El sartenazo judicial

Habrá cosas mejores y otras peores, no lo dudo, entre las que el nuevo Gobierno trae entre manos. Algunas no han sentado bien –¿y cómo podría sentar bien la subida de impuestos forzada por el tocomocho del déficit heredado del Gobierno anterior?—pero hay otras que han dado de lleno en la expectativa ciudadana, como ese conjunto de medidas anunciadas por el ministro de Justicia, y entre las que están la reforma de la absurda ley del Menor, la de los aspectos bibianescos de la ley del Aborto o la institución de la prisión permanente revisable. Hay otras muchas cosas que reformar en la Administración de Justicia –y si no, pregunten ustedes a jueces y fiscales—pero no cabe duda de que el clamor ciudadano iba exactamente por el derrotero que la audacia del ministro ha sabido consagrar. El zapaterismo ha sido una etapa en que se ha expandido la idea de que cualquier situación social concerniente a derechos individuales podía ser resuelta sin otro expediente que la aprobación de una mayoría, aunque ésta fuera obtenida en virtud de la “geometría variable”, y ahora toca, por lo que se ve, devolver el país a la realidad en el sentido de confirmarlo en la conciencia de que hay relaciones sociales que no pueden ser impuestas más que por el consenso y el uso. Que una niña de 16 o menos años pueda abortar sin permiso de su padre es un disparate solemne, que la privación de libertad por los más horribles delitos salga tan barata resulta sin duda desmoralizador, y el Gobierno parece dispuesto a erigirse en voz de esta muchedumbre silenciosa que, desde hace tanto tiempo, reclama medidas más adecuadas. Es curioso que admiremos en el cine americano situaciones que aquí rechazamos de plano y más todavía que este país de cabreros se haya convertido, de la noche a la mañana, en la vanguardia transgresora de los valores más elementales de nuestra civilización. No sé si Gallardón logrará sus reformas pero no me cabe duda de que la sintonía con el paisanaje es absoluta.

Vendrá la reacción, sin duda, en esta ocasión para esgrimir de nuevo –sólo que ahora desde la izquierda teórica– el espectro de la crisis de las libertades, pero una masa abigarrada y a punto de perder el norte apoyará esas reformas que también exigen ciertas elites ilustradas. La Justicia estaba manga por hombro, de arriba abajo, en la letra capitular y en la letra chica. Ahora se trataría de reformarla de modo y manera que sus decisiones se entiendan y se vean respaldadas por un sentimiento común. Puede que toque a su fin la pesadilla. Si así fuera habríamos recuperado de un plumazo la pérdida más grave que ha sufrido esta nación.

Compartir el marrón

Parece que comienza la desbandada en el hasta ahora hermético grupo que organizó y llevó a cabo el saqueo de los ERE. De momento, el ex-director general Guerrero –10 años en su sillón, no se olvide—ya ha disparado su perdigonada sobre los tres consejeros  que lo mantuvieron en activo, pero lo previsible es que el tiroteo suba de tono y apunte cada vez más hacia arriba de esa mancha. Lo que no tiene sentido es la tesis de que un directorcito general haya manejado por su cuenta y riesgo mil millones de euros. Eso es lo que trae de los nervios al personal en la alta esfera de la Junta. Cuando menos se espera alguien dará por ahí algún tiro de gracia.

Fornicio y divorcio

Dos obispos españoles han competido con denuedo la semana pasada ver quién la decía más llamativa y menos razonable. Allá ellos, por supuesto, que no me meto ni por asomo en su jurisdicción, y los creo, además, sobradamente adultos como para saber dónde le aprieta el zapato a cada cual, pero permítanme expresarles respetuosamente mi desacuerdo con unos criterios que seguro que pueden lastimar gravemente –sólo por atenerse a la letra o rutina de la norma tradicional—el sentimiento de los creyentes, aparte de dar pábulo a la lógica rechifla de los enemigos, que los hay a puñados. Al obispo de Córdoba no se la ha ocurrido más que reflexionar en voz alta sobre la castidad, es decir, en definitiva, sobre el uso de esa facultad humana elemental que es el sexo, concluyendo, como si mirara ciego a su alrededor, que su uso queda vedado a todo célibe en un mundo que hace mucho que liquidó ese tabú primordial. Al de Valladolid –a quien el padre Arzallus llamaba “un tal Blázquez”, por cierto–, por su lado, le ha picado la mosca de humillar nada menos que a la Vicepresidenta del Gobierno –en plan tragedia de Samuel Beckett– prohibiéndole pregonar la Semana Santa local por el hecho, hoy enteramente común, de estar casada sólo por lo civil, criterio que creo que luego ha matizado, con muy buen sentido, rebajando una exigencia tan absurda. ¿Saben esos purpurados que la edad actual de iniciación en el sexo está en los trece años para las mujeres y que uno de cada dos matrimonios canónicos se separa, por lo común antes de dos años? Toparme en la prosa del prelado cordobés con la palabra “fornicio” me ha desalentado tanto como ver de qué manera tan soberana se ponía en la picota a tan alta institución sin conocer las circunstancias que seguro que explican la opción secular de esa mujer joven a la que, por tantos conceptos, monseñor debería considerar más próxima que lejana.

