Paripé

¿No se comprometió IU a que las comisiones parlamentarias de investigación no podrían ser vetadas? ¿Y no se comprometió a abrir esa comisión antes de aceptar un pacto de Gobierno? Pues a esos compromisos añade ahora el de que IU “no descarta citar absolutamente a nadie”, aparte de afear al PSOE que trate de inmiscuir al Gobierno en esa investigación de la Cámara. Corto me lo fiais, porque es obvio que las peticiones de comparecencia de los dos Presidentes será lo primero que ponga sobre el tapete la verdadera Oposición. Difícil lo tiene la coalición para seguir de socios en un gobiernillo si alguno de ellos sale mal parado en la Cámara, pero peor lo tendrá si la juez decide algún a vez imputarlos directamente dejando en evidencia al paripé parlamentario.

Señores y caciques

Es hoy ya un lugar común que nuestros políticos actúan como caciques. Hablamos de un nuevo cacicato que no se diferencia gran cosa del viejo y que ha sabido apoderarse del común como lo hiciera el romanonesco pero en el que, salvo rarísimas excepciones , ha desaparecido la figura de eso que ahora se llama el “emprendedor”. Leo de un tirón la historia de uno de aquellos próceres que logró transformar una desolada aldea en uno de los pueblos más florecientes de la provincia sevillana, empezando por urbanizar su caserío de calles terrosas para acabar una impresionante tarea económica que no sólo racionalizó su agricultura sino que, con raro empeño, logró industrializarla como quien levanta un hito en medio de un erial de subsistencia agraria. Así, entre la antigua monarquía y el franquismo pasando por la dictadura de Primo de Rivera, aquel hombre incansable adoquinó adecentando el pueblo, superó la temible filoxera importando viñas americanas, edificó un barrio de alquiler con opción de compra para las familias modestas a las que proveyó de tierras de cultivo en un amplio predio recién parcelado o abrió tierras improductivas para transformarlas en olivar o en pagos de pan llevar, instaló una factoría para elaborar aceituna rellena que exportaba a los EEUU, una fábrica de electricidad para abastecer ocho o nueve pueblos aljarafeños, y otras para la obtención de orujo o de jabón, además de un aserradero de madera. En 1922, aquellos ingenios industriales le costaron al prócer 1.500.000 pesetas y pagaban  anualmente un millón de pesetas en jornales. Valoren ustedes mismos la diferencia entre algunos de aquellos benefactores y la cuadrilla de ganapanes que ha dado de sí el feudalismo rapaz y ensimismado que hoy nos aflige.

El pueblo al que me refiero era Pilas y el hombre que hizo todo eso, don Luis de Medina y Garvey. El concejo solicitó para él en su día el marquesado local, pero él lo rechazó y siguió siendo hasta su muerte un incansable “emprendedor”, una especie de “regeneracionista” de la recova de Joaquín Costa y Lucas Mallada. La muerte le sorprendió repoblando de pinos los eriales de su alfoz, seguro de que no llegaría a verlos pujantes pero confiado en que un día lejano la posteridad habría de disfrutarlos. El caciquismo que a nosotros nos ha tocado vivir carece de esa dimensión “emprendedora”, y mucho me temo que encaje mal en el paradigma “ilustrado” que fue la razón última de aquellos “señores”. Ésta es una “edad de hierro” como la que entrevió Hesíodo y fraguó Canóvas anticipándose al futuro. Hay que manejar con cuidado los conceptos históricos, empezando por no confundir a los señores con los caciques.

Darlas y tomarlas

No se puede aplaudir a las policías y a la Justicia cuando dan la razón a uno y lanzarse a desprestigiarlas cuando cuestionan sus intereses. La reacción de la Junta contra la Guardia Civil por haber recogido en su Informe a la juez de los ERE y las prejubilaciones falsas datos incomodísimos para los mismísimos Presidentes de la Junta ha sido y está siendo desmesurada e impropia, e incluye descalificaciones intolerables que prueban su escasa asunción del principio de separación de poderes. ¿Qué quieren que se aporte a esa investigación que ha demostrado ya de manera incontrovertible el uso ilegal del dinero público en un montaje, conocido de sobra por la cúspide de la Administración, que ha funcionado durante más de una década? Se comprenden los nervios pero no que desde lo más alto se intente romper la baraja. ¿De qué tienen miedo, además, si están tan seguros de la inocencia de los Presidentes? El tiempo pondrá a cada uno en su sitio como ya ha ocurrido tantas veces.

