En lo más bajo

No lo digo yo, lo dice la consejera de Presidencia, Mar Moreno, como argumento para afearle al presidente Mas su insolidaria teoría de que las comunidades pobres viven a costa de las ricas. “Andalucía está en lo más bajo mientras que Cataluña está en lo más alto” (lo cual ni siquiera es cierto) es una frase que lo dice todo después de tres decenios largos de hegemonía del PSOE en la región, pues habría que preguntarle a la señora consejera cuántos decenios más necesitaría su partido para sacarnos de la sima y situarnos codo a codo con las demás autonomías. “Andalucía está en lo más bajo”: escuchar esto en boca de la portavoz de la Junta regional justifica el cambio de humor político de los andaluces que las encuestas vienen confirmando desde hace tiempo.

Crónica de un día

Catástrofe bárbara en Siria. Veto de Rusia en el Consejo de Seguridad de la ONU a cualquier proyecto de condena contra su aliado. Decenas de “sin techo” muertos de frío a causa de la ola polar. Anuncios públicos con dos caballeros en el trance de recibir una felación. Nuevas denuncias de fraude en torno a los ERE andaluces y a las prejubilaciones falsas que demuestran que el mangazo continúa activo. Un sujeto impedido, al fin, de fabricar prótesis mamarias ilegales. Bancos invirtiendo dinero de sus clientes en operaciones tóxicas. Miles de personas sin hogar en Europa. Un futbolista que cobra mil veces el salario de un trabajador jubilado. Mujeres desnudas y ateridas posando en anuncios. Propuesta conservadora para que al fin, en España, la hembra logre cobrar igual que el varón por el mismo trabajo. Desconcierto sobre quién dió (o no dio) la orden de destruir los trenes del atentado de Atocha. Miles de millones otorgados ilegalmente a amigos, parientes y militantes del partido en el Poder andaluz. Tres concejales de un pueblo arruinado cobrando de empresas públicas inactivas. Detenidos dos alumnos por espiar por Internet a sus profesores. UGT y CCOO pidiendo al PSOE que “construya” un nuevo “discurso” para defender a los trabajadores. Ayudas millonarias al chófer, la secretaria o la suegra de un directorcito general y a empresarios afines al partido. Tercer juicio en el Tribunal Supremo contra un juez estrella con claque a la salida. Un 65 por ciento de los parados aceptaría un contrato con veinte días de despido y un 56 por ciento de los jóvenes se muestra a favor de trabajar por menos del salario mínimo. El 83 por ciento de los parados está convencido de que los sindicatos pasan de ellos. Griñán pierde su apuesta en el Congreso y el congreso lo elige presidente. El TAS condena a Contador sin tener ni idea de en qué consistió su “delito”.

A pesar de todo, un ministro europeo proclama que nuestra civilización no admite comparaciones con ninguna otra. Rubalcaba clama en Sevilla que el PSOE es hoy un “partido fuerte” y algún escudero matiza que “más fuerte que nunca”. Un candidato americano dice sentirse orgulloso, a pesar de los pesares, del momento que nos ha tocado vivir. La secretaria Clinton promete a nuestro ministro de Exteriores limpiar, a estas alturas, la zona contaminada por las bombas atómicas de Palomares… No estoy seguro de que la explosión informativa que ha supuesto Internet nos haga más felices ni libres pero al menos nos tendrá mejor enterados de lo que se cuece por ahí. Un día como el descrito es terrible, pero lo malo es que me temo que el próximo será igual o peor.

Oposiciones y programas

La Junta ha protestado contra la medida del Gobierno de cambiar los temarios de las oposiciones, y no le faltaría razón porque eso de obligar a cambiar de caballo en medio del río al opositor es una arbitrariedad. Pero lo raro es que quien proteste sea la Junta, cuando ella ha hecho lo propio más de una vez –y no hace mucho—aparte de haber dado lugar a una variadísima gama de trucos y retrucos que han forzado, también en más de una ocasión, a intervenir a los tribunales. La Junta, empezando por el escandaloso acceso masivo de los “preutonómicos”, no ha destacado como gestora en esta delicada tarea del acceso a la función pública. Sus baremos son famosos y las filtraciones padecidas numerosas. Es fácil ver la paja ajena sin ver la viga propia.

