Plebeyismo crítico

Se entiende que el presidente-candidato Griñán se removiera incómodo en su asiento mientras Rajoy hablaba en la gran cita constitucionalista de Cádiz. No se entiende tanto ya que diga que, con su propuesta reformista, el presidente del Gobierno de España “nos ha metido la bacalá” (sic), expresión plebeya además de impropia, y más en boca de un alto representante del Estado para dirigirse a otro más alto aún que él. Nuestra vida pública se degrada por momentos, sin que los nervios permitan justificar estos desdichados deslices que dan la medida del estado de ánimo con que algunos encaran la difícil prueba del 25-M.

Precio de la vida

Baja constantemente en el mercado internacional el precio de la vida. Da lo mismo que personajes  como George Clooney, por ejemplo, denuncien matanzas en Sudán o que la ONU cuadre su terrible balance mortal provocado por el régimen sirio: la vida humana no vale un duro, en especial si es innominada, si el muerto es un simple número. Que un soldadito yanqui masacre a 17 afganos no varía sustancialmente si los muertos hubieran sido veintidós; si un atentado contra los chiítas iraquíes causa medio centenar de víctimas, la verdad es que, objetivamente, no hay modo de diferenciarlo de otro atentado en el que hubieran muerto setenta. La vida no vale un  duro ni en Gaza ni Damasco, ésa es la verdad, porque nunca ha estado más claro que hoy la virtualidad del concepto de “banalización del mal” que acuñó Hanna Arendt. El recitativo de los telediarios, con su inevitable carga de desgracias y catástrofes, nos vuelve insensiblemente ajenos al valor de la vida y hace de la estadística una mera referencia ocasional sin mayor significación. Robert Merle cuenta con una frialdad que espanta y sobrecoge, en su libro atroz sobre el verdugo de  Auschwitz, la degradación de la vida y la muerte como conceptos que no volverán a ser absolutos, de qué infame manera la “solución final”, es decir, el genocidio  decretado por los visionarios nazis, acabó cifrándose en una mera cuestión técnica, en un expediente fabril. Y hoy igual, salvadas las distancias. Vemos con indiferencia lo que ocurre en Siria, las matanzas perpetradas  a la sombra protectora de Rusia y China, o lo que ocurre en tantos otros lugares africanos y asiáticos, bonzos que se inmolan desesperados, ejércitos infantiles reclutados por un siniestro  malevo al que nadie tiene interés en detener. La vida no vale un pito, a estas alturas, siempre que no sea la nuestra, siempre que entre el escenario del exterminio y nuestro cómodo mirador medie una distancia suficiente. Kofi Annan es un imbécil que hace su papel en Siria como antes en Bilbao o en otros lugares, profesionalizado en el cameleo del trajín, pero los muertos siguen amontonándose en la morgue o hacinados en la fosa común.

En el mundo postmoderno la vida no vale un chavo, ya digo, y menos que va a valer a consecuencia del fracaso radical de unas instancias internacionales incapaces de garantizar siquiera la existencia de los pueblos. En Siria, en Gaza, en el Tibet, en las incontrolables guerras africanas, no hay reglas que valgan. Es el orden internacional es el que fracasa y se viene abajo como un castillo de naipes. En reto que tenemos delante, en el mejor de los casos, es volverlo a construir.

Las encuestas

Las encuestas parecen unánimes por una vez apuntando al cambio en Andalucía. Ganaría el PP aunque los expertos no se pongan de acuerdo sobre la medida de ese triunfo. Personalmente valoro más que esas encuestas adversas al PSOE el silencio de éste, el hecho de que, desde que comenzó esta presunta deblacle de sus filas no haya salido ni un  sondeo. ¿Callaría si tuviera en su poder buenos augurios o andaría exhibiéndolos por ahí como hacía antaño? No cabe duda de que ese mutismo es elocuente, por más que se disfrace de discreto, y de que mal deben soplarle los vientos para que aguante una campaña apagada como la que está haciendo. Las encuestas hablan con lo que dicen y con lo que callan.

