Tiempo medroso

Un amigo diplomático me hace desistir de mi proyectado viaje a Egipto. “Espera a que se tranquilicen las cosas allí”, me dice. Otro, gran editor y buen conocedor de México, me aconseja que aplace mi visita a aquel país donde los amigos suelen ir a recogerte al aeropuerto para evitar problemas. Hay miedo, un miedo generalizado como el que pintó Goya en “El coloso”, también llamado “El pánico”. Este es un tiempo medroso en el que nuestra libertad se va viendo constreñida cada día más por las imágenes de la catástrofes, la injuria de la guerra, le demencia machista –que lleva 25 víctimas en estos seis meses mal contados—y el conmovedor chafarrinón del loco que mata a cincuenta personas y deja otro medio centenar de heridos en un bar de Orlando. Hasta antier viajábamos sin temores, atentos sólo a la discreta obligación de adaptarnos a las costumbres del huésped, pero ahora ¿quién en sus cabales viaja a Egipto, quién se expone al caos mexicano, quién osa bajarse al Sahel…? La locura terrorista está celebrando está celebrando su fiesta secreta en el París policial de la Eurocopa y en no poco Estrado fallidos nadie te garantiza tu seguridad. En Praga me encuentro encima de la cama del hotel un aviso de la Policía para que no me deje detener por salteadores disfrazados de policías y en Sudáfrica llegan a robarte en tu hotel protegido, como le ocurrió a nuestros mundialistas. El miedo ha liquidado a esa “paz augusta” que disfrutábamos mientras duró la ingenua ilusión de la “new age”.

Ni siquiera nos damos cuenta de que estamos en el penúltimo grado de la alarma terrorista lo mismo aquí que en Francia o en Bélgica, como si viviéramos en la ciudad alegre y confiada y no bajo el volcán. Y eso es inquietante porque forzará al Poder, bien a mantenerse inerme ante la amenaza, bien a atraillarnos a todos –santos y pecadores—bajo una férula que de sobra conocemos. Fraga habló de “La crisis del Estado” cuando, ya en pleno desarrollismo, media España suspiraba por la y eso que él decía aquello de “la calle es mía”. Hoy el miedo que nos va invadiendo no tiene más que un rostro conjetural y el Estado se tienta la ropa bien protegido por sus guardaespaldas. ¡Hasta París palpita en un sinvivir y vive, de hecho, un estado de guerra! El siglo XXI amenaza con emular la crueldad bárbara del anterior. Tenemos miedo al invisible Fantomas que aterrorizó a nuestros abuelos. Nunca tan pocos apretaron tanto al Poder.

Pulgas y cucarachas

Tres colegios han debido cerrar sus puertas esta temporada al presentarse en ellos unas inquietantes plagas de pulgas, y ahora los propios funcionarios judiciales acaban de denunciar que el despacho en el que se amontona la documentación de los ERE está invadido de cucarachas. Cuando en 1971, con Franco vivo, un jovencísimo Antonio Burgos obtuvo un gran éxito con su estudio “, ¿ Tercer mundo”?, y alguien nos definió como “la tierra más loada y vilipendiada de España”. Luego, “de cara al 92” nos predicaron que la región iba a convertirse en “nexo entre tres continentes” y “guía de la modernidad”. Y aquí estamos, tras más de 30 años de “régimen”, incapaces incluso de eliminar esas ominosas plagas. Será que nos merecemos lo que tenemos, digo yo.

Insignes aburridos

Creo que la opinión más generalizada del “debate a cuatro” coincide en señalar su aburrimiento. Nada nuevo, todos los tópicos de repertorio, la guerra de cifras inverificables para el espectador que, naturalmente, favorecía a un político de tan larga experiencia de gestión como Rajoy. Pero, ay, la “rajoyfobia” alcanza ya incluso a los votantes del PP, incluido el propio Aznar (que no sé si es ya votante del PP o no) pero en rigor, no es más que un instrumento de la estrategia satanizadora de la Derecha que ya inició González, exacerbó Zapatero y ha alcanzado su momento universal al secundar a Sánchez los partidos “emergentes”. Desde que Escuredo abrió la puerta al PSOE en las primeras elecciones andaluzas con el reclamo del “cambio”, no ha habido un solo líder español que no se haya apuntado a él. Pero, teniendo en cuenta que de los cuatro candidatos del debate, tres no tenían la menor experiencia de gestión, no es raro que se agarren a ese concepto que lo mismo puede servir para un barrido que para un fregado. El problema, para mí al menos, es teórico. Verán: no es verdad que el binomio hegemónico PSOE-PP haya funcionado como tal, pues tanto uno como otro prefirieron el pacto con los depredadores del pujolismo o los secesionistas vascos antes que una alianza de izquierda.