Aquiles y la tortuga

Una de las ocurrencias más divulgadas de la filosofía antigua fue la enunciada por Zenón de Elea, según  la cual, por pequeña que fuera la ventaja de la tortuga en una carrera en la que compitiera con Aquiles, “el de los pies ligeros”, éste nunca llegaría a alcanzarla habida cuenta de que, inevitablemente, para lograrlo, debía alcanzar antes la mitad de aquella ventaja, luego la mitad de esa mitad y así sucesivamente, de modo y manera que siempre quedaría entre el quelónido y el héroe un espacio inconquistable. Hay quien ha visto en esa desconcertante aporía un remoto anuncio de lo que sería el cálculo infinitesimal pero de lo que estoy seguro es de que nadie en sus cabales hubiera osado postular la prioridad de la tortuga sobre el héroe aqueo a la hora de recibir la atención necesaria. Bueno, pues a la Junta sí, a la Junta se le ha ocurrido instalar en Carboneras un centro dedicado al cuidado de las especies marinas amenazadas, dotado con quirófano, área clínica, laboratorio, rayos X, cocina y tanques para el esparcimiento de los ejemplares protegidos, una idea inobjetable si sobrara el dinero y, sobre todo, si en ese mismo pueblo los vecinos dispusieran al menos de los servicios médicos elementales que hoy deben buscar a sesenta kilómetros de distancia. Es admirable esta suerte de franciscanismo laico que ve normal que se dote un servicio de atención animal antes, más y mejor que a los propios vecinos del pueblo, aunque la cosa no debería sorprendernos ya demasiado tras la fabulosa crónica de los linces de Doñana, las águilas reales y hasta los caracoles recriados con mimo antes de devolverlos a su medio natural. Han descubierto un humanismo animalista ante el cual, el que debería atender a las necesidades de los humanos debe guardar turno con paciencia a la puerta del hospital y en los renglones torcidos del Presupuesto. Aquiles se quedaría mucho más perplejo aún si le dijeran que su inalcanzable rival disfruta de una clínica ultradotada mientras él debe conformarse con el modesto centro de salud que dispone de una sola ambulancia y en el que no hay pediatra. La postmodernidad está convirtiendo este perro mundo en una loca paradoja.

Estas cosas se comprenden mal, por lo general, pero especialmente en circunstancias apretadísimas en las que el servicio público, más allá de sus proclamas y desmentidos, parece haber tirado la toalla. No porque el animalismo deje de ser un proyecto apreciable sino porque todo indica que hemos entrado en un confuso periodo en el que las prioridades las establece la moda en vez del sentido común. La tortuga de Carboneras no sabe lo que tiene. Menos mal que Aquiles, el pobre, tampoco lo sabrá nunca.

El peor final

Camino de la amargura va a ser para el PSOE que preside Griñán este mes y medio que queda de aquí a las elecciones autonómicas, atado de pies y mano como está ante la avalancha de “casos” de corrupción que andan saliendo a la luz y, lo que es peor, llegando a manos de los jueces. Ni es hora parea él de recurrir a una catarsis (suponiendo que pudiera) ni podrá evitar, seguramente, que el goteo de noticias sobre saqueos y abusos se detenga por sí solo. Es el peor final que podía imaginarse para Griñán, incluso en el supuesto de que la jueza de los ERE no tire por sorpresa, antes de los comicios, de esa manta realmente escandalosa y provoque una evidencia que echaría abajo el tinglado entero.

Los niños terribles

Llama la atención que en unas sociedades incapaces de prevenir los más atroces abusos sobre los niños haya logrado abrirse paso con fuerza creciente una idea de protección tan radical como la que cualquier rapacillo aprende hoy en la escuela. Es casi habitual ya abrir el periódico y toparse con la noticia de que alguien, los propios padres en primer lugar, se ven en apuros ante la Justicia por haber reprimido, incluso con violencia moderada, la rebeldía de un menor. Una bofetada puede constituir hoy una falta o incluso un crimen penado con trabajos sociales o incluso con cárcel, en ocasiones a instancias del propio menor que tiene a su disposición un teléfono, o incluso de un tercero (un educador, un viandante testigo, cualquiera). Nadie en sus cabales apoyaría la lógica del castigo corporal, por supuesto, pero ya me dirán que hace el padre o a la madre ante situaciones delicadas de rebeldía y hasta de violencia que quiebran sin remedio el orden imprescindible. En Castellón condenaron a una madre por abofetear a la hija empeñada en no lavarse los pies antes de colocarlos sobre la mesa, en Jaén a un ciudadano que hizo lo propio con el niño que acaba de apedrear a su sobrina, en Albacete logró ser absuelta tras muchos rodeos una madre acusada castigar a su hija desobediente e irrespetuosa, en Suecia han detenido a un político italiano que dio un capón al nene en plena calle para frenar un arrebato de furia y en algún lugar de Francia se juzga estos días al propio alcalde que, por reprender a un mozo que tras escalar una valla recién instalada por el Ayuntamiento, se le enfrentó amenazándolo. Se ha convertido ya en habitual que el niño amenace a sus padres con “denunciarlos” telefónicamente si no consigue por completo sus deseos, y yo he visto y oído como un rapacillo de barriada advertía a un alto jefe policial –que le había preguntado por qué no estaba en la escuela a media mañana— de los serios peligros a los que se exponía al reconvenirle dado que él era un menor.

Hemos pasado del abuso patriarcalista a una suerte de anomia en cuyo marco la imprescindible autoridad paterna se ve gravemente amenazada, sobre todo tras la Convención de los Derechos del Niño del 89, sin que a cambio se ofrezca a la familia y a la sociedad algún instrumento compensatorio para mantener el mínimo de disciplina imprescindible en toda convivencia. No me extrañó leer el otro día que una madre desautorizada retara a la propia policía y al juez a educarle su hijo díscolo. En un país donde, en cualquier caso, consta que la mitad de la población defiende la necesidad del sopapo razonable, parece obvio que quedan muchas notas por afinar en ese desconcierto.