Voz de la experiencia

Leo asiduamente los breves artículos que un clásico de nuestra radio y televisión, Manuel Piedrahita, escribe en el periódico “Córdoba”. Son escritos breves, urgentes, en los que comenta nuestro alrededor visto al trasluz por el prisma de su experiencia, leves comentarios fraguados en la paz de su retiro frente a los olivares de Baena, su pueblo. Manuel sabe muchas cosas pero, sobre todo, cuenta con la ventaja que da la perspectiva –él fue durante años brillante corresponsal en Londres y en Bonn— que es lo que hace de un cosmopolita refugiado en el campo, como él, un testigo de lo más fiables. En el último de esos breves ironiza sobre la ocurrencia de Podemos de escoger el catálogo de Ikea como canon imaginario de sus intenciones políticas, y nos divierte contándonos sus apuros de cliente-montador de esos muebles con los que su promotor sueco decía que iba a democratizar el planeta y a hacer más libres a sus usuarios, aparte de recordar el repetido comentario de The Economist en el que el prestigioso medio sostuvo que “nada hay tan difícil como articular una silla de Ikea, si descartamos el análisis de su contabilidad”. ¿Qué opina Podemos de que Ikea fabrique aprovechando la mano de obra barata que tiende la mano desde Asia, sabe acaso que su modelo, presente en medio mundo, gana al año –incluyendo las “plusvalías” de sus explotados– cerca de 15.000 millones de dólares?

Una prosa tranquila, como escrita al margen de la vida, ilustra esas reflexiones con que Piedrahita nos descubre lo que sabe no sólo por viejo (que no lo es de espíritu) sino por diablo acostumbrado a mirar y a mirarnos con la ventaja que da la distancia. En España –donde los escritores no pueden trabajar (cobrando) a partir de los 65 años—se prescinde de estos críticos muy pronto, cuando todavía, en cualquier país, estarían ilustrándonos para alisarnos el pelo de la dehesa. Y por eso Manuel se aleja en su paisaje: para no perder esa perspectiva que suele ser al antídoto del tópico, y ayudarnos a compensar nuestra miopía indígena. Yo lo leo cada semana, ya digo, y admiro al hombre humilde que se conforma con desmontar nuestras falacias y con enriquecernos con su espléndida memoria, dimitido de todo protagonismo pero apasionado siempre en ese ejercicio de desmitificar la realidad que impone la sociedad medial. ¡Lo que nos faltaba era una España de Ikea, barata y desmontable! Piedrahita nos previene de ese peligro enrocado en su olivar como en un exilio salvador.

¡Carnes mías!

Muy dura y muy poco rebatible la información sobre el marido de la Presidenta que, de la pluma de Antonio Salvador, ofreció días atrás El Mundo de Andalucía. Más o menos lo mismo lo de ayer sobre la condonación millonaria de la Junta a una fundación del “sindicato hermano”, la UGT. Ni en plena campaña dan un respiro el electorado estos partidos reventados por una corrupción que incluye a los que están, como quien dice, estrenando el poder. La corrupción no es un incidente, sino un “continuum” que ha puesto al país a los pies de los caballos antisistema. Y no cejan, ya digo, ni siquiera “expuestos” en los debates televisados. Habría que decirle lo que el padre de Caracol gritaba a la aviación franquista cuando bombardeaba Madrid a medio día: “¿Es que no vais a pará ni pa comer”, carnes mías?”. No, no pararán: la rapacidad no tiene cura.