Administración fantasma

En su elogiable empeño de producir cada viernes una medida de reforma que merezca la pena, acabamos de enterarnos de que el Gobierno ha decidido liquidar por las bravas 24 sociedades, liquidar otras 13 y desinvertir en 43, medida que reportará un ahorro, sólo en dietas, de un millón largo de euros y supondrá la eliminación de 154 consejeros fantasmas. La relación de los entes afectados es sorprendente, sobre todo si nos enteramos que aún coleaban en el Presupuesto sociedades creadas para organizar la Expo de Sevilla o la Olimpiada de Barcelona ¡hace veinte años!, lo que implica que sobrevivieron cómodamente no sólo bajo Gobiernos del PSOE sino también durante los mandatos del PP, algunas con objetivos tan extravagantes como “promocionar la tortilla de patata en el mundo”, otras con más directivos que empleados, todas, en fin, sin otra razón de ser que la inercia partidista. Bien, pero ¿quién es el responsable de ese desorden supino y quiénes son los beneficiarios que hasta la fecha han venido trincando esa coima sin dar palo al agua, acaso se ha pensado en exigirles la devolución de esas dietas o en publicar la relación de sus gracias, para que sepamos de una vez por todas quién es quién en este país? La medida, espectacular en su montaje, no deja de ser un amago de lo mucho que queda por hacer en ese terrero, pues ese tijeretazo supone, según el propio Gobierno, solamente el 17 por ciento del total revisable, pero ofrece un panorama realmente crudo del estado en que se halla la administración de los intereses públicos, y la evidencia de que hasta ahora, al menos, nadie, ni desde la izquierda ni desde la derecha, se había enterado o querido enterar de la existencia de esa almoneda. ¿Qué estará ocurriendo en las autonomías, que tienen muchas más empresas públicas que el Estado, si en éste funcionan aún las creadas antes del 92? Será mejor que de esta hazaña higiénica no se enteren nuestros jubilados o nuestras familias en paro total, al menos hasta que acaben de arremangarse en la Moncloa y liquiden ese enorme arsenal restante en las Administraciones.

También cabe preguntarse, a poco que se conozca la Administración, por el papel que haya jugado en esta increíble historia la Intervención General del Estado o, más sencillamente, cómo es posible que ningún órgano de control haya advertido el absurdo de mantener abiertos esos chiringuitos sin función durante cuatro lustros. En esta tarea el PP va a tener que asumir su cuota de culpa por más que, por los indicios a la vista, el mayor insensato haya sido su adversario. Esperábamos lo malo y nos hemos topado con lo pésimo. A Rajoy le ha tocado la peor España posible.

El orden animal

Mucho vamos sabiendo en el ámbito del instinto sobre la actitud de esos animales llamados “irracionales” que nos darían grandes sorpresas si, como planteaba hace mucho Heribert Schmid, pudieran hablar. El orden, por ejemplo, ese fenómeno que solemos creer exclusivamente humano, no exceptúa a casi ninguna especie, incluidas las solitarias, y alcanza a veces a algunas organizaciones de extremada complejidad y rigor. Decía Maurras que lo que a él le admiraba no era el desorden apreciable tantas veces, sino el orden mismo, y preciso es confesar que a medida que uno se interna en la etología, su apreciación parece confirmarse. Incluso el orden en su sentido más radical, de disciplina garantizadora de la paz social, se presenta como una realidad fantástica en algunas especies, desde las mayores a las minúsculas, en las que la voluntad de mantenerlo parece conferida de modo natural a los individuos más prestigiosos del grupo. Leo en “PLoS ONE” –la revista científica más grande del mundo según algunos estudiosos– el resumen de los trabajos de un grupo de etólogos de Zurich que han probado la existencia entre los primates humanoides, concretamente entre los chimpancés, de una efectiva “policía” en sentido literal, es decir, de un código impuestos por esos individuos prestigiosos con el exclusivo objeto de garantizar la paz del grupo por las buenas si es posible y, en caso contrario, por la malas, una demostración parsoniana que haría las delicias del funcionalismo radical. La vida parece empeñada en demostrar que el orden es condición de la libertad, aunque uno pueda entender la intención última de Goethe cuando escribió aquello de “prefiero la injusticia al desorden” que tan bien expresa el lado humano, demasiado humano, del amante idílico de Carlota en Weimar. Incluso la acracia es un orden extremo, un código voluntarista de autogobierno, que Aranguren entendió como una versión radicalmente secularizada del humanismo. Claudel no hacía más que jugar a la paradoja cuando defendía que si el orden es el placer de la razón, el desorden es la delicia de la imaginación.

Cada vez que entreabrimos una rendija vislumbramos con más nitidez la evidencia de la unidad básica de la vida, cada vez que acercamos la lupa al “irracional” crece nuestra certeza de que la razón, en su más íntima enjundia, es también una energía moral. Cuando Vargas Machuca escribió su obra “El poder moral de la razón” no se le hizo el caso debido, como no se le hizo a los animalistas cuando reclamaron para los bichos su alícuota en la hegeliana “astucia de la razón”. ¡Chimpancés policías! Es posible que la vida, ninguna vida, pueda mantenerse sin la camisa de fuerza.

Santos inocentes

Ni a los “santos inocentes” respeta toda una primera representante de la Junta en Sevilla al presentarse en unas aulas para adoctrinarlos, en plan maniqueo, por supuesto, y pedirles el voto interpuesto a través de sus padres, bajo la amenaza del lobo de la Derecha que viene y la invocación de una Revolución Francesa “contra el clero y el absolutismo” no sabemos si pacífica o con guillotina y “tricoteuses” “. Difícil papeleta para la Junta Electoral, de la que se espera, con razón, una reacción diligente y ejemplar frente a esa responsable de primera línea que tiene un concepto tan degradado del juego electoral limpio y manifiesta un desprecio tan solemne por esos ciudadanos menores que merecen mejor ejemplo político.