La otra, la otra

Hay que ver la hay armada en Francia porque la compañera sentimental del presidente Hollande, Valérie  Trierweiler, ha apostado en Tuitter por el rival de Ségolène Royal, su predecesora en el “couple”. Casi siete de cada diez franceses repudian esa ocurrencia (que ahiora sabemos que fue cosa de un hacker) y en las alturas se ha abierto el debate del estatuto de la “primera dama”, la discusión sobre cuál debe ser su papel en el día a día, las protestas porque esas señoras, legítimas o postizas, le salgan al contribuyente por un pico con el que pagar chófer, secretarias y hasta algún jefe de gabinete. El populacho malhablado, es decir, los medios, han calificado el “affaire” como un “asunto de bragas”,  mientras el periodismo rosa bucea hasta la asfixia en busca de algún secreto que valga la pena para explicar esta rivalidad. ¿Es razonable esta historia en un país que ha hecho de las “favoritas” un tema legendario y debe de estar acostumbrado a esa institución tan dudosa como potente? La sombra de la Pompadour ha oscurecido una crónica sentimental en la que consta que ha habido reyes, como Luis XIV, que compartieron la corte con tres amantes públicas o como Luis XV que se repartió entre la Pompadour y madame Du Barry, por no hablar de las doncellas innúmeras que mantuvo a su vera Enrique IV además de la poderosa Gabrielle d’ Estrées, y no hace tanto que pudimos ver en el funeral de Mitterrand a sus dos viudas, la fetén y la Otra, sin que el hecho produjera el menor altercado ni en la opinión ni en las familias. Encocorarse ahora porque la favorita de Hollande le lance a su rival un twit provocador puede que haya molestado al personal pero no tiene, históricamente hablando, el menor de los sentidos. Me temo que el gran Rafael de León resultaría intraducible al francés.

Las “primeras damas” de verdad han acatado siempre esa relatividad o se han hundido en la miseria reconcomiéndose inútilmente el corazón. Ahora mismo en España andan los buitres tras la carroña de un secreto a voces que, ciertamente, resulta extravagante por muchos conceptos, sin lograr –que se sepa—nada que no sea ahondar el sentimiento personalísimo de quien, con su silencio y dignidad, está demostrando un alto sentido del deber. Miren cómo los ingleses van tragando cada día más con la duquesa de Cornualles o cómo la señora Clinton supo encajar el bochornoso espectáculo que dio su marido con la becaria. La historia de la infidelidad es un palimpsesto en las alturas mientras que a ras del suelo se escribe con la tinta indeleble de eso que se llama honra. Valérie Trierweiler no entendería nada en la copla que cantaba la mocita enlutada en el romance de Rafael de León.

La parla crítica

No sé cómo hemos podido sobrevivir estos últimos dos mil años sin tener ni idea de esa inoportuna prima que pone el pelo de punta aún sin vérselo a ella, sin sospechar siquiera que nuestra fortuna o ruina dependían de esa jerga con la que, en tan poco tiempo, nos hemos familiarizado, qué coños era un bono basura, qué se quiere decir con eso tan inquietante de riesgo-país, sin enterarnos de que, lo mismo que los hay buenos, hay también bancos malos y hasta “sistémicos”, como existen unas amenazantes agencias de “rating” más poderosas que los Gobiernos legítimos, en qué consistirán las comprometidas subastas de dinero y qué vendrán a ser, en fin, los colchones financieros. ¿Qué vendrá a ocultarse tras esas siglas de moda, el FROB, el ESM, la FEEB, el MEDE o el BCE, y qué querrá significar, pronunciado en estos tiempos del cólera, ese supremo oxímoron que es la “deuda soberana”? Decididamente, existe una economía real, fáctica, casi tangible, para explicar cuyos misterios los mistagogos que se hacen pasar por ecónomos no pueden hacer otra cosa que reforzar su jerga y amenazar con ella, como si blandieran una hoz afilada, a las preocupadas cabezas de pobres y ricos e, incluso a los Estados. Ya me dirán ustedes, si es que pueden, a qué quedarse si viene un tío informado y nos espeta que, “aunque el valor nominal de la deuda se incremente, la sostenibilidad de la misma puede mejorar”, concepto frente al que al lego no le queda otra que agarrase como pueda la cartera y echar mano del ansiolítico para pasar el trance. La crisis está descubriéndonos lo que la jerga oculta, a saber, que esos secretos mercados funcionan con sus leyes propias y, en segundo término, que ese código secreto del Mercado favorece sin remedio a los que tienen más y jode a quienes menos poseen, mientras se forran, de paso, los poderes en la sombra. Esto que está ocurriendo, más que una crisis, es un galimatías que permite supeditar la realidad a un imaginario discurso apto sólo para iniciados.

