El debate

No saben dónde celebrar el gran debate. En Canal Sur parece, en efecto, impropio dada su demostrada dependencia política. Y ponerle silla a IU sería como primar al PSOE con doble cuota, puesto que esa coalición ni se molesta en disimular que su único objetivo es repartirse la tarta con el PSOE en el caso de una  hipotética insuficiencia del PP. Parece evidente que Griñán no está en condiciones de afrontar un cara a cara con los ERE a cuestas y con la puerta de la cárcel entreabierta ya por la jueza, y la perspectiva de que cuando llegue la hora de discutir los presos sean ya unos cuantos. Veo difícil ese debate que, en un lugar neutral, lo probable es que lo ganara a Arenas de calle. La verdad es que ir separados de las elecciones generales tampoco es que nos haya servido de mucho a los ciudadanos.

Nunca pasa nada

La queja más insistente de los contribuyentes españoles se refiere a la impunidad de los políticos. Mucho tiene que sacar los pies del plato un político para que se le pidan responsabilidades penales por  su gestión, y eso es algo que no puede entender el particular que se sabe expuesto a los pies de las caballos mientras, en igualdad de circunstancias o en circunstancias mucho más graves, los políticos se van por sistema de rositas. ¿Por qué a quien administra mal una empresa privada o burla la ley en su gestión se le aplica con dureza una ley que a los políticos no parece concernir? En Islandia –un pequeño país de población equiparable a una pequeña provincia española—se está juzgando en estos momentos a un ex-primer ministro, Geir Haarde, acusado de haber actuado durante la crisis sin la debida diligencia, fiado más de los bancos que del sentido común y de las vehementes advertencias de sus acreedores. Incluso se pretende ampliar ese juicio –que se celebra en un tribunal especial de 1905 jamás utilizado hasta ahora– para incluir en él por lo menos a tres ministros a los que, en principio, se considera corresponsables suyos, idea que apoya una amplia mayoría de ciudadanos. ¿Y en España, qué ocurre en España con la responsabilidad eventualmente penal de los políticos en manejos que incluyen desde el empeño en negar la crisis misma hasta escándalos millonarios que, en los últimos tiempos, han alcanzado cotas inimaginables? Pues en España no ocurre nada como ven, porque la política es una especie de territorio exento en el que se permite hasta lo prohibido con tal de que las culpas recaigan de director general para arriba. ¿Cómo se puede despedir por todo lo alto un gobernante que ha ocultado el déficit, dilapidado fortunas en proyectos sin sentido o permitido el desmadre autonómico? Ésa es la pregunta que se han contestado los islandeses con frialdad mientras aquí seguimos con el sofisma de que la responsabilidad política se dilucida en las urnas y sólo en ellas.

¿No debería responder de sus actos un Gobierno que garantiza un déficit de un 6 por ciento del PIB y acaba legando uno de un 8’5? ¿Y uno que autoriza un “fondo de reptiles” que ha repartido a manos llenas en entre clientes y deudos los mismísimos fondos destinados a combatir el paro, no debería, cuando menos, sentarse en un banquillo y explicarle al juez lo que hizo o dejó de hacer? Islandia queda lejos –a mil kilómetros de la Europa más próxima—mientras en España la primavera se ha adelantado por la cara un par de meses. No me extrañaría que una mayoría de españoles contemplemos con envidia ese mapamundi.

Vivir como chinos

Han sido muy celebradas las declaraciones del propietario de Mercadona, Juan Roig, el hombre que ha sido capaz de ganar y mucho en medio de la crisis. Hay en ellas verdades como puños relativas a la desorganización de nuestro sistema social y alguna que otra obviedad, como ésa de que son los extranjeros quienes han de recogernos nuestras naranjas, que parece olvidar que, no hace más que unos decenios, los españoles desarraigados a la fuerza eran los encargados de los más duros trabajos en Alemania, Suiza u Holanda, incluido el de recoger la basura. La vida es un subibaja, o lo parece, que un día levanta a un país hasta las nubes y al siguiente lo precipita al abismo porque parece que no hay modo de eludir la previsión toynbeeniana de que cada orto lleva su ocaso en la entraña. Bien, pase, el señor Roig es, por fortuna, un ganador y tiene por ello un derecho relativo a la desmesura y a la desmemoria, pero lo que ya no me cuadra es el ejemplo de los chinos, eso de proponer al trabajador español que se mire en el espejo, no de los altos vidriales de Shanghai, sino en el de los escaparates de esos bazares barateros en los que mucho me temo que si entrara a saco la Inspección de Trabajo se iba a encontrar con un cuadro temeroso. ¿De verdad no se le ocurre nada mejor a ese prohombre para salir de la crisis que ponernos a trabajar como chinos de los que duermen detrás del mostrador, trabajan de sol a sol sabe Dios de qué condiciones, y no echan el cierre ni domingos ni fiestas de guardar? Hombre, que hay términos medios, incluso en situaciones extremas como la que estamos soportando y, en cualquier caso, sobran ejemplos que ponerle a los españoles –el de los alemanes, el de los franceses, el de los yanquis y tantos otros—para animarlos a salir del agujero en que los han metido entre unos y otros, sin recurrir al de los chinitos de bazar. La crisis no la han creado, además, básicamente, sus sufridores, ni es un estigma que autorice a la cauterización en vivo sino un fallo del sistema capitalista. Lheman Brothers no se dedicaba a recoger naranjas ni J.P. Morgan a vender baratijas. Una cosa es exigir disciplina social y otra proponer la lógica del hormiguero.

