La ardilla y el fruto

Justo cuando media Europa recuerda que la primera niña-probeta acaba de cumplir 30 años, unos sabios rusos han logrado reproducir por vez primera una planta a partir de tejido ancestral. La planta, lleva el sugerente nombre de Silene Stenophilla y su fruto –del que, a partir de tejidos-madre, oportunamente polinizados, se ha logrado el prodigio—llevaba congelado a considerable profundidad no menos de 32.000 años. Ya ven, “Parque jurásico” no era ninguna fantasía, sino una premonición como tantas otras que en su día lanzó la ciencia-ficción, de modo y manera que ya podemos irnos preparando para cuando esos sabios desentierren un mamut y consigan reanimar su extinta especie a partir de sus semillas congeladas, y quien dice un mamut dice un dinosaurio, a ver por qué no, y ya tendríamos ahí la película completa. Me parece que cuanto se insista en la velocidad que lleva la Ciencia y, en particular, la biología, será poco, si lo que pretendemos es que la novedad no nos pille por sorpresa cualquier día proporcionándonos todo un zoo de la era glacial en el que, todo hay que decirlo, no desentonaría demasiado algún hodierno mastodonte. Es verdad que ya había precedentes de estas “resurrecciones” pero también que casi todos ellos acabaron siendo falsados por la prudente investigación, lo que en esta ocasión no parece el caso. La vida es una materia casi indestructible, por lo que vamos viendo, capaz de resistir hibernada un montón de milenios sin perder su capacidad de ser, a lo mejor porque a una previsora ardilla se le ocurriera en aquella edad oscura almacenar en su madriguera nutritivos frutos al alcance de su mano. La vida es frágil pero resistente, un proyecto de larguísimo alcance que, se ponga Dawinkg como se ponga, le levanta la oreja trascendentalista al más pintado. La resurrección es posible, por lo visto, con tal de que el demiurgo del laboratorio acierte a dar con la tecla.

Da vértigo mirar al futuro, incluso al inmediato, a la velocidad que lleva este vertiginoso cohete y más si hacemos casos a esos augures que nos dicen y repiten que estos portentos no son más que el principio de lo que no podemos ni imaginar. Va muy por delante el progreso material respecto al de las moralidades, no cabe duda, a excepción de la que mueve a la ardilla, que ése es uno y el mismo hoy como ayer, cuando discretamente almacenaba sus bayas en el agujero en previsión del invierno. Nosotros a lo más que hemos llegado es a preservar un muestrario de vida en un refugio ártico para que el futuro sepa a qué atenerse respecto del pasado. No nos diferencia de la ardilla más que la previsión.

Bajo el volcán

Vivimos en una sociedad cada día más marcadamente dual, un grupo humano roto por las diferencias económicas que deriva a peor según todos los indicadores. Lean el flamante informe FOESSA presentado por Cáritas (“Exclusión y desarrollo social en España. 2012”), apliquen el ojo de halcón a una realidad tambaleante, reparen en que la cifra de excluidos sociales de nuestro país sobrepasa los once millones y medios de personas, maticen que, bajo la tasa de pobreza admitida (casi un 22 por ciento de la población) –la que expresa la exclusión social– subyace un millón de “pobres solemnes”, o sea de víctimas de lo que eufemísticamente se llama “exclusión severa”, justo la cantidad de españoles a los que atiende esa organización religiosa. Hay diferencias temibles entre las Españas, además, pues mientras en Navarra la pobreza se mantiene alrededor de un discreto (¡) siete por ciento, en Extremadura afecta casi a cuatro de cada diez ciudadanos y en Andalucía casi a uno de cada tres. Dicen los expertos que esa pobreza es en nuestra tierra cada día más crónica, más extensa y más intensa, y que la distancia entre afortunados y pobres crece continuamente, aparte de que los efectos de la crisis auguran que seguirá progresando todavía, mientras se reduce el gasto en vestido y en alimentación hasta niveles peligrosos porque el umbral de esa pobreza ha descendido también de manera significativa. El número de familias sin ningún ingreso aumenta de continuo, se dispara el de ejecuciones hipotecarias que deja sin techo a una muchedumbre creciente, el empleo se volatiliza y sólo un dato paradójico parece animar la situación: el aumento del consumo de lujo. Es extraordinaria la paciencia de los arruinados, hay que reconocerlo, como resulta admirable que hayan tenido que llegar al poder los conservadores para adoptar las primeras medidas de choque pensadas con la cabeza. Otra cosa es que el conflicto anda ya rondando por calles y plazas, con éste o el otro motivo, con cualquier excusa y atizado por la oposición política. Poco es –demasiado poco, en realidad—para la que está cayendo.

