La sexta vía

Sigue el Hombre interesado en ese concepto supremo que es Dios. Lo afirma o lo niega, con pasión o indiferencia, cada día más lejos de la ingenua prueba tomista de las “cinco vías”, de la tesis ontológica del loco anselmiano o de la veneranda visión de Avicena, pero cerrado también a la pretensión cientificista de atenerse en exclusiva a la indagatoria analítica. Los límites de la Fe lindan con los de la Razón y por eso resultan tan desabridas tanto las teorías racionalistas como las que se fundan en el “a priori”, cuando ninguna de las dos se somete a la imprescindible cortesía intelectual. El jueves 23 se ha celebrado en Oxford un debate televisado, que había colgado el cartel de “no hay billetes” con mucha antelación, entre el inevitable Richard Dawkins, ese empecinado ateísta, y el arzobispo de Canterbury, Rowan Willians,  empeñados en reproducir el que, nada más aparecer la obra de Darwin, en 1860, se dirimió entre Thomas Huxley y el obispo de Oxford. ¿Tienen sentido estas justas, que casi parecen ordalías, estas porfías enfocadas desde paradigmas tan incompatibles que harán inútil siempre la discusión pretendidamente filosófica sobre el gran tema?  En Oxford todo ha ido sobre ruedas en esta ocasión, acaso para desazón de radicales de ambos bandos, pues si el arzobispo ha admitido obviedades desmitificadoras como la de que no existió el “primer hombre”, el implacable Dawkins se ha visto en la precisión de confesar que no dispone de seguridad absoluta al defender su tesis negativista por más que considere que la no existencia de Dios pudiera calcularse –¿por qué?— un 6’9 sobre 7 de probabilidades. Que si somos un accidente de la materia, que no tenemos más naturaleza que la que nos prestan nuestros átomos, que si de la Nada nada surge, que si venimos “de una mezcla de amor y de matemáticas”… Uno puede envidiar ese estilo universitario, tan admirable en sus formas, y reconocer que meterse en esas harinas no es más que perder el tiempo hoy lo mismo que en tiempos de al-Ghazali, Descartes o Hume. Verdaderamente hay puertas sin cerradura.

He seguido con atención ese intercambio de argumentos, admirando el recíproco esfuerzo dialéctico, reafirmado en la convicción pascaliana de que, siendo Dios una esfera infinita, en la que el centro está por todas partes, la circunferencia no está en ninguna. No, no lo está, ciertamente, por lo que lo único que queda del debate es la lección del respeto. “Cuando Dios se calla, se le puede hacer decir lo que se quiera”, pensaba Sartre. En Oxford, ni Dawkins ni el arzobispo han querido pisar ni por descuido la línea roja. A mí me parece un resultado superior al que pudiera esperarse.

Clase y oficio

Vuelve Chaves a la Universidad, tras cuarenta años sabáticos que ha dedicado a la política. Es el recurso de muchos políticos sin mejor profesión, pero no dejan de resultar inquietante esas vueltas a una función tan importante sin la menor prueba de solvencia. Hace poco el ex-alcalde de Sevilla se reincorporó a la medicina pero como inspector médico, menos mal, y ojalá no tenga nunca que hacer lo propio, por el bien de los pacientes, pongamos  un Llamazares. La clase política no tiene oficio, en buena medida, y eso es malo tanto si perpetúa su acta como si vuelve, al cabo de los tiempos, a ese puesto de trabajo en el que casi nunca trabajó. Méndez, el de UGT, no tiene cotizado ni un día como trabajador por cuenta ajena: es un sindicalista profesional. Y el derecho del Trabajo ha cambiado como de la noche al día desde que Chaves lo manejaba. En la política, tenemos una clase sin oficio. Esa podría ser una clave para entender mucho de lo que nos pasa.

