Pepe

Hay que ver lo malamente que habla el copresidente Valderas aunque sea explicable por su biografía. Y lo bien que lee y perora el portavoz Jiménez teniendo en cuenta que nunca aprobó primero de Derecho. Lo que a muchos nos incomoda es que al copresidente José Antonio Griñán le llamen mil veces Pepe en los discursos, aunque, ciertamewnte, peor sería que le llamaran “Presidenta” como él pidió una vez en un mitin feminista. Valderas no desaprovecha la ocasión de hablar de “cogobierno” y Griñán de tragarse el sapo una y otra vez. Y ello porque un cogobierno entre dos partidos que han sido enemigos toda la vida hasta hace un mes, no se lo creen ni ellos. Funcionará, al menos  de momento, porque a los dos les va en ello el condumio. Luego ya veremos. La imagen de un camión cuesta abajo y sin frenos con cuatro manos al volante es como para tentarse la ropa.

El verdugo curioso

Una violenta reacción social ha forzado a los subasteros parisinos del Hôtel Salomon de Rothschild a suspender su anunciada puja de la colección personalísima del último verdugo francés, Fernand Meyssonnier, que fue ni más ni menos que el capo de los verdugos que actuaron en Argelia durante el conflicto de la independencia.  He visto desconcertado el singular  catálogo del evento, y he escuchado a la hija del canalla proclamar que, contra la idea probable de que su padre  –autor comprobado de 198 ejecuciones– fuera un una persona “effroyable”, un verdadero monstruo, la realidad es que es un hombre sensible, jovial, entusiasta y tenaz en cuanto se propone que, eso sí, declara sin inmutarse que la legitimación precisa para eliminar a esos justiciables es tan simple como la que nos faculta para eliminar piojos aplastándolos con el pulgar. Monsieur Meyssonnier está orgulloso de su pasado, se dice trasnieto del sayón que decapitó a María Antonieta y sobrino del último que, no hace tanto,  manejó la guillotina en su país, y ha logrado reunir un repertorio de instrumentos de tortura –una soga dedicada, una bañera que se usaba para depositar las cabezas cercenadas, un cesto para transportarlas, un “estruja-manos”, una “poire d’angoisse”, un collar con pinchos, una picota o una máscara opresiva– repulsivo repertorio por la adjudicación del cual la familia pensaba obtener no menos de 200.000 euros, hasta que el Gobierno, abrumado por las protestas, ha decidido ejercer su derecho de tanteo y reservar ese muestrario horripilante para el patrimonio histórico.  Siempre tuvo el verdugo su lado imponente en el expositor de la fama. Esa minerva ilustrada y espléndida de la reacción, Joseph de Maistre, lo consideraba nada menos que la piedra angular de la sociedad. Seguro que Fromm nos lo explicaría sin despeinarse.

Nunca sabremos, por más vueltas que le demos, si el hombre, considerado en abstracto,  es bueno o malo por naturaleza, no apostaría yo mis cuartos ni por Hobbes ni por Rousseau, ahora bien, a medida que paso mis años más me convenzo de que una íntima fibra sádica va incluida en el ADN de la especie, o sea, que la maldad ni es la regla ni es la excepción, pero anda por ahí en medio aguardando su  momento. En USA ha pasado de costumbre a derecho la asistencia a las ejecuciones en las que los allegados y deudos de la víctima tienen sitio reservado, junto a los periodistas acreditados y algún  que otro curioso con influencias. ¿Qué animal asistiría impávido al suplicio de sus congéneres? El hombre no sólo asiste sino que es capaz de pujar, en una subasta, por los avíos de matar.

Mundo al revés

Muchas risas y gestos contenidos acogieron ayer la afirmación del futuro co-presidente  Griñán de que los ciudadanos andaluces “han valorado positivamente” la actitud de su Junta ante el tremendo escándalo de los ERE y las prejubilaciones falsas. No explicó bien la causa de los nueve escaños que ha perdido aunque, dada la magnitud de la anterior valoración, tampoco era cosa de esperar nada más ilustrativo. ¡Quién le iba a decir a él que co-gobernaría de la mano de Valderas, que es quien, en última instancia, tendrá toda decisión en su mano mientras dure –que no parece probable que sea mucho—esta legislatura bicéfala! Ni Valderas pudo soñar nunca tan sonriente destino ni Griñán mayor humillación.

