El gran momento

Cuando nos veamos de nuevo ya Andalucía habrá dilucidado su pulso y sabremos si siguen gobernando los de siempre o gobierna gente nueva. Ya sin cábalas ni sondeos, sin dimes y diretes, sino con la matemática precisa que expresa lo que la gente quiere. Eso es la democracia para bien y para mal y nadie ha encontrado hasta ahora mejor fórmula para el mejunje público. Lo deseable, en todo caso, es que quien por fin se imponga llegue decidido a acabar con este estado de cosas –políticas, sociales, económicas, morales—que no puede ser peor. Andalucía vivirá mañana un gran momento, un momento histórico tanto si liquida un “régimen” tras 30 años de hegemonía como si decidiera confirmarlo a pesar de los pesares.

Darse a la bebida

No sólo los desgraciados humanos se dan a la bebida para olvidar sus desdichas y frustraciones. En el número actual de la revista Science he podido enterarme de que también ciertas moscas, en concreto los machos de la especie drosophila melanogaster, tan común en nuestro laboratorios, recurren al alcohol para ahogar sus penas cuando son rechazados amorosamente por sus hembras. Unos sabios de la universidad de California han demostrado, en efecto, que los machos satisfechos por hembras receptivas, y libres ya, en consecuencia, de sus pulsiones sexuales, acuden para alimentarse a un comedero no alcohólico, mientras que los que han  sido rechazados ingieren cuatro veces más alcohol que sus envidiados rivales en otro en el que la comida es altamente etílica. Sabíamos ya que, en definitiva, nuestro genoma no estaba tan alejado del muscario como pudiera pensarse en un principio, pero no, desde luego, que pudiera existir tanto parecido emocional entre nuestras especies, y menos hasta el punto de que el díptero defraudado reaccionara ante la adversidad amorosa tal y como suele hacerlo tantas veces ése que pretenciosamente llamamos “Sapiens”: echándose a la bebida. Y menos aún sabíamos que si esa conducta se produce es por causa o efecto de unos neurotransmisores (el neuropéptido F) localizados en esos cerebros de mosquitos, similar a otro que posee cerebro el humano (el neuropéptido Y), lo que ha sugerido a esos investigadores la idea de que, controlando esos elementos, tal vez podríamos acabar con el vicio cortando de raíz su motivación simplemente a base de una medicación adecuada. La vida es un inacabable y fascinador documental en el que cada nueva imagen nos trae una nueva idea. Ésta de las moscas borrachas no es de las más atronadoras, ciertamente, pero estarán de acuerdo conmigo en que sí una de las más sugerentes.

Más allá de la inteligencia consciente hay una zona penumbrosa en la que impera el instinto, aunque por lo que estamos comprobando puede que en una y otra el sujeto se guíe por pautas idénticas, que, al fin y al cabo, todos ser vivo es primero hermano de cualquier otro y no hay diferencia que pueda ocultar la identidad de base, la unidad de origen. Las moscas beben para olvidar tal como hacen los varones abrumados, simplemente porque hay en ambos un mecanismo biológico común que los impulsa a mantener conductas similares. Lo que no sé es si el “drosóphilo” llorará por las esquinas y dará la tabarra al tabernero como hace “Sapiens” cuando la engancha gorda para olvidar sus cuitas. Quién sabe. Nunca sabremos lo que puede acabar saliendo de un laboratorio.

Demasiado

De “maneras mafiosas” han reputado desde el PP la orden de fregar las tazas y platos para no dejar huellas dada por el consejero de Empleo a sus funcionarias de confianza tras la reunión secreta dedicada a manipular los expedientes de los ERE, y mafiosa con, en efecto, las imágenes de los que van desfilando ante la juez, con sus inevitables gafas oscuras y sus oscuros y despreciables testimonios de corrupción. Esto se le ha ido de las mano al PSOE, a estas alturas perdido en una campaña manga por hombro en las que hasta Guerra, ¡en Sevilla! tiene que perpetrar su consabido número de la risa ante un auditorio medio vacío. Y es que lo que ha ocurrido y está ocurriendo es demasiado hasta para la sensibilidad más obtusa. Rejón recuerda una vieja frase suya en el Parlamento de los 80: “O son ustedes tontos, o unos sinvergüenzas, o las dos cosas a la vez”.

