Mundo al revés

Muchas risas y gestos contenidos acogieron ayer la afirmación del futuro co-presidente  Griñán de que los ciudadanos andaluces “han valorado positivamente” la actitud de su Junta ante el tremendo escándalo de los ERE y las prejubilaciones falsas. No explicó bien la causa de los nueve escaños que ha perdido aunque, dada la magnitud de la anterior valoración, tampoco era cosa de esperar nada más ilustrativo. ¡Quién le iba a decir a él que co-gobernaría de la mano de Valderas, que es quien, en última instancia, tendrá toda decisión en su mano mientras dure –que no parece probable que sea mucho—esta legislatura bicéfala! Ni Valderas pudo soñar nunca tan sonriente destino ni Griñán mayor humillación.

Mover montañas

El presidente Lula da Silva ha recurrido para la curación de su cáncer de laringe a un curandero que, cerca de Brasilia, se ha convertido en una figura popular que recibe miles de ingenuos cada día en busca de su curación. El sanador se llama Joao de Deus, es adepto de una secta decimonónica que cuenta hoy en Brasil con tres millones de fieles, y realiza sus sesiones recibiendo mayestáticamente a sus clientes a los que luego interviene, sin anestesia ni asepsia alguna siquiera, armado de un bisturí, una tijeras y, en  muchos casos, con un simple cuchillo de cocina con el que acomete incluso intervenciones oftalmológicas cuyo éxito él atribuye al poder recibido de Dios y en modo alguno al mérito propio. A uno no le sorprende nada el caso si ha visto en Brasil alguna sesión de umbanda o se ha detenido en plena carretera a contemplar las ofrendas que la superstición hace a los espíritus que se suponen encarnados en determinados árboles y excuso decir si ha tenido ocasión de participar, aunque haya sido contemplativamente, en un aquelarre vudú. Y menos todavía si sabe que nuestros propios responsables últimos han sido fieles a esa ilusión, desde el Hitler que consultaba los arcanos para decidir sus estrategias a la crédula Nancy Reagan que metía a los brujos por la puerta de atrás de la Casa Blanca, pasando por las sesiones que es fama que los Perones se traían en su residencia madrileña de Puerta de Hierro y en las indefectiblemente actuaban de oficiantes la enigmática Isabelita y el calavera del brujo López Rega, el alma retorcida que inventó la Triple A. En todas las épocas los reyes y no menos los políticos de primer orden han confiado mucho en curanderos, alquimistas, augures y charlatanes, lo que no deja de constituir un severo elemento a la hora de cuestionar el propio montaje del Poder y tal vez también a la de entender a fondo no pocas providencias extravagantes de los poderosos. Lula, marxista y mágico, no es una excepción a la regla sino todo lo contrario.

La secularización progresiva de las sociedades postmodernas lubrica su incómoda estructura psíquica con este viejo bálsamo de la credulidad, no sólo por aquello de que el hombre es un animal mítico, como dijo Cassirer y sabía de sobra Lévi-Strauss, sino porque su mentalidad deriva de manera natural, como por una cómoda pendiente, hacia el misterio del que proviene. La credulidad es capaz de hacer milagros que la impostura no podría ni imaginar. A la hora del desamparo todo vale. “Credo quia absurdum”, creo porque es absurdo, se atribuye a san Agustín. No vamos a pedirle a Lula más coherencia que al genio de Tagaste.

Rectores regidos

Los Rectores Magníficos anteriores a la democracia eran, salvo eximias excepciones, funcionarios de la dictadura. Los actuales, también con sus excepciones, suelen ser comisarios de la Junta regional. El flamante de la Universidad de Sevilla, por ejemplo, dio un cante que para qué con un discurso de investidura que no hubiera superado el propio Consejero, un auténtico mitin contra el Gobierno de la nación que ahora acaba de repetir acusándolo de la ruina que van a provocar sus recortes. No debe de acordarse ya de la ruina en que metió a su Universidad, siendo él Vicerrector, esa biblioteca fantasma que ahora habrá que derribar por orden de la Justicia, ni de lo mal que quedan, no sólo la suya, sino todas nuestras universidades en el ránking general. Hay que mejorar nuestra “alma mater”, empezando por despolitizarles la cabeza.

