Dama sonriente

Un par de sonrisas sorprendidas por las cámaras en el gesto, por lo general adusto, de Angela Merkel han revolucionado nuestro observatorio nacional. Se han multiplicado las portadas de los periódicos y más de un opinador ha querido ver en esa mueca amable el signo de una conversión de esa dama al credo del crecimiento y una abjuración del dogma del ahorro. Nuestro análisis político resulta cada día más subjetivo, como se ve, tal vez porque la objetividad se está poniendo imposible en este teatrillo sin candilejas de un mundo a la deriva. La Merkel carece de carisma suficiente para funcionar como jefe de filas en un continente tan machorro como es Europa y por eso mismo una sonrisa suya es susceptible de ser interpretada  tan unánimemente en términos simbólicos, pero tampoco rebosa atractivo un tipo tan corriente como Hollande y antes de haber tenido tiempo de hacer casi nada ya ha sido recibido por sus partidarios  como una especie de milagrero que nos va a sacar del pozo de la crisis con sólo dar en esos foros de Dios unos cuantos pases mágicos sobre la estadística. Hemos recibido con albricias esa sonrisa amable que, todo hay que decirlo, ha desconcertado al macho alfa que la mayoría llevamos en el subconsciente, algo que no creo que hubiera ocurrido si el sonriente hubiera sido un canciller y no una cancillera, porque todos recordamos aún la perenne sonrisa del padrecito Stalin y la taimada que el ogro que era Hitler esbozaba para saludar a los niños antes de enviarlos a la línea de fuego. Cuando hace poco algún experto sugirió que la Gioconda podría ser un autorretrato disimuladamente andrógino del propio Leonardo, faltó tiempo para que la sonrisa saltara a la réplica como prueba definitiva contra semejante teoría. Merkel podría sacar mucho partido a ese gesto simplemente prodigándolo en este mundo masculino.

Hay que ver lo simple que resulta pasar de Friedman a Keynes con sólo estirar los labios y mostrar la dentadura en señal de paz para tranquilizar al zoo. Cuando Gorvachov visitó a Reagan por primera vez, las reticentes televisiones de ambos lados del telón de acero fijaron su objetivo en un intercambio de sonrisas presidenciales que funcionaba como un clarinazo anunciador de la tregua o incluso la paz caliente en medio de la Guerra Fría. Y ahora es la señora Merkel la que ha subastado a la baja su marmórea dureza logrando, con unas cuantas fotos amables, desconcertar a sus detractores. Conviene sonreír lo más posible en este mundo arisco en el que todo son malas caras. No hay esperanza sin alegría, sin el bálsamo de esa careta propicia que doña Angela ha comprendido por fin que era preciso relajar.

El agua y el aceite

La expresión es del propio co-presidente Valderas y se refiere a la relación hostil que PSOE-IU han mantenido toda la vida. Pero ahora que él ya se ha integrado cómodamente en el sillón, son los comunistas orgánicos quienes le critican su postura sumisa reclamándole que ejerza la oposición parlamentaria y se enfrente a los “recortes” de Griñán tanto como a los de Rajoy. Valderas se pasará por el forro los acuerdos del PCA, ya lo verán, pero no cabe duda de que esta oposición interna degrada su ya malparado perfil también por el lado izquierdo. ¿Ésa era la Izquierda moral que venía a cortar por lo sano la corrupción y a dinamizar la política de la autonomía? IU saldrá mal de esa trampa seductora que permite el negocio de unos cuantos a cambio de plegarse todos a la hegemonía de un PSOE en su peor momento.

El imbécil colectivo

Desde un pesimismo que no deja de resultar tentador, el filósofo brasilero Olavo de Carvalho, tituló hace años su ajustada e hilarante crítica a la sociedad donde vive como “O imbecil coletivo”. Mirando hoy alrededor en nuestra propia sociedad, la verdad es que resulta sugestivo ese concepto que viene a ser muy durkheimiano y quizá también muy próximo al elitismo de Ortega en la medida en que desde todas esas posiciones ideológicas se comparte la idea de que son las masas y no los individuos quienes, con el consiguiente peligro, protagonizan la vida social. Nuestro imbécil colectivo viene dando muchas muestras de idiocia pero acaso ninguna tan extravagante como la operación nacionalista de convertir una final de la Copa en una demostración de antiespañolismo y de desprecio por las instituciones y símbolos constitucionales­ más señeros. Cuando en Francia la hinchada se dedicó a silbar la Marsellesa en los estadios, Sarkozy dispuso, sin pensárselo dos veces, que allí donde se repitiera el caso fueran suspendidos los encuentros, y ya pueden imaginar cual sería la respuesta de la autoridad en los Estados Unidos si una masa dirigida tratara de reventar un acontecimiento nacional despreciando la bandera o insultando a viva voz al Presidente. Claro que las masas no surgen por generación espontánea sino cultivadas por las elites, se mueven no poco inercialmente agitadas por motivaciones ideológicas que les llegan desde arriba, como en este caso extremo de la final copera que ha contado con ese aliento nacionalista especializado en crear problemas donde no tiene por qué haberlos, para repetir la lamentable exhibición registrada en alguna ocasión anterior. Se invoca la libertad de expresión de las “aficiones” como si no fuera evidente que de lo que se trata es de una planeada estrategia de ciertos partidos políticos para transformar un acontecimiento deportivo de máxima difusión en un escándalo político, y eso no es más que deslealtad institucional, por más que no creo que resultara fácil convencer de eso al imbécil.

