Habas comunes

No sólo en Andalucía cuecen habas. Tal como aquí ocurriera con los tejemanejes de UGT – la foto de la “mariscada”, las facturas falsas y demás—al viejo sindicato se le acumulan los enredos y mangazos por todo el país. El último “caso” ha ocurrido en Asturias, donde el reconocido negocio de la “formación profesional” que aquí andan tratando de enterrar,  acaba de acaba de estallar allá – tras el anterior escándalo de su líder histórico, Fernández Villa– con el grave resultado de la prisión de un puñado de dirigentes. Los “agentes sociales”, reconvertidos en montajes empresariales, están demostrando, junto a su escasa utilidad sociolaboral, no ser ajenos a la pandemia de las corrupciones en términos que cuestionan su actual legitimidad.

Palabras mayores

Hay que suponer que a la cúspide de la Junta no la inquietan ya ni poco ni mucho las imputaciones –¡huy, perdón, “investigaciones”!— de sus altos cargos. Hay, sin embargo, una dura carga de profundidad en la expresión utilizada por la Guardia Civil a la hora de definir el presunto mangazo presuntamente perpetrado en el Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra –un agujero de 400.000 euros— en el que la fiscalía y el juez creen partícipes a media docena de altos cargos –del concejo y de la Junta–, incluido al ex-alcalde y hoy diputado Limones. Esa expresión es nada menos que “trama mafiosa” y se refiere a un oscuro asunto de desvío de dinero público para pagar gastos particulares. A Pachi López y a Sánchez se las están poniendo como a Fernando VII.

Los tres monos

Cada vez que tiene ante sí un problema grave, la Junta recuerda a los tres monos sabios de la tradición nipona y su elocuente imagen: no ver, no oír, y callar. Y ante la “marea blanca” del domingo no iba a cambiar de repente, sino que –a pesar de la preocupante participación masiva de ciudadanos—no se le ha ocurrido nada mejor que mirar para otro lado señalando taimadamente al Gobierno de Madrid: todo lo bueno que pueda ocurrir en Andalucía lo debemos a la Junta; todo lo malo, al Gobierno de Madrid. Ahora bien, me consta la inquietud que en algunos altos despachos ha provocado el éxito de una protesta que no precisa justificación. ¿Hará un alto doña Susana en su “carrera personal” para atender a nuestros enfermos? Si ni lo hace, puede que, con el perro, pierda también el pan.

Batas blancas

Para evitar el choque con las “mareas blancas” –cuatro provincias andaluzas se echaron ayer a la calle para protestar por el insostenible estado de nuestra sanidad pública–, la presidenta Díaz cogerá hoy el portante y hará una larga gira en busca de apoyos políticos: lo primero es lo suyo; la gestión puede esperar. ¿Qué parte de culpa nos cabe a quienes hemos dicho y repetido que el andaluz es un “buen sistema público” sanitario a pesar de sus defectos ya intolerables? Pues una no despreciable, seguro, como lo demuestra esta auténtica rebelión social contra la indiferencia de la Junta. La Salud y la Educación no pueden supeditarse a los proyectos personales de una Presidenta ni a la crisis de un partido. Susana Díaz y los suyos piensan, por lo visto, todo lo contrario.

La razón de Erasmo

Hace años conocí en Brasil a un sujeto tan atractivo como extraño. Se llamaba Otelo de Carvalho y había escrito un libro divertido titulado “O imbecil coletivo”, resultado de la cosecha de noticias culturales recogidas en los años 90 referentes a lo que él llamaba la “alienación de las élites intelectuales”. Según él, algo no funcionaba como era debido en el “cerebro nacional”, algo que acaso andaría relacionado con la incapacidad de esas élites para generar un pensamiento independiente o, lo que sería lo mismo, por su tendencia a provocar la adhesión a las modas culturales más recientes. La sociedad entera, en sentido durkheimiano quizá, había llegado a ser un sujeto histórico ingenuamente colonizado por los EEUU y otras potencias. Lo recuerdo ahora al leer el libro de Maurizio Ferraris “La imbecillità è una cosa seria” (ed. Il Molino) en el que el discípulo de Jacques Derrida sostiene –hay discipulados que se pagan caros—que la vieja versión interpretativa que atribuía la idiocia masiva a los efectos enajenantes de la técnica y a la oscura mano negra del Sistema (capitalista) debe dejar paso a la evidencia de que esa imbecilidad está dentro del “nosotros” mismo, no fuera.

Ferraris habla del “largo avance de la imbecilidad” colectiva originada por el progreso y que se expresa ingenuamente como búsqueda del bien, de la felicidad en suma. Y a uno eso le recuerda las páginas lejanas pero siempre vivas de Erasmo en su famoso “Elogio de la locura” que, como bien sabemos, en realidad no se titulaba así sino “stultitia laus” o “moria encomion”, vale decir, alabanza de la estupidez. Casi medio milenio hemos tardado en redescubrir el hallazgo del gran humanista, por muy marcadas que sean las variantes entre las tres obras citadas. De vez en cuando, “sapiens sapiens” resigna su alta suficiencia y redescubre, tras la brillante apariencia de la sublimidad humana, la ganga fatal de un infantilismo que la mantiene en el insospechado limbo de la idiotez. ¿Cómo explicar si no los repetidos fracasos del progreso mismo, la inversión del beneficio del hallazgo en la ruina más ominosa? Ferreras parece que pronunció en Barcelona la palabra “imbécil” más de doscientas veces en menos de una hora pero, como se ha recordado, ya Umberto Eco habló de “las legiones de imbéciles que nos invaden”. La filosofía de la postmodernidad se parece cada día más a una rendición de la conciencia pensante a las falanges de su propio desconcierto.

 

Alto y claro

Tengo para mí que el problema capital de las autonomás no está en lo que perciben o dejan de percibir sino en lo que gastan. Lo que nos sirvió para salir del atolladero de la dictadura será, seguramente, irreversible, pero en modo alguno dejar de ser revisable. España vive esa ruina fraccionada por la insolidaridad entre sus regiones y la falta de autoridad de sus Gobiernos, que han pagado –todos– su permanencia política con el dinero del pueblo. Ése debería ser el punto de partida del debate que se aproxima entre Gobierno y CC.AA, porque el resto –cálculos, compensaciones y zanahorias aparte—no será más que un diálogo de sordos. La autonomía es una ruina tal como está planteada. Es más, yo creo que ése es el último tapón de la crisis que vivimos.