El huevo frito

Yo debo de ser un paleto, no tiene más remedio. Me lo espetó el otro día refunfuñante un amigo pintor por comentar en público que, si bien adoro el impresionismo, pierdo pie por Monet, gusto del ingenio cubista y de la freudiana intuición del surrealismo, ante quienes de verdad me abro e hipoteco sin cláusulas ni letra pequeña es ante Velázquez, Vermeer, Rembrandt o Goya. Y me lo volverán a decir, seguro –desde mi compadre Arcadi Espada al híspido y vehemente Salvador Sostres– si me ven troncharme de risa ante esa perla que acaba de dejar caer Ferrán Adriá proclamando que “el huevo frito es la receta perfecta”.  ¡Él, el genio que inventó la “cocina molecular”, el mago del nitrógeno líquido, el alquimista de la técnica de la esterificación, posando ante el caballete velazqueño como quien de pronto se cae del caballo y renuncia a convertir la crema catalana en un flan aromatizado al estilo panacota o a apostar por el tartufo de grasa de oca con chistorra de dátiles! Estoy confuso aunque como reanimado, no porque reencuentre en esta confesión prodigiosa la razón del axioma, ni porque milite en el fundamentalismo de los duelos y quebrantos, sino más bien porque barrunto en esa paradoja un trasfondo de sinceridad que ha de devolver la paz a mucho espíritu acomplejado. Vean como esa vanguardia –ay, Apollinaire—tiene sus intervalos lúcidos y cómo no hay que perder la esperanza de reencontrar en ella la vieja sabiduría porque, ciertamente, es muy vieja: Apicio cebaba las truchas con higos y Macio los lirones con castañas para servirlos en mesas decadentes en las que no faltaban las lenguas de flamenco o las perlas en vinagre.
 
En Cataluña viene de lejos esa afición por la innovación gastronómica como lo demuestra que Ruperto de Nola, que era catalán de pura cepa, recogiera en su obra, no sólo los secretos internacionales a su alcance, sino el recetario medieval conservado en el Llibre de Sent Soví, un precedente que era una joya. Lo dicho, un paleto, qué voy a hacerle, pero eso sí, un paleto que no habría de comerse una fruslería espolvoreada con oro ni por todo el que atesoran nuestros próceres en los paraísos fiscales. La novedad resulta ser bien vieja, una vez más: lean a Petronio o a Tito Livio. Y como yo creo que estas delicatessen son síntoma de todo ocaso imperial he sentido un subidón oyendo a Ferrán Adriá esa patriótica confesión.  Ahora resulta que detrás de toda la lucrativa comedia de los nuevos fogones lo que había era un huevo frito. No sé a qué atenerme, pero a ver si al final va a resultar que aquí hay bastantes más paletos que los previstos en el libro de estilo de esta sociedad babieca.

Luz roja

No acabo de tragarme la encuesta granadina, que quieren que les diga, pero me alarma esa desafección frente a la democracia que dice haber detectado entre nuestros paisanos. ¿Que un 60’6 por ciento de los andaluces “suspenden” a la democracia? Bueno, eso no se compagina con los hechos electorales pero, en todo caso, ni que decir tiene que que la carga mayor de semejante responsabilidad corresponde a un “régimen”, el del PSOE, que ha ido permitiendo este deterioro durante más de tres decenios. Ya digo que no me cuadran las cuentas a la vista de la participación real de los ciudadanos, pero el aviso, en todo caso, debe servir para prevenirnos de los malos efectos de la actual política sobre lo que verdaderamente importa. Por otra parte, lo que sería raro es que tanto escándalo y tan poquísima vergüenza no hubieran calado en la conciencia pública.

Izquierda perdida

Al alcalde de Huelva le han inventado los sociatas, impotentes ante su popularidad pronto hará 20 años y al que barruntan ya encabezando la lista de las autonómicas, la miserable calumnia de que padece Alzheimer, y el alcalde ha replicado poniéndoles dos calles a sus dos antecesores del PSOE. Por su parte IU ha roto la tradición de unanimidad en las distinciones al votar en contra de la concesión de la medalla de la Ciudad a la ministra de Trabajo –mano de hierro en guante de seda, ay– olvidándose de que ese alcalde había rotulado una calle con el nombre de Marcelino Camacho y otra con el de Pasionaria, además de concederle la medalla a Valderas, que ya es conceder. La política se degrada a ojos vista, y de actividad noble va quedando reducida al manejo más rastrero.