La mamá del millón

Mientras media Europa y parte de América hervía entre las utopías del 68, España se aliviaba, soñadora y pequeño-burguesa, embobada en la hazaña televisiva de “la mamá del millón”, una simpática dama que decía pretender el premio motivada por la necesidad de animar a quienes, como ella, tuvieran un hijo disminuido mentalmente. España entera latía, suspensa ante las bromas de Joaquín Prats, a medida que doña Mercedes iba superando la prueba, pasito a paso, hasta conseguir, finalmente, la ansiada compensación, ¡un millón de pesetas!, que por aquellos entonces era una fortuna. ¡Un milloncejo de pesetas, ya ven! El miércoles pasado un grupo de cuatro jóvenes castellanos se llevaron de la tele 2’3 millones de euros, el mayor premio otorgado en España a los concursantes de la pequeña pantalla y, por supuesto, una fortunita que jamás habría reunido un claustro universitario en toda una carrera. La sociedad desigual sabe manejar estos recursos, que tienen no poco de sublimatorios, frente a una audiencia por lo general pasiva y siempre deslumbrada por la hazaña, que en Navidad descorcha con entusiasmo botellas de cava para conmemorar la lotería. Curioso: ni la envidia tradicional que nos corroe resiste a esta muleta del enriquecimiento súbito de unos desconocidos hasta ayer pero que, al final de cada programa, son ya como de la familia. Edgar Morin decía del cine –y ello vale para la tv—que el espectador penetra en sus mensajes por vía de un mecanismo de “introyección” en el que él veía una “cualidad psíquica alienada”. Sí, sí… Que le pregunten a esos nuevos millonarios.

Todavía hay quien se empeña en negarle a esta sociedad su índole esencialmente medial –aún recuerdo la bronca que me metió Javier Pradera delante de Borbolla simplemente por invocar esa evidencia–, su dependencia radical del aparato de seducción audiovisual, lo mismo a la hora de elegir un dentífrico que a la de “inventar” una nueva “elite” como ha ocurrido con la “operación Podemos”, curiosamente financiada por millonarios. Pero ahí está el caso de “Boom”, el pródigo programa que ha hecho millonarios a esos cuatro concursantes, para ratificar lo innegable. Nada motiva a “sapiens sapiens” como el torneo y la agonía televisiva que culmina en el éxito, acaso porque, como Morin se maliciaba, la audiencia ingenua se sueña a sí misma en el nuevo héroe. La “mamá del millón” nos anunció con tiempo este futuro imperfecto en el que la sublimación se confunde con la generosidad.

Mana y tabú

En política, como en todo en la vida, hay terrenos transitables y terrenos prohibidos, objetos permitidos y objetos vedados. La voz “comunista”, por ejemplo, fue tabú bajo la dictadura y sigue siéndolo en la democracia, entre otras cosas por la grave pérdida de presencia y de prestigio de aquellos regímenes autocráticos que, en todo caso, carecen hoy de todo sentido práctico. Los líderes de Podemos no saben lo que hacen cuando se declaran “comunistas” o “leninistas” pero evidentemente tampoco tienen idea de lo que dicen cuando pretenden disfrazar esa militancia bajo el equívoco marchamo de la social-democracia. Habrá tensiones, probablemente, puesto que ya desde el PCE se lanza esa consigna identitaria –“Somos comunistas”—que los podemitas tratan de travestir recurriendo incluso al absurdo expediente de meter en la patulea socialdemócrata a Marx y a Lenin, lo que da una idea o de su ignorancia o de su cinismo. Iglesias, Errejón, Monedero, como la mayoría de sus acólitos proceden del PC pero son conscientes de que no ha de resultar fácil “asaltar el cielo” con la hoz y el martillo como lastre, ni siquiera prometiendo Eldorado a los votantes. Y es extraño que, viniendo del PC como vienen, no conserven el desprecio mayúsculo con que desde los orígenes –Marx y Lenin incluidos—los rojos fetén contemplaron a esos primos lejanos de los que costaba trabajo salvar incluso a Rosa Luxemburgo, su víctima. Tampoco el PSOE es ya social-demócrata aunque se invoque su conversión en Maastricht al credo neoliberal, pero los comunistas ni eso. Es admirable este giro conceptual teniendo en cuenta que “social-demócrata” ha sonado siempre a insulto entre los colectivistas extremos.

