Píos blanqueos

La investigación a que están siendo sometidas por la fiscalía romana las finanzas del Vaticano no constituye, desde luego, ninguna novedad, como no lo es tampoco el motivo –el blanqueo de dinero—, pues ya en cierta ocasión algún prelado español hubo de ser promovido al cardenalato para evitar el escandaloso escollo tras ser acusado de ese mismo delito. Esta vez la piedra cae sobre el Instituto para las Obras Religiosas, o lo que es lo mismo, sobre el popular Banco Vaticano, en las personas de su presidente y algún otro alto ejecutivo de la casa, a los que se les imputa un presunto delito por  el que podría caerles encima una dura pena de cárcel. Ni que decir tiene que las protestas del principal afectado, así como la reacción de la jerarquía, no se han hecho esperar para desmentir de plano tales acusaciones pero, por supuesto, tampoco ha tardado en reaparecer el fantasma del banquero Calvi balanceándose de una soga bajo el londinense puente de los Monjes Negros, como un macabro homenaje a aquellos frailes guerreros que levantaron las colosales finanzas medievales. En resumen, que la fiscalía ha ordenado la incautación de 23 millones de euros de una cuenta del famoso “banco de Dios”, aparte de abrir expediente por el incumplimiento de la normativa europea, una situación que vuelve a abrir el debate interno en los medios católicos entre quienes propugnan la conveniencia de involucrar a la Iglesia en el juego financiero a gran escala y quienes, desde un concepto muy distinto del apostolado, preferirían evitarlo convencidos de que el contacto con ese “big money” reproducirá sin remedio estas lamentables situaciones. Doctores tiene la Iglesia. Y lo que no son doctores.

 

Un amigo que brega a diario con su parroquia lee atentamente la noticia y luego me recuerda el mandato evangélico de viajar ligero de equipaje, porque dice que la más que probable beneficencia que pueda reportar esa actividad, nunca compensará el escándalo que supone este tipo de espectáculos. Los expertos estiman que el Banco Vaticano posee alrededor de 5.000 millones de euros, y pocos entre ellos no aceptan que el tráfico financiero a esas escalas comporta un riesgo cierto de deslices y miserias. Un debate inútil, sin duda, que hace tiempo que el cine tremendista viene conmocionando con sus fábulas tal vez no tan imaginarias, difícilmente asumibles desde las lejanas “bases”. El dinero es concepto arisco incluso para las elaboradas teologías de un papa como el actual. El leguaje de la Justicia, por el contrario, llegado el caso, puede ser tan simple como demoledor.

El saqueo de Marbella

Llevan razón quienes en Marbella reclaman que los bienes decomisados durante la inacabable “Operación Malaya” sean devueltos a la ciudad, es decir, al Ayuntamiento saqueado. Por supuesto que otra cosa es lo que establece rígidamente la normativa, pero lo que no entra en cabeza humana es que un saqueo acabe produciendo un beneficio al Estado con los bienes que se le arrebataron a una de sus instituciones. Algo debería arbitrarse, si es necesario a nivel legislativo, toda vez que la modificación que se hiciera en este sentido sería, desgraciadamente, de aplicación más que frecuente.

Puentes sobre el vacío

Tres años y medios han pasado desde que Chaves se plantó en Huelva para amenizar la campaña electoral de Parralo con el anuncio de los tres puentes que constituirían la Conexión Sur Metropolitana, ese asombro de Damasco que ha resultado ser un puro camelo. Ayer vino Chaves a Huelva –con toda la cara—a repartir excusas y sofismas, no muy diferentes a los que emplea para justificar que, tres legislaturas después, aún no se haya acometido siquiera su plan de dotar de habitaciones individuales a nuestros hospitales. Prometen lo que se quiera, seguros de que nadie podrá pedirles cuentas. Los políticos son los únicos apoderados que no tienen responsabilidad en la práctica frente a sus mandantes.

