Saqueo general

Los andaluces, sobre todo los gaditanos, tendrían que conocer antes de las elecciones que ha ocurrido en realidad con el Plan Bahía de Cádiz, pantalla, según la Guardia Civil, de una trama perfectamente organizada –naae menos que 50 empresas fantasmas- que se ha llevado de la comarca más empobrecida de Andalucía 25 millones de euros, con la colaboración patente de personajes ligados al PSOE y, por lo visto y oído, también de la propia Diputación. Esto no es ya una crónica de escándalos eventuales, sino la historia de un saqueo en el que han participado no pocos “amigos políticos” del PSOE a la sombra y con el ejemplo de la propia Junta. Lástima que la Justicia sea tan lenta y cosas como ésta no vayan a conocerse en plenitud hasta pasado el 25-M.

Arde Atenas

Las imágenes que llegan de Atenas son la cara tardía pero cierta de un conflicto inevitable pero puede que, a la luz de esas llamas, nos permita ver que la ruina definitiva de un país europeo supondrá fatalmente un serio golpe para los demás. Es verdad que la picaresca griega ha pasado todos los límites y que desde el poder no se ha hecho el menor esfuerzo por evitar el desmadre que supone un país sin catastro, en el que la Administración se ha inflado hasta lo imposible, el déficit casi supera el 9 por ciento del PIB, el fraude fiscal es un deporte nacional al que están especial y legalmente invitados los magnates más notorios, la economía sumergida es el mayor sector del país o la Iglesia está exenta de toda fiscalidad, pero no lo es menos que tanto los gobiernos socialistas como los conservadores han propiciado ese estado de cosas cerrando los ojos ante el dramático espectáculo. Este año no se han podido repartir los textos en los colegios, la crisis hospitalaria alcanza aspectos cubanos por la escasez de medicamentos básicos y el desempleo ha subido a tasas desconocidas, pero ante todo ello el poder, cuando al fin ha reaccionado teledirigido desde Bruselas, se ha limitado a abrumar a funcionarios y pensionistas para justificar la fortuna de una ayudas comunitarias concedidas a sabiendas de que la deuda jamás podrá ser pagada. Arde Atenas y no deja de tener su lógica porque la más elemental sociología sabe que más allá de un cierto nivel de malestar (un 30 por ciento de los griegos son hoy pobres en la estadística) el conflicto es inevitable. En Grecia se ha extremado el peor efecto de la crisis, que no es otro que el divorcio irreconciliable entre el pueblo y la política, o dicho en otros términos, en la percepción de que la economía es un enemigo de la sociedad.

¿Cabía esperar que se encajara en paz una bajada del 22 por ciento del salario mínimo y el despido masivo de empleados públicos? A Grecia la acecha una oferta política extremada que probablemente adoptará formas anarquistas o populistas, ya que tanto el PASOC como sus adversarios conservadores  y hasta los dos partidos comunistas del país, no cesan de perder fuerza electoral. La pregunta es si a Grecia solamente, o las llamas de ese incendio se propagarán a otras naciones ante la amenaza de tercermundización que implica una estrategia cifrada de manera exclusiva en la austeridad. Pero cuando el viejo país implosione habría que preguntarle a Bruselas cómo no reaccionó antes ante ese secreto a voces. La crisis va a evidenciar que tan necesario es reformar los países incumplidores como la misma UE.

De aquí te espero

Ha dicho un portavoz federal del PSOE que el partido tiene en Andalucía un lío. Le ha faltado decir “de aquí te espero” a la vista del forcejeo en torno a unas listas electorales que no han dejado contento a ninguno de los dos bandos. Y encima estalla la gran estafa del Plan Bahía de Cádiz y la jueza de los ERE cree que la Junta de Andalucía ideó y puso en práctica un procedimiento para burlar los controles que garantizan el recto uso de la ayuda europea, algo que –dice con razón la jueza—“podría generar responsabilidad para España como Estado Miembro”. Un lío de aquí te espero, en efecto, para resolver el cual le queda al partido un mes mal contado. Si llegara a perder la autonomía nadie dentro de él podrá decir que la Organización no dado motivos de sobra.

