Los ERE, cosa de todos

Demoledora declaración del ex–director general de Empleo ante la juez instructora. Sin vacilaciones ha dicho que todo lo por él perpetrado era conocido por sus superiores, señalando sin tentarse la ropa a tres consejeros –Viera, Zarrías y Pérez Saldaña—y directamente a los dos Presidentes, a Chaves, de quien dice que forzó la resolución de uno de los expedientes,  y a Griñán, a quien atribuye la aprobación del procedimiento empleado, que la juez considera ilegal. Estaba cantado, en todo caso, haya no haya contrafuegos dispuestos para evitar la propagación del incendio. En la crónica de la autonomía, con haberse visto casi de todo, jamás se había visto tanta desvergüenza.

Cañones o mantequilla

A los estudiantes de mi generación se nos enseñaba al asomarnos a la Economía ese dilema que parecía resumir la opción básica de los sujetos sociales: se trataba de elegir entre “cañones o mantequilla”, es decir, de escoger un modelo de producción que atendiera preeminentemente al mantenimiento de la población o, por el contrario, primara la producción armamentística. Lo he recordado al enterarme de que Corea del Norte acaba de proponer a los EEUU reanudar las conversaciones sobre la desnuclearización de la península y, en consecuencia, readmitir a los inspectores que vigilaban sus actividades atómicas,  a cambio de un vasto programa de asistencia alimentaria, un gesto sin duda elocuente que lo dice todo sobre el fracaso del régimen radical y sobre la situación efectiva de la población en ese desgraciado país. Ya cuando la crisis de las “vacas locas”, el antecesor de este mandatario solicitó a Inglaterra que se enviaran a su país los animales sacrificados para ser consumidos por un pueblo hambriento al que las amenazas del temible síndrome le traían sin cuidado frente a un solomillo, una propuesta que, como es lógico, no fue atendida por considerarse irracional, pero que dejaba entrever más de la cuenta el deterioro interno de aquella sociedad. Y ahora, de nuevo, esos feroces e irreductibles radicales solicitan al despreciable mundo capitalista las migajas imprescindibles para su supervivencia, abriendo paso a una inesperada mejora de las relaciones que pudiera afectar a medio mundo. No está mal, más vale tarde que nunca y, sobre todo, bien está lo que bien acaba, suponiendo que esta historia, antier todavía impensable, acabe bien. Los coreanos dejarán de enriquecer uranio y amenazar con sus misiles a cambio de leche en polvo y carne enlatada. En Corea es alto el porcentaje de ciudadanos que reconocen haber visto a alguien morir de hambre sin salir de su familia. “Lo primero es el buen gobierno de la tripas”, decía Cervantes, que sabía, por experiencia propia, de qué iba la vaina.

Algún día es posible que sepamos lo que ha costado a sus pueblos el rentoy atómico de sus gerifaltes, lo mismo en Pionyang que en Teherán, pero sin olvidar a los demás implicados en ese atroz negocio, el más desmesurado e inútil despilfarro perpetrado por la especie humana. En Corea, de momento, ya sabemos que el cuerpo no aguanta más y que hasta el mendrugo rancio que le arroje el más denostado enemigo ha de ser aceptado besándole la mano después tantos años de sufrimiento oculto tras la propaganda. Nada más triste que contemplar cómo quiebra el “eje del mal” a la altura del estómago.

Solos

Nos hemos quedado solos frente al resto del Estado al rechazar en solitario la propuesta de reducción del déficit planteada por el Gobierno. ¡Quieren gastar más todavía, hablan de ampliar la deuda los mismos que han metido decenas de miles de enchufados en la nómina, los responsables de la millonada de los ERE fraudulentos y las prejubilaciones falsas, los que en Invercaria se “inventaban” los expedientes para forrar a los amigos políticos! Y son los únicos de España en no aceptar una medicina que, por amarga que resulte, nadie rechaza. Otra vez solos, pero ahora en la ruina más absoluta, con la mayor legión de parados de la historia, solos en la cola de Europa. Si esto no es el fin de un “régimen” desde luego lo parece.

Trampas del lenguaje

En un mismo día se producen dos precisiones de primer orden sobre el lenguaje en nuestra sociedad. Por su parte, la RAE, harta de coles, se ha dejado caer con un meditado informe disciplinario explicando que el llamado “lenguaje no sexista” –lo de “miembros y miembras”, ya saben–no concierne a la gramática sino a la ideología y, en como consecuencia, no tiene otro valor que el que guste conferirle el oportunismo político. Y por la suya, una alta responsable de un chiringuito millonario de la Junta de Andalucía ha explicado sin rubor que si ella “estuviera comprometida con le Ética no trabajaría en esta Organización”, y vaya por delante que la mayúscula la pongo yo (en una grabación no se distingue la ortografía) por cuanto tiene de fuerte sugerencia mafiosa. Allá en el Norte, en fin, un empresario amigo de un ex-ministro de Obras Públicas afirma, por su lado, que él “pertenece a la liga oculta” y su interlocutor le contesta que, en efecto, él mismo estuvo comiendo con el baranda, tras su encuentro en una gasolinera, “en un sitio así, muy privado”, como debe ser, con lo que está plenamente de acuerdo el primero: “Yo también procuro siempre quedar en un sitio donde no se nos pueda ver… y él (el ministro, claro) me va arreglando las cosas”. La Organización, ahí la tienen, el “tinglado de la antigua farsa” explicado sin paliativos ante las candilejas por el cómico o la cómica de colmillo retorcido, la cita en el exclusivo restaurante italiano en cuya cisterna conviene mirar primero no sea que ande oculto en ellas un par de pistolas, sólo que ahora disfrazado todo bajo el cuello banco. Nada como el habla para poner las cosas en su sitio, ningún argumento con semejante capacidad subliminal y al mismo tiempo literal, para dejar claro, en cada momento, quién es quién. Esto que está ocurriendo en España no es una saga de incidentes aislados e inconexos, sino el producto de una Organización que no tiene en cuenta, como es natural, otros límites que los de su propio interés. Lo estamos viendo a las claras pero lo confirma el testimonio espontáneo de los organizados.