El fuero y el huevo

Siempre me intranquilizó eso de que cada uno tiene lo que se merece porque la vida me he demostrado que tal vez una mayoría no se merece ni todo lo bueno ni todo lo malo que le tocó en suerte. Eso sí, estoy conforme con que, por lo general, así como las obligaciones te caen de lo alto, los derechos hay que ganarlos por mano propia o te quedas sin ellos. Miren el caso de un letrado sevillano, Joaquín Moeckel, que consiguió ganarle a la todopoderosa SGAE un pleito por valor de 1’12 euros, ínfima pero significativa cantidad que él estimaba, con razón, que le había sido cobrada sin ella al incluirse en el precio de cuatro “cedés” la “compensación equitativa” o “canon digital” con que el zataperismo compensó a sus “fans”. Yo no les voy a contar hoy esa larga historia procesal; les diré simplemente que Moeckel ganó el pleito y obtuvo a su favor un mandamiento de pago en el que valía más el collar que el perro, pero para validar el cual hubo de vencer primero la resistencia del mismísimo TC — al que había recurrido la SGAE en cuanto escuchó el caso en el telediario– aunque al final renunciara a la amable providencia que con trató de protegerlo una sentencia de su Presidenta. ¿Qué cómo es posible que el TC se dedicara a dilucidar un pleito por 29 céntimos de euro mientras mantenía en el frigo el TNT del Estatut de Cataluña? Eso pregúnteselo el lector a esa Presidente, doña Emilia Casas porque yo lo ignoro. El caso es que Moeckel ganó y cobró su 1’12 euros y sentó un  precedente tremendo al abrir el camino a que, no sólo una legión de ciudadanos inocentes, sino el propio Estado ahorrara una fortuna dejando de pagar ese canon en los millones de soportes que utiliza diariamente para su funcionamiento. No digo yo que tengamos lo que nos merecemos, pero sí que con frecuencia no lo tenemos por nuestra propia negligencia. Moeckel ya le ganó a la SGAE otro pleito cuando aquella introdujo de matute en una boda a unos inspectores para alcahuetear su intimidad y a mí no me cabe duda de que unos cuantos Moeckel sueltos por ahí pondrían en su sitio muchas cosas que hoy no lo están o que no lo han estado nunca.

El fuero y el huevo, ya lo ven, la visión cimarrona del derecho ganándole por la mano a la rutina conformista, la nobilísima y romana noción de la Justicia como un bien a todos asequible y nunca despreciable. “Fiat Iustitia et pereat mundus”, dijo un rey encocorado, y Hegel le contestó: “No, Majestad, “fiat Iusticia ne pereat mundus”, es decir, no “y perezca el mundo”, sino “para qué el que mundo no perezca”. La revolución hegeliana tuvo guasa, es cierto, pero ganarle el pulso a la SGAE, ¡y por 1’12 euros”!, tengo para mí que no le va a la zaga.

Malos gestores

Muchos ciudadanos no comprenden por qué la mala administración no comporta la adecuada sanción judicial. ¿No se sanciona al mal administrador privado cuando actúa temerariamente, fuera de la ley o en perjuicio de terceros? Pues mal se entiende que, en cambio, quienes manejan los fabulosos grandes caudales públicos puedan perpetrar lo que quieran sin que el juez tenga nada que decirles. Los que dejan un déficit que habrán de pagar sufridamente los peatones, por ejemplo, los que gastan saltándose los controles legales, los que dilapidan insensatamente por encima de sus posibilidades, deberían estar sancionados ejemplarmente. Aquí, por el contrario, se les otorga el collar de alguna Gran Orden y el que venga detrás que arree.

La ardilla y el fruto

Justo cuando media Europa recuerda que la primera niña-probeta acaba de cumplir 30 años, unos sabios rusos han logrado reproducir por vez primera una planta a partir de tejido ancestral. La planta, lleva el sugerente nombre de Silene Stenophilla y su fruto –del que, a partir de tejidos-madre, oportunamente polinizados, se ha logrado el prodigio—llevaba congelado a considerable profundidad no menos de 32.000 años. Ya ven, “Parque jurásico” no era ninguna fantasía, sino una premonición como tantas otras que en su día lanzó la ciencia-ficción, de modo y manera que ya podemos irnos preparando para cuando esos sabios desentierren un mamut y consigan reanimar su extinta especie a partir de sus semillas congeladas, y quien dice un mamut dice un dinosaurio, a ver por qué no, y ya tendríamos ahí la película completa. Me parece que cuanto se insista en la velocidad que lleva la Ciencia y, en particular, la biología, será poco, si lo que pretendemos es que la novedad no nos pille por sorpresa cualquier día proporcionándonos todo un zoo de la era glacial en el que, todo hay que decirlo, no desentonaría demasiado algún hodierno mastodonte. Es verdad que ya había precedentes de estas “resurrecciones” pero también que casi todos ellos acabaron siendo falsados por la prudente investigación, lo que en esta ocasión no parece el caso. La vida es una materia casi indestructible, por lo que vamos viendo, capaz de resistir hibernada un montón de milenios sin perder su capacidad de ser, a lo mejor porque a una previsora ardilla se le ocurriera en aquella edad oscura almacenar en su madriguera nutritivos frutos al alcance de su mano. La vida es frágil pero resistente, un proyecto de larguísimo alcance que, se ponga Dawinkg como se ponga, le levanta la oreja trascendentalista al más pintado. La resurrección es posible, por lo visto, con tal de que el demiurgo del laboratorio acierte a dar con la tecla.