Estamos que nos caemos, vivimos momentos dramáticos y no sólo en el país sino en medio mundo, atravesamos una auténtica crisis de civilización tras la cual pocas cosas volverán a ser lo que eran, y en esa coyuntura fatal los nacionalistas no tienen mejor ocurrencia que soliviantar al imbécil colectivo y enviarlo a reventar la final de la misma Copa en la que participan y a la que aspiran. No hay maquiavelismo más despreciable que esta utilización de la masa, esa bestia elemental movida por el instinto y la sinrazón en que se convierten los individuos abducidos por las pasiones. Los manejan como quieren precisamente por eso.

La bicefalia, funciona

No sé si Griñán manda más que Valderas o es al revés, pero lo que recuerdo bien es que el segundo se comprometió por activa y por pasiva, antes de que le tocara la fabulosa pedrea electoral, a investigar en el Parlamento qué ha pasado en realidad con el “fondo de reptiles” para determinar, en la medida de lo posible, las responsabilidades políticas, pues de las penales se ocupa ya ejemplarmente la juez Alaya. Ha quedado claro que de lo que se trataba era de conseguir unos cargos bien pagados y que a ello ha quedado reducido el proyecto “regenerador” de IU. “Primun vivere deinde investigare”. El Vicepresidente de pacotilla le ha corregido la célebre máxima a Hobbes.

Crisis e infancia

En medio de este baile de millones que se pierden, se roban o se reparten, la actualidad de la crisis revela ahora la situación de los niños en medio de esa ingobernable galerna. En un informe de Unicef sobre “La infancia en España. El impacto de la crisis en los niños” acabamos de enterarnos que, salvo Rumanía y Bulgaria, somos el país que tiene en estos momentos más niños pobres como consecuencia del fracaso de las economías familiares. Nada menos que un 13’7 por ciento de los niños españoles es “muy pobre”, resultado muy lógico en un país en el que existen más de 700.000 familias sin ningún empleo entre sus miembros adultos y en el que los hogares que deben sobrevivir con un solo sueldo está muy por encima de la media europea y deben soportar, por si fuera poco, el peso de los “recortes” en materia de ayuda social. El Defensor del Pueblo de Andalucía, por su parte, acaba de detectar en su informe anual que, entre esos niños que son considerablemente más pobres desde hace unos años, prolifera más que apunta un nuevo tipo de niño maltratador que arranca psíquicamente de su incapacidad de asumir la bajada del nivel de vida impuesto por la crisis y, en consecuencia, de renunciar a ciertos lujos hoy imposibles de mantener. La pobreza infantil, sobre la que ya escribieron nuestros críticos del siglo XVII, no es hoy –en realidad no lo ha sido nunca– un fenómeno exótico, una realidad lamentable pero lejana, que simbolizaban de manera tosca aquellas huchas labradas como cabezas infantiles de otras razas tan propias de la antigua celebración del Domund en la que los niños satisfechos escenificaban por un día la liturgia de la solidaridad, y ni siquiera falta en nuestro propio suelo ese arquetipo del niño-esclavo que solemos imaginar ajeno a nuestro Primer Mundo. Sostiene Unicef que el nivel de la pobreza ha descendido unos mil euros y que los necesitados lo son cada día más, sobreviviendo como okupas de su propia miseria. Quienes ignoran esta realidad desde la trastienda de la crisis no tiene perdón.

La maravilla del caso es que nuestros niños pobres, a diferencia de esos infelices forzados a trabajar en minas, a prostituirse o a sobrevivir rapiñando en el basural, no se ven, sino que vivaquean en la penumbra de una sociedad que sigue siendo opulenta a pesar del cataclismo que soporta, raterillos murillescos que actúan de pícaros bien cerca de nosotros pero sin dejar rastro para que no se desvirtúe la culpa del adulto. Alguna vez le leí a Péguy que el mundo será juzgado por los niños, por el espíritu de la infancia. A este paso no le van a faltar cargos con que abrumarnos.

Política en la calle

No ha sido ninguna sorpresa que las diversas oposiciones hayan vuelto a tomar la calle, sobre todo para quien recuerde que lo mismo sucedió ya cuando ganó el PP, y que tanto Zapatero como Chaves –uno desde la Oposición y otro desde el Poder– encabezaron entonces sus manifestaciones contra el Gobierno legítimo. La libertad de manifestación es tan sagrada como el hecho de que la única política que hoy cabe en la Constitución vigente es la representativa y, en consecuencia, no es en la calle sino en los Parlamentos donde ha de desarrollarse la vida pública. Aparte de que contrasta este aluvión de protestas con el silencio mantenido durante dos legislaturas tanto por los sindicatos como por los ciudadanos. No van a parar y están en su derecho, pero es obvio que van por el camino equivocado.