Hemos vivido durante un largo periodo de bonanza que los visionarios ingenuos preveían como una era de crecimiento sin fin –la “new age”, como “paraíso feliz de los tiempos finales”—sin percatarnos de que también aquella jerga amable se erguía sobre el pantano de incertidumbre que es siempre la economía, y lo malo es que ahora no disponemos de ningún lord Keynes explicándole a los raros de Bloomsbury las paradojas de la volatilidad y el papel determinante de las voluntades tanto a las duras como a las maduras. Sin él saldremos, créanme, de esta sima profunda para olvidar poco a poco la jerga que hoy nos aflige aunque ni siquiera la comprendamos.

La toga y el barro

Decididamente el fiscal-consejero de Justicia parece haber asumido, con todas sus consecuencias, su papel de defensor de la Junta en el “caso ERE”, tal vez basado en aquella doctrina del anterior Fiscal del Estado que defendía, como una virtud, el hecho de que los magistrados arrastrasen la toga por el barro del camino. Referirse a esa super estafa como “el rollo de los ERE” descalifica a cualquiera y más a un miembro de la Justicia, no sólo porque suponga un desprecio supino a la juez instructora sino porque se ve a legua que al fiscal lo han llevado a la consejería para hacer el trabajo sucio de blindar a los responsables al precio que sea.  Tanto Griñán como De Llera están echando sus paletadas de tierra sobre el féretro de Monstesquieu.

Lujo y ruina

El reloj que ha lucido Nadal en el último Roland Garros, y que desapareció en la habitación de su hotel, ha sido recuperado por la policía francesa que, en un pis pas, arrancó la confesión a un camarero infiel. Estaba en un escondite próximo al domicilio del ratero, que aguardaba a que amainara la tormenta desatada para recuperarlo. El reloj no era de Nadal, por supuesto, sino de la casa Richard Mille, que se lo había prestado a efectos propagandísticos para que lo luciera en sus encuentros, hay que suponer que a cambio de algún sustancioso estipendio, como es habitual hoy en el negocio publicitario. Valía, o mejor, costaba –el reloj—300.000 euros, es decir, para entendernos como viejos compradores de relojes que somos el que más y el que menos, cincuenta millones de las viejas pesetas, y no me digan que llevar en la muñeca esa fortuna no es un contradiós, se mire por donde se mire, en un paisaje, como el europeo, que anda pegado a la pared, tieso y desconcertado, con su infraescolta de excluidos sociales, “homeless”, parados de larga duración, pensionistas que viven de milagro y niños hambrientos que a duras penas logran sobrevivir rebuscando entre desechos o quitándose el hambre en las colas de los comedores públicos. Nadal no tiene, como es lógico, ni pizca de culpa en este desafuero y hace muy bien, si le conviene, en cobrar esos extras que las marcas ofrecen a los famosos. Lo cuestionable es el reloj mismo, el escándalo deplorable que el lujo supone en medio de la necesidad, la obviedad de que si, en medio de esta crisis que trae de cabeza a un continente y parte de otro, existen esas joyas prohibitivas es porque hay quien las compre, es decir, porque el reverso de la crisis no es otro que la opulencia: el lujo no tiene sentido sin la emulación ni prosperaría sin la desigualdad. El reloj de Nadal vale lo que vale, no tanto porque haya quien puede pagarlo, sino por el infinito cortejo que no podría.