Mundo sediento

Sabemos más del hambre que el mundo padece que de su sed. Nos han repetido mil veces la imagen de la madre que debe andar varios kilómetros al día para dar de beber a su familia pero, en cierto modo, la imagen que se nos ha transmitido nos remite al mundo desértico. No es así, sin embargo, a juzgar por las escalofriantes conclusiones del 6º Foro Mundial del Agua celebrado estos días en Marsella. Datos como que miles de millones de personas carecen de abastecimiento de agua o poseen sólo alguna muy precaria, que hay zonas africanas en las que casi la mitad de la población no tiene acceso al agua potable, una situación no muy diferente a la registrada en ciertas regiones de Hispoanoamérica o Asia, en las que un quince por ciento comparten con el ganado las aguas naturales. Han fracasado los buenos propósitos –como fracasaron antes los que, respecto al hambre, comprometiera la FAO—reduciendo de modo sensible sus objetivos, en especial en las regiones desamparadas de los países pobres en los que resulta raro encontrar un suministro regular, hasta el punto de que la mitad de la población mundial consume un agua tan dudosa como para justificar un resultado temible: el de que ese consumo de aguas insalubres continúe siendo la primera causa de muerte del planeta: cada año mueren en el mundo por beber aguas insalubres más de tres millones y medio de criaturas, en su mayoría niños, es decir, ¡siete muertes por minuto! No hay en esa estadística literatura que valga, hay sólo negra sociología, aparte de una explosiva expresión de la condición humana. Cuesta imaginar, por lo demás, el resto: que miles de millones de desgraciados carecen de los más elementales servicios sanitarios de manera que, solamente en India, la estadística oficial reconoce que más de sesenta millones de indios se ven obligados a hacer sus necesidades al aire libre. En el Foro han participado 140 países, instituciones, y empresas, presididos por varios jefes de Gobierno. Menos mal.

Da la impresión de que el mundo que vivimos no tiene capacidad para resolver ni uno solo de sus grandes problemas, por más que lograra ponerse de acuerdo en un santiamén a la hora de financiar generosamente a la banca cuando la crisis nos amenazó con un soponcio colectivo. Pero esas siete muertes por minuto a causa del déficit de agua de que hablan los expertos resultan excesivas incluso en este infierno selectivo. Tras cada una de estas convenciones queda más claro que nuestras cuitas mayores no son las derivadas de la geopolítica. La muerte y la desdicha tienen profundos cauces en esta sociedad desigual.

Plebeyismo crítico

Se entiende que el presidente-candidato Griñán se removiera incómodo en su asiento mientras Rajoy hablaba en la gran cita constitucionalista de Cádiz. No se entiende tanto ya que diga que, con su propuesta reformista, el presidente del Gobierno de España “nos ha metido la bacalá” (sic), expresión plebeya además de impropia, y más en boca de un alto representante del Estado para dirigirse a otro más alto aún que él. Nuestra vida pública se degrada por momentos, sin que los nervios permitan justificar estos desdichados deslices que dan la medida del estado de ánimo con que algunos encaran la difícil prueba del 25-M.

Precio de la vida

Baja constantemente en el mercado internacional el precio de la vida. Da lo mismo que personajes  como George Clooney, por ejemplo, denuncien matanzas en Sudán o que la ONU cuadre su terrible balance mortal provocado por el régimen sirio: la vida humana no vale un duro, en especial si es innominada, si el muerto es un simple número. Que un soldadito yanqui masacre a 17 afganos no varía sustancialmente si los muertos hubieran sido veintidós; si un atentado contra los chiítas iraquíes causa medio centenar de víctimas, la verdad es que, objetivamente, no hay modo de diferenciarlo de otro atentado en el que hubieran muerto setenta. La vida no vale un  duro ni en Gaza ni Damasco, ésa es la verdad, porque nunca ha estado más claro que hoy la virtualidad del concepto de “banalización del mal” que acuñó Hanna Arendt. El recitativo de los telediarios, con su inevitable carga de desgracias y catástrofes, nos vuelve insensiblemente ajenos al valor de la vida y hace de la estadística una mera referencia ocasional sin mayor significación. Robert Merle cuenta con una frialdad que espanta y sobrecoge, en su libro atroz sobre el verdugo de  Auschwitz, la degradación de la vida y la muerte como conceptos que no volverán a ser absolutos, de qué infame manera la “solución final”, es decir, el genocidio  decretado por los visionarios nazis, acabó cifrándose en una mera cuestión técnica, en un expediente fabril. Y hoy igual, salvadas las distancias. Vemos con indiferencia lo que ocurre en Siria, las matanzas perpetradas  a la sombra protectora de Rusia y China, o lo que ocurre en tantos otros lugares africanos y asiáticos, bonzos que se inmolan desesperados, ejércitos infantiles reclutados por un siniestro  malevo al que nadie tiene interés en detener. La vida no vale un pito, a estas alturas, siempre que no sea la nuestra, siempre que entre el escenario del exterminio y nuestro cómodo mirador medie una distancia suficiente. Kofi Annan es un imbécil que hace su papel en Siria como antes en Bilbao o en otros lugares, profesionalizado en el cameleo del trajín, pero los muertos siguen amontonándose en la morgue o hacinados en la fosa común.

En el mundo postmoderno la vida no vale un chavo, ya digo, y menos que va a valer a consecuencia del fracaso radical de unas instancias internacionales incapaces de garantizar siquiera la existencia de los pueblos. En Siria, en Gaza, en el Tibet, en las incontrolables guerras africanas, no hay reglas que valgan. Es el orden internacional es el que fracasa y se viene abajo como un castillo de naipes. En reto que tenemos delante, en el mejor de los casos, es volverlo a construir.