Triste profecía

Lo dijimos aquí hace muchos meses: el lío de Astilleros es un montaje del PSOE y la Junta para acabar cerrando la factoría de Huelva en auxilio y salvación de la sevillana, a la que, en su día, Huelva salvó de la quema, precisamente, cediéndole parte de su carga de trabajo. Un “nini” como Mario Jiménez mitineando en lo alto de un cajón es lo de menos. Lo de Astilleros es responsabilidad, primero, de Chaves, después, de Griñán y siempre del partido en el poder que gobierna Huelva como un coto privado desde hace treinta años. Otra vez se queda Huelva con las manos vacías. No en vano estos señores tienen sus despachos en Sevilla o en Madrid.

El caso belga

El rey Alberto, como si no hubiera tenido ya suficientes penas en esta vida, tiene que vérselas esta temporada con la amenaza palpable de la desintegración del país. Bélgica se rompe sin remedio desde aquellos años 60 en que comenzó a rebullir la querella lingüística entre la más que acomodada mayoría flamenca y los francófonos pobres deValonia (y de la banlieu de Bruselas), probablemente activa bajo las apariencias en el desastroso incidente del estadio de Heysel ya a mediados de los 80. Bélgica se rompe sin remedio y el rey hace equilibrios en la cuerda cada día más floja de un pluripartidismo atento sólo a sus obsesiones particulares, con la esperanza de que Bart De Weber, el jefe de la independentista Nueva Alianza, consiga en menos de dos semanas un acuerdo que evite la catástrofe. Nadie duda, ni fuera ni dentro de Bélgica, que el fondo de la cuestión planteada tras esa guerra de banderas –como en la Padania o en Cataluña, como en el País Vasco, para qué engañarnos– no es otro que el proyecto insolidario de quienes se saben más afortunados, de evitar el coste de esa solidaridad con las poblaciones menos afortunadas, pero lo que convierte el caso belga en paradójico es el hecho de que el conflicto separatista se produzca precisamente en una nación minúscula elegida, sin embargo, como sede del sueño europeo. Ver cómo se rompe en dos la nación-huésped del proyecto continental es, desde luego, una paradoja además de un desagradable disparate, y un ejemplo claro de cómo insignificantes iniciativas de secesión pueden acabar fraguando imparables movimientos para los que carece de sentido todo menos su obsesión. Si en diez días ese mediador no ha conseguido un acuerdo, Bélgica se irá, probablemente, al carajo, y una larga experiencia en la que se ha invertido tanto esfuerzo no habrá servido para nada. Pero no serán sólo flamencos y valones, sino los europeos de un continente en avanzado estado de integración, quienes tengan que reflexionar sobre el futuro que aguarda a un continente en el que ínfimas minorías parecen capaces de invertir el rumbo de unos tiempos venturosamente dirigidos hacia un ideal de unidad superior. Ver a la capital de Europa aislada en el piélago de un paisito implosionado no es algo fácilmente comprensible ni tranquilizador.

 

Habrá que tomar nota, pues, sobre todo habrán de tomarla esos que insisten emperrados en que España no se rompe más que en la imaginación de los apocalípticos, como si no estuviera a la vista –ni más ni menos que en Bélgica—el fantasma confederal. Pero es Europa la gran afectada, en definitiva, por ese espectáculo de la división que andan montando en el mismo escenario del proyecto continental.

Reclamar al poder

Aumentan los asuntos contencioso-administrativos pendientes en nuestra comunidad. Es más, somos ya la tercera autonomía con mayor número de casos sobre la mesa de toda España. Lo dice el CGPJ y lo cuantifica la memoria del TSJA, que cifra en 91.244 los casos sin resolver, cifra superior a la del año pasado en un 13 por ciento. Teniendo que habérselas con una Administración no poco ineficiente, los administrados andaluces lo tienen crudo y, en cualquier caso, bastante más crudo que la media española, lo que implica una situación en la que la indefensión práctica frente al Poder es casi la regla. ¡Buena la hicimos “arrancándole” a Madrid las competencias en Justicia! Muchos andaluces darían lo que fuera por devolverlas a donde estaban.