Sabemos que hay en el planeta casi mil millones de criaturas que viven con un dólar al día aunque no sepamos cómo lo logran, pero la crisis nos ha traído la novedad de acercarnos a esos parias hasta insertarlos en nuestras propias sociedades opulentas. Denuncia el Defensor del Pueblo que del millón y medio largo de menores de quince años que viven en Andalucía, la pobreza alcanza casi a uno de cada cinco pero que no es descartable que ese número alcance el 34 por ciento a medida que vaya fallando la solidaridad familiar. La sociología resuena en el desierto con su clamor apocalíptico.

Vista tardía

Lenguaje ejemplar el del Presidente de la Diputación sevillana al calificar al ex-director general de Empleo al que la Junta y el PSOE quieren cargar el mochuelo de los ERE, de “chorizo, putero y drogadicto”, observen la finura y elegancia de la expresión. Lo que no dice es que esa piltrafa humana (según él) se mantuvo en el cargo, no un día ni dos, sino diez años, y que lo logró con dos Presidentes y tres consejeros distintos. ¿Qué pasa, que durante todo ese tiempo era una malva el ahora detractado y, de pronto, se ha vuelto malísimo y despreciable? Lo de los ERE ha resultado una bomba de racimo y todos los malhablados del mundo no van a conseguir que un único pringao se coma solito semejante marrón. Ya le verán.

B.B.

Como la edad hace casi inevitablemente estragos sobre las personas y sus mentes, a la pobre Brigitte Bardot, aquel sex-simbol de los 50 y 60, la traen y le llevan entre unos y otros de extravagancia en extravagancia. Sólo el brillo residual de su mirada nos hace reconocerla hoy bajo la maraña de arrugas y ese cuidado moño desaliñado que lucía cuando escandalizaba en los propios EEUU, con sus semidesnudos y su mirada lánguida, a una generación que veía en la venus francesa la quintaesencia del erotismo. Estos días ha comenzado a rular por aquellos EEUU una exposición de fotos de la diva que recorrerá el gran país de arriba abajo, acogida a sagrado bajo el logotipo de la cadena de hoteles Sofitel, y ha faltado tiempo a los duros de la crítica para contraponerle a esas bellas “antiques”, fotografías actuales con las que el contraste resulta más elocuente, recordando, de paso, el carácter algo atrabiliario de esa estrella que en 2088 irrumpió en la campaña electoral espetándole a la candidata republicana, Sarah Palin, que era “una vergüenza para las mujeres”. La Bardot vive en su mundo imaginario, refugiada como puede en sus nostalgias y fantasías, una vez reconvertida su frívola figura en la campeona del animalismo, lo que la acaba de llevar a lanzar una carta abierta a los alcaldes para que apoyen o apadrinen la candidatura ultra de Marine Le Pen en quien ella ve a la defensora de los animales que podría “devolver a Francia el lugar que debe ocupar en el mundo”. B.B. se ha convertido al integrismo extremista de tal modo que prefiere la defensa de los animales a la del emigrante que, para vivir, busca trabajo donde lo hay, anteponiendo los derechos de la foca y el visón a los de esa basca tercermundista que inunda Occidente perseguida por el hambre. B.B. está muy mal, hay que reconocerlo con tristeza, no porque su escultura se haya desvencijado bajo el peso del tiempo –que eso le ocurre a cualquiera– sino porque su cerebro defiende ingenuamente causas tan peligrosas como es el movimiento xenófobo más radical de Europa.

