla a  ninguna parte. El que ha dedicado a Arenas, por ejemplo, al compararlo con un personaje degradado, demuestra, además de una completa inmadurez, la impertinencia de esos aficionados que creen que el insulto político es un argumento. El 25-F a lo peor se da cuenta de que ha estado alanceando molinos de viento.

Fraga

Los obituarios suelen ser desconcertantes, sobre todo si están escritos por quienes no conocieron al personaje más que por su leyenda. Leo en mi propio diario opiniones estupendas, como la de que Fraga fue el guía de la Derecha española gasta la democracia o que, en su larga vida política, fue “sólamente beligerante a favor de la paz , el perdón y la reconciliación entre todos los españoles”. O su propia protesta de que él jamás colaboró con dictadura alguna, lo cual, subjetivamente hablando, es inobjetable. Fraga ha sido un personaje clave del último medio siglo, una pieza maestra del régimen caudillista de Franco –su “Goebbels” ha dicho alguien–, un implacable ministro de la Gobernación sobre el que pesa el atentado policial de Vitoria, el viejo político que si no dijo aquello de “la calle es mía” cuando le dieron el tiro en sedal a Curiel, la verdad es que podría haberlo dicho sin traicionar su pensamiento. Algunos conocimos s Fraga joven y era una fuerza de la naturaleza, un ciclón que atropellaba sus lecciones ininteligibles o perseguía por los pasillos (lo digo por experiencia) a un alumno por el delito de lesa cátedra de llegar a clase un nanosegundo después de que el bedel cerrara la puerta. Fraga nos entretenía con una ilegible “La crisis del Estado”, rehabilitaba a Karl Schmitt en sesión pública o dirigía la campaña contra Grimau a sabiendas de que su fusilamiento era un montaje que remataba su frustrada defenestración. Cuando Fraga se fue de embajador a Londres iba convencido de que volvería de Presidente  de una democracia emasculada y se encontró, al volver, de mariachi de Carrillo. Ésa es la verdad, que no resta méritos los suyos académicos y políticos –que los tuvo—pero que está mucho más cerca de la verdad que las apologías. Fraga apostó por el postfranquismo continuista y sólo la tozudez de los hechos lo emparejaron con González o el “verdugo de Paracuellos”. Un día le escuché decir a Jesús Fueyo, que lo conocían de cerca, algo que me dejó –entonces—turulato. “Ése, siendo él el primero, estará siempre a la cabeza de lo que venga. Fueyo era un fascista iluso. Fraga era un fascista asistido por la lucidez.

La desmemoria es mala, incluso si lo que procura es la templanza. Para los demócratas españoles, por ejemplo, no es posible presentar a Fraga como un paradigma del buen sentido democrático, sencillamente porque eso es mentira Que lo digan, si quieren, ppor supuesto, pero no es verdad. Fraga fue un personaje de gran talla en la España de Franco y en la que vino después, lo cual no quiere que fuera un demócrata Eso lo fue a la fuerza. Si por él fuera todo lo más hubiera habido una dictablanda tras la dictadura. Con él a la cabeza, por descontado, con él a la cabeza.

El trofeo andaluz

Nunca fue Andalucía más importante que ahora, tanto para unos como para otros. Nunca se volcaron tanto en ella, por eso mismo, ni siquiera los “cuneros” que caían sobre ella, como los tordos en el olivar, para saquearla electoralmente y levantar el vuelo. Para el PSOE perderla sería quedarse definitivamente con las manos vacías en toda España y el cuerpo militante partido por gala en dos. Para el PP, rematar el repóquer, aunque cualquiera sabe lo que a irá a encontrarse, tras el triunfo, escondido bajo las alfombras y guardado en los cajones. No hay quien gobierne en positivo más de treinta años, eso está claro. Pero el que llegue después, aviado va.

La democracia perfecta

Es un signo de madurez, seguramente, éste que en nuestros días hace recapacitar a muchos antiguos antiyanquis que no por esa rectificación han de olvidar los abusos intolerables perpetrados por ese gran país –la “democracia perfecta”, ironizaba Bourdieu—en el pasado, incluso el muy reciente. Las foto de Abu Ghraib o la de los cuatro soldados meando sobre los cadáveres de otros tantos afganos aniquilados dificulta este reconocimiento de otros méritos y reabren la antigua polémica (fobia, en muchos casos, diría yo), pero estos mismos días ha resurgido la más escandalosa de esa barbaridades: el mantenimiento del campo de concentración de Guantánamo, cuyo cierre fue la primera promesa de Obama al llegar al Poder aunque el último día del año recién pasado firmara una ley que impide todo traslado de esos detenidos ilegalmente –lo han dicho los jueces americanos, ojo–  a territorio americano y autoriza de hecho las detenciones indefinidas de esos presuntos terroristas. Anda por ahí un demoledor informe de Amnesty International en el que su presidenta, Geneviève Garrigos, afirma que las perspectivas de liquidación de ese horror se alejan, al tiempo que informa que el 47 por ciento de los ciudadanos americanos rechazan la idea de esta normalización procesal, o lo que es lo mismo, apoyan la existencia de un campo de castigo, al margen de la ley, en el que no hay más autoridad que la justicia militar que, como dice algún guasa, es a la Justicia lo que la música militar es a la Música. En el “Washington Post” leo que, siendo cierto que Obama encuentra resistencias durísimas en el Congreso para cumplir esta promesa –elemental si pretende mantener el prestigio moral de la gran potencia–, no lo es menos que el Presidente carece de valor para mantener sus ideales. No se puede mantener una ergástula en una democracia, no se puede hacer Justicia al margen de la Justicia ordinaria, no se puede torturar y es un secreto a voces que en Guantánamo, como en esos aviones peregrinos que hasta el Gobierno de ZP autorizó a recalar en nuestros aeropuertos con torturados políticos a bordo, las torturas son una práctica habitual.

