El ojo de la aguja

Tanto en las recientes elecciones generales españolas como en la actual campaña francesa, los ricos –ese concepto por definir, por supuesto, y de índole tan maniquea—se han llevado y se están llevando la peor parte. En Francia el señor presidente ha convencido a su esposa, la bella Bruni, para que apareciera en la tele sin maquillar y de trapillo, sin duda en un intento de compensar el sartenazo de su rival, François Hollande, de gravarles la renta nada menos que con un 75 por ciento. Pero ¿qué es un rico, a quién hemos de considerar rico? El propio Hollande decía hace cuatro años que un rico era todo aquel que ganara cuatro mil euros o más al mes, mientras que un alto responsable del fisco nacional cifraba ese tope en los 83.500 y en una revista especializada, “Challenges”, los propios millonetis sostenían que sólo aquel capaz de doblar su capital pertenecería realmente al club. Ahora bien, compruebo en la estadística oficial que en el país vecino sólo el 1 por ciento de la población llega a los 9.000 euros mensuales y nada más que un 3 por ciento supera los 4.500, es decir, que tampoco hay cabría esperar grandes milagros de un buen repaso fiscal. Por otra parte, una docena de ricos de primer orden ha firmado un manifiesto solicitando al Gobierno que les subiera los impuestos, cosa que éste hizo sin rechistar, pero que no ha convencido a todos los analistas muchos de los cuales sostienen que elevar las cargas fiscales provoca una retracción del crecimiento. ¿Hay un cierto resabio católico pugnando con el espíritu calvinista en esta ola retórica contra los ricos?, se preguntan algunos. Pues puede, pero lo cierto es que –sin necesidad de meternos en el laberinto dialéctico de la “flax tax”—lo cierto es que cuando Reagan bajó esas cargas los EEUU crecieron mientras que cuando Johnson los subió ocurrió lo contrario.

En el flamante libro de Jean-Philippe Delsol, “À quoi servent les riches”, encontrarán ilustraciones interesantes sobre los efectos benéficos de las políticas fiscales, ese viejo presupuesto neoliberal que va resultando cada día más difícil negar si se consideran casos como el de Estonia, uno de los primeros países en salir de la crisis que ha logrado un envidiable crecimiento sin superar el 15 por ciento de su carga impositiva, o el de Eslovaquia que ha doblado su tasa de crecimiento en cinco años sin alcanzar siquiera el 20 por ciento, confirmando la presunción de la “curva de Laffer” de que la avaricia rompe el saco. Desde Guizot a Solchaga rueda la consigna famosa “Enrichissez vous!” que prueba la imposibilidad de remontar contracorriente el secreto egoísmo que nos constituye en la intimidad.

La X de IU

Atenidos a la doctrina Garzón, sobre todo ministro o similar entrillado en grave término por la Justicia ha de haber una X, un señor X, responsable último de la presunta o comprobada fechoría. ¿Y quién es la X en el “caso ERE”, quién estaba por encima del consejero Fernández mientras llevaba a cabo, según la imputación, sus múltiples delitos, no es lógico pensar que si un consejero va a la cárcel, uno (o dos) Presidentes no pueden irse de rositas? En esta ocasión, además, Fernández ha declarado que el Consejo de Gobierno conocía al dedillo los manejos ahora enjuiciados, lo que compromete sin paliativos a Chaves y, doblemente a Griñán, como consejero de Hacienda que dejó hacer y como Presidente que permitió el festín. ¿Qué hará IU frente a esa X, sobre todo, si ésta se desencripta? La X del PSOE es ahora, sobre todo, la X de IU. Alguien debería explicarle a las bases la diferencia que media entre un socio y un cómplice.

