Aquiles y la tortuga

Una de las ocurrencias más divulgadas de la filosofía antigua fue la enunciada por Zenón de Elea, según  la cual, por pequeña que fuera la ventaja de la tortuga en una carrera en la que compitiera con Aquiles, “el de los pies ligeros”, éste nunca llegaría a alcanzarla habida cuenta de que, inevitablemente, para lograrlo, debía alcanzar antes la mitad de aquella ventaja, luego la mitad de esa mitad y así sucesivamente, de modo y manera que siempre quedaría entre el quelónido y el héroe un espacio inconquistable. Hay quien ha visto en esa desconcertante aporía un remoto anuncio de lo que sería el cálculo infinitesimal pero de lo que estoy seguro es de que nadie en sus cabales hubiera osado postular la prioridad de la tortuga sobre el héroe aqueo a la hora de recibir la atención necesaria. Bueno, pues a la Junta sí, a la Junta se le ha ocurrido instalar en Carboneras un centro dedicado al cuidado de las especies marinas amenazadas, dotado con quirófano, área clínica, laboratorio, rayos X, cocina y tanques para el esparcimiento de los ejemplares protegidos, una idea inobjetable si sobrara el dinero y, sobre todo, si en ese mismo pueblo los vecinos dispusieran al menos de los servicios médicos elementales que hoy deben buscar a sesenta kilómetros de distancia. Es admirable esta suerte de franciscanismo laico que ve normal que se dote un servicio de atención animal antes, más y mejor que a los propios vecinos del pueblo, aunque la cosa no debería sorprendernos ya demasiado tras la fabulosa crónica de los linces de Doñana, las águilas reales y hasta los caracoles recriados con mimo antes de devolverlos a su medio natural. Han descubierto un humanismo animalista ante el cual, el que debería atender a las necesidades de los humanos debe guardar turno con paciencia a la puerta del hospital y en los renglones torcidos del Presupuesto. Aquiles se quedaría mucho más perplejo aún si le dijeran que su inalcanzable rival disfruta de una clínica ultradotada mientras él debe conformarse con el modesto centro de salud que dispone de una sola ambulancia y en el que no hay pediatra. La postmodernidad está convirtiendo este perro mundo en una loca paradoja.

Estas cosas se comprenden mal, por lo general, pero especialmente en circunstancias apretadísimas en las que el servicio público, más allá de sus proclamas y desmentidos, parece haber tirado la toalla. No porque el animalismo deje de ser un proyecto apreciable sino porque todo indica que hemos entrado en un confuso periodo en el que las prioridades las establece la moda en vez del sentido común. La tortuga de Carboneras no sabe lo que tiene. Menos mal que Aquiles, el pobre, tampoco lo sabrá nunca.

El peor final

Camino de la amargura va a ser para el PSOE que preside Griñán este mes y medio que queda de aquí a las elecciones autonómicas, atado de pies y mano como está ante la avalancha de “casos” de corrupción que andan saliendo a la luz y, lo que es peor, llegando a manos de los jueces. Ni es hora parea él de recurrir a una catarsis (suponiendo que pudiera) ni podrá evitar, seguramente, que el goteo de noticias sobre saqueos y abusos se detenga por sí solo. Es el peor final que podía imaginarse para Griñán, incluso en el supuesto de que la jueza de los ERE no tire por sorpresa, antes de los comicios, de esa manta realmente escandalosa y provoque una evidencia que echaría abajo el tinglado entero.