Rajoy no puede ser el problema porque negarle a su gestión sus éxitos económicos no son más que ganas de negar. Lo del turnismo PSOE-PP poco tiene que ver con el que practicaron Cánovas y Sagasta, cuyo resultado más desconcertante fue que la inmensa mayoría de las reformas “progresistas” las hicieron los sagastinos. Claro que ni González es Cánovas (de ZP o Sánchez mejor ni comparar) ni Aznar es Sagasta. Y no me vengan con lo del caciquismo de la Restauración porque para caciquismo el que padecemos actualmente. Por eso el debate no aportó la menor esperanza de pacto entre esos implacables rivales, a excepción de la propuesta de Iglesias de formar gobierno con Sánchez, que implicaría el fin del PSOE y, sin duda, una arcaizante experiencia leninista. Sí, ya sé que no es correcto insinuar la posibilidad de unas terceras elecciones, pero ya me dirán qué cabe esperar de un cuarteto en el que, al menos los tres opositores, además de no aportar nada, ponen como los trapos al otro. Tiempo al tiempo y Dios nos libre. Aunque puestos a temer, uno temería más a eso que llaman “coalición de izquierdas” entre los leninistas y los históricos verdugos de Rosa Luxemburgo.

El fantasma

Los jueces son falibles como tales humanos, pero no me digan que no es peregrina la opinión de que no hay nada punible en el hecho de disfrutar de un puesto a dedo en la Junta sin portar siquiera, durante años, por la oficina. El fiscal, que también es falible, acusa al consejero que permitió este contrato fantasma y pide al TSJA que no cierra la causa abierta con motivo del escándalo, pero parece que excluye al trincón que aceptó ese papel de ectoplasma para embolsarse –en plan Errejón—esa pasta que la Junta dice que falta para ciertos servicios esenciales. ¡Un empleado fantasma! En la Junta se han visto muchas cosas aunque quizá ninguna tan bizarra como ésta del empleado sin empleo.

Voz de la experiencia

Leo asiduamente los breves artículos que un clásico de nuestra radio y televisión, Manuel Piedrahita, escribe en el periódico “Córdoba”. Son escritos breves, urgentes, en los que comenta nuestro alrededor visto al trasluz por el prisma de su experiencia, leves comentarios fraguados en la paz de su retiro frente a los olivares de Baena, su pueblo. Manuel sabe muchas cosas pero, sobre todo, cuenta con la ventaja que da la perspectiva –él fue durante años brillante corresponsal en Londres y en Bonn— que es lo que hace de un cosmopolita refugiado en el campo, como él, un testigo de lo más fiables. En el último de esos breves ironiza sobre la ocurrencia de Podemos de escoger el catálogo de Ikea como canon imaginario de sus intenciones políticas, y nos divierte contándonos sus apuros de cliente-montador de esos muebles con los que su promotor sueco decía que iba a democratizar el planeta y a hacer más libres a sus usuarios, aparte de recordar el repetido comentario de The Economist en el que el prestigioso medio sostuvo que “nada hay tan difícil como articular una silla de Ikea, si descartamos el análisis de su contabilidad”. ¿Qué opina Podemos de que Ikea fabrique aprovechando la mano de obra barata que tiende la mano desde Asia, sabe acaso que su modelo, presente en medio mundo, gana al año –incluyendo las “plusvalías” de sus explotados– cerca de 15.000 millones de dólares?

Una prosa tranquila, como escrita al margen de la vida, ilustra esas reflexiones con que Piedrahita nos descubre lo que sabe no sólo por viejo (que no lo es de espíritu) sino por diablo acostumbrado a mirar y a mirarnos con la ventaja que da la distancia. En España –donde los escritores no pueden trabajar (cobrando) a partir de los 65 años—se prescinde de estos críticos muy pronto, cuando todavía, en cualquier país, estarían ilustrándonos para alisarnos el pelo de la dehesa. Y por eso Manuel se aleja en su paisaje: para no perder esa perspectiva que suele ser al antídoto del tópico, y ayudarnos a compensar nuestra miopía indígena. Yo lo leo cada semana, ya digo, y admiro al hombre humilde que se conforma con desmontar nuestras falacias y con enriquecernos con su espléndida memoria, dimitido de todo protagonismo pero apasionado siempre en ese ejercicio de desmitificar la realidad que impone la sociedad medial. ¡Lo que nos faltaba era una España de Ikea, barata y desmontable! Piedrahita nos previene de ese peligro enrocado en su olivar como en un exilio salvador.

¡Carnes mías!

Muy dura y muy poco rebatible la información sobre el marido de la Presidenta que, de la pluma de Antonio Salvador, ofreció días atrás El Mundo de Andalucía. Más o menos lo mismo lo de ayer sobre la condonación millonaria de la Junta a una fundación del “sindicato hermano”, la UGT. Ni en plena campaña dan un respiro el electorado estos partidos reventados por una corrupción que incluye a los que están, como quien dice, estrenando el poder. La corrupción no es un incidente, sino un “continuum” que ha puesto al país a los pies de los caballos antisistema. Y no cejan, ya digo, ni siquiera “expuestos” en los debates televisados. Habría que decirle lo que el padre de Caracol gritaba a la aviación franquista cuando bombardeaba Madrid a medio día: “¿Es que no vais a pará ni pa comer”, carnes mías?”. No, no pararán: la rapacidad no tiene cura.