Rectores regidos

Los Rectores Magníficos anteriores a la democracia eran, salvo eximias excepciones, funcionarios de la dictadura. Los actuales, también con sus excepciones, suelen ser comisarios de la Junta regional. El flamante de la Universidad de Sevilla, por ejemplo, dio un cante que para qué con un discurso de investidura que no hubiera superado el propio Consejero, un auténtico mitin contra el Gobierno de la nación que ahora acaba de repetir acusándolo de la ruina que van a provocar sus recortes. No debe de acordarse ya de la ruina en que metió a su Universidad, siendo él Vicerrector, esa biblioteca fantasma que ahora habrá que derribar por orden de la Justicia, ni de lo mal que quedan, no sólo la suya, sino todas nuestras universidades en el ránking general. Hay que mejorar nuestra “alma mater”, empezando por despolitizarles la cabeza.

Ricos presos

Hasta hace poco aquí raramente habíamos visto a un rico entrar en la cárcel. Ha sido el Estado de Derecho el que ha llevado al trullo a altos políticos y magnates de las finanzas, descubriéndoles un panorama inimaginable para ellos. Es verdad que aquí no hace falta, como en USA, el concurso de empresas especializadas en adecuar la vida del rico preso a las duras circunstancias carcelarias, porque para eso está el sentido, tan nuestro, de la protección de los altos a los que enseguida se le buscan celdas apartadas, compañeros modélicos y se les dota de tele y ordenata para que su contacto con el exterior no se vea interrumpido de golpe. Barrionuevo, Vera, Mariano Rubio, Mario Conde, el ex-general Galindo y demás convictos de altura no han tenido necesidad -¿o sí?—de mantener a un matón encargado de su custodia, pero sin duda ha aprendido en la cárcel muchas de esas cosas exclusivas de la trena que un tipo como Madoff, el gran estafador de millonarios, ha contado y entre las que se cuentan la maña para barrer un la celda propia, fregar la cafetería, pagar a un propio para que lave la ropa, ignorar a los compañeros en la ducha, jamás responder a una provocación y, en definitiva, aceptar la norma interna de ese mundillo sin rechistar. Los asesores americanos se esmeran lo primero en enseñar al preso al argot carcelario, pero también en hacerles comprender que, tal como ocurre fuera, dentro de la prisión todo se compra y se vende o revende. Nada de sentirse superiores, menos aún de intentar sacar beneficio propio de las situaciones: la cárcel, como la muerte, a todos iguala en último término. Sólo los golpistas del 22-F tuvieron el privilegio de que, a pesar de todo, la tropa de servicio los saludara al paso o los diera su antiguo tratamiento, cosa que parece que encantaba a Tejero. Hay gustos para todo.

Con la crisis han proliferado esas amigables consultoras que llevan nombres tan rotundos como “Federal Prison Alternatives” o “Executive Prison Consultants” y son gestionadas por antiguos pringaos. Pero no en España, donde aún se protege como es debido al rico indefenso y se hace la vista gorda al pasarle revista a su celda. Allá los yanquis con sus extravagancias. Nosotros sabemos de sobra que los reglamentos están hechos para los hombres y no los hombres para los reglamentos (variante evangélica, por cierto). Pero la cárcel es dura siempre. Antonio el Bailarín, encarcelado en Arcos por blasfemia, declaró que se le caía el pelo “a puñados” en el encierro y Conde ha visto cara a cara en él al mismísimo Paráclito. Tendría que haber cárceles adecuadas al rango del preso. Nos evitaríamos alopecias y epifanías.

Política callejera

No sabemos si la manifa sindical del domingo ha sido un éxito o un fracaso: depende de que creamos a los organizadores o a la policía. Y ya se anuncian otras que, sin duda, contribuirán al perjuicio de nuestra imagen que a beneficios reales. Los sindicatos van a lo suyo –y más desde que este Gobierno ha decidido cerrarles la manguera por la cosa de la austeridad—pero tendrían que pensar si esa actitud supone un obstáculo añadido al enorme esfuerzo nacional, realmente a cambio de bien poco o incluso de nada. De todas formas la política se traslada a la calle hasta nuevo aviso convocada por los mismos que durante el último quinquenio no han abierto la boca. Es la vía griega, sencillamente, y ya sabemos por dónde la ha salido a Grecia sus demostraciones.