Los niños terribles

Llama la atención que en unas sociedades incapaces de prevenir los más atroces abusos sobre los niños haya logrado abrirse paso con fuerza creciente una idea de protección tan radical como la que cualquier rapacillo aprende hoy en la escuela. Es casi habitual ya abrir el periódico y toparse con la noticia de que alguien, los propios padres en primer lugar, se ven en apuros ante la Justicia por haber reprimido, incluso con violencia moderada, la rebeldía de un menor. Una bofetada puede constituir hoy una falta o incluso un crimen penado con trabajos sociales o incluso con cárcel, en ocasiones a instancias del propio menor que tiene a su disposición un teléfono, o incluso de un tercero (un educador, un viandante testigo, cualquiera). Nadie en sus cabales apoyaría la lógica del castigo corporal, por supuesto, pero ya me dirán que hace el padre o a la madre ante situaciones delicadas de rebeldía y hasta de violencia que quiebran sin remedio el orden imprescindible. En Castellón condenaron a una madre por abofetear a la hija empeñada en no lavarse los pies antes de colocarlos sobre la mesa, en Jaén a un ciudadano que hizo lo propio con el niño que acaba de apedrear a su sobrina, en Albacete logró ser absuelta tras muchos rodeos una madre acusada castigar a su hija desobediente e irrespetuosa, en Suecia han detenido a un político italiano que dio un capón al nene en plena calle para frenar un arrebato de furia y en algún lugar de Francia se juzga estos días al propio alcalde que, por reprender a un mozo que tras escalar una valla recién instalada por el Ayuntamiento, se le enfrentó amenazándolo. Se ha convertido ya en habitual que el niño amenace a sus padres con “denunciarlos” telefónicamente si no consigue por completo sus deseos, y yo he visto y oído como un rapacillo de barriada advertía a un alto jefe policial –que le había preguntado por qué no estaba en la escuela a media mañana— de los serios peligros a los que se exponía al reconvenirle dado que él era un menor.

Hemos pasado del abuso patriarcalista a una suerte de anomia en cuyo marco la imprescindible autoridad paterna se ve gravemente amenazada, sobre todo tras la Convención de los Derechos del Niño del 89, sin que a cambio se ofrezca a la familia y a la sociedad algún instrumento compensatorio para mantener el mínimo de disciplina imprescindible en toda convivencia. No me extrañó leer el otro día que una madre desautorizada retara a la propia policía y al juez a educarle su hijo díscolo. En un país donde, en cualquier caso, consta que la mitad de la población defiende la necesidad del sopapo razonable, parece obvio que quedan muchas notas por afinar en ese desconcierto.

Un congreso fallido

No creo que sea bueno para la democracia la descomposición vertiginosa del PSOE pero sí que esta debacle se la ha buscado él solo como tal vez resulte inevitable tras hegemonías tan prolongadas. Del Congreso de Sevilla ha salido demediado el partido y sumido en el desprestigio ese nuevo Presidente que ha fracasado de plano en su autonomía y ha consentido, encima,  en dejarse reciclar, siquiera de manera provisional, dejando tirados a los de su bando perdedor frente a una estrategia evidentemente revanchista de los ganadores. Griñán es el peor cartel de la historia del PSOE-A y es probable que acabe siendo su enterrador. Andalucía será, una vez más, el campo de batalla en el que se diluciden unas elecciones que llevan dentro el germen de su fracaso.

Partido partido

Cuando haya perspectiva suficiente podrá verse con claridad que esta crisis del PSOE que lo ha partido por la mitad no responde sólo a un calambre interno de la organización sino al hecho contundente de que la socialdemocracia no ha sobrevivido mucho tiempo al llamado “socialismo real”. También, que la causa de su deceso no ha sido otra que el vaciamiento definitivo de su mochila ideológica. Esta crisis es la traca final de unos vistosos fuegos artificiales que han logrado iluminar en su totalidad el cielo ideológico con la mandanga neoliberal, y es lo cierto que hoy por hoy nadie es capaz de aventurar un proyecto de izquierda, amedrentados todos bajo la amenaza de una implosión del propio Sistema. Los teóricos del neocapitalismo, allá por los años 60, predijeron con acierto la capacidad para la metamorfosis del sistema de mercado pero, probablemente, ninguno de ellos entrevió siquiera un jaque-mate como el que supuesto la actual debacle para provocar la cual sus perpetradores han contado con la experiencia de la crisis del 29 y un amplio argumentario antikeynesiano.  No se sabe de momento lo que es la izquierda, en definitiva, como demuestra el carácter estrictamente personalista del debate en Francia o en España (en Alemania el SPD hiberna y en Italia el PSI no se ha recuperado nunca del lingotazo de Craxi), es decir, la absoluta falta de ideas y de proyecto. Lo que acabamos de ver en Sevilla es cómo se rompe un partido y de qué forzada manera se recompone malamente ajustando los añicos, pero recurrir a la más rancia fantasmagoría –los curas y los banqueros– como ha hecho Rubalcaba no es más que la certificación del fracaso político. El éxito de los partidarios de la sociedad desigual estriba en que de esta crisis hemos de salir sin pisar la raya del paradigma neoliberal, ateniéndonos a su preceptiva, enterrando en lo más hondo el rescoldo de utopía que pudiera quedar. La tibieza se paga, tarde o temprano. Y la doblez: ir contra los banqueros cuando acaban de indultar a uno de los más conspicuos resulta un truco demasiado evidente. No les ha faltado más que canturrear el Himno de Riego con la letra que le pusieron cuatro locos en los años trágicos.