Con un pie en el marxismo y el otro entre los nazis, Werner Sombart sostuvo en “Lujo y capitalismo” que, contra la propuesta de Max Weber, no fue la ética de la austeridad y el espíritu de trabajo lo que produjo la economía de mercado, sino la aparición y el triunfo de la lujuria y del lujo de los que él hacía responsables a los judíos, a los burgueses y a las mujeres. Dudo que Nadal haya leído a Sombart e incluso que su esponsor tenga noticia de esa doctrina, pero ahí está el hecho –un reloj suntuario en el mercado—desafiando provocadoramente a la legión de víctimas de la crisis. Nuestro héroe se ha limitado a hacer de peón de lujo en ese ajedrez canalla en el acaso se esté jugando, sin saberlo, nada menos que la civilización.

Un mamarracho

Como si no fuera suficiente, de momento, el escándalo que está provocando IU con su amnesia sobre los ERE y el más descarado nepotismo que vieron los siglos, antier se presentó su portavoz, José Antonio Castro, en el Parlamento de Andalucía ataviado con una camiseta de la selección española de fútbol coloreada como la bandera republicana  en homenaje a la República en su 80 aniversario. No dan para más, por lo visto, la imaginación política ni la cordura de estos “integradísimos extrasistema” tan dispuestos a servir a su nuevo amo y a repartirse la tarta en familia como a reírse entre ellos las gracias que, de tener el mando, jamás consentirían a los demás.

La taza en el borde

Ando convencido de que en la médula de la condición humana actúa un activo factor milenarista. Quiero decir que desde el Apocalipsis llamado de Juan hasta nuestros días, pasando por Joaquim de Fiore o Campanella, la idea postrimera de que esto se acaba, de que el Mundo más o menos feliz sobre el que navegamos, tiene fecha de caducidad y, en consecuencia, que nosotros los vivientes tenemos los días contados, ha acompañado a la especie como la sombra al cuerpo. Un científico ha ilustrado, nada menos que en la revista “Nature”, esta sospecha mía con una figura sensacional: la que compara nuestro orbe, la Tierra en que vivimos, a una fragilísima taza de té al borde la mesa, es decir, en una situación límite más allá de la cual sólo queda el desastre. ¡Hay que joderse con el mono crédulo! Desde aquel Apocalipsis no han dejado de sucederse avisos tremendistas a lo largo de los siglos y a su difusión han contribuido, con probable lealtad intelectual, sabios como los mencionados o camelistas de fortuna como Nostradamus, por no hablar de los charlatanes innominados que nunca dejaron de predicar esa catástrofe final tan bien acogida por la muchedumbre. Ortega hizo su tesis doctoral sobre los presuntos terrores del año 1.000 (ocultada a cal y canto por su familia y su escuela) y Henry Focillon escribió un texto breve en el que sintetiza admirablemente el paso temeroso de aquella Europa adolescente sobre el inexistente abismo con que amenazaba el milenio, por no citar más que dos casos señeros, y no hace tanto que hubimos de pechar con las leyendas que anunciaban el Apocalipsis para el año 2.000 y luego para 2.011 del mismo modo que ahora aguardamos expectantes el plazo maya que se cumple este año. “Nature” anuncia un colapso irreversible e inminente que el hombre podría evitar aún corrigiendo su alocada actitud antiecologista, y ahí tienen el mensaje circulando por Internet como una sombra malhadada para evidenciar, una vez más, cuánta Edad Media subyace entre los entresijos de nuestro criterio postmoderno.

Nadie como Jean Delumeau ha devanado la madeja de estos pavores en el área de lo que llamamos Occidente, pero mucho me temo que las teorías tremendistas superen con mucho sus cuerdas conclusiones. La cuota irracional de “sapiens” aventaja por sistema a su retranca lógica y por eso mismo lo apocalíptico, a pesar de sus reiterados fracasos, tiene asegurado el éxito en el pantano de la credulidad humana. Ahí está la taza quebradiza expuesta a que el miedo, con sus negros argumentos, le dé el último empujón. A veces nuestras grandes referencias científicas, como “Nature”, emborronan sus vaticinios con la péndola arcaica de la melancolía.