Monedero ha dicho ingenuamente que su propósito es establecer entre nosotros un “leninismo amable” –algo más que un oxímoron– pero hagan lo que hagan y digan lo que digan asoma bajo la camiseta y la mochila, el pelo de la dehesa aunque, en fin de cuentas, esa estrategia tiene su lógica: Podemos ya ha engullido sin remedio a IU y se dispone ahora a desplazar al PSOE para ocupar su lugar bajo el cielo protector de un nuevo bipartidismo. Nuestro problema actual no consiste sólo en la competencia irresistible de la “nueva política” sino en la radicalización que cualquiera de sus pactos viables ha de suponer en casi toda Europa, por mucho que se disfracen sus actores en el retablo de las maravillas. No sé por qué se me viene a la cabeza Brecht y la insolente historia de Arturo Ui.

Chaves se cabrea

Una vez más –porque no es la primera–, el ex-presidente Chaves, hoy imputado en el “caso ERE”, se ha levantado de manos contra el juez que lo empapela. Dice que no tiene ni idea de lo que es un Estado de Derecho y que ignora por completo “las distintas fases del procedimiento legislativo”, al tiempo que asegura que Él, el Supremo, “ni conoció ni puso conocer” las circunstancias del megamangazo que se perpetró durante muchos años bajo su mando. En fin, que ha puesto verde al magistrado, que suele ser lo suyo cuando a uno lo sientan en el banquillo, me temo que sin lograr convencer a la inmensa mayoría que tiene asumido desde hace tiempo que aquel “caso” respondió a una estrategia clientelar diseñada y consentida desde las alturas. Me gustaría saber qué diría Chaves si el empapelado fuera, un poner, Javier Arenas.

Llaga abierta

En la tele digital veo una película chilena que plantea la situación de un grupo de curas que purgan antiguos pecados en una casa de oración alejada del mundo, y que ven alterada su convivencia por la aparición de una “víctima” de abusos que hace enloquecer hasta el suicidio a alguno de ellos. Entiendo el mensaje humanista de la obra y hasta coincido con algunos –no pocos— de sus planteamientos y soluciones, pero créanme que no he podido resistir la intolerable justificación de la pedofilia en el sublimado discurso de uno de ellos: la pedofilia es un abuso criminal, patológico si quieren, pero en ningún caso susceptible de sugestiones más o menos delicadas en el laberinto lírico. Un niño es sagrado siempre y el que sienta que se le va la mano, que se la corte evangélicamente. Lo saco a relucir porque el papa Francisco acaba de lanzar un “motu proprio” que, con el título de “Come una madre amorevole”, decreta la expulsión, no ya de los clérigos abismados en esa ciénaga, sino la de los propios obispos que hayan mostrado un “comportamiento negligente” para ocultarla. Francisco precisa que entre esas “causas graves” por las que el Código Canónico estipula la posibilidad de la expulsión de eclesiásticos, se incluyen y muy en primer plano las referidas negligencias cuando traten de esconder a los responsables de abusos no solamente de menores sino también de adultos vulnerables. Se acabaron, al parecer, las componendas y los retiros temporales en el monasterio: un crimen de esa naturaleza no merece otra cosa que la expulsión del que lo perpetra. Francisco juega con fuego y lo sabe pero ya me dirán los complacientes cómo discutirle en esta cruzada la razón más absoluta.

Toda la comprensión del mundo no basta para neutralizar el escándalo que supone para la conciencia el espectáculo indecente que hemos tenido que soportar en los últimos tiempos, sobre todo en comunidades como la estadounidense en la que la doble regla de oro ha venido siendo la de tapar y pagar, como si le llaga abierta a la víctima –al margen de que entre ellas pueda haberlas oportunistas— pudiera cerrarse con un puñado de dólares. No cuestiono –el Papa tampoco, como es sabido—la tendencia sexual de nadie; de lo que se trata es de truncar, de una vez por todas, la alentadora impunidad de los verdugos. El alegato casi místico del curita de la película –como toda la literatura pedófila—resumía en el fondo la pornografía más despreciable.