Y ahí está el partido en Andalucía, bastión desarbolado, luciendo su cabeza de cartón sobre un cuerpo demediado que, a mes y medio de las autonómicas, ha acusado al actual presidente de inmoral e ilegal y ahora le echa en cara haber apostado cándidamente a perdedor. Un desastre inconcebible que ha logrado destruir hasta los cimientos el casoplón que Guerra levantó de la nada. Esta gente sabe mucho de tramas pero, en política, hace tiempo que no da pie con bolo.

El cascarón vacío

El debate previo al Congreso del PSOE está dejando entrever, aparte de la crisis profunda que engendra sin remedio la lucha por el poder, la más general que está suponiendo en todas partes la extinción de la Izquierda. Me cuento entre quienes sostengo que hay y habrá siempre un sujeto  “de derechas” y un sujeto “de izquierda”, partidario el primero de mantener la sociedad desigual, deseoso el segundo de rectificarla, pero también entre quienes constatan que, en este momento crucial, el pensamiento utópico ha desaparecido –ignoramos por cuánto tiempo y con qué consecuencias– de la política, para dejar expedito el camino al pragmatismo de un sistema financiero enteramente soberano, que no otra cosa es el Sistema capitalista. Oímos así expresar con vehemencia a la candidata Chacón –ya estratégicamente retractada de su catalanismo inicial—las ganas, la fuerza, el deseo o la determinación de un cambio sin especificar mientras que, frente a ella, Rubalcaba, perro viejo, devana una y otra vez la misma madeja sin hilo. Qué pretenden unos y otros está terminantemente claro: hacerse con lo que González ha llamado los “residuos del poder”. Para qué, ya es otra cosa. Se entiende bien lo que supone que el PSOE abandonara al marxismo como hizo, pero mucho menos qué es eso de la socialdemocracia, a no ser que nos atengamos a fórmulas minimalistas como la que el “bellotari” Ibarra cifraba en “resolver los problemas a la gente” y el presidente Borbolla en “hacer cositas”, sin rastro siquiera ya de aquella utopía totalizante que pretendía cambiar el mundo y el hombre desde la perspectiva de lo que Mondolfo llamaba el “nuevo humanismo”. Hace muchos años que Bourdieu y muchos otros –en España desde Ignacio Sotelo o Santesmases a Vargas-Machuca—vienen denunciando el vaciamiento que de la izquierda ha hecho la partitocracia. Ahora, con motivo de la crisis, en España nos vemos ante una rendición teórica de la Izquierda, vencida por una Derecha que ha tenido el buen sentido de ir ocupando parcelas del viejo utopismo hasta lograr la confusión en el Centro.

No tengo ni idea de quién ganará este sábado en Sevilla pero es evidente que ninguno de los dos candidatos ofrece una alternativa ni al clasicismo felipista ni al postmodernismo zapateril. Es el lunes –como ha escrito aquí Caraballo—cuando comienza el verdadero debate, si es que comienza, sin contar con que de producirse la debacle el 25-M y perder el PSOE su último bastión, como es más que probable, se produzca una desbandada general. Lo ha expresado bien una autorizada voz del socialismo francés: no se pueden vender cascarones vacíos como si fueran huevos. La metáfora parece pensada para mañana en Andalucía.