Anchas mangas

Recuerdo muy bien con qué denuedo se defendían desde la política los primeros casos de corrupción (¡y los últimos!) con el dudoso argumento de su excepcionalidad. Es la naturaleza humana –se decía–, la propia condición del hombre, la que mancha un sistema bajo su exclusiva responsabilidad, proyectando la obra de “cuatro golfos”  en una falsa imagen de corrupción generalizada. La experiencia nos ha demostrado que esa excusa era por completo incierta y que de lo que, en efecto, se trataba era de una epidemia generalizada y, tras ella, de una crisis moral que era en sí misma pródromo de la económica. Lo vamos entendiendo cuando ya es tarde y recorremos temerosamente el bordo del acantilado, cuando ya no es posible mantener esa componenda ética a la vista del fracaso mayúsculo que hemos experimentado. ¿Acciones singulares perpetradas por una minoría corrupta? A ver cómo sostener ya la vieja tesis, cuando tenemos o hemos tenido bajo sospecha al propio presidente del Tribunal Supremo, a un ex–ministro de Obras Públicas, a un ex-presidente de las Cortes, a un ex–presidente de una autonomía, a consejeros varios, a grandes gestores de la banca y a un montón de ediles sospechoso o imputados todos ellos de muy diversas corrupciones, por no hablar de lo que aún está en trámite. ¿Casos aislados? España entera es hoy un albañal en el que sobrevive estupefacta e indignada una masa a la que tal vez haya que reprochar su indiferencia moral ante la escalada golfa de las corrupciones, ese gravoso lastre que agrava nuestra situación casi desesperada. No se le puede pedir sacrificio máximo a un país que se entera diariamente de que los banqueros fracasados se van forrados y de que los máximos responsables de su vida pública están bajo sospecha, por más que se les trate con guante de seda. España entera es hoy el Puerto de Arrebatacapas y nuestra democracia un sistema malherido al que va a costar Dios y ayuda devolverle su dignidad.

Pero hay que insistir en la alícuota de culpa que corresponde a una sociedad tolerante que vota una y otra vez a los corruptos y mantiene en torno a la pandilla política la cataplasma de una tibia comprensión apenas compensada con algún desahogo ocasional. La democracia exige una pedagogía rigurosa que aquí hemos omitido hasta que nos hemos tropezado con todo un Presidente del TS dando excusas a la muchedumbre sin más ni menos dignidad que cualquier galopín en apuros. Hemos tocado fondo, probablemente, inconsciente de que la tormenta financiera y el desastre que nos abruma no es más que la consecuencia de una crisis moral que viene de lejos y que, como es obvio, no han de ser los corruptos quienes la diagnostiquen.

Malos consejeros

Los nervios son malos consejeros. Lo estamos comprobando cada vez más a medida que la juez Alaya va desgranando autos a cual más inquietante. Tras el último, en el que mandaba parar la instrucción un par de meses para estudiar con pausa el tremendo informe de la Guardia Civil que apunta a la cabeza de la Junta, los nervios se han desatado en esa granizada de disparates con que los “griñaninis” han obsequiado a la magistrada y a la Benemérita tratándolos de Inquisición. Poco tendrán que alegar cuando recurren a la figura de siempre, aparate de que vaya idea de la Inquisición que tienen los “griñaninis”. Se les hacen los dedos huéspedes y no saben por dónde escapar de un cerco cada día más cerrado, pero con tratar de desacreditar a la Justicia a la policía judicial no van a ninguna parte. Griñán y Chaves están tocados y los mindundis en el alero.

Vuelve el caníbal

Los antropólogos no acaban de ponerse de acuerdo sobre las razones de fondo del canibalismo. Ahí andan todavía las tesis –la de André Soustelle sobre la antropofagia azteca, por ejemplo—sosteniendo que el canibalismo se explica simplemente por la escasez de proteínas cárnicas y que, en consecuencia, los pueblos caníbales iban a la guerra como el que va al supermercado. Después de la historia de Annibal Lecter se ha abierto camino la hipótesis de que sólo el trastorno mental puede dar sentido a una práctica que, como es bien sabido, proviene de los orígenes de la Humanidad, e incluso hay países, como Japón, en los que comerse al prójimo no está tipificado hoy como delito en el Código Penal. Allí acaba de descubrirse la odisea de un artista, un tal Mao Sugiyama, que ha ofrecido a cinco clientes sus atributos debidamente condimentados por el módico precio de 20.000 yens, vamos, unos 200 euros, pero más allá de la anécdota debe tratarse de una epidemia porque, casi simultáneamente, un drogata enteramente colgado ha debido ser reducido a tiros por la policía de Miami cuando lo descubrió devorando a un compañero de piso, mientras desde China nos llega la nueva de que un majara desaprensivo ha vendido como carne de avestruz los cuerpos despiezados de un par de docenas de jóvenes que se creían desaparecidos. Por su parte, circula por la Red un informe de un instituto oficial según la cual puede que la hambruna que aflige al país coreano desde hace años sea la causa de los frecuentes casos de antropofagia registrados por la misma autoridad que se niega a recibir ayuda extranjera por considerarla contraria a su dogmática política.
En el fondo regresivo de “sapiens”, acaso agazapado en el cerebro reptiliano, subyace el salvaje primordial a duras penas controlado por la convención. Claro que hay mucha antropofagia disfrazada culturalmente de negocio o trato, en esta sociedad desigual –cada día más desigual—empeñada en dar la razón a la máxima que Hobbes le plagió a Plauto, y en quitársela al Rousseau visionario deslumbrado por las leyendas del “buen salvaje” que le llegaban desde los Mares del Sur. Esta crisis, sin ir más lejos, está siendo un gran festín preparado en la cocina de la ingeniería financiera, ese antro pantagruélico que transforma en nutriente cuanto cae por sus fogones. El prójimo es un manjar tabú que las oportunidades críticas han vuelto comestibles a lo largo de toda nuestra Historia. No tiene demasiado sentido rasgarse las vestiduras por unos cuantos casos de antropofagia que no hacen más que confirmar esa áspera variante de nuestra condición.