Leyendas negras

Tropiezo todavía en las librerías venecianas con la tragedia inacabada de Simone Weil “Venezia salva”, frustrado y conceptuoso intento de remover de nuevo el tema de la llamada “conjura de los españoles”, epopeya siniestra y tan injustamente divulgada que hasta ha llegado a ser identificada erróneamente en Italia por cierto autor de nota con la obra de título parecido que Larra criticó a Martínez de la Rosa y que, en realidad, no se refería a aquellos hechos del XVII sino a otro bien conocido del XIV. Weil, esa musa de la derecha francesa cuya fama no cumple ya los cien años, vuelve a las andadas románticas de atribuir la famosa “conjura” a los españoles , como propuso en su tiempo Saint-Réal y mantuvieron luego Otway, Goethe y, ya antier como quien dice, Hugo Hoffmannstahl, y como si no estuviera ya bastante claro a estas alturas que aquella infamia debió ser obra que la propia Serenísima atribuyó a la España de Felipe III y, en concreto, al duque de Osuna y al marqués de Bedmar, virrey de Nápoles y embajador en Venecia respectivamente. Nada tan cómodo como seguir la pendiente romántica que en este tema carga al antiespañolismo de antier y de hoy lo que podríamos decir que no fue sino un incidente más en la guerra entre el ideal del feudalismo hasbúrgico y la noción mercantil de la vida y las relaciones que practicó siempre aquella que Goethe llamó “república de castores”, una nación en plena decadencia desde el momento mismo en que España, en efecto, abrió al mundo el camino de Occidente, dando a la hegemonía mediterránea el golpe de gracia. Weil no quiere saber nada de la notoria posibilidad de que aquella orgía de nervios y sangre no fuera más que un carnaval siniestro organizado por los dogos con mercenarios hugonotes franceses, y se aferra, como digo, aunque ciertamente sin concreciones innecesarias pero también sin cambiar de registro, a esa visión romántica que brinda el lado humano de los conspiradores. La leyenda negra fue siempre un buen negocio, incluso manejada con el tacto con que lo hace esta dama que debía saber de sobra de qué iba la vieja película.

La inquina de Quevedo, enemigo íntimo de lo veneciano (lean “El sueño de la muerte” o “Lince de Italia, entre otras obras) y presunto cómplice de aquellos hechos, no era en el fondo más que ingenua propaganda imperial, y eso era posible porque España no había superado su aristocrático complejo de la superioridad del ocio y de la fuerza, tan denunciado por nuestros “arbitristas”. El caso fue que una mañana aciaga dos pringaos aparecieron ultimados entre las dos columna de San Marcos y que muy probablemente ni ellos mismos llegaron a saber nunca por qué les daban matarile.

Sexo y política

Vean a las mujeres del feminismo de nómina (las del Instituto Andaluz de la Mujer) alinearse con las radicales que andan diciendo que el uso del burka no tiene nada de diferente con el del hábito monjil. Escuchen al presidente Griñán (“¡Llamadme presidenta…!”, ya conocen su invitación) hablar de inyecciones de testoterona por referencia a la decisión de ZP de romper la paridad, como si esa chorrada fuera ya una norma forzosa en un gobierno democrático. Simple ruido. Estos excesos pueden perjudicar la causa razonable del ascenso femenino pero son en sí mismos incapaces de producir beneficio alguno. Con la que está cayendo, además, ese ruido no deja de ser lamentable además de idiota.

La buena memoria

Metido en mis lecturas venecianas releo estos días sobre el terreno la biografía apasionada de Giuseppe Volpi que escribió hace años, cuando aún Italia era un país demediado, Fabrizio Sarazino, un nostálgico pero también un memorioso atenido a la buena memoria. He visto la tumba de Volpi en la basílica de I Frari, ese mausoleo que con él comparten, entre otros, Tiziano o Canova, y me he parado a pensar ante aquellas páginas sobre la inutilidad del rencor y la grandeza que, a diferencia del olvido, implica siempre la razonable asunción del pasado. Volpi, por ejemplo. ¿Imaginaríamos en España un homenaje de Estado como el que la nación italiana le hizo a este gobernador de Tripolitania y ministro de Mussolini –bendición papal en manos del Patriarca, el presidente Saragat y el inescrutable Andreotti presentes—como si el pasado no contara tanto como la clamorosa realidad de la intención? Yo, al menos, no. Hoy se oyen todavía protestas contra el hombre que tuvo la idea de hacer de Venecia –en Porto Marguera, en el Malemocco de los petroleros, en el Mestre humeante—una potencia industrial, y se alegan fuertes razones ecológicas del todo pertinenentes, pero serán pocos quienes no vean que esa opción tan devastadora ha resultado también decisiva. Y se pasa la página para buscar en la siguiente la lógica de la vida, esa silogística tan imperfecta. ¿Se imaginan, insisto, una memoria parecida siquiera para alguno entre aquellos hombres que, bajo la dictadura de aquí, hicieron de un país de subsistencia agraria que se ahogaba en la autarquía, la famosa “novena potencia industrial del mundo”, hombres como un Fernández Ordóñez sin ir más lejos, que capitanearon aquel “sector público”, el INI, cuya voladura controlada fue la paradójica obra magna del sedicente socialismo en el poder? En Venecia todos se descubrieron, medio siglo después, ante el líder vituperado –el amigo de D’Annunzio, la pesadilla de Churchill—que hizo aquel milagro sin pensárselo dos veces. Paul Morand dice en sus memorias, que también releo estos días a pie de obra, que al fin y al cabo Italia tiene un siglo de antigüedad mientras Venecia tiene quince. Nosotros parece que andamos en plena adolescencia.

