Doña Rosa se enfada

Vibrante arenga televisiva de la presidenta del PSOE-A, Rosa Torres, relativizando la encuesta del IAES que da poco menos que por perdido (en este momento) a su partido frente a un PP rampante. Dejaba caer interrogantes, dudas y quiebro y de paso echaba mano de los tópicos más rancios para acongojar a la parroquia con el cuento del alfajor del PP retratado como el ogro antisocial, anticuado ¡y privatizador! Mal han de andar las cosas para que escuchemos estas soflamas, por más que doña Rosa tenga una experiencia pública limitada. La realidad no se discute ni se disimula sino que debe ser asumida. Si el PSOE sigue haciendo otra cosa es posible que el próximo sondeo del IESA sea aún peor para él.

La nueva clase

El ex-presidente del Parlament catalán, Ernest Benach, no ha declarado hasta ahora a qué va a dedicarse en adelante, circunstancia poco relevante, a mi modo de ver las cosas, si se tiene en cuenta que ese afortunado independentista, que abandonó los estudios e ingresó en la Generalitat como barrendero, acaba de recibir un finiquito de más de104.000 euros y el derecho a percibir, cuando cumpla la edad preceptiva, una pensión vitalicia de más de 78.000 euros anuales. Montilla mismo recibirá desde ahora, el pobre, 120.000 euros, pero puede cobrar si quiere, además, los 75.000 que le corresponden como miembro del Consell Jurídic. En cuanto a Pedro Solbes, alguna razón debía de llevar cuando negaba la existencia de la crisis ya que ahí lo tienen gozando de un sueldo y dos pensiones que rozan los 13.500 euros al mes, cifra muy inferior a la que cobraba Leire Pajín (otra desertora del aula) antes de ser ministra y que ascendía a casi 21.000 