Día de reflexión

Sería difícil negar que esta última legislatura ha sido otra legislatura perdida por completo. Más difícil todavía poner en duda que el espectáculo político que está proporcionando la autonomía no tiene precedentes, más allá del efecto demoledor que haya podido tener la crisis. La unanimidad de las predicciones electorales, por debajo de los matices, apuntan a que mañana habrá un cambio en Andalucía, un cambio que es reclamado por una mayoría amplia y cualificada de ciudadanos andaluces, el deber de los cuales empieza y acaba en ejercer su derecho al voto en libertad atendiendo, en teoría, al interés general. Hoy es uno de esos días en que el ciudadano consciente debe entender que votar en conciencia no es solamente un derecho sino un deber.

La Pepa

El ruido provocado en torno a “la Pepa”, va a acabar de confundir a la opinión sobre aquel texto precoz y apenas vigente que hizo que se viera a España, en su momento, como “el faro de las libertades de Occidente”, para proyectar luego su alargada sombra sobre ese complejo siglo durante todo el cual se mantuvo como tótem del espíritu revolucionario. A mí, la verdad, me llama mucho la tención todo lo que se está oyendo, y me incomodan con una cierta sensación de anacronismo tanto los intentos de convertirla en remota legitimadora del reformismo actual como la pretensión de patrimonializarla que ha expresado cierta izquierda oportunista, porque ambas actitudes parecen ignorar el genuino talente de aquel liberalismo que no se parece ni poco ni mucho a las opciones políticas de hoy. A un tipo como Alcalá Galiano, que fue quien acreditó el origen español de la propia voz “liberal”, le daría tiempo  en su vida a revolucionar su órbita ideológica completa, por no hablar de Argüelles o del abate Marchena, estrellas fugaces de aquel singularísimo firmamento que tal vez no se daba cuenta de que estaba abriendo de par en par las puertas a un futuro en el que la pobre “Pepa” habría de servir lo mismo para un roto que para un descosido. La obra de aquellos constituyentes fue colosal –redactar una Constitución bajo las bombas—pero los hechos se encargaron de demostrar que el país profundo no estaba preparado aún para lo que era una auténtica revolución ni, probablemente, lo estaba todavía nadie en nuestro entorno para aquella novedad que incrustaba en la herencia francesa el alma del constitucionalismo americano. No creo que haya en todo el XIX –ni, por supuesto, luego—un hecho histórico tan mitificado como mal entendido, circunstancia que quizá explique lo duradero de su fama. Cuando dice hoy el Rey que entonces “la nación estuvo muy por encima de las autoridades” habría que objetarle que más bien fueron éstas –las liberales—las que estuvieron por encima de la Monarquía. “La Pepa” fue una fruta verde en su día. Hoy, sencillamente, es una noble fruta pasada.

¿O no lo es una Constitución que, a pesar de sus logros extraordinarios, seguía siendo confesionalista, clasista y discriminatoria? Lo malo de estas efemérides es la casi inevitabilidad del anacronismo y en el anacronismo andamos zambulléndonos, salvo excepciones, esta temporada de homenajes. El tiempo es un raro caleidoscopio que con los mismos cristales es capaz de formar imágenes por completo diferentes. Hoy dispararían contra ese mito las mismas feministas y los mismos sindicatos, la misma derecha y la misma izquierda que, sin embargo, andan elogiándola a calzón quitado.

El gran momento

Cuando nos veamos de nuevo ya Andalucía habrá dilucidado su pulso y sabremos si siguen gobernando los de siempre o gobierna gente nueva. Ya sin cábalas ni sondeos, sin dimes y diretes, sino con la matemática precisa que expresa lo que la gente quiere. Eso es la democracia para bien y para mal y nadie ha encontrado hasta ahora mejor fórmula para el mejunje público. Lo deseable, en todo caso, es que quien por fin se imponga llegue decidido a acabar con este estado de cosas –políticas, sociales, económicas, morales—que no puede ser peor. Andalucía vivirá mañana un gran momento, un momento histórico tanto si liquida un “régimen” tras 30 años de hegemonía como si decidiera confirmarlo a pesar de los pesares.

Darse a la bebida

No sólo los desgraciados humanos se dan a la bebida para olvidar sus desdichas y frustraciones. En el número actual de la revista Science he podido enterarme de que también ciertas moscas, en concreto los machos de la especie drosophila melanogaster, tan común en nuestro laboratorios, recurren al alcohol para ahogar sus penas cuando son rechazados amorosamente por sus hembras. Unos sabios de la universidad de California han demostrado, en efecto, que los machos satisfechos por hembras receptivas, y libres ya, en consecuencia, de sus pulsiones sexuales, acuden para alimentarse a un comedero no alcohólico, mientras que los que han  sido rechazados ingieren cuatro veces más alcohol que sus envidiados rivales en otro en el que la comida es altamente etílica. Sabíamos ya que, en definitiva, nuestro genoma no estaba tan alejado del muscario como pudiera pensarse en un principio, pero no, desde luego, que pudiera existir tanto parecido emocional entre nuestras especies, y menos hasta el punto de que el díptero defraudado reaccionara ante la adversidad amorosa tal y como suele hacerlo tantas veces ése que pretenciosamente llamamos “Sapiens”: echándose a la bebida. Y menos aún sabíamos que si esa conducta se produce es por causa o efecto de unos neurotransmisores (el neuropéptido F) localizados en esos cerebros de mosquitos, similar a otro que posee cerebro el humano (el neuropéptido Y), lo que ha sugerido a esos investigadores la idea de que, controlando esos elementos, tal vez podríamos acabar con el vicio cortando de raíz su motivación simplemente a base de una medicación adecuada. La vida es un inacabable y fascinador documental en el que cada nueva imagen nos trae una nueva idea. Ésta de las moscas borrachas no es de las más atronadoras, ciertamente, pero estarán de acuerdo conmigo en que sí una de las más sugerentes.