La Rábida, como siempre

Quienes reprochan a la presidenta de la Dipu sus cuentos sobre La Rábida no son consecuentes. ¡Bastante tiene ya la Presidenta con mantenerse en pie en medio del lío de su partido, con su oficina electoral aparte y su creciente bronca con los nuevos barandas, como para ocuparse de ese deterioro del histórico monumento que buenos onubenses denuncian desde hace tiempo! La Rábida ha sido maltratada siempre por la autonomía a pesar de las varias intervenciones parciales llevadas a cabo en estos decenios, pero en definitiva es una vergüenza que el gran monumento de la provincia dependa del humor de alguien que no es poco probable que no esté ya ahí siquiera tras las próximas elecciones.

Eufemismos

Tengo entendido que el presidente de la Junta andaluza ha lanzado el concepto de “oferente de empleo” para sustituir al de “parado”. Quiere el mandatario distinguir, matizando entre el “parado” de toda la vida o el triste “desempleado”, a ese camelístico “oferente de empleo” que ni siquiera se admite ya que “demanda” lo que la Constitución declara como un derecho suyo, sino que lo “ofrece”, reproduciendo la añeja viñeta evangélica del trabajador que aguarda a ser contratado en la plaza por el amo caprichoso. La ocurrencia no es insólita ni aislada,  por lo demás, sino que se integra en una corriente de manipulación lingüística que está siendo fomentada desde el Poder por razones obvias de autodefensa. ¿Qué puede hacer un mandatario que tiene ya en la puerta de su despacho  más de un millón de paisanos “ofreciendo empleo” sino destruir el concepto mismo y sustituirlo por una metáfora inasible? En Internet circula la foto de un cartel del Plan E en el que el “Fondo Estatal para el Empleo y la Sostenibilidad Social” (vayan tomando nota) anuncia la concesión de un simple ordenata portátil y sus avíos transformada en “Suministro de ordenador portátil y equipo digital de ofimática multifunción, Presupuesto 3.459 euros, Plazo de ejecución, un mes”, iniciativa colosal que va garantizada por el Ministerio de Política Territorial con el visto bueno del Gobierno de España. Pero eso no es nada. Paseando por Sevilla veo, a los pies de su Ayuntamiento, una elemental rejilla para aparcar bicis lleva un desopilante letrero que la identifica como nada menos que como una “Infraestructura para la sostenibilidad”. Ahí queda eso. Andalucía ha liquidado de un plumazo el paro que acogota a las familias con sólo cambiarle la razón a la víctima que ya no “demanda” empleo sino que lo “ofrece”. En esta sociedad donde los cerdos ibéricos tienen ya ocho patas puede ocurrir cualquier cosa.

 

Al final del franquismo se decía que el lenguaje político se componía de unas doscientas palabras. La democracia declinante ha multiplicado por cien ese caudal hasta conseguir –después de escuchar en el Congreso eso de “miembros y miembras”, cualquier cosa, claro—destruir la seria entidad de un discurso que hace tiempo que pasa con mucho la raya de lo tolerable. El propio Griñán, nada más llegar al cargo, invitó a una asamblea de hembras militantes a llamarle “Presidenta”, desafío gramatical de lo más equívoco pero tras el cual comprenderán que llamarle “oferente de empleo” a un “parado” no supone, en realidad gran cosa. Han inventado un nominalismo fullero que no les va a sacar del caos pero que puede contribuir seriamente a averiar la lengua de todos.

Cerdos octópodos

En cualquier sociedad sensata el/la responsable de las cosas del campo andaluz habría sido cesado sin aguardar siquiera a su dimisión tras reconocer la Junta que, por los datos que obran en su poder, en nuestra comunidad se han vendido el doble de jamones ibéricos de los que sería posible en función del número de cerdos que constituye la actual piara. ¡Tienen un negocio excepcional, sin rival posible, en expansión manifiesta, y ni siquiera controlan a los sinvergüenzas que dan gato por liebre en nuestro mercado! Realmente esta historia de los cerdos de ocho patas deja el prestigio de la Junta a los pies de los caballos.