El eterno retorno

No comparto ese reparo, en el fondo inquisitorial, que suele oponerse a las comparaciones del modelo democrático con el de la dictadura pasada. Si hay algo similar o entre uno y otro, pues, sencillamente es su reproducción o, sencillamente, un remake que provoca con vehemencia la sugestión del parecido. Tomen el modelo de coordinación de los llamados agentes sociales, por ejemplo, y comprobarán que, diferentes en cuanto quieran, en el fondo esa asociación vertical de Poder, sindicatos y patronos que ahora se llama “concertación”, coincide en lo esencial con la que practicaba en sus tejemanejes el nacional-sindicalismo, y estoy dispuesto a entender que esta observación resulte incómoda a algunos o a muchos, pero eso es lo que hay por más que se empeñen en negarlo. A pocos conocedores del “antiguo régimen” habrá escapado que el reciente añadido del control municipal a las funciones gubernativas propias de una delegación del Gobierno, es igualmente una reproducción del modelo que, desde la Restauración hasta esta democracia, rigió para definir a los gobernadores civiles. Y en fin, la peregrina ocurrencia de destruir la tradición patrilineal de imponer el apellido del padre al hijo para que los cónyuges puedan invertirlos si así lo prefieren, no es más que el mismo expediente al que el propio general Franco acudió para que su apellido no se perdiera tras un Borbón cualquiera. ¡Inventar a estas alturas lo que ya hizo el dictador sin el menor inconveniente registral! Por supuesto que, en esta como en otras providencias perpetradas en materia de “ingeniería social”, lo que el nuevo régimen busca no es tanto el efecto explícito como la conmoción emotiva a que normas tan desusadas han de provocar en la sensibilidad común, alejada con ello de problemas más acuciantes y angustias más perentorias, pero no somos pocos quienes creemos que estos malabarismos pueden no resultar veniales por más que contenten a ciertas minorías y a desconcierten a la opinión en general. El apellido es una cosa muy seria. Chateaubriand dejó escrito en sus célebres Memorias que prefería el suyo a cualquier título.

 

La propia expresión “ingeniería” aplicada a lo social o a lo económico no sólo resulta inquietante sino que está probado de sobra que resulta peligroso. Pero utilizarla como un recurso improvisado para distraer la atención de una sociedad en apuros me parece ya indecente. Por no hablar de los trastornos de mayor cuantía que esos malabares pueden causar en la organización básica de lo social, singularmente en la familia. Lo del apellido, por ejemplo, supone una vuelta al neolítico. Lo que no tengo claro es si deliberada o circunstancial.

La oca de la Junta

La Junta ha decidido pelotear su propia deuda de sí misma a sí misma, aunque mediante la ficción de empresas públicas interpuestas para dar el pego: le vende a esas empresas propias sus sedes, hace caja con ello y, de ese modo, ya no es ella la que debe sino las compradoras, o sea, ella misma, no sé si me explico aunque me temo que no. No había visto yo –y he visto mucho—un recurso semejante ni una mentira administrativa tan gorda, y desde luego lamento que aquí no haya un Tribunal de Cuentas como la gente en lugar de una Cámara amigable.

Edipo en la Pampa

Ya estamos otra vez con la misma imagen, la señora del presidente encaramada al sillón que fuera del marido, la vieja pulsión argentina por la hembra poderosa que ha hecho que muchos de sus psicoexpertos hayan hablado tantas veces del edipismo nacional. Ahí está otra vez la viuda con sus lutos, las lágrimas atrailladas por la voluntad de poder, el rescoldo romántico recalentando el subconsciente en busca de un país que sea como un hogar y un hogar que, como la mayoría, funcione en régimen de matriarcado. Escucho a un disidente porteño escribir que este hembrismo presidencial debe de tener raíces mucho más hondas y ancestrales que las del peronismo, o sea que éste no habría sido, al fin y a al cabo, sino un cauce para aguas más antiguas, acaso en relación bachofeniana con la organización migratoria y espejo oculto en ella de su matriarcalismo. Cualquiera sabe, pero parece razonable pensar que el peso excepcional de la mujer en la gran política argentina no puede obedecer a unas circunstancias casuales y menos a la broma ésa (parece que atribuible al círculo elitista del primer Borges) sobre la paradójica pulsión calzonaza de un pueblo sobrado de testosterona. Lo de Edipo es siempre más sutil, más convincente, porque opera en un plano íntimo, en todo caso inconfesable, y podría funcionar como el bramante que engarza las piezas de una compleja sentimentalidad hasta formar un collar presentable. Evita fue un mito, Isabelita una mala leyenda, las “chiches” unas marujonas listas, esta Cristina –con su radicalismo banal y sus huellas de liftings– un fotograma de telenovela. El país de los gauchos y los milicos, la patria del hombre de la esquina rosada, el solar del tango no serían, en definitiva, más que la fachada de un pueblo enmadrado con ciega voluntad de seguir siéndolo. Dicen que a la cámara de Cristina se pasaba por el antedespacho de su marido. ¿Y qué? El edipismo tiene sus vueltas y revueltas como todo laberinto.