Conciencia política

Si es verdad que bastante menos que uno de cada tres franceses ha votado a votado tanto a la izquierda como a la derecha institucionales, verdad es también, y mucho más inquietante, que uno de cada cuatro haya dado su voto a la extrema derecha pura y dura. Los franceses son no poco pragmáticos y a esa condición atribuyen varios analistas, a bote pronto, lo que llaman un voto”contra los mercados” forzado por la crisis y sus consecuencias. No comparto yo esa opinión, no sólo porque me cuesta imaginar un referéndum contra esos entes fantasmales, sino porque asistimos estos días a un vibrante debate ideológico con motivo de la inclusión de Pierre Drieu de la Rochelle en la prestigiosa colección La Pléyade, a quien buena parte de la opinión considera que no merece semejante consagración ese tipo poliédrido que, al margen de sus innegables  calidades literarias, combinó el antisemitismo con los anhelos pacifistas y fue capaz, según iban corriendo los tiempos, de decantarse a favor de Hitler primero y de Stalin después, para acabar quitándose la vida tras apoyar a los “collabo” de Vichy. ¿Cabría esperar a tenor de estos primeros resultados electorales, que uno de cada cuatro franceses colaboraría con eso que Drieu llamaba el “fascismo inteligente”? No lo creo, personalmente, aparte de que pienso que ningún país puede borrar media generación de su historia de la literatura por razones ideológicas sin un irremediable quebranto, pues la consagración del escritor acaba dándola siempre el común y no los inquisidores. ¿O tendría sentido eliminar de la memoria literaria de aquel gran país lo mismo a Céline que a Paul Morand o a Henry de Montherland y tantos otros talentos? Tan cierto es que Rimbaud escribió sus versos más geniales mientras se dedicaba a la trata de esclavos como que Mitterand también anduvo alrededor de Pétain y sus amigos de la Gestapo.

En Francia se han cerrado varios intentos de reabrir esa memoria histórica que los votos lepenista del domingo explican en buena medida, pero que no se entienden del todo si se piensa en el debate sobre la consagración de Drieu. Los pueblos son su Historia, como los individuos, y en ese “philos” inmemorial cabe tanto lo bueno como lo perverso porque la “corrección política” es inevitablemente circunstancial. Lo que no supone el indiferentismo moral, ni mucho menos, mientras conserven su sentido de la justicia. Se puede conciliar en la memoria un Primo Lévi con un Ezra Pound, juntos pero no revueltos. Otra cosa es votar a quien anuncia, en la práctica pero sin remilgos, un régimen fascista. Hay países que logran hacer las dos cosas y otros que, afortunadamente, no.

Gobierno de las tripas

Un diputado de IU, Ignacio García, que seguramente formará parte del inminente Gobierno bicéfalo, ha dicho que a la gente la preocupa la corrupción pero que le preocupa más el hambre. Hay, en efecto, miles de andaluces que no tiene qué comer y deben acogerse a la protección de entidades benéficas que suplen al Estado en esa función crucial. Esa cabeza pensante podrán en breve preguntar a la otra por qué, entonces, se retira la ayuda pública a la organización más activa y acreditada de España, es decir a Cáritas que tanta hambre y tanta pena quita a diario a tanta gente. No creo que un personaje que parece sensato me replique ese mantra gastado de que la caridad es una actitud pequeño-burguesa porque él mismo concluye, con Cervantes, que lo  primero es el gobierno de las tripas.

Niños prodigio

Nunca me ha atraído la imagen de ese precoz sabelotodo que en los noticieros aparece subido en un taburete resolviendo, como si tal cosa. ecuaciones de campo. Hago excepción con los prodigios musicales porque de la inmensa mayoría de éstos conocemos, además de sus principios, como acabaron su carrera, cosa que no suele ocurrirnos con esos nanosabios con los que ni los padres ni el sistema educativo sabe bien qué hacer, aparte de aislarlos como se aíslan en las ganaderías de bravo a los bichos destinados padrear la manada. Al contrario de lo que cupiera esperar, esos nanosabios no llegan demasiado lejos aunque haya que hacer excepciones tan notables con prodigios como Kafka, Juan Ramón Jiménez y tantos otros que apenas superaron las primeras letras aunque luego demostraran su genialidad. Rimbaud era una calamidad, Einstein tampoco brilló prematuramente y a García Lorca o a Azorín se les atragantó el bachillerato como un membrillo sequerón. Ahora me las he visto y deseado, bicheando de web en web en busca del libro que ha escrito Mashe Kai Cavalin, un matemático adolescente, híbrido de chino y brasilera, que a sus catorce añitos ha publicado un inencontrable libro titulado, con evidente aire obamesco, “We can do”, o sea, podemos hacerlo, dirigido no sólo a sus iguales sino a la legión de padres desorientados por las salidas del nene. No lo he encontrado, en fin, pero sí que he dado con varias entrevistas en las que el chico deja correr libremente su ingenio –ya saben que Gracián distinguía entre genio e ingenio–, ciertamente de la manera más humilde y realista: “Yo he llegado a la Luna –nos dice–, pero cualquiera que lo desee con vehemencia puede llegar a la Vía Láctea”, o bien “Todo el mundo tiene un potencial para ser especial pero es preciso saber sacarle partido”. ¡Será sabio el niño!