¿Se darán cuenta nuestros pastores de que el proceso de secularización avanza que se las pela, de que las Iglesias están casi vacías o de que la gente joven –fuera de jornadas y festivales “mediatizados” a alto nivel– hace mucho tiempo que ni siquiera concibe esas prescripciones abstinentes? Ahí tienen los obispos el festín financiero o el saqueo público, las guerras injustas o la debacle del sida, la explotación del trabajador o las defecciones gubernamentales, para lucirse en sus homilías sin necesidad de meterse en berenjenales tan ásperos. Gide sostuvo que los adolescentes demasiado castos rompen fatalmente en viejos disolutos. Yo no diría tanto pero me permitiría aconsejar a los monseñores que echen un vistazo a su alrededor.

Fiscal de todos

Por una vez el candidato a Fiscal General del Estado consigue el plácet favorable de todos los grupos políticos del Congreso. Entiendo a quienes mantienen aún que con esto no se arreglan las cosas, pues en tanto ese Fiscal dependa del Gobierno no estará garantizada su independencia. Pero también sostengo que la independencia es cosa muy personal y que a Eduardo Torres-Dulce no le ha tocado en una tómbola esta acogida universal, que no es otra cosa que el resultado de su buen nombre y enorme prestigio ganado lo mismo dentro de su profesión que fuera de ella. Un Fiscal General aceptado por todos es un avance inimaginable hace bien poco y lo justo es depositar en él también la confianza ciudadana. Con éste no van a jugar ni unos ni otros. Es la ventaja que tiene llegar al cargo ligero de equipaje y con la vida resuelta.

Justicia y memoria

Se produce estos días entre nosotros una peligrosa tendencia a presionar a la Justicia desde la calle. Que se entiende, en algún caso, por supuesto, como el que rememora el del vil asesinato de Marta del Castillo, pero que cuesta aceptar en otros como el que , a las puertas del Tribunal Supremo y representado por un grupo de famosos, defiende al mismo juez Garzón al que esa misma gente puso a caer de un burro cuando metió en la cárcel al ministro del Interior de González y a su cúpula policial y, no contento con ello, le puso al Presidente una indeleble X en lo alto, de la que nunca se librará. A mucho menor escala, en Sevilla se ha celebrado el juicio contra una edil del PSOE que impidió, porque le dio la gana, un acto literario convocado en memoria de Agustín de Foxá, el “poeta falangista”–dicen ellos– como si ese epíteto no pudiera aplicársele también a nuestros queridos Ridruejo, Rosales, Vivancos y tantos y tantos creadores de la época, y como si pertenecer al comunismo hoy –y digo hoy, y es el caso de Valderas—no constituyera un atentado contra la recta razón . No tengo la menor duda de que la censora en cuestión desconocía a Foxá –un gran novelista, aunque hay gustos para todo—y, por supuesto, que no debía tener idea de que desde el gran don Miguel de Unamuno hasta el intocable Ortega pasando por Azorín, tuvieron sus más y sus menos con el fascismo español de su época. ¿Tendría sentido hoy negarle un buen recuerdo a Torrente Ballester, a Laín Entralgo, a Rafael Lapesa  o a Ruiz-Giménez, por el mero hecho de que, en su día, fueron todos falangistas más o menos entusiastas? Yo creo que no, pero creo también que tengo la ventaja sobre esa concejala y sobre el propio Valderas de haberlos conocido, tratado y leído con atención, expediente este último muy conveniente, no se ponga en duda, a la hora de juzgar o de valorar a un autor. Foxá pertenece hoy a la Historia española lo mismo que Menéndez Pidal y Gerardo Diego o Dámaso Alonso no dejan de ser cumbres señeras de nuestra cultura a pesar del leñazo que les propinó Neruda. Son demagogos hasta el tuétano, estos amigos. Ha llegado un momento en que con ellos no se puede ir ni a coger duros.

Soy muy escéptico sobre el caso (o “los casos”)  Garzón –perro no come carne de perro, ya saben—y en cuanto al “caso Pepa” no espero que prospere la teoría fiscal de que esa ignara arbitrariedad sea, al fin, reconocida, como la “ilegalidad grosera” que fue con toda evidencia. No podemos ir por la Historia de España separando a buenos y malos, maniqueo cada cual de su manía persecutoria. Foxá, por ejemplo, es ya una reliquia. Tratarlo como a un miliciano es una ingenua barbaridad.

Los de abajo

Mis amigos funcionarios honrados, que son legión, se sorprenden cada día ante lo que se está descubriendo en torno a los ERE. “Pero, ¿cómo es posible, qué pasa con los Interventores. Jamás en la vida se ha saqueado de esa manera la Administración que hoy mismo funciona rigurosamente para el común de los mortales” –me dicen perplejos. Y yo no sé qué contestarles porque, con haber visto muchas cosas en las Administraciones durante mi vida, tampoco había asistido nunca al festín de Baltasar. Esto no es un escándalo sino una vergüenza que reclama ya que el propio Gobierno se interese por ella y sus circunstancias. La autonomía no debe ser una capa bandolera. Eso es precisamente lo que dicen, impotentes, los que desde abajo trabajan en las oficinas públicas.