Donde las dan

El portavoz del PSPV, Ángel Luna, ha sido uno de los tramoyistas más imaginativos del “caso Gürtel” se encaramó un día en el ambón de las Cortes Valencianas, para avisar a Camps, el de los trajes regalados, que por su mala cabeza habría de verse en el banquillo, y luego ha figurado siempre entre los acosadores de esas liebres que la policía rubalcabiana iba levantando sin prisa ni pausa. Lo que no imaginaba Luna era que a él habría de caerle encima un codigazo similar con motivo de haber comprado un coche de lujo a un constructor hoy imputado y de haber presuntamente aceptado que ese benefactor se gastara 700.000 euros en obras de reforma llevada a cabo en su casa. Ni qué decir tiene que Luna niega las mayores, aunque no está demasiado seguro de lo que dice, es cierto, y se mantiene entre esas dos aguas medio amnésicas que valen para bucear uno libremente pero en las que el adversario, por el contrario, debe sencillamente ahogarse. Luna, en efecto, no se acuerda, alega que ha pasado mucho tiempo y que él no guarda facturas viejas pero, por descontado, afirma que pagó todas y cada una de las facturas en tiempo y forma. Está en buen lío, el portavoz sociata de Valencia, ahora que se las prometía felices machacando en las próximas elecciones a Camps y sus pringaos, aunque no hará falta decir que la presunción de inocencia alcanza en su boca cotas que sugieren más bien la pretensión de impunidad. ¿Por qué no va a resultar imputable Luna si no puede justificar sus pagos por los bienes y servicios recibidos de proveedores tan sospechosos mientras a los de enfrente se los crucifica sin miramientos en idénticas circunstancias? Mala pata, la del PSOE, chungo para su estrategia de acoso y derribo del rival a base de escándalos más o menos servidos a domicilio por los propios servicios públicos. A Luna lo han pillado como a los de Camps y eso debería dar lugar a una saludable catarsis por ambas partes de la que ya pueden ir ustedes olvidándose.

 

Ya me dirán cómo puede exigírsele a un pueblo soberano que pague sus impuestos mientras los partidos compiten en una carrera de corrupción que no cesa y que, en realidad, se ha convertido ya en una carrera de relevos. Y sobre todo, esa indecente prepotencia que les permite corromperse a ojos vista, aun sabedores de que tienen encima tantos objetivos atentos, como si en realidad les importara un huevo que la gente y la propia Justicia se acabe enterando de sus golferías. Nunca debió Luna enarbolar ese Código Penal que hoy le muestran a él desde la bancada adversaria. El toque está, sin embargo, en saber que hará el PSOE con la munición sobrante del “caso Gürtel”.

Más maera

General desconcierto ha provocado la iniciativa de la Junta de indemnizar, a estas alturas, a las mujeres humilladas por el fascismo durante la guerra civil y la postguerra. Primero porque pocas de ellas deben de quedar setenta años después, segundo porque resulta ya ridículo este remover insistente de la tragedia que se enmascara tras unos proyectos reparadores que comenzaron nada menos que a mediados de los años 70 (en 1976 concretamente). 30 años no han bastado a estos memoriosos de un solo bando para dar con la tecla reparadora, quizá porque no es ése su principal objetivo.

Mentirosos

Lo más grave que puede decírsele a un dirigente político, en especial en momentos de crisis de la confianza, es que actúa como un mentiroso. Y mentiroso le dicen estos días los sindicatos, incluido el “hermano” UGT, al presidente del Gobierno, o los trabajadores de Astilleros onubenses al presidente Griñán y a su acólito Mario Jiménez. La verdad es que no resulta fácil contradecirles –sobre todo en relación con el último citado—si se recuerda la crónica de los acontecimientos desde que estalló el conflicto, porque la verdad es que el PSOE “garantizó” a esos trabajadores amenazados, probablemente a sabiendas de la que se avecinaba, lo que nunca debió prometer. Que la Junta ha jugado aquí con dos barajas no se puede negar. Los trabajadores, por supuestos, están convencidos de ello.