Ahora resulta, además, que esa directora antiética es la misma persona que colocó al hijo del entonces presidente Chaves, lo que demuestra que la Organización incluye a sus cabos y sargentos pero también a sus generales y generalísimos, con perdón, es decir desde la cabeza del organigrama hasta el chófer que se ocupa –¡y a qué precio!—de comprarle la coca al camellito, o al alcalde que se solaza en el puticlub con cargo a la visa municipal. Ya digo que la mayúscula es mía, pero a ver quién de ustedes, con la mano en el corazón, se atreve a discutírmela.

Florilegio cuaresmal

“Vine ilusionado a Andalucía para aportar técnica y he tenido que aportar técnica y he tenido que aportar ética”, Cristóbal Sánchez, ex–directivo de Invercaria, empresa pública de la Junta. “Esto ya no es cosa de cuatro golfos sino un fraude generalizado”, Antonio Sanz, secretario regional del Partido popular. “La intención de Izquierda Unida es romper con el nido de corrupción  que se ha situado alrededor (sic) de todo lo que rodea a la Junta”, Diego Valderas, coordinador regional de IU-CA. “Invercaria era la cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones”, el mismo. “Es fundamental eliminar las empresas públicas toda vez que no están generando servicios y, además, dan lugar a todo tipo de corruptelas”, Cristóbal Montoro, ministro de Hacienda. “(El anterior alcalde de Ayamonte, Rafael González, tiene un capital que no sé cómo lo ha hecho”, Herminia González, concejala ayamontina del PSOE .

Morir de éxito

El Gobierno tecnócrata italiano ha decidido dejar en suspenso la reclamada petición de los venecianos de cerrar su laguna a los grandes cruceros, especialmente inquietos tras la catástrofe del Concordia. No quieren problemas mayores, los tecnócratas, y han decidido, por ello, darle largas al asunto, dejando sobre la mesa la vieja propuesta de buscar una ruta alternativa a esos monumentos flotantes, que no podría ser otra, al parecer, que la del canal Contorta, por Sant’ Angelo, para evitar el tránsito medular por la Giudeca hasta el Bacino. Venecia se ahoga poco a poco, muere de éxito bajo el aluvión de turistas que se dan cita en San Marco y abarrotan el laberinto de calles a todo lo largo y ancho de la ciudad, saturados, por si fuera poco, por esos masivos pasajes que arriban en los buques de hasta 50.000 toneladas a cuyo paso encoge la perspectiva y la Salute o San Giorgio se eclipsan vergonzantes, pero cuyo mismo tránsito supone ya, de entrada, un riesgo inconmensurable que los ciudadanos –los pocos venecianos de casta o vocación que quedan ya en la ciudad—no perecen dispuestos a tolerar. Y hacen bien, porque aquel delicado paisaje malamente podría sobreponerse a un contratiempo como los que acabamos de contemplar, aparte de que quizá ya va siendo hora de que alguien reaccione ante una situación que, de hecho, ha convertido una romántica ciudad monumental en un parque temático y en un inmenso zoco en el que se despacha a granel la propia caricatura. El turismo es un bien y el deseo de visitar Venecia un derecho estético difícil de regatear a nadie, pero también es verdad que si no se adoptan medidas eficaces –y no se me ocurre ninguna, ésa es la verdad—la ciudad mítica perderá más pronto que tarde su indescriptible atractivo. La pléyade de viajeros célebres que la vieron un día no habrían de reconocerla hoy fácilmente bajo ese hormiguero incesante que destruye el silencioso encanto con el fragor de sus trajines.

Salvada a duras penas de las aguas sobre las que emergió como un milagro de la imaginación, lo más probable –se acabe prohibiendo o no el tránsito de gigantescos paquebotes– es que la Serenísima tenga contados sus días de auténtico paraíso. Es el eterno problema de la cultura de masas, y el turismo es, dentro de ésta, la fórmula más instructiva pero también la más destructiva que se ha inventado jamás. La Madre Naturaleza tiene estos prejuicios elitistas, qué se le va a hacer, aunque haya que reconocer que el Hombre, con su instinto gregario, tenga en la discriminación su considerable parte de culpa. En Venecia, por ejemplo, la salven o no de los trasatlánticos, la verdad es que no cabe ya un alma.