Como si su país y el continente entero no anduvieran sumidos en una crisis vital, como si no hubiera en el mundo otros problemas que los que afectan a nuestros primos filogenéticos, la B.B. de nuestras ensoñaciones sale de su escondite para acreditar una vez más el riesgo de la decadencia y sus consecuencias fatales. Aún recuerdo el escándalo que provocó “Y Dios creó a la mujer” y los denuestos que entonces hubo de soportar la bella  a los mismos que ahora apoya. Miramos con tristeza la imagen rebelde de esta mujer que ha cambiado su imagen “mondain” por una militancia imposible en el marco del peor fundamentalismo.

Dos medidas

A Griñán y su pretorio no les gusta nada que desde el PP se les acuse de permitir la destrucción de documentos relativos al escándalo de los ERE, y no les gusta hasta el punto de que tanto el Presidente como su segunda de a bordo señalan sin contemplaciones a la juez Alaya atribuyéndole un comportamiento prevaricador simplemente por citar a declarar a los presuntos antes de las elecciones. ¡Como si el calendario judicial tuviera que ver con el político! Menos mal que la juez, que va a lo suyo como quien oye llover, no altera su paso ni se deja intimidar. Yo que algunos de ellos me preocuparía más por lo que pueda ocurrirles a ellos mismos tras las elecciones que por los comicios mismos.

Maná artificial

En una escalofriante crónica de Teresa Guerrero he leído que, para el próximo otoño, un grupo de científicos holandeses de la universidad de Maastricht piensa disponer ya de carne sintética producida a base de fibras de tejido muscular cultivadas a partir de células-madre extraídas a vacas. Cuentan que cuando lo logren deberán ensamblar esas fibras con grasa artificial hasta conseguir algo parecido a una hamburguesa, proyectando luego fabricar industrialmente el producto con el fin de reducir los inconvenientes que parece ser que presenta la ganadería intensiva tanto por su carestía como por su impacto sobre el medio ambiente. Claro que habrán de teñir antes la masa en cuestión, dado que esa fibra obtenida artificialmente en el laboratorio carece de hemoglobina y presenta, en consecuencia, un aspecto blancuzco –imaginen qué asco—más o menos similar al de la carne de calamar, maniobra que, en todo caso, no debe de tener secretos para su inventor, el científico Mark Post, quien asegura haber logrado ya la obtención de una salchicha a partir de carne de cerdo artificial fabricada por él mismo. Los sabios piensan en todo y se han percatado de que el consumo de carne en el próximo medio siglo aumentará de tal modo que su precio se hará tan prohibitivo como lo es hoy día el del caviar, circunstancia que obliga a buscar métodos de producción para abaratar productos que consumirán los más pobres, algo que, a su vez, no deja de ser curioso dado que esos parias, si atendemos a las estadísticas oficiales,  no consumen carne hoy día ni por equivocación. Yo recuerdo el fracaso radical del ensayo que se hizo en tiempos de Kennedy de introducir en los países hispanoamericanos un alimento artificial, llamado “incapirina”, obtenido a partir de la harina de pescado y otros detritus, y no pierdo la esperanza de que nuestros sucesores rechacen estas viandas que les ofrecerá la postmodernidad con la misma dignidad que en su día lo hicieron los indiecitos. Que la luna de la Ciencia tiene su lado oscuro lo sé bien desde que, de niño, leí la historia del “Doctor Moreau”.

Hay que precaverse contra cierta actitud investigadora que se desentiende del respeto debido a lo humano sin para mientes en el contraluz de sus proyectos tantas veces antihumanos, a rastras de un sistema de producción avasallador para el que nada resulta superior al beneficio económico. El hombre no es ya el sujeto sino el consumidor, ha dejado de ser el rey de la creación ara convertirse en el homeless que rebusca en los contenedores de basura. Dostoiewski sabía que la ciencia no tiene otro objetivo que el amor propio en este mundo fundado en el interés personal.