Volver al trueque

Lo más significativo que se ha derivado de la crisis no ha sido la idea, de momento extremista, de pinchar el euro y volver a las viejas monedas europeas. Hay por ahí, en lugares tan alejados entre sí como México, Inglaterra o EEUU, intentos de escapar a sus terribles efectos sustituyendo el mercadeo convencional por el trueque ancestral que permita un respiro y un margen a los productores más empobrecidos. Los antropólogos hablan de una ruta olvidada que penetraba en Eurasia para comerciar cambiando productos exóticos por ciertas conchas –la chiprea litoralis—a las que remotas liturgias funerarias habían revalorizado en las regiones interiores, pero la idea de que el dinero supone un avance civilizatorio que nos situaría muy por encima de las circunstancias en que vivieron nuestros ancestros hace tiempo que es general. “Nunca hemos visto un perro tratar con un semejante para intercambiar un hueso”, decía ya Adam Smith en su obra capital, y sin embargo, en algunas aldeas totonacas hay indígenas habituados a mercadear con una moneda comunitaria, el “túmin”, que les sirve dentro de su propio mercado, tal como ocurre con las suyas en ciertas comarcas yanquis o griegas. Existen varias localidades británicas –Totnes, Lewes o Stroud—que cuentan con su divisa propia, pero ninguna entre ellas ha alcanzado la inquietante popularidad de la llamada “libra de Bristol” que mantiene en circulación 65.000 billetes avalados por un banco y el propio concejo local, con la intención de agrandar las posibilidades de un comercio más justo, y en  la idea, además, de que valerse de una moneda autónoma garantiza que una parte del control de la actividad económica será recuperada por las propias comunidades. El hambre aguza el ingenio, no cabe duda, y ahí tienen a los del Fisco inglés devanándose la sesera en su intento de cortar ese desafío que, una vez admitido su uso por Internet, amenaza con extenderse incómodamente. André Malraux decía que nada anima tanto el patriotismo de los pudientes y de los políticos como la amenaza de unas vacas flacas.

No creo que volvamos alguna vez al uso del trueque sistemático, sino más bien que el carácter virtual del dinero será cada día más intenso y su valor más autónomo aunque sólo sea porque el hombre, como sabía Cassirer, es un animal simbólico ante todo y sobre todo. Los tudescos que añoran el marco alemán, los celtíberos que añoran la peseta, no saben hasta qué punto están ya encadenados al euro, esa medida artificial de su ambición, y sometidos a sus impredecibles vaivenes. Yo le diría al padre Smith que tampoco yo me imagino a un “sapiens” cambiando un solomillo por unas zapatillas deportivas.

Derecho a mentir

Primero fueron los asesinos de la muchacha sevillana cuyo cuerpo hicieron desaparecer como por encanto un puñado de niñatos evidentemente asistidos por nquién sabía de que iba la vaina. Luego ha aparecido en escena ese padre que dice que “extravió” a sus hijos en un parque cordobés pero en cuyos testimonios el juez advierte contradicciones insalvables que su abogado justifica con el mal argumento de que el imputado en un procedimiento penal tiene “derecho a mentir”, tópico que, tristemente, es ya de dominio común en la opinión desinformada. Y no es así. Lo que nuestra normativa vigente concede a un imputado es su derecho a no declarar, si no quiere hacerlo, y, por supuesto, el de no declararse culpable, faltaría más, pero no el de mentir deliberadamente, hasta el punto que si de esa mentira se derivaran daños por ejemplo económicos al erario público–que es lo que ha ocurrido en los dos casos mencionados—cabría exigirle al mentiroso en la vía civil su resarcimiento. Aquí se han visto .demasiadas películas yanquis con delincuentes acogiéndose a la famosa Quinta Enmienda, pero no se ha reparado en que si esta norma deja al acusado la facultad de callar, en el caso de que declare tendrá que decir la verdad y sólo la verdad dado que, en otro supuesto, se le añadiría a su presunta pena por el delito imputado el de falso testimonio. No, no existe el “derecho a mentir”, como es lógico, por más que Erasmo pensara que el hombre tiene una tendencia natural a la mentira, sino únicamente el de no incriminarse, ya que quien lo acuse debe probar su acusación. Ni la policía ni los tribunales pueden convertirse en instancias pasivas de los caprichos de los “presuntos” más allá de aquellos derechos a la cauta discreción. Quien le miente al juez a sabiendas no es trigo limpio. Pero, sobre todo, no tiene “derecho” alguno al engaño. Es una lástima que haya que aclarar cosas tan elementales a estas alturas.

Me consta que ha habido sobre la cuestión más de un debate jurisprudencial sin que en ninguno de ellos se alcanzara un claro consenso sobre el particular. Pero esa demostración de garantismo no debe equivocar a una opinión ya suficientemente desmoralizada. ¿No está al alcance de cualquiera comprender que un “derecho a mentir” supondría un disparate jurídico? Hay que pedir a nuestros tribunales tanto como a nuestros forenses que no desvirtúen esa lógica implacable que rige el Derecho con imágenes tan desmoralizadoras como ésa­. La Justicia no puede convertirse en un trile con ventaja para el más tramposo ni los contribuyentes tienen por que sufragar los gastos provocados por los trileros. Pascal decía que la mentira es el infierno de la Justicia. Uno, simplemente, invoca al sentido común.

Guardar la ropa

El copresidente “in pectore”, Diego Valderas, ha dicho públicamente que si las imputaciones de la juez que instruye el procedimiento de los ERE fraudulentos y las prejubilaciones falsas alcanzase al otro copresidente, José Antonio Griñán, éste “tendrá que asumir sus responsabilidades”. ¡Vaya,  hombre, favor que usted nos hace y hace a la Justicia, pues no faltaría más que defendiera una hipotética impunidad para su socio! Si la apuesta del PSOE es temeraria, desde luego la de IU, dadas las circunstancias, no le va a la zaga. ¿Se imaginan lo que será una legislatura con un consejero de la anterior en la cárcel y con una eventual imputación del Presidente a la vista? Valderas guarda la ropa porque tiene prisas, pero lo va a tener crudo para no aparecer como cómplice de ese gran escándalo.