Diluvios previsibles

Lo que hay que lamentar en los pueblos inundados de nuevo no es tanto la tormenta misma como la pasividad de la Junta en invertir en las obras de defensa que anteriores catástrofes demostraron imprescindibles. Ahora veremos de nuevo, seguramente, a esos responsables retratados con la apropiada trenca  y de nuevo también hemos de oírles prometer –como ya hicieran en febrero y antes de febrero– lo que no tienen la menor intención de cumplir. Una desgracia es algo que ocurre sin remedio. Lo que teniendo remedio sucede es, sin duda posible, la culpa de alguien.

Secretos discretos

No deja de ser inquietante que los cerebros de Time estén considerando la posibilidad de designar a Julian Assange, el promotor de Wikileacks, como “hombre del año”. Como no deja de producir perplejidad leer en un catecismo progre español que la aventura de la revelación masiva de secretos oficiales “nos ha hecho un poco más libres”. Está claro que lo más fácil es apuntarse al fundamentalismo mediático para proclamar el fin del secreto, como si el secreto –al margen de su abuso, por supuesto– fuera un capricho y no una necesidad sin la cual no parece fácil imaginar el buen funcionamiento de las relaciones no sólo internacionales sino, incluso, de las personales. Cierto que la inmensa mayoría de lo desvelado pro Wikileacks es pura banalidad si no morralla informativa, chismografía diplomática por mucho sigilo oficial de que venga precedida, y ya se sabe –lo dijo Wilde en su “Dorian Grey”—la cosa más simplona del mundo se vuelve una delicia para el curioso desde el momento en que se la oculta. Pero más allá de eso, ¿se puede pensar en serio en unas relaciones internacionales transparentes, en unas relaciones de poder tramadas a la luz del día, o acaso será inevitable, como lo es desde que el mundo es mundo, que los tratos y contratos entre los gobernantes mantengan un cierto grado –un grado muy alto, seguramente—de sigilosa cautela? ¿Se podría medio mantener en pie el planeta si los acuerdos y opiniones de sus gobernantes fueran del dominio público? Puestos a pensar con seriedad, llega uno a la conclusión de que la relación humana en general –la amistosa, la de pareja, cualquiera—necesita un cierto margen de reserva sin el cual resulta difícil si no imposible de imaginar cualquier convivencia. ¿Cuántas sociedades, cuántas Administraciones, cuántos matrimonios si me apuran, podrían sobrevivir al saqueo masivo de sus interioridades? No seamos cínicos negando al secreto al menos un discreto papel.

 

También hay que reconocer que ahora sabemos que los integristas y ricos saudíes susurran a Obama su desprecio por el presidente iraquí, que los árabes desearían verse libres de la potencia iraní y su amenaza nuclear que públicamente apoyan, o que hay terceros países que se prestan a camuflar las operaciones bélicas americanas. La cuestión está en si este tipo de revelaciones ayudarán al proceso general de paz o funcionarán como palos entre los radios de sus múltiples ruedas. ¿Un poco más libres hoy que ayer? Uno la verdad, no puede imaginar por qué razón, pero se siente inquietantemente desnudo ante ese ojo público, tan sospechoso por lo demás, que pretende suprimir uno de los más ancestrales requisitos de la convivencia.

El atraso escolar

Otra Informe Pisa y otro bastinazo de la educación andaluza, muy por debajo de la ya rebajada educación nacional española. No se sabe qué es peor, si la misma evidencia de ese drama social o el empecinamiento de sus responsables en negarlo, la incapacidad de unas Administraciones para remediar un atraso de nuestros escolares respecto a la media europea y de los andaluces respecto a la propia media española que garantiza el estancamiento o, tal vez, el declive aún más pronunciado de nuestra sociedad. Verán cómo, en todo caso, la Junta justifica el fracaso multiplicando sus excusas y racionalizaciones. Es la condición suficiente para que en el siguiente Informe sigamos instalados en los puestos de la cola.

El mono sentado

Nuestros niños van por mal camino sentados indefensos frente a la tele. Son demasiadas horas diarias de televisión (excuso ahora dar cifras, siempre discutidas), demasiado tiempo robado al ejercicio, a la convivencia y hasta al descanso, tantas que proliferan por ahí, a pesar de la presión poderosa del negocio, iniciativas tendentes a preservar esa legión inocente de los peligros de su insensible abducción. Por supuesto que hace tiempo que en toda el área occidental del planeta funcionan sistemas de prevención que lo mismo claman por la reducción del tiempo de exposición del niño a la tele, que se ocupan de clasificar las emisiones, no sólo para prevenir frente al riesgo de deformación que implica la exhibición impúdica de tantos contenidos lamentables, sino incluso de controlar los juegos on line tratando de limitar el uso incontrolado que viene haciéndose de ellos. En Corea del Norte acaba de adoptarse una iniciativa legal que propone impedir a los adolescentes practicar ese tipo de entretenimientos después de la medianoche tras constatar que no resulta infrecuente hallar casos en que esos incautos prolongan la jugada hasta el amanecer, con el consiguiente perjuicio de lo que la norma llama el “derecho al sueño”. En Irán, por su parte, además de adoptar el criterio occidental de prevenir la visualización de mensajes inconvenientes o psíquica y moralmente destructivos, preparan la reglamentación de esos contenidos y juegos según una escala de edades, y en cualquier caso la proscripción de contenidos atentatorios contra sus creencias religiosas y un decoroso concepto de la moral general. Es en Occidente acaso donde la resistencia es menor en este sentido y donde, en consecuencia, la santa infancia y la adolescencia –“la edad  más- turbada”, como dice Savater—está siendo abandonada a su suerte por un sistema social que no encuentra la manera de controlar a la prole y protegerla de esa fascinación colectiva. El tiempo dirá hasta qué punto exponemos al desastre a ese mono sentado que, abstraído por la imagen hertziana, ni nos oye cuando le hablamos.

