Desconcierto general

Se comprenden albricias y llantos de unos y de otros, pero lo que ahora debe ocuparnos es el futuro. Y el futuro no puede ser otro que el retrucadísimo de un pacto de gobierno PSOE-IU que, sin  duda, pondrá en graves dificultades la gobernación de Andalucía y la de España en su conjunto. El PSOE tendrá que dar a sus socios lo que le pidan y éstos deberán apretar filas con los que hasta hoy han llamado corruptos y traidores –pelillos a la mar– a cambio de un poder que nunca pudieron soñar. El desconcierto general que reina desde que se conoció el escrutinio se irá agravando a medida que se conozca esa alianza y veamos cómo funciona –¡en plena recesión!—un partido agotado al que apoya otro anclado en el XIX.

Mañana sale

Tengo por norma eludir en este rincón, como sabe el lector, la refriega política. Alguien tiene que echarse a la espalda la tarea de mantenernos en contacto con lo que ocurre fuera, con los que piensan los filósofos, con lo que hallan los científicos, con cuanto en este complejísimo “mondo cane” pueda ofrecernos interés y, sobre todo, estímulo. No es verdad eso de que la política sea una tarea nobilísima: eso es un tópico sin más. La política consiste en la disputa del Poder, a dentelladas cuando a no a tiros, con votos o sin votos por medio, y la nuestra  no es una excepción aunque hayamos superado, en buena medida y en buena hora, la tentación y los retos de la violencia, que aunque no sea bastante, ciertamente no es poco. Mañana mismo deciden los andaluces si continuar con la hegemonía de un partido que llegó hace más de treinta años a la autonomía o probar suerte con otro que promete corregir en muchos aspectos esta situación, la verdad es que insostenible, y van a hacerlo sabiendo que en ese periodo tan cierto es que Andalucía ha cambiado por completo, como que continúa arrastrándose a la cola de nuestras comunidades, y tan cierto es que se han logrado avances sociales muy notables como que se han perpetrado desaciertos de difícil solución. Lo deseable sería que cada cual hiciera su balance en conciencia dejando al margen, en la medida de lo posible, la pulsión instintiva en que, paradójicamente, acaba convirtiéndose la reflexión ideológica, ideal no poco utópico, en especial a estas alturas del rifirrafe. En todo caso, el espectáculo diario de nuestra vida pública debería forzar a la conciencia ciudadana a optar por reclamar que, sea quien fuere el ganador, no se demore ni un instante su imprescindible moralización. Que una mayoría muy cualificada de andaluces –incluido un segmento revelador de votantes del PSOE—insista en las encuestas en que resulta necesario un cambio, no puede ser considerado como un hecho casual. Nadie resiste incólume en el Poder tantos años y tengo la sensación de que sobran argumentos, a estas alturas, para mantener ese axioma.

Mañana saldrá, en consecuencia, lo que tenga que salir, y el test valdrá no sólo para ubicar a los partidos en pugna sino para valorar el criterio cívico. El toque está en cuadrar el balance con tino, sopesando pros y contras, experiencia y expectativas, sin olvidar nuestra crítica situación y la urgencia de unas soluciones que hay que reconocer que hasta ahora no se han propuesto siquiera. “Yo soy mi mayoría y no siempre tomo mis decisiones por unanimidad”, decía Unamuno. Yo, mañana al menos, renunciaría a los juegos de palabras.

Día de reflexión

Sería difícil negar que esta última legislatura ha sido otra legislatura perdida por completo. Más difícil todavía poner en duda que el espectáculo político que está proporcionando la autonomía no tiene precedentes, más allá del efecto demoledor que haya podido tener la crisis. La unanimidad de las predicciones electorales, por debajo de los matices, apuntan a que mañana habrá un cambio en Andalucía, un cambio que es reclamado por una mayoría amplia y cualificada de ciudadanos andaluces, el deber de los cuales empieza y acaba en ejercer su derecho al voto en libertad atendiendo, en teoría, al interés general. Hoy es uno de esos días en que el ciudadano consciente debe entender que votar en conciencia no es solamente un derecho sino un deber.