Más allá de la inteligencia consciente hay una zona penumbrosa en la que impera el instinto, aunque por lo que estamos comprobando puede que en una y otra el sujeto se guíe por pautas idénticas, que, al fin y al cabo, todos ser vivo es primero hermano de cualquier otro y no hay diferencia que pueda ocultar la identidad de base, la unidad de origen. Las moscas beben para olvidar tal como hacen los varones abrumados, simplemente porque hay en ambos un mecanismo biológico común que los impulsa a mantener conductas similares. Lo que no sé es si el “drosóphilo” llorará por las esquinas y dará la tabarra al tabernero como hace “Sapiens” cuando la engancha gorda para olvidar sus cuitas. Quién sabe. Nunca sabremos lo que puede acabar saliendo de un laboratorio.

Demasiado

De “maneras mafiosas” han reputado desde el PP la orden de fregar las tazas y platos para no dejar huellas dada por el consejero de Empleo a sus funcionarias de confianza tras la reunión secreta dedicada a manipular los expedientes de los ERE, y mafiosa con, en efecto, las imágenes de los que van desfilando ante la juez, con sus inevitables gafas oscuras y sus oscuros y despreciables testimonios de corrupción. Esto se le ha ido de las mano al PSOE, a estas alturas perdido en una campaña manga por hombro en las que hasta Guerra, ¡en Sevilla! tiene que perpetrar su consabido número de la risa ante un auditorio medio vacío. Y es que lo que ha ocurrido y está ocurriendo es demasiado hasta para la sensibilidad más obtusa. Rejón recuerda una vieja frase suya en el Parlamento de los 80: “O son ustedes tontos, o unos sinvergüenzas, o las dos cosas a la vez”.

Mundo sediento

Sabemos más del hambre que el mundo padece que de su sed. Nos han repetido mil veces la imagen de la madre que debe andar varios kilómetros al día para dar de beber a su familia pero, en cierto modo, la imagen que se nos ha transmitido nos remite al mundo desértico. No es así, sin embargo, a juzgar por las escalofriantes conclusiones del 6º Foro Mundial del Agua celebrado estos días en Marsella. Datos como que miles de millones de personas carecen de abastecimiento de agua o poseen sólo alguna muy precaria, que hay zonas africanas en las que casi la mitad de la población no tiene acceso al agua potable, una situación no muy diferente a la registrada en ciertas regiones de Hispoanoamérica o Asia, en las que un quince por ciento comparten con el ganado las aguas naturales. Han fracasado los buenos propósitos –como fracasaron antes los que, respecto al hambre, comprometiera la FAO—reduciendo de modo sensible sus objetivos, en especial en las regiones desamparadas de los países pobres en los que resulta raro encontrar un suministro regular, hasta el punto de que la mitad de la población mundial consume un agua tan dudosa como para justificar un resultado temible: el de que ese consumo de aguas insalubres continúe siendo la primera causa de muerte del planeta: cada año mueren en el mundo por beber aguas insalubres más de tres millones y medio de criaturas, en su mayoría niños, es decir, ¡siete muertes por minuto! No hay en esa estadística literatura que valga, hay sólo negra sociología, aparte de una explosiva expresión de la condición humana. Cuesta imaginar, por lo demás, el resto: que miles de millones de desgraciados carecen de los más elementales servicios sanitarios de manera que, solamente en India, la estadística oficial reconoce que más de sesenta millones de indios se ven obligados a hacer sus necesidades al aire libre. En el Foro han participado 140 países, instituciones, y empresas, presididos por varios jefes de Gobierno. Menos mal.

Da la impresión de que el mundo que vivimos no tiene capacidad para resolver ni uno solo de sus grandes problemas, por más que lograra ponerse de acuerdo en un santiamén a la hora de financiar generosamente a la banca cuando la crisis nos amenazó con un soponcio colectivo. Pero esas siete muertes por minuto a causa del déficit de agua de que hablan los expertos resultan excesivas incluso en este infierno selectivo. Tras cada una de estas convenciones queda más claro que nuestras cuitas mayores no son las derivadas de la geopolítica. La muerte y la desdicha tienen profundos cauces en esta sociedad desigual.