El actual memorialismo, ese afán revanchista y tuerto de un ojo, tiene mucho que aprender de la memoria italiana o de la francesa, por no hablar de la alemana, aunque no es verosímil que aprenda nunca teniendo en cuenta que, además de una estrategia partidista, es ante todo un negocio. Incluso si entre nosotros también hay amnésicas excepciones –antes he citado una—no cabe imaginar esa libertad de criterio que inspira el caso de Volpi ante cuya tumba vi no hace más que unos días un sugerente rosa marchita.

La piña vacía

Sugerente fórmula la empleada ayer por de Carmen Torres para representar la situación actual de PSOE regional: una piña vacía. En el Comité de ayer volvió a escenificarse el prieta las filas y a cubrirse con ovaciones las indisimulables brechas que se le han abierto a Griñán en la estructura de un partido que, tradicionalmente, hay que decirlo, siempre fue conflictivo salvo bajo la fórmula del “reparto” entre provincias, grupos y tendencias puesto en pie por Chaves. Ahora no hay piña que valga porque no hay quien esté seguro en su nómina y el PSOE, lamentablemente, es hoy más un inmenso colocadero antes que un partido de gobierno. Griñán hace lo que puede. Pedirle más es no conocer el paño.

El parque temático

Apenas hay ya ciudad que esté contenta con su suerte. Crecen demasiado o menguan de manera insostenible. Ni siquiera Venecia, la singularísima, aquella en que Regnault decía que no se sabe dónde acaba la tierra y dónde comienza el agua, la superviviente del GranTurco, de los papas y de Napoléon, con sus venecianos ensimismados que no necesitan viajar a ninguna parte fuera de su alfoz, se siente ya segura. Me lo explica uno de ellos, Toni Leonardi, enredando la mirada en el cendal de otoño que abraza la Salute y oculta el Campanile: en dos decenios la ciudad ha perdido no sé cuántos miles de vecinos, casi la mitad de los negocios está en manos de forasteros y la explotación de un turismo cada día más masificado conduce a un modelo de ciudad-escaparate que en poco tiempo acabará siendo un museo pero habrá dejado de ser ciudad. Se ha dicho que Venecia inventó el IRPF, las estadísticas, la censura, la delación, la lotería, el gueto y los espejos de vidrio, pero no va a poder resistir el “acqua alta” de una modernidad que sólo ve en ella la sugestión del exotismo orientalizante. Y no la va salvar siquiera su condición de alternativa urbanística, ese modelo de ciudad sin coches que no podrá competir con el de ciudad sin aceras que parece imponerse en EEUU. Venecia se muere y no de la peste, sino de su propia fiebre de éxito, como esas flores que fenecen asfixiadas por el enjambre libador atraído por su aroma, agoniza a causa de su exceso de vida, aunque sea transeúnte que, paradójicamente, busca en ella la imagen detenida en el tiempo de una estética única conquistada a sangre y fuego. ¿Cómo sobrevivir en una ciudad sobrevalorada en la que la moneda cotidiana tiene más oro del que marcan sus reales, quién podrá resistir esa barbarie cívica que implica la economía turística? Toni mira la bruma burlarse indiferente y se encoje de hombros sin perder de vista el oleaje que hoy encrespa el verde almendra de los canales. Él ha cumplido ochenta años y, además, es del Inter.

A lo peor lo que falla bajo nuestros pies es la propia civilización –la vida en la “civitas”–, la onda expansiva de un ecumenismo vacacional al que los vuelos “low cost” y los “paquetes” de oferta ponen al alcance una escena en la que todos los gatos son pardos para la mirada estándar. En Venecia apenas deja sitio para la industria humana ese negocio de la memoria efímera que es el “souvenir”. Hoy no la reconocerían un Byron, un Goethe, un Musset, un presidente Des Brosses, ni siquiera un Paul Morand, tal es su espléndida decadencia. Toni tampoco se reconoce ya a sí mismo en ese espejo del agua que es tan anterior a la espejería de Murano.

De brazos cruzados

Ya no es discutible que la connivencia con las malas prácticas son un hecho generalizado en nuestra política autonómica en este clima que tanto recuerda al de los últimos días de González en el poder. Pero lo peor es la pasividad de la Junta y su partido, ese quedarse cruzados, tan griñaniano, que supone una indefensión absoluta ante los abusos y corrupciones que se han adueñado de la vida pública andaluza. No es decoroso mantenernos ahora un año a notición diario. Lo suyo sería que Griñán tirara de la manta, si es que puede, antes de que los que tiren de ella sean otros, incluso de su propio partido.