 

Nuestra infancia se ha convertido en un importante sector de la demanda que ve a esos niños antes que nada como consumidores no sólo del producto televisivo sino del resto de la oferta que a ellos se dirige. Y es esa transfiguración del niño en agente económico la que pesa como un fardo insuperable sobre cualquier intento de racionalización que se proponga por parte de educadores o de los propios padres. Hay niños que ven seis horas diarias de tele (algunos más). No deberíamos olvidar ese dato dentro de unos años, cuando nos llegue la hora de lamentar lo que quizá ya no tenga remedio.

Marcha atrás

No se ha atrevido el PSOE andaluz a cumplir su compromiso público de colgar en Internet la declaración de patrimonio de todos aquellos militantes que aspiren a ser candidatos en las próximas municipales. Por algo será, qué duda cabe, aunque ciertamente no resulta fácil imaginarlo. ¿Tan mal están las cosas, tanto hay que tapar o, al menos, que temer, qué ha disuadido al partido de gobierno a encender la luz para que se vea que no hay trampa ni cartón en sus manejos? De la imagen mala de los políticos tienen la culpa sus propios dirigentes y, por lo que puede intuirse de una medida como ésta, algunos de ellos mismos. No se pida luego confianza a un pueblo que ve lo que ve pero al que se le impide ver el resto.

Alerta de Estado

El viejo abuso de los controladores aéreos ha tocado techo. Tenía que ocurrir lo que ha ocurrido y lo deseable sería que el Gobierno llegue hasta el final sus enérgicas medidas que, entre otras cosas, verá respaldadas, por una vez, masivamente. No hay derecho al espectáculo que nos ha deparado esa inexplicable elite laboral capaz de provocar un daño de proporciones tan enormes y un perjuicio irreparable a un país entero, en defensa de unos privilegios que rayan el atropello, sobre todo en un momento crítico sin precedentes de nuestra vida social. Es verdad que las medidas anunciadas no se oían desde los tiempos de la dictadura pero, por duro que suene el recurso al Ejército y el cargo de sedición, ahora no se hace más que recurrir a unas medidas previstas en la Constitución y apoyadas por la inmensa mayoría. No cabe imaginar siquiera el derecho de un grupo de trabajadores de excepción a paralizar un país, provocando pérdidas inasumibles en plena crisis, de manera que lo que debería entenderse es que cualquier sanción que recaiga sobre ellos no bastará ni de lejos para enjugar los daños causados a la sociedad por su desafío. Todo el mundo hable ahora de Reagan y su famoso despido colectivo –los 13.000 controladores que puso en la calle sin inmutarse—aunque lo previsible es que aquí no haya necesidad de alcanzar esos extremos porque los ambiciosos asuman su error. Nadie puede tomar como rehén a un país entero ni paralizar la vida nacional, sin que le caiga encima la del tigre que, en este caso, no es más que el peso de la Ley. Pero habría que dar el golpe de una vez por todas, de manera que se excluya para el futuro la posibilidad de nuevas aventuras. España está que arde contra esos trabajadores. Cuesta trabajo entender cómo ellos no se dan cuenta de que, aunque ZP no es Reagan, ellos han ido demasiado lejos.

 

Eso sí, de momento el golpe en cuestión han conseguido disparar uno de los mecanismos extremos previstos en nuestra Carta Magna, algo que, considerando el discreto número de los provocadores, resulta inaudito. Un controlador es ni más ni menos que un trabajador cualificado cuya función es tan importante como exagerada su retribución, a poco que comparemos sus condiciones de trabajo, no sólo con la de los grandes profesionales de la auténtica elite, sino con los sectores laborales sobre los que recaen las funciones más agotadoras e incluso destructoras que quepa imaginar. Y sólo la falta de determinación de los Gobiernos ha hecho posible su abuso y el de algún otro colectivo. España entera le pide al Gobierno que dé un golpe sobre la mesa. Hay momentos y límites que no admiten ya más que la afirmación de la autoridad.