Tocando fondo

La supresión por parte del Gobierno de los 426 euros que hasta ahora recibían los parados con prestaciones agotadas, ha dado a la derecha su mejor argumento y ha hecho caer del guindo a los grandes sindicatos “de clase”, desde uno de los cuales, el “sindicato hermano” UGT, se le pregunta a Zapatero “si piensa mandar a la cola de Cáritas” a esas 350.000 familias que no perciben ningún ingreso al tener a todos sus miembros en paro. Desde el PSOE un espontáneo como Mario Jiménez –que nunca estuvo en el paro ni tuvo trabajo—ofreció como alternativa “las políticas activas de empleo que estimulan la empleabilidad”. Juzgue cada cual. Sobre todo si pertenece a aquel “ejército de pobreza”.

El espejo virtual

No las tengo todas conmigo sobre el negocio de Wikileaks y sus revelaciones sensacionales. No trago, por ejemplo, con el argumento de que esas revelaciones son un ejercicio cívico legítimo y un trabajo periodístico irreprochable, por la sencilla razón de que, en mi discreto escepticismo, entiendo que la revelación masiva de documentos diplomáticos, por más recompuestos que estén en redacción, no deja de implicar la gran ficción de que esa inevitable rutina diplomática no es un uso universal aparte de la no poco demagógica que supone difundir la idea de que hemos llegado a un punto en que la transparencia queda al alcance de la mano y de que, en consecuencia, los secretos del Poder estarán de ahora en adelante al alcance de la opinión pública con sólo enchufar el ordenata. Basta repasar por encima la ingente masa de documentos filtrados en esta segunda entrega para percatarse de que no hay apenas entre ellos hallazgos que merezcan la pena, es decir, esos descubrimientos de primer orden que los ingenuos pueden haber llegado a creer que quedan ya al alcance de la mano. Una cosa es el periodismo de investigación y sus sensacionales revelaciones y otra muy diferente un escaparate dispuesto a exhibir sin encomendarse a Dios ni al diablo la conversa privada que es como la trama en que se asienta el bordado diplomático. Cuando en esas exhibiciones tropecemos con pruebas graves de hechos decisivos habrá que creer en la utilidad legítima de un experimento que, por ahora al menos, a mi juicio, no pasa de una aventura no poco irresponsable además de oportunista. No hemos atravesado ningún espejo revelador; apenas estamos asistiendo a un dudoso ejercicio que confunde el periodismo (y la diplomacia) con el espionaje al por mayor.

 

No, por desgracia, no creo que hayamos conseguido penetrar como Alicia en el espejo para descubrir una realidad que libere a la muchedumbre solitaria de la opresión del Poder. No se puede ilusionar en falso a la gente, decirle que se acabó lo que se daba en el ámbito del secreto oficial –que, por otra parte, parece que imprescindible–, es demagógico vender como luz definitiva lo que no son más que fogonazos ocasionales obtenidos a granel. Y ya digo, otra cosa sería que una mañana nos desayunemos con que la Wiki deja en evidencia los trapicheos nucleares con Irán o pruebe la complicidad de una gran potencia derrocando un régimen. Mientras tanto me parece que debe primar una razonable prudencia en torno al secreto oficial que, de ser puesto finalmente en almoneda, supondría un soponcio de esa convención quizá inevitable que nos permite continuar con la tragicomedia.

La caja fuerte

Incomprensible, truculento, todo el negocio de la caja fuerte descubierta en la consejería de Empleo escondida en un armario, lógico que el titular del departamento la mandara abrir e inexplicable que la policía de la Junta haya ocultado, al parecer, esa información eventualmente grave al mismísimo juez. Dice la consejera de Presidencia que no sabe si es normal o no que haya cajas fuertes en la Administración, pero hay que matizarle que la cuestión no es ésa sino la de explicar por qué hay cajas cuya función y contenido ignora –también al parecer– el propio consejero. La consejera puede estar segura de que, en todo caso, estamos ante un  asunto chungo.

