¡Pobres funcionarios!

No entro en detalles sobre la situación del funcionario que denunció el saqueo de los fondos de formación. Me quedo con su figura, que no es nueva, sino clásica ya en la Junta autónoma: la del trabajador público siempre sospechoso al político que ve en la Administración su propiedad privada. Arrinconar a un funcionario, condenarlo al ostracismo y dejarlo mano sobre mano es un hábito tan viejo como la autonomía que, por supuesto, no constituye novedad, pero que la Junta de Andalucía aplica con rigor cuando aquel no es “uno de los suyos”. ¿Que existe un delito llamado “mobbing”? Ya: que se lo cuenten a Teodoro Montes o a tantos antecesores suyos. El trágala de los funcionarios explica mejor que nada los desmanes del “régimen”.

Reparto de tiempos

El director “okupa” de la radiotelevisión andaluza, es decir, de Canal Sur, ha tenido la desfachatez de espetarle a los parlamentarios una arenga sobre la “imparcialidad” de la Casa. Es más, dice ese interino eterno que el doctor Spiriman sale más en la caja tonta que la presidenta Díaz. Y ello me ha recordado la desacomplejada confidencia de un viejo baranda de la casa: “Mira –me decía–, yo saco a Fraga el triple que a González (él decía Felipe, claro), pero a Felipe lo luzco en sus mejores frases y a fraga lo pillo siempre de espaldas y subiendo una escalera”. Mal criterio el reparto de tiempos en pantalla: lo que importa es el contenido y la intención. Canal Sur es la tele exclusiva de la Junta aunque la paguemos entre todos los andaluces.

“Cazi na”

Todo lo que la Junta ha creído necesario decir frente a la broma cazurra de un diputado del PSOE, facción Pedro Sánchez, lo ha expresado su portavoz, Mario Jiménez, en tv, al declarar, pillándosela con papel de fumar, que a él personalmente no le ha gustado la broma. ¡Como si importara algo el gusto o disgusto de esa eminencia política o, incluso, los de la Presidenta! Los menosprecios a Andalucía no conciernen a los políticos sino a todos los ciudadanos y, por eso mismo, la Junta –que tampoco hizo arder Troya cuando Pablo Motos se cachondeó de nuestra “habla” en el “El hormiguero”—debería haber protestado de manera contundente y no tentándose la ropa. Igual estos mismos vuelven de Madrid marcando jotas y escupiendo eses. ¿Les extrañaría?

Los cuentos de C’s

¡Pues no que sale ahora el busto parlante de Ciudadanos en Andalucía y dice, con toda la cara, que “no está satisfecho” con el cumplimiento de las promesas recibidas de Susana Díaz a cambio de su imprescindible apoyo y muleta! Añade que su “principal error” fue no establecer un calendario –en alguna Agencia de la Junta le llamarían “almita de cántaro”—como si esta tropa hubiera dado alguna vez señal de lealtad a los pactos. Miren, Ciudadanos tenía y tiene un importante papel que jugar en nuestra deteriorada democracia, pero es evidente que toreando con una mano en Madrid y otra en Sevilla el fiasco está asegurado. Igual confunde ese portavoz –regeneracionista de rebote— su promoción personal con el interés de los andaluces.

El otoño del “Régimen”

Crece el ruido político en Andalucía. Doña Susana se da baños de multitud para los que sus edecanes exigen a sus administraciones la asistencia de sus efectivos, y en el último asegura que no ha llegado su “momento” pero que llegará: pronto el humo blanco anunciará su salto a Madrid para regir el PSOE nacional. También merodea por la región Sánchez “fichando” víctimas del susanato para anunciar que habrá batalla por el control del partido también aquí, pero ella lo identifica con un pasado que no debe volver. El PSOE no volverá a ser lo que fue al menos a corto plazo y quedará partido por gala en dos después del conflicto. Lo que se ignora es si el PP aprovechará la ocasión. Nunca tuvo enfrente a un rival tan precario.

De cómo “Gerard” nos abrió los ojos

Cuando venía a Madrid o nosotros íbamos a verlo a París, en su refugio en las afueras de Fontainebleau, a Artur London no le disgustaba, yo diría que incluso le enorgullecía, que le llamáramos “Gerard”, su apodo en la Resistencia contra los nazis que le costó su cautiverio en Mathausen. London era un tipo alto, elegante, con unos bonancibles ojos azules al que a los colectivistas radicales de mi generación nos costaba trabajo entrever en la traza de traidor que divulgó la propaganda sovietizante. La película de Costa Gavras que guionó Semprún –nuestro introductor en su círculo parisino— dejó claro, pasados ya los años 60, lo justificadas que estuvieron las dudas que resquebrajaban la conciencia generacional de un amplio sector razonable de la izquierda. London, viceministro de Exteriores en la Checoeslovaquia del momento, había sido ni más ni menos que un mártir de aquel régimen atroz inaugurado en los Procesos de Moscú y repetido en el de Praga de 1952, bajo el cual su libertad de espíritu crítico mereció la tortura y la calumnia hasta el punto –a él le asomaban las lágrimas cuando surgía el tema— de ser abandonado por su mujer, Lise, engañada por una falsa “confesión” obtenida por los verdugos en circunstancias inhumanas. Él lo contó en “L’ aveu”,  (“La confesión”), uno de los testimonios más demoledores de aquella propaganda que nos costó no poco desechar.

Lo recuerdo en Madrid, en casa de Arnoldo Liberman o en la de Félix Grande, reverdeciendo su vieja memoria de “brigadista”, entero y cabal como pocos hombres que uno haya conocido, frágil y hasta tierno también como pocos, junto a aquella furia ya reconciliada que era Lise –también encarcelada en su día en la La Santé parisina –, curioso ante el proceso español –eran los años de la transición y los albores de la democracia–, cercano y abierto, comprensivo y, lo que más nos impresionaba a muchos, tan firme en su postura como ajeno por completo al rencor. ¿Podía ser un “traidor” a sus ideas aquel hombre desengañado por la experiencia que nos abría su memoria y su casa, y que se mantenía tan firme en su fe?

Todo va salir bien –nos decía–, lo importante es que nadie os engañe”. Lo veo despidiéndonos en Fontainebleau, todavía con las rosas que le habíamos llevado a él y a Lise. Era nuestra manera de pedirle perdón por tantas dudas injustas con las que lo veníamos injuriando –¡de buena fe!—los alevines de una generación perdida.