Cuando se dice que nada será igual después de esta crisis no se para uno a pensar que, desde luego, nada será igual… sobre todo para los trabajadores. Y ese mal derivado –la pérdida de los derechos trabajosamente conseguidos—debería preocupar a nuestros responsables que estoy seguro de que no están pensando en el modelo de la emigración china, tan ligada con sus mafias, por cierto. Hay que quitarse el sombrero ante personajes como Roig pero no hay por qué perder la cabeza.

La bisagra feliz

IU es la bisagra feliz. Vive de lo que muere el PSOE, al que denuncia por activa y por pasiva, al que incluso insulta, pero en cuya puerta de viene dejándose los nudillos desde que se fueron, ay, Anguita y Rejón. La felicidad, ni más ni menos, es lo que promete Valderas si se logra superar el bipartidismo del PSOE y el PP, pero, eso sí, con la condición de apoyar al primero si lo necesita, a pesar de sus múltiples miserias. El indeseable PSOE de hoy puede ser el socio de mañana porque de lo que se trata es de tocar pelo tras la faena y dar la vuelta al ruedo, a hombros si es posible. Esto no es doble moral, esto es poca vergüenza. Si Arenas salva ese búnker puede que salve a Andalucía, de paso, de estos chamarileros oportunistas.

La pata quebrada

Otra vez un imán que predica (presuntamente) el castigo a la mujer por parte del marido. Como aquel de Fuengirola, ahora es el de Tarrasa el que, al parecer, según las grabaciones de los Mossos, aconsejaba a sus parroquianos negando la igualdad de la mujer y hasta cuestionando el derecho a la integridad física y moral de las hembras. ¡Cuidado con hacerlas sangrar a causa de los castigos, ojo con partirles algún hueso! No hace falta mientras se sepa manejar el buen bastón que haya en casa o al macho no le falten puños y saber boxístico. Lo que es un escándalo es el desarrollo de los derechos de la mujer en Occidente, a ver a dónde vamos a llegar por este insensato camino. ¿No dice la aleya 38 de la sura 4 del Corán que “Los hombres son superiores a las mujeres porque Dios les ha otorgado la preeminencia sobre ellas, y porque las dotan con sus bienes”? ¿Acaso no continúa la revelación en ese mismo lugar diciendo que “Los maridos que sufran desobediencia de sus esposas pueden castigarlas, dejarlas solas en el lecho y hasta golpearlas”? Pues eso es lo que repite el imán, como si continuáramos en el siglo VII, sólo que en el XXI y no en el desierto primordial sino en el ámbito civilizado que ha consolidado ya irreversiblemente la igualdad entre los sexos y consagrado los derechos después de tan largo proceso. En mi opinión, el debate con este tipo de fanáticos ha de resultar siempre inútil porque semejante brecha en el tiempo no será salvable hágase por más que se pretenda ceder ante unas exigencias culturales radicalmente opuestas a los principios civilizados, como sería inútil tratar de imponer hoy muchas prescripciones veterotestamentarias, conservadas como reliquias pero obviamente obsoletas. El Occidente cristiano por origen y cultura ha acertado históricamente al adaptarse, siquiera relativamente, a los nuevos tiempos y a sus exigencias. Es el universo mental islámico el que permanece anclado en su suelo medieval y eso resulta incompatible con cualquier perspectiva humanista que merezca tal nombre. Yo al imán de Tarrasa, más que aplicarle la ley, lo enviaría de regreso a su país y santas pascuas.

En Francia, donde la polémica sobre la emigración centra el debate electoral, acaban de negarle el voto a los inmigrantes ante el temor de que una eventual mayoría suya pudiera acabar imponiendo en el país sus tabúes alimentarios o sus costumbres sociales. Y es que Culturas hay muchas y diversas pero Civilización no hay más que una, y en ésa sería demencial consentir el regreso al pretérito imperfecto. El imán debe entender que aquí no hay más sura que valga que la Ley vigente. Y si no lo entiende, para eso está la Justicia.

Los ERE, cosa de todos

Demoledora declaración del ex–director general de Empleo ante la juez instructora. Sin vacilaciones ha dicho que todo lo por él perpetrado era conocido por sus superiores, señalando sin tentarse la ropa a tres consejeros –Viera, Zarrías y Pérez Saldaña—y directamente a los dos Presidentes, a Chaves, de quien dice que forzó la resolución de uno de los expedientes,  y a Griñán, a quien atribuye la aprobación del procedimiento empleado, que la juez considera ilegal. Estaba cantado, en todo caso, haya no haya contrafuegos dispuestos para evitar la propagación del incendio. En la crónica de la autonomía, con haberse visto casi de todo, jamás se había visto tanta desvergüenza.