Ricos presos

Hasta hace poco aquí raramente habíamos visto a un rico entrar en la cárcel. Ha sido el Estado de Derecho el que ha llevado al trullo a altos políticos y magnates de las finanzas, descubriéndoles un panorama inimaginable para ellos. Es verdad que aquí no hace falta, como en USA, el concurso de empresas especializadas en adecuar la vida del rico preso a las duras circunstancias carcelarias, porque para eso está el sentido, tan nuestro, de la protección de los altos a los que enseguida se le buscan celdas apartadas, compañeros modélicos y se les dota de tele y ordenata para que su contacto con el exterior no se vea interrumpido de golpe. Barrionuevo, Vera, Mariano Rubio, Mario Conde, el ex-general Galindo y demás convictos de altura no han tenido necesidad -¿o sí?—de mantener a un matón encargado de su custodia, pero sin duda ha aprendido en la cárcel muchas de esas cosas exclusivas de la trena que un tipo como Madoff, el gran estafador de millonarios, ha contado y entre las que se cuentan la maña para barrer un la celda propia, fregar la cafetería, pagar a un propio para que lave la ropa, ignorar a los compañeros en la ducha, jamás responder a una provocación y, en definitiva, aceptar la norma interna de ese mundillo sin rechistar. Los asesores americanos se esmeran lo primero en enseñar al preso al argot carcelario, pero también en hacerles comprender que, tal como ocurre fuera, dentro de la prisión todo se compra y se vende o revende. Nada de sentirse superiores, menos aún de intentar sacar beneficio propio de las situaciones: la cárcel, como la muerte, a todos iguala en último término. Sólo los golpistas del 22-F tuvieron el privilegio de que, a pesar de todo, la tropa de servicio los saludara al paso o los diera su antiguo tratamiento, cosa que parece que encantaba a Tejero. Hay gustos para todo.

Con la crisis han proliferado esas amigables consultoras que llevan nombres tan rotundos como “Federal Prison Alternatives” o “Executive Prison Consultants” y son gestionadas por antiguos pringaos. Pero no en España, donde aún se protege como es debido al rico indefenso y se hace la vista gorda al pasarle revista a su celda. Allá los yanquis con sus extravagancias. Nosotros sabemos de sobra que los reglamentos están hechos para los hombres y no los hombres para los reglamentos (variante evangélica, por cierto). Pero la cárcel es dura siempre. Antonio el Bailarín, encarcelado en Arcos por blasfemia, declaró que se le caía el pelo “a puñados” en el encierro y Conde ha visto cara a cara en él al mismísimo Paráclito. Tendría que haber cárceles adecuadas al rango del preso. Nos evitaríamos alopecias y epifanías.

Política callejera

No sabemos si la manifa sindical del domingo ha sido un éxito o un fracaso: depende de que creamos a los organizadores o a la policía. Y ya se anuncian otras que, sin duda, contribuirán al perjuicio de nuestra imagen que a beneficios reales. Los sindicatos van a lo suyo –y más desde que este Gobierno ha decidido cerrarles la manguera por la cosa de la austeridad—pero tendrían que pensar si esa actitud supone un obstáculo añadido al enorme esfuerzo nacional, realmente a cambio de bien poco o incluso de nada. De todas formas la política se traslada a la calle hasta nuevo aviso convocada por los mismos que durante el último quinquenio no han abierto la boca. Es la vía griega, sencillamente, y ya sabemos por dónde la ha salido a Grecia sus demostraciones.

Volver al trueque

Lo más significativo que se ha derivado de la crisis no ha sido la idea, de momento extremista, de pinchar el euro y volver a las viejas monedas europeas. Hay por ahí, en lugares tan alejados entre sí como México, Inglaterra o EEUU, intentos de escapar a sus terribles efectos sustituyendo el mercadeo convencional por el trueque ancestral que permita un respiro y un margen a los productores más empobrecidos. Los antropólogos hablan de una ruta olvidada que penetraba en Eurasia para comerciar cambiando productos exóticos por ciertas conchas –la chiprea litoralis—a las que remotas liturgias funerarias habían revalorizado en las regiones interiores, pero la idea de que el dinero supone un avance civilizatorio que nos situaría muy por encima de las circunstancias en que vivieron nuestros ancestros hace tiempo que es general. “Nunca hemos visto un perro tratar con un semejante para intercambiar un hueso”, decía ya Adam Smith en su obra capital, y sin embargo, en algunas aldeas totonacas hay indígenas habituados a mercadear con una moneda comunitaria, el “túmin”, que les sirve dentro de su propio mercado, tal como ocurre con las suyas en ciertas comarcas yanquis o griegas. Existen varias localidades británicas –Totnes, Lewes o Stroud—que cuentan con su divisa propia, pero ninguna entre ellas ha alcanzado la inquietante popularidad de la llamada “libra de Bristol” que mantiene en circulación 65.000 billetes avalados por un banco y el propio concejo local, con la intención de agrandar las posibilidades de un comercio más justo, y en  la idea, además, de que valerse de una moneda autónoma garantiza que una parte del control de la actividad económica será recuperada por las propias comunidades. El hambre aguza el ingenio, no cabe duda, y ahí tienen a los del Fisco inglés devanándose la sesera en su intento de cortar ese desafío que, una vez admitido su uso por Internet, amenaza con extenderse incómodamente. André Malraux decía que nada anima tanto el patriotismo de los pudientes y de los políticos como la amenaza de unas vacas flacas.

No creo que volvamos alguna vez al uso del trueque sistemático, sino más bien que el carácter virtual del dinero será cada día más intenso y su valor más autónomo aunque sólo sea porque el hombre, como sabía Cassirer, es un animal simbólico ante todo y sobre todo. Los tudescos que añoran el marco alemán, los celtíberos que añoran la peseta, no saben hasta qué punto están ya encadenados al euro, esa medida artificial de su ambición, y sometidos a sus impredecibles vaivenes. Yo le diría al padre Smith que tampoco yo me imagino a un “sapiens” cambiando un solomillo por unas zapatillas deportivas.