El vil metal

No sé si mucha gente se acordará de la ocurrencia del Gobierno actual de vender nuestras reservas de oro, por considerar que en la circunstancia económica actual el atesoramiento de ese metal carecía de sentido. El precio del oro, en todo caso, ha subido vivamente después, y hay responsables de primer nivel, como Sarkozy que (en este caso, volviendo sobre los pasos de De Gaulle) vuelven a ver en él una garantía de estabilidad general frente a sistemas como el de cambio flotante que parecen favorecer con descaro a la economía americana. Hay expertos que sostienen que el problema no sería fácil, en cualquier caso, ya que para volver del patrón-oro, es decir, para considerar de nuevo al oro como el valor inalterable y fiduciario por excelencia, habría que recorrer ya un camino demasiado largo. Oigo decir también que esa operación supondría para cada país atesorar una cantidad del metal precioso equivalente al valor nominal de la moneda en circulación y, aunque me someto en todo al mejor criterio de los ecónomos, me parece obvio que una medida así resultaría injusta de entrada no sólo porque hoy serían precisas enormes reservas acaso inalcanzables, sino por el hecho de que el oro está, como es lógico, mal repartido y de que la imprescindible paridad con el papel moneda no resultará sencilla mientras el precio del metal continúe su escalada en dólares. En cuanto a ajustar el sistema poniendo límite al déficit tanto como a los excedentes, a la vista está que no basta para evitar la peligrosa discrecionalidad de los Bancos Centrales a los que se acusa de “bomberos-pirómanos” y culpables últimos de la crisis que vivimos. En fin, que no entiendo nada, como seguramente ya habrán notado, pero que sobre todo me pregunto por qué razón el señor Solbes se despepitó por vender a buen precio el oro que teníamos, urgido por la necesidad de hacer caja. Nunca sabremos qué será peor, si entregar la política a los economistas o poner la economía en manos de los políticos.

En el oro creía De Gaulle, que hizo de él glosas memorables de las que conservo alguna, y, desde la acera de enfrente, en el oro creía Craxi, como lo prueba que lo guardara en lingotes en su caja-fuerte suiza. Pero la pregunta que me inquieta más es cómo no nos percatamos nosotros al venderlo de que si había tanto comprador dispuesto a comprarlo por algo sería. Claro que no hay que ser un lince para comprender, tanto que hoy día estamos sumidos en lo que alguien ha llamado un “caos de divisas”, como que la escala mundial probablemente no encajaría ya la vuelta al cofre. No creo que el hombre haya imaginado jamás un mito tan fascinante como inexplicable.

Favor que nos hace

El ex-consejero de Empleo, Antonio Fernández, parece empeñado en redondear su memorable actuación política con su estupendo sentido del derecho propio. Lo prueba que, tras prejubilarse a sí mismo en el ERE de una empresa a la que pertenecía, acabe de renunciar ahora a su acta de diputado regional –forzado, eso sí, por la propia institución que, por una vez, se ha mostrado terne en el negocio de las incompatibilidades—para poder conservar el cargo de presidente del Consejo Regulador del Vino de Jerez con que lo han compensado en su despedida. Favor que nos hace el ex-consejero, qué duda cabe, ejemplo supino de la ambición del amateurismo en la política.

¿Paises imposibles?

Siguiendo la tragedia haitiana uno llega a preguntarse si acaso lo que ocurre con ella, como con las de otras naciones, es que se han vuelto inviables en un mundo como el actual. Echen una mirada a Haití, a ese purgatorio, por dejarlo sólo en eso, del que nos llega la imagen de los desdichados desnudos agonizando en plena calle ante la indiferencia general, lazareto abierto, en el que el cólera se ha llevado por delante en un mes a 1.500 desgraciados y no hay signos de que vaya a remitir. Observen el cuajo de la ONU proclamando que las elecciones que se están celebrando se desarrollarán en “un clima sereno”, justo cuando doce candidatos reclaman que se pare el carro, se anulen los votos y se ponga pie en pared frente a la epidemia. Se estima que el terremoto pasado ha causado en su población no menos de un cuarto de millón de muertos (desde enero para acá) y ya empiezan a circular leyendas en las que el fantasma conspiratorio presenta a Occidente como el responsable alevoso de la epidemia que habría sido introducida en sus ríos para destruir el país y hacerse con el control de sus recursos naturales. Parece como si en el inconsciente colectivo hiciera de las suyas el recuerdo de un pasado en el que –como en la epopeya de Carpentier, “El siglo de las luces”—no es fácil negar que la vieja Europa colonialista y expoliadora llevara a aquellos lares, junto con los ideales más altos, la silueta funesta de la guillotina. ¿Qué hacer en un país arrasado, sometido, martirizado y, encima, víctima de la enfermedad imparable, en el que, además, el Estado ha quedado sublimado en una mera sombra, reducido casi a la nada? ¿Será que hay países que se han vuelto inviables, países imposibles en un (des)concierto mundial cuya gravedad aplasta su capacidad de resistencia hasta conducirlo al fin de su historia?

 

Hay quien, en ese sentido, vuelve los ojos no sólo a Haití sino al Tibet o al Sáhara, como si para ellos hubiera sonado la trompeta final y no hubiera ya manera de sostenerlos en pie como entidades históricas, conmovidos sus cimientos por el seísmo de los grandes intereses y el supremo desinterés, que es su reverso. La gente desnuda agonizando en la calle, a ver quién da más en esta puja enloquecida que parece haberse animado tanto con el nuevo milenio, los ricos del mundo contemplando el panorama indiferentes, como aguardando, en efecto, a que se consume la tragedia y caiga definitivamente el telón. ¿Serán realmente imposibles países como Haití en esta escala magna que, quién sabe si temerariamente, hemos asumido como idónea? Puede que esa sea la pregunta realista que exige este espectáculo canalla.