El habla enferma

Mi amigo Carlos Tristancho, que se entretiene entreteniendo en pie el monasterio de Rocamador que bautizaran los caballeros de la Orden de Alcántara, lucha a brazo partido en la radio con las palabras enfermas. Tiene la idea, que comparto, de que el Hombre ha ido creando y destruyendo su “lalia”, su sistema de signos para la comunicación, condicionado por las circunstancias de la vida, de manera que voces que albergaron conceptos claros y definidos han acabado corruptas en el uso denotativo, en especial en boca de quienes protagonizan la vida pública, esto es de los políticos. La última palabra tratada fue “sostenible” ese adjetivo cuyo sentido ha acabado implosionando a causa del abuso que de él hace la caterva politiquera, por supuesto, sin barruntar siquiera que al usarla desgastan poco a poco su lustre genuino dejándola reducida a una sombra de incierta significación. Con Tristancho tengo hablada mi tesis de que cada Imperio –y apúntense, si quieren, a la visión toynbiniana—crea, propaga y acaba arrastrando en su caída su propia “koiné” o lengua común, aunque los haya –y no necesariamente timocráticos—que se han apoderado para siempre de alguna rama del habla y de la experiencia, como Grecia, un poner, se hizo para los restos con la jerga médica o Roma con la jurídica. Hoy el Imperio contraataca con su horda invisible para imponer un jergón convencional que procede en masa de la práctica informática eficazmente ayudada por la insolvencia propia de toda sociedad de masas. ¿Quién puede ir hoy día por la vida sin saber qué cosa es o pretende ser un “twitter”, un “post”, un “microbloggins” o un “trackback”, a ver, díganmelo con la mano en el corazón? Esta generación deslumbrante y perversa habla como surfeando sobre las onduladas plataformas digitales, coronada de espuma volátil y con los pies aferrados al vértigo de la tabla. Mi amigo hace bien velando, allá en su retiro cenobial, los cadáveres incorruptos de esas palabras tantas veces abandonadas ya por el alma de sus conceptos y mejor todavía contándoselo al gentío precisamente a través de las ondas.

Hace años, entre lances y maniobras de un jurado literario, el sabio Arturo del Hoyo se divertía comentándome la miseria de una lengua, como la nuestra, cuya decadencia a causa del extranjerismo era tal que le había obligado, al confeccionar su imprescindible diccionario del género, a incluir la explicación de que “muchas gracias” en euskera malsonaba “eskerrik asco”. La lengua enferma, las palabras se dañan, el uso las confirma pero el abuso las hiere. Tristancho lo sabe y por eso las cuida entre pomadas y apósitos como un viejo francisco de su fortín de Rocamador.

Un buen hombre

Durante su visita a Hispanoamérica, el presidente iraní Ahmedineyad ha sido calificado por el inefable Hugo Chávez como “un hombre bueno”. Podía haber tirado ese bocazas del repertorio bolivariano y hablar del campeón antiimperialista, del hombre que anda enfrentando su país a una catástrofe a causa de su agresivo proyecto nuclear, incluso tuvo en su mano, aunque fuera para uso exclusivo de racistas radicales, recordar que él fue quién anunció su deseo y, tal vez, también propósito de “borrar a Israel del mapa”. Pero no, ha elegido lo de “buen hombre” para adecentar en lo posible a ese antiguo terrorista que supone hoy la mayor amenaza para la paz mundial. Me cuenta un amigo diplomático que  está claro que Ahmadineyad no busca disponer de esa energía para usos civiles, para lo que bastaría enriquecer el uranio hasta un 3 por ciento, puesto que ha conseguido ya enriquecimientos del 20 y persevera en el intento –parece que hoy por hoy frenado aún, afortunadamente, por graves carencias  tecnológicas—de alcanzar un enriquecimiento del 90 por ciento, que es el preciso para conseguir la bomba atómica. En poco tiempo entrarán en vigor, por otra parte, los embargos del mundo civilizado a sus exportaciones petrolíferas, lo que ha de suponer un palo considerable para una economía dependiente como ésa del negocio del crudo, debilitando , sin lugar a dudas su posición dentro del país más de lo que ya lo ha hecho el silencioso pero duro enfrentamiento que el mandatario mantiene con los mullahs de Alí Khamenei, quienes no ocultan ya su simpatía por una reforma que eliminara la presidencia para sustituir el régimen actual por otro estrictamente parlamentario. El “buen hombre” lo tiene crudo, mientras los israelíes –también hay que ponerse en su lugar aunque ello no baste—promueven el terrorismo interno llegando a actuar disfrazados de agentes de la CIA, y en especial la caza de científicos comprometidos con el proyecto nuclear. No parece fuerte la posición de ese loco de atar, que puede que encuentre dentro de su propio corral lo que sus interlocutores occidentales no han logrado hasta ahora.

Su reciente viaje a Hispanoamérica, apadrinado por Chávez y los Castro, con la comparsa del ecuatoriano Correa y el menorero Daniel Ortega, demuestra la soledad en que se encuentra, de hecho, quien se ha erigido insensatamente en amenaza mundial y gran desestabilizador de una región tan estratégica como agitada, un agitador profesional al que cuesta negarle sus dotes actorales. Qué qué hacía allí nuestro Príncipe, soportando el ninguneo del menorero, es pregunta que sólo puede contestar un Gobierno, que responda o no, seguro que ha aprendido la dura lección.

No se lo creen ni ellos

Resulta patética, casi conmovedora, la carta del funcionario que ayer reprodujo El Mundo y en la que advertía a un superior del trampantojo urdido entre la Junta y Nueva Rumasa. Ese “Tú me dirás lo que hago” comprende en seis palabras el drama de los funcionarios honrados a los que los responsables políticos del “fondo de reptiles”, como de tantos otros “fondos” oscuros, traen por la calle de la amargura forzándolos a caminar por el filo de la navaja al borde o incluso fuera de la Ley. Pero ¿quién se va a creer que decisiones como ésa de largar millones de euros las toma un jefe administrativo o un director general? La carta en cuestión permite ver lo que está ocurriendo en la Administración autónoma y evidencia que “los que tienen que servir” ni quieren ni saben ya a qué atenerse. Estamos ante una estafa piramidal. Sólo falta que alguien sea capaz de señalar el vértice.