Un mamarracho

Como si no fuera suficiente, de momento, el escándalo que está provocando IU con su amnesia sobre los ERE y el más descarado nepotismo que vieron los siglos, antier se presentó su portavoz, José Antonio Castro, en el Parlamento de Andalucía ataviado con una camiseta de la selección española de fútbol coloreada como la bandera republicana  en homenaje a la República en su 80 aniversario. No dan para más, por lo visto, la imaginación política ni la cordura de estos “integradísimos extrasistema” tan dispuestos a servir a su nuevo amo y a repartirse la tarta en familia como a reírse entre ellos las gracias que, de tener el mando, jamás consentirían a los demás.

La taza en el borde

Ando convencido de que en la médula de la condición humana actúa un activo factor milenarista. Quiero decir que desde el Apocalipsis llamado de Juan hasta nuestros días, pasando por Joaquim de Fiore o Campanella, la idea postrimera de que esto se acaba, de que el Mundo más o menos feliz sobre el que navegamos, tiene fecha de caducidad y, en consecuencia, que nosotros los vivientes tenemos los días contados, ha acompañado a la especie como la sombra al cuerpo. Un científico ha ilustrado, nada menos que en la revista “Nature”, esta sospecha mía con una figura sensacional: la que compara nuestro orbe, la Tierra en que vivimos, a una fragilísima taza de té al borde la mesa, es decir, en una situación límite más allá de la cual sólo queda el desastre. ¡Hay que joderse con el mono crédulo! Desde aquel Apocalipsis no han dejado de sucederse avisos tremendistas a lo largo de los siglos y a su difusión han contribuido, con probable lealtad intelectual, sabios como los mencionados o camelistas de fortuna como Nostradamus, por no hablar de los charlatanes innominados que nunca dejaron de predicar esa catástrofe final tan bien acogida por la muchedumbre. Ortega hizo su tesis doctoral sobre los presuntos terrores del año 1.000 (ocultada a cal y canto por su familia y su escuela) y Henry Focillon escribió un texto breve en el que sintetiza admirablemente el paso temeroso de aquella Europa adolescente sobre el inexistente abismo con que amenazaba el milenio, por no citar más que dos casos señeros, y no hace tanto que hubimos de pechar con las leyendas que anunciaban el Apocalipsis para el año 2.000 y luego para 2.011 del mismo modo que ahora aguardamos expectantes el plazo maya que se cumple este año. “Nature” anuncia un colapso irreversible e inminente que el hombre podría evitar aún corrigiendo su alocada actitud antiecologista, y ahí tienen el mensaje circulando por Internet como una sombra malhadada para evidenciar, una vez más, cuánta Edad Media subyace entre los entresijos de nuestro criterio postmoderno.

Nadie como Jean Delumeau ha devanado la madeja de estos pavores en el área de lo que llamamos Occidente, pero mucho me temo que las teorías tremendistas superen con mucho sus cuerdas conclusiones. La cuota irracional de “sapiens” aventaja por sistema a su retranca lógica y por eso mismo lo apocalíptico, a pesar de sus reiterados fracasos, tiene asegurado el éxito en el pantano de la credulidad humana. Ahí está la taza quebradiza expuesta a que el miedo, con sus negros argumentos, le dé el último empujón. A veces nuestras grandes referencias científicas, como “Nature”, emborronan sus vaticinios con la péndola arcaica de la melancolía.

La pedrea de IU

No eran tres consejerías (una de ellas vacía pero mitrada) lo que IU pactó con el PSOE para permitirle gobernar tras perder las elecciones. A esos premios gordos hay que añadir, según vamos sabiendo, una abundante pedrea en la que los primeros agraciados han sido la propia hija de Willy Meyer, el hermano de Centellas y el suegro de Mariscal, sin contar al primo de Valderas. En política, no hay pactos sin reparto de premios, está visto, pero habrá que convenir en que IU ha llegado, a las primeras de cambio, a cotas inverosímiles de descaro. Griñán no debe temer por esa comisión de los ERE que lo emplaza temerosamente, mientras tenga en la cesta cargos que repartirle a los comunistas. La verdad es que unos y otros no han podido llegar más bajo en menos tiempo.