¿Obama atado de pies y manos? Pues si me dicen eso, peor me lo ponen. Eso sí, la foto de Afganistán, con los cuatro meones desafianzo al mundo, pasa de la raya casi tanto como la de los atrapados en Guantánamo y exige que la rápida reacción de la Administración americana no se quede en palabras vacías. Un tal teniente Calley se fue de rositas tras aniquilar porque le dio la gana una aldea vietnamita, My Lai, pero desde entonces ha llovido mucho. Son estos chaparrones hodiernos los que no nos dejan ver la democracia perfecta.

Segundas partes

Sería tonto negar que no pocos de mi generación fuimos en su día sandinistas como antes habíamos sido simpatizantes del castrismo originario. El que no sea revolucionario de joven es que no tiene corazón y el que lo sea de adulto es que carece de cerebro, dicen los pesimistas. Bueno, no es tan sencillo. Se puede seguir siendo utopista convencido –yo lo soy—y equivocarse siete y hasta setenta veces siete en la vida. Los sandinistas, y el golfo de Daniel Ortega en primer lugar, luchaban contra una dictadura perpetua, financiada por los Estados Unidos, en la que el padre ejercía de tirano y el hijo –“Tachito”, recuerden—hacía y deshacía lo mismo en las comisarías torturadoras que en los economatos de la ayuda internacional. Durante años he conservado una entrevista concedida en Sierra Maestra por Fidel a un prestigioso periodista español en la que le mostraba los dos libros que llevaba en su mochila: los Evangelios y las obras de José Antonio Primo de Rivera. ¿Qué querían que pensáramos los novatos sabiendo que enfrente lo que había era la satrapía imperialista? Luego hemos sabido tantas cosas –y no sólo de nuestros mitos—que unos pocos hemos alcanzado eso que Leiris llamaba “La edad de hombre” heredando su ejemplar designio de sinceridad, su convencimiento de que la ficción puede resultar cómoda pero sólo la verdad es reparadora. Ortega, por ejemplo, resulta que era un truquista de la política, y hasta un chacal menorero al que los salvó la campana de la prescripción de las culpas de estupro y abusos sobre su propia pupila, pero resulta que, a estas alturas, cuando ya sabemos lo que da de sí el bolivarismo, hemos de contemplar como ese sujeto ningunea al Príncipe de España en su ronda de abrazos rituales a los mandatarios que asistieron a su quinta coronación. Yo no preguntaría la causa de ese desplante. Lo que sí preguntaría al nuevo Gobierno es qué hacía allí el Príncipe, poco menos que en solitario, aguantando el revolcón. ¿Es que no tuvimos bastante con los insultos al Jefe del Estado proferidos en su día por Chávez?

Ignoro la política de Exteriores y sus designios, pero no estoy ciego para ver que en esa escena macondiana no había ni franceses, ni británicos, ni alemanes, ni suecos: estábamos sólo nosotros, el demente de Ahmedineya y los siete iluminados por el petróleo venezolano que pretenden revolucionar el planeta con su Alianza Bolivariana de los Pueblos de América. ¿Es eso lo que nos espera otra vez o seremos capaces de entender que nuestro sitio está en Europa y allí donde se juegue de verdad la libertad y el progreso? En el video se ve al Príncipe aplaudiendo con resignada cortesía el despecho. No lo vean, porque da vergüenza.

El dinero une

La foto de los feroces sindicalistas (CCOO y UGT) entrecruzando sus manos con el presidente de la patronal y el de la Junta de Andalucía habla por sí sola. El sartenazo jurídico de ésta última dispensándolos a todos de justificar el empleo de los miles de millones recibidos, no es que hable, es que canta la “Traviata”, sobre todo en esta era de vacas flacas en que los comedores de caridad no dan abasto y millones de familias viven pegadas a la pared. Pero el dinero une, qué duda cabe, desde los que anteayer se decían marxistas hasta estos patronales sin otra empresa que la patronal. Me suena una promesa electoral reciente sobre la reducción de esta merienda. Veremos si no hay cambio de intención.