Da vértigo mirar al futuro, incluso al inmediato, a la velocidad que lleva este vertiginoso cohete y más si hacemos casos a esos augures que nos dicen y repiten que estos portentos no son más que el principio de lo que no podemos ni imaginar. Va muy por delante el progreso material respecto al de las moralidades, no cabe duda, a excepción de la que mueve a la ardilla, que ése es uno y el mismo hoy como ayer, cuando discretamente almacenaba sus bayas en el agujero en previsión del invierno. Nosotros a lo más que hemos llegado es a preservar un muestrario de vida en un refugio ártico para que el futuro sepa a qué atenerse respecto del pasado. No nos diferencia de la ardilla más que la previsión.

Bajo el volcán

Vivimos en una sociedad cada día más marcadamente dual, un grupo humano roto por las diferencias económicas que deriva a peor según todos los indicadores. Lean el flamante informe FOESSA presentado por Cáritas (“Exclusión y desarrollo social en España. 2012”), apliquen el ojo de halcón a una realidad tambaleante, reparen en que la cifra de excluidos sociales de nuestro país sobrepasa los once millones y medios de personas, maticen que, bajo la tasa de pobreza admitida (casi un 22 por ciento de la población) –la que expresa la exclusión social– subyace un millón de “pobres solemnes”, o sea de víctimas de lo que eufemísticamente se llama “exclusión severa”, justo la cantidad de españoles a los que atiende esa organización religiosa. Hay diferencias temibles entre las Españas, además, pues mientras en Navarra la pobreza se mantiene alrededor de un discreto (¡) siete por ciento, en Extremadura afecta casi a cuatro de cada diez ciudadanos y en Andalucía casi a uno de cada tres. Dicen los expertos que esa pobreza es en nuestra tierra cada día más crónica, más extensa y más intensa, y que la distancia entre afortunados y pobres crece continuamente, aparte de que los efectos de la crisis auguran que seguirá progresando todavía, mientras se reduce el gasto en vestido y en alimentación hasta niveles peligrosos porque el umbral de esa pobreza ha descendido también de manera significativa. El número de familias sin ningún ingreso aumenta de continuo, se dispara el de ejecuciones hipotecarias que deja sin techo a una muchedumbre creciente, el empleo se volatiliza y sólo un dato paradójico parece animar la situación: el aumento del consumo de lujo. Es extraordinaria la paciencia de los arruinados, hay que reconocerlo, como resulta admirable que hayan tenido que llegar al poder los conservadores para adoptar las primeras medidas de choque pensadas con la cabeza. Otra cosa es que el conflicto anda ya rondando por calles y plazas, con éste o el otro motivo, con cualquier excusa y atizado por la oposición política. Poco es –demasiado poco, en realidad—para la que está cayendo.

Sabemos que hay en el planeta casi mil millones de criaturas que viven con un dólar al día aunque no sepamos cómo lo logran, pero la crisis nos ha traído la novedad de acercarnos a esos parias hasta insertarlos en nuestras propias sociedades opulentas. Denuncia el Defensor del Pueblo que del millón y medio largo de menores de quince años que viven en Andalucía, la pobreza alcanza casi a uno de cada cinco pero que no es descartable que ese número alcance el 34 por ciento a medida que vaya fallando la solidaridad familiar. La sociología resuena en el desierto con su clamor apocalíptico.