A mí lo que más me ha impresionado de sus confidencias ha sido esa declaración de que el objetivo último de su empeño consiste en “encontrar la cordura a través de la sabiduría”. Y ésta otra: “no pretendo enseñar a nadie cómo ser un genio sino cómo vivir mejor”. Seguro que Pitágoras o Antístenes lo hubieran matriculado gratis en sus academias, pero Moshe Kai Cavalin es probable que acabe confundido con la muchedumbre solitaria lo mismo que Alcibíades o Arturito Pomar, sencillamente porque la sociedad no ha dado con la tecla precisa para refinar a estos diamantes en bruto. Lo que yo creo, en el fondo, es que el sistema educativo no es capaz de encajar estos desafíos naturales. Y menos mal que el interesado tampoco cree en lo del “genio”. Con eso tiene la posibilidad de llegar a serlo algún día sin que lo exhiban en el telediario.

La sombra del macho (2)

Siempre ha admirado al cónyuge que sabe encajar con dignidad el escándalo provocado por su media naranja. La vida es compleja y es larga, las ocasiones y peligros acechan tras cualquier esquina, y ni uno ni una suelen tener blindada al cien por cien su fidelidad. Ojo, porque no hablo del consentidor o la consentidora, que ése es otro cantar, sino del sujeto fuerte de espíritu que sabe vivir su vida al margen de la opinión respetando, cuando el caso llega, el resbalón del otro. Muy tarde nos hemos enterado de que lo mismo Sartre que Mao o el propio Gandhi eran menoreros que no dudaron en entretenerse con jovencitas en las mismas narices de sus señoras que soportaron con discreción el ultraje, y lo hemos hecho para convencernos de que, en esas circunstancias, el macho transgresor (o la hembra, en su caso) no suele ser ningún héroe jupeterino sino un adolescente residual ingenuamente empeñado en prolongar su edad feliz. El último caso que conozco es el de la mujer de Strauss-Kahn, la estupenda Anne Sinclair, una profesional como un castillo que ha encajado sin inmutarse la inmunda disipación de su marido sin mover un músculo ni decir una palabra de más, pero que ahora parece que va a rentabilizar la escandalera para volver a la tele como comentarista de las dos vueltas de las elecciones francesas, hecho que ha levantado la inevitable expectación de un público siempre ávido de la salsa folletinesca aunque se trate de un programa estrictamente político. Dicen que a Sinclair le van a pagar lo que no está en los escritos, como es natural, porque los responsables de la cadena, la BFMTV, están convencidos de que más vale un adarme de morbo que todo el talento del mundo y porque, naturalmente, Anne Sinclair lo sabe también. Sólo se está seguro de amar cuando se superan los celos, como sólo se aprecia de verdad la vida cuando la vemos amenazada.

Lo de Strauss-Kahn con la mucama neoyerokina o con el putiferio de Lille es un asunto tan asqueroso como humano, y nadie debe extrañarse de que su mujer lo encaje o aún lo rentabilice si pensamos que todo un partido como el PSF ha estado gravemente dividido entre los exigentes radicales de la integridad y aquellos –muchos, por cierto—que, incluso tras el numerito americano y los dos procesos franceses, insistían en la posibilidad de su candidatura a la Presidencia. Sinclair sabe, sin duda, que los celos son inútiles además de malos consejeros, y al mercado del “share” el folletín le viene al pelo para mejorar su cuenta de resultados. Eso sí, Sinclair es ahora la mujer de Strauss-Kahn, ese garañón incontrolado que, en el fondo y finjan lo que gusten, ha hecho las delicias de muchos en su volteriano país.