Otra sequía

No llueve. El haza está terrosa, la yerba sin brío, el regajo va menguado y a duras penas supera las piedras del cauce. “¡Cómo no llueva vamos a comer algarrobas”, me dice el gañán, convencido, como todos los de su ámbito, de que la sequía es una excepción de la Madre Naturaleza. Grisea el olivar, se opacan los rodales privados ya de sus flores de otoño, apenas una lámina de agua sigue la pendiente hasta difuminarse en el cenagal. Se oye cercano el trajín perdicero, su piñoneo incesante en torno al nidal a recaudo, confundiendo su relato con el rumor del viento y la caña quebrada. No llueve, ni lloverá, probablemente, a juicio del jayán que me trae y me lleva por el predio, mientras arranca aquí y allá el mal brote de un olivo, la yerba insidiosa que crece con vicio al pie de los árboles útiles. Y la tierra se seca y resquebraja como la corteza de un pan antañón, como un queso pasado de añejo, negándose a mantener vivo el pasto que hace no más que unos meses daba gloria ver. La gente del campo tiene del tiempo y sus vaivenes una idea pragmática, ajena a la estadística y escéptica ante la predicción, porque para ella la lluvia o la sequía tienen algo oscuramente sagrado, lo mismo que el torrente y la inundación trascienden  su condición natural, meteorológica, para traducir el designio divino. Algo habremos hecho mal, o no, quién sabe, pero el cielo no está por la labor y las nubes no aparecen o cruzan con indiferencia camino del Este dejando que el suelo se agriete y desterrone mientras el gorrión rebusca entre el pedrisco la semilla o el insecto olvidado. El sifón de los álamos chupa desesperadamente y hasta la adelfa cercana decae desfalleciente en el fracaso de sus rosas y sus blancos perdidos, el olivar hiberna bajo su gris verdoso todavía con algún fruto pendiente. “No lloverá este año ni el que viene”, murmura con acento grave el campurriano, resignando su ira ante el cuadro invernizo que augura el mal futuro y la desdicha. Nuestros campesinos no creen en la ciencia y menos aún en el telediario; se fían sólo del infalible olfato que los orienta en el laberinto sin calles del campo abierto.

Lo que nos faltaba era una sequía sobre nuestros trigales y nuestro turismo, otra vez la plaga que vacía nuestros pantanos y abandona a su suerte nuestras urbes polucionadas, la inquietud por el goteo del grifo mal cerrado y la queja costista por el secarral, el sofoco sureño ante la imprevisión de la política hidráulica. El labriego y el urbanita no entenderán nunca por igual el milagro de la lluvia que va y que viene guiada por sus enigmáticas isóbaras. La Madre Naturaleza es más misteriosa en el campo que en la ciudad. Pero como no llueva, ay, vamos a comer algarrobas.

Belmonte

No apagará el incendio sevillano (yo diría más bien andaluz) el manguerazo que desde Madrid han echado sobre la nueva crisis los mandamases del PSOE porque ése es un fuego antiguo y con rescoldos provocado por la falta de autoridad de un Griñán cuestionado por sus propios secretarios provinciales. Y eso, a poco más de un mes de las decisivas elecciones autonómicas, constituye un suicidio además de la prueba de que estas militancias tienen mucho más de oficio que de vocación. Aquí no hay lucha ideológica que valga, sino pelea sin cuartel por los pocos cargos/sueldos que le van quedando al partido. Si llegaran a perder las elecciones veremos un ejemplar en medio de la indudable desbandada.

La negra honrilla

No comparto ninguna de las posturas maximalistas que ha provocado en España el guiñol francés contra nuestros deportistas. Algo hay de verdad en que la reacción del Gobierno ha sido un punto excesiva, puesto que el agravio no es asunto des Estado sino de una cadena privada de televisión, y algo de cierto hay también en que aquí, a la menor de cambio, se despierta el gabachismo contra “la Francia impía” que, por su parte, ha sentido siempre por nosotros, los españoles, un simpático “dédain”, incluso un “mépris” no demasiado distinto del que mucho cabrero siente aquí por los portugueses, o al que los propios franceses han sentido siempre por los alemanes y viceversa. En tiempos de bonanza, tal vez el incidente hubiera dado lugar a demostraciones más sonoras y la gente común se hubiera levantado en armas contra ese insultante montaje que, a mi juicio, no revela más que la frustración francesa ante los insólitos éxitos de nuestros deportistas de un tiempo a esta parte. Yo he visto y oído abuchear a Nadal en las pistas francesas pero también recuerdo que, aprovechando las protestas de la dictadura reclamando Gibraltar, los estudiantes se manifestaban en la puerta de los liceos franceses en un gesto de simbólico sincretismo xenófobo. Verán, los países tienen su alma en su almario, y de viejo nos vienen rencores y aficiones difícilmente actualizables. Desde Francia, por ejemplo, intentan en vano descalificar nuestro olimpismo pero también es verdad que nos entrega a los etarras, nos envía sus turistas, nos vuelcan nuestros camiones fruteros o nos ilustran con su cultura. ¿Por qué no reproducir esa polémica para consumo interno a la vista de los guiñoles en que hemos visto acribillar sectariamente a nuestros políticos durante todos estos años? Yo creo que nos hemos pasado en la reacción, y bienvenido sea el pasote en la medida en que haya podido servir como narcótico en la conciencia nacional en momentos tan difíciles.

Por lo demás, es obvio que los franceses envidian una generación excepcional de atletas hispanos y que sus acusaciones de fraude no son sino la oscura expresión de una tirria originada en su propio fracaso. Francia no gana casi nada hace tiempo y eso no encaja bien con su presunción de  “grandeur”. ¿Al desdén con el desdén, pues? Hombre, pues tampoco, porque la mala fe no debe ser disimulada nunca y menos asumida, pero seguro que ni Nadal ni Contador se han visto sorprendidos por lo que es una vieja historia. Recuerdo una vez que un maestro francés inolvidable, hablando del “Gil Blas” y de Rabelais, no me ocultó su sorpresa porque yo fuera (entonces) un joven español. Confieso que no sólo no se lo tomé a mal sino que me honró su estupor.