La Pepa

El ruido provocado en torno a “la Pepa”, va a acabar de confundir a la opinión sobre aquel texto precoz y apenas vigente que hizo que se viera a España, en su momento, como “el faro de las libertades de Occidente”, para proyectar luego su alargada sombra sobre ese complejo siglo durante todo el cual se mantuvo como tótem del espíritu revolucionario. A mí, la verdad, me llama mucho la tención todo lo que se está oyendo, y me incomodan con una cierta sensación de anacronismo tanto los intentos de convertirla en remota legitimadora del reformismo actual como la pretensión de patrimonializarla que ha expresado cierta izquierda oportunista, porque ambas actitudes parecen ignorar el genuino talente de aquel liberalismo que no se parece ni poco ni mucho a las opciones políticas de hoy. A un tipo como Alcalá Galiano, que fue quien acreditó el origen español de la propia voz “liberal”, le daría tiempo  en su vida a revolucionar su órbita ideológica completa, por no hablar de Argüelles o del abate Marchena, estrellas fugaces de aquel singularísimo firmamento que tal vez no se daba cuenta de que estaba abriendo de par en par las puertas a un futuro en el que la pobre “Pepa” habría de servir lo mismo para un roto que para un descosido. La obra de aquellos constituyentes fue colosal –redactar una Constitución bajo las bombas—pero los hechos se encargaron de demostrar que el país profundo no estaba preparado aún para lo que era una auténtica revolución ni, probablemente, lo estaba todavía nadie en nuestro entorno para aquella novedad que incrustaba en la herencia francesa el alma del constitucionalismo americano. No creo que haya en todo el XIX –ni, por supuesto, luego—un hecho histórico tan mitificado como mal entendido, circunstancia que quizá explique lo duradero de su fama. Cuando dice hoy el Rey que entonces “la nación estuvo muy por encima de las autoridades” habría que objetarle que más bien fueron éstas –las liberales—las que estuvieron por encima de la Monarquía. “La Pepa” fue una fruta verde en su día. Hoy, sencillamente, es una noble fruta pasada.

¿O no lo es una Constitución que, a pesar de sus logros extraordinarios, seguía siendo confesionalista, clasista y discriminatoria? Lo malo de estas efemérides es la casi inevitabilidad del anacronismo y en el anacronismo andamos zambulléndonos, salvo excepciones, esta temporada de homenajes. El tiempo es un raro caleidoscopio que con los mismos cristales es capaz de formar imágenes por completo diferentes. Hoy dispararían contra ese mito las mismas feministas y los mismos sindicatos, la misma derecha y la misma izquierda que, sin embargo, andan elogiándola a calzón quitado.

El gran momento

Cuando nos veamos de nuevo ya Andalucía habrá dilucidado su pulso y sabremos si siguen gobernando los de siempre o gobierna gente nueva. Ya sin cábalas ni sondeos, sin dimes y diretes, sino con la matemática precisa que expresa lo que la gente quiere. Eso es la democracia para bien y para mal y nadie ha encontrado hasta ahora mejor fórmula para el mejunje público. Lo deseable, en todo caso, es que quien por fin se imponga llegue decidido a acabar con este estado de cosas –políticas, sociales, económicas, morales—que no puede ser peor. Andalucía vivirá mañana un gran momento, un momento histórico tanto si liquida un “régimen” tras 30 años de hegemonía como si decidiera confirmarlo a pesar de los pesares.

Darse a la bebida

No sólo los desgraciados humanos se dan a la bebida para olvidar sus desdichas y frustraciones. En el número actual de la revista Science he podido enterarme de que también ciertas moscas, en concreto los machos de la especie drosophila melanogaster, tan común en nuestro laboratorios, recurren al alcohol para ahogar sus penas cuando son rechazados amorosamente por sus hembras. Unos sabios de la universidad de California han demostrado, en efecto, que los machos satisfechos por hembras receptivas, y libres ya, en consecuencia, de sus pulsiones sexuales, acuden para alimentarse a un comedero no alcohólico, mientras que los que han  sido rechazados ingieren cuatro veces más alcohol que sus envidiados rivales en otro en el que la comida es altamente etílica. Sabíamos ya que, en definitiva, nuestro genoma no estaba tan alejado del muscario como pudiera pensarse en un principio, pero no, desde luego, que pudiera existir tanto parecido emocional entre nuestras especies, y menos hasta el punto de que el díptero defraudado reaccionara ante la adversidad amorosa tal y como suele hacerlo tantas veces ése que pretenciosamente llamamos “Sapiens”: echándose a la bebida. Y menos aún sabíamos que si esa conducta se produce es por causa o efecto de unos neurotransmisores (el neuropéptido F) localizados en esos cerebros de mosquitos, similar a otro que posee cerebro el humano (el neuropéptido Y), lo que ha sugerido a esos investigadores la idea de que, controlando esos elementos, tal vez podríamos acabar con el vicio cortando de raíz su motivación simplemente a base de una medicación adecuada. La vida es un inacabable y fascinador documental en el que cada nueva imagen nos trae una nueva idea. Ésta de las moscas borrachas no es de las más atronadoras, ciertamente, pero estarán de acuerdo conmigo en que sí una de las más sugerentes.

Más allá de la inteligencia consciente hay una zona penumbrosa en la que impera el instinto, aunque por lo que estamos comprobando puede que en una y otra el sujeto se guíe por pautas idénticas, que, al fin y al cabo, todos ser vivo es primero hermano de cualquier otro y no hay diferencia que pueda ocultar la identidad de base, la unidad de origen. Las moscas beben para olvidar tal como hacen los varones abrumados, simplemente porque hay en ambos un mecanismo biológico común que los impulsa a mantener conductas similares. Lo que no sé es si el “drosóphilo” llorará por las esquinas y dará la tabarra al tabernero como hace “Sapiens” cuando la engancha gorda para olvidar sus cuitas. Quién sabe. Nunca sabremos lo que puede acabar saliendo de un laboratorio.