Mover montañas

El presidente Lula da Silva ha recurrido para la curación de su cáncer de laringe a un curandero que, cerca de Brasilia, se ha convertido en una figura popular que recibe miles de ingenuos cada día en busca de su curación. El sanador se llama Joao de Deus, es adepto de una secta decimonónica que cuenta hoy en Brasil con tres millones de fieles, y realiza sus sesiones recibiendo mayestáticamente a sus clientes a los que luego interviene, sin anestesia ni asepsia alguna siquiera, armado de un bisturí, una tijeras y, en  muchos casos, con un simple cuchillo de cocina con el que acomete incluso intervenciones oftalmológicas cuyo éxito él atribuye al poder recibido de Dios y en modo alguno al mérito propio. A uno no le sorprende nada el caso si ha visto en Brasil alguna sesión de umbanda o se ha detenido en plena carretera a contemplar las ofrendas que la superstición hace a los espíritus que se suponen encarnados en determinados árboles y excuso decir si ha tenido ocasión de participar, aunque haya sido contemplativamente, en un aquelarre vudú. Y menos todavía si sabe que nuestros propios responsables últimos han sido fieles a esa ilusión, desde el Hitler que consultaba los arcanos para decidir sus estrategias a la crédula Nancy Reagan que metía a los brujos por la puerta de atrás de la Casa Blanca, pasando por las sesiones que es fama que los Perones se traían en su residencia madrileña de Puerta de Hierro y en las indefectiblemente actuaban de oficiantes la enigmática Isabelita y el calavera del brujo López Rega, el alma retorcida que inventó la Triple A. En todas las épocas los reyes y no menos los políticos de primer orden han confiado mucho en curanderos, alquimistas, augures y charlatanes, lo que no deja de constituir un severo elemento a la hora de cuestionar el propio montaje del Poder y tal vez también a la de entender a fondo no pocas providencias extravagantes de los poderosos. Lula, marxista y mágico, no es una excepción a la regla sino todo lo contrario.

La secularización progresiva de las sociedades postmodernas lubrica su incómoda estructura psíquica con este viejo bálsamo de la credulidad, no sólo por aquello de que el hombre es un animal mítico, como dijo Cassirer y sabía de sobra Lévi-Strauss, sino porque su mentalidad deriva de manera natural, como por una cómoda pendiente, hacia el misterio del que proviene. La credulidad es capaz de hacer milagros que la impostura no podría ni imaginar. A la hora del desamparo todo vale. “Credo quia absurdum”, creo porque es absurdo, se atribuye a san Agustín. No vamos a pedirle a Lula más coherencia que al genio de Tagaste.

Rectores regidos

Los Rectores Magníficos anteriores a la democracia eran, salvo eximias excepciones, funcionarios de la dictadura. Los actuales, también con sus excepciones, suelen ser comisarios de la Junta regional. El flamante de la Universidad de Sevilla, por ejemplo, dio un cante que para qué con un discurso de investidura que no hubiera superado el propio Consejero, un auténtico mitin contra el Gobierno de la nación que ahora acaba de repetir acusándolo de la ruina que van a provocar sus recortes. No debe de acordarse ya de la ruina en que metió a su Universidad, siendo él Vicerrector, esa biblioteca fantasma que ahora habrá que derribar por orden de la Justicia, ni de lo mal que quedan, no sólo la suya, sino todas nuestras universidades en el ránking general. Hay que mejorar nuestra “alma mater”, empezando por despolitizarles la cabeza.

Ricos presos

Hasta hace poco aquí raramente habíamos visto a un rico entrar en la cárcel. Ha sido el Estado de Derecho el que ha llevado al trullo a altos políticos y magnates de las finanzas, descubriéndoles un panorama inimaginable para ellos. Es verdad que aquí no hace falta, como en USA, el concurso de empresas especializadas en adecuar la vida del rico preso a las duras circunstancias carcelarias, porque para eso está el sentido, tan nuestro, de la protección de los altos a los que enseguida se le buscan celdas apartadas, compañeros modélicos y se les dota de tele y ordenata para que su contacto con el exterior no se vea interrumpido de golpe. Barrionuevo, Vera, Mariano Rubio, Mario Conde, el ex-general Galindo y demás convictos de altura no han tenido necesidad -¿o sí?—de mantener a un matón encargado de su custodia, pero sin duda ha aprendido en la cárcel muchas de esas cosas exclusivas de la trena que un tipo como Madoff, el gran estafador de millonarios, ha contado y entre las que se cuentan la maña para barrer un la celda propia, fregar la cafetería, pagar a un propio para que lave la ropa, ignorar a los compañeros en la ducha, jamás responder a una provocación y, en definitiva, aceptar la norma interna de ese mundillo sin rechistar. Los asesores americanos se esmeran lo primero en enseñar al preso al argot carcelario, pero también en hacerles comprender que, tal como ocurre fuera, dentro de la prisión todo se compra y se vende o revende. Nada de sentirse superiores, menos aún de intentar sacar beneficio propio de las situaciones: la cárcel, como la muerte, a todos iguala en último término. Sólo los golpistas del 22-F tuvieron el privilegio de que, a pesar de todo, la tropa de servicio los saludara al paso o los diera su antiguo tratamiento, cosa que parece que encantaba a Tejero. Hay gustos para todo.

Con la crisis han proliferado esas amigables consultoras que llevan nombres tan rotundos como “Federal Prison Alternatives” o “Executive Prison Consultants” y son gestionadas por antiguos pringaos. Pero no en España, donde aún se protege como es debido al rico indefenso y se hace la vista gorda al pasarle revista a su celda. Allá los yanquis con sus extravagancias. Nosotros sabemos de sobra que los reglamentos están hechos para los hombres y no los hombres para los reglamentos (variante evangélica, por cierto). Pero la cárcel es dura siempre. Antonio el Bailarín, encarcelado en Arcos por blasfemia, declaró que se le caía el pelo “a puñados” en el encierro y Conde ha visto cara a cara en él al mismísimo Paráclito. Tendría que haber cárceles adecuadas al rango del preso. Nos evitaríamos alopecias y epifanías.