Es verdad que estas reinonas no son ya lo que fueron las grandes sátrapas de la Historia y que hay mucha distancia no sólo entre Cristina, sino entre la propia Evita y Catalina la Grande o Isabel Tudor, grandes en sí mismas, y no por los hombres sino a pesar de ellos. Hoy, por ejemplo, hay ya demasiada gente que duda de la capacidad real de la actual viuda y no poca que empieza a rumiar quién será el marionetista que, agazapado tras el bululú, maneje los hilos de su destino, quizá porque ni se conciba la regencia auténtica de la mujer en quien hasta ahora no ha sido, en última instancia, más que la hembra a la sombra del poder. Edipo nunca ha creído en Yocasta por más que la utilice.

Más pasta

BOJA 215, de 3 del corriente: subvenciones largándole cuatro millones y medio a CCOO y otro tanto a la UGT. Debe de ser el pago a los servicios prestados, pero ayer había oficinas públicas a punto de estallar al ver en tanta dadivosidad un signo inequívoco de connivencia entre la Administración y sus representantes. Es posible que los sindicatos no se estén dando cuenta de que acarician el fin de sus días entre el funcionariado, un sector más atento e informado, como es natural, que otros más fácilmente camelables. Más pasta, en todo caso, que es de lo que se trata. Hace tiempo que aquí no hay más dios que el becerro de oro.

Leyendas negras

Tropiezo todavía en las librerías venecianas con la tragedia inacabada de Simone Weil “Venezia salva”, frustrado y conceptuoso intento de remover de nuevo el tema de la llamada “conjura de los españoles”, epopeya siniestra y tan injustamente divulgada que hasta ha llegado a ser identificada erróneamente en Italia por cierto autor de nota con la obra de título parecido que Larra criticó a Martínez de la Rosa y que, en realidad, no se refería a aquellos hechos del XVII sino a otro bien conocido del XIV. Weil, esa musa de la derecha francesa cuya fama no cumple ya los cien años, vuelve a las andadas románticas de atribuir la famosa “conjura” a los españoles , como propuso en su tiempo Saint-Réal y mantuvieron luego Otway, Goethe y, ya antier como quien dice, Hugo Hoffmannstahl, y como si no estuviera ya bastante claro a estas alturas que aquella infamia debió ser obra que la propia Serenísima atribuyó a la España de Felipe III y, en concreto, al duque de Osuna y al marqués de Bedmar, virrey de Nápoles y embajador en Venecia respectivamente. Nada tan cómodo como seguir la pendiente romántica que en este tema carga al antiespañolismo de antier y de hoy lo que podríamos decir que no fue sino un incidente más en la guerra entre el ideal del feudalismo hasbúrgico y la noción mercantil de la vida y las relaciones que practicó siempre aquella que Goethe llamó “república de castores”, una nación en plena decadencia desde el momento mismo en que España, en efecto, abrió al mundo el camino de Occidente, dando a la hegemonía mediterránea el golpe de gracia. Weil no quiere saber nada de la notoria posibilidad de que aquella orgía de nervios y sangre no fuera más que un carnaval siniestro organizado por los dogos con mercenarios hugonotes franceses, y se aferra, como digo, aunque ciertamente sin concreciones innecesarias pero también sin cambiar de registro, a esa visión romántica que brinda el lado humano de los conspiradores. La leyenda negra fue siempre un buen negocio, incluso manejada con el tacto con que lo hace esta dama que debía saber de sobra de qué iba la vieja película.

La inquina de Quevedo, enemigo íntimo de lo veneciano (lean “El sueño de la muerte” o “Lince de Italia, entre otras obras) y presunto cómplice de aquellos hechos, no era en el fondo más que ingenua propaganda imperial, y eso era posible porque España no había superado su aristocrático complejo de la superioridad del ocio y de la fuerza, tan denunciado por nuestros “arbitristas”. El caso fue que una mañana aciaga dos pringaos aparecieron ultimados entre las dos columna de San Marcos y que muy probablemente ni ellos mismos llegaron a saber nunca por qué les daban matarile.

Sexo y política

Vean a las mujeres del feminismo de nómina (las del Instituto Andaluz de la Mujer) alinearse con las radicales que andan diciendo que el uso del burka no tiene nada de diferente con el del hábito monjil. Escuchen al presidente Griñán (“¡Llamadme presidenta…!”, ya conocen su invitación) hablar de inyecciones de testoterona por referencia a la decisión de ZP de romper la paridad, como si esa chorrada fuera ya una norma forzosa en un gobierno democrático. Simple ruido. Estos excesos pueden perjudicar la causa razonable del ascenso femenino pero son en sí mismos incapaces de producir beneficio alguno. Con la que está cayendo, además, ese ruido no deja de ser lamentable además de idiota.