El enigma bancario

Cuando nuestros nominalistas se pongan de acuerdo sobre si lo que acaba de ocurrirle a España es un rescate –dulce, amargo o parcial—o una intervención disimulada, habrá que proponerse satisfacer la indignada curiosidad de la gente sobre cómo ha podido producirse una catástrofe en unos bancos y cajas de ahorro que, año tras años, han venido anunciando beneficios milmillonarios y de pronto descubren un agujero negro que ha hecho preciso recurrir al mayor préstamo de nuestra Historia. ¿Por qué de pronto resulta que aquellos bancos zapaterinos de la Champion League no son más que un castillo sin cimientos, cómo es posible que el Banco de España no detectara la catastrófica situación y, sobre todo, de qué manera explicar dónde está el dinero que falta y cuál es la responsabilidad de esos gestores que, por cierto, han venido trincando, entre “stocks options”, blindajes y bonus, fortunas descomunales en un país de parados y mileuristas? ¿No tendrían que responder por su mala administración (quizá sería más propio decir por su  administración desleal), devolver esos tesorillos que han afanado y someterse a una Justicia ejemplar? No voy a ocultarles que en este terreno soy absolutamente pesimista, y no sólo porque quien hizo la ley hizo la trampa, sino porque esa responsabilidad está repartida de tal forma que alcanza a la mayoría del Poder. Estamos, pues, ante un escándalo perfecto, en el que los que han provocado la crítica avería se han llevado en la uña su parte en el festín. ¡Tanto exigir seguridad jurídica  a los demás y resulta que nos hemos levantado una mañana a la vera del “corralito”! Va a hacer falta mucha pedagogía política, quizá todo un despliegue de prestidigitación, para calmar a una muchedumbre despojada por una pandilla de insolventes de los recursos de toda una generación, pero me atrevo a augurar que ni se devolverá el dinero público desaparecido ni pagarán los platos rotos más que los ciudadanos de pie.

Eso sí, hay que reconocer la destreza con que los culpables han perpetrado la ruina general mostrando hasta el último momento una apariencia de solidez sólo comparable a su impunidad. Los partidos políticos, los sindicatos y las clientelas políticas se han repartido la tarta y volverán a repartírsela en cuanto pase el seísmo y vuelva una vida que pueda llamarse normal. Al peatón le quedará sólo su papel de espectador como en un teatro en el que los actores se cobraran sus víctimas en el patio de butacas. Este sistema financiero es una timba tramposa de la que, tras cada jugada, se expulsa sin contemplaciones al desplumado. Medio mundo permanece perplejo ante este montaje del que fue cómplice mientras duró la función.

Gallo sin cabeza

El temor de mucha gente andaluza es hoy por hoy que el PP no encuentre recambio para Javier Arenas, porque sin una buena foto para el cartel esta democracia parece no funcionar del todo. Pero lo malo es que lo propio ocurre también en el PSOE, donde Griñán ha fracasado como sucesor y ahora no hay quien imagine siquiera quién puede relevarlo tras el próximo congreso. No tenemos líderes con peso y el único que había hace mutis por el foro, dejando la autonomía en manos de segundones por los que nadie da un duro. La mayor autonomía de España está descabezada y marcha apenas por inercia en espera de que se produzca un milagro. Si mañana hubiera elecciones autonómicas, la abstención sería, sin la menor duda, de traca.

Toques de gloria

Lo que está diferenciando a la masacre de Siria de tantas otras como llevamos vistas es la exposición de los niños sacrificados, la ofensa a la sensibilidad que supone distinguir en primer plano, entre la muchedumbre de cadáveres, los cuerpos sin vida de esos niños, incluso bebés, que parecen dormidos en las fotos que nos envían los corresponsales. Mucho ruido y pocas nueces a pesar del inmenso desastre que lleva provocado el bárbaro de Bachar al-Assad –las cifras oscilan demasiado según las fuentes–, apoyado vergonzosamente por Rusia y China pero surtido de armas y razones por otros que no se suelen nombrar. “Horrorizados” es la palabra de moda. Lo están en Berlín al ver esos retratos irrefutables, lo está el pelele de Kofi Anan cuyo “plan” está sirviendo para incrementar con el paso de los días la negra estadística del crimen, lo están en Francia, donde una mayoría se inclina por una intervención armada… pero no francesa, lo está la vecina Turquía invadida ya por el clamor de los refugiados y el resplandor de los incendios provocados por al-Assad en los bosques ara descubrir a los rebeldes, lo están, en fin, los países que han retirado sus embajadores a la vista del paisaje devastado en Homs, en Hama o en Homala. Lo que no hace nadie es dar el paso adelante, quizá porque no hay petróleo que conquistar, también porque la obcecación ruso-china mantiene atada de pies y manos a la ONU. Hasta ahora los genocidas han venido ocultando sus ruinas a base de desmentidos y fosas comunes. En Siria no se esconden la mortandad sino que se exhibe, mostrando en primer término el martirio infantil, como si el régimen buscara subrayar la imagen de su implacabilidad. Niños dormidos como último argumento: a la imagen convencional del montón de cadáveres ya estamos demasiados hechos. ¡Qué horror!, dicen las cancillerías haciendo estética de la ética. Uno cree recordar que ni Gadafi ni Mubarak llegaron nunca a dar tantos motivos y ya ven el resultado.

Lo de los niños asesinados no lo digo por gazmoñería porque siempre me pareció equívoco valorar la muerte en función del sexo o la edad. Lo digo, sin embargo, por la repugnancia que me produce la exhibición misma y lo que en ella subyace de aviso a los navegantes. ¿Acaso se puede bombardear una ciudad –como han hecho unos y otros—excluyendo del desastre a los débiles e impedidos? Los serbios como los rusos, los yanquis o los franceses han cuidado las formas en sus últimas agresiones pero con los mismos resultados. Al terrorismo le cuesta hilar fino, actúe con casco o con pasamontañas. La singularidad siria estriba en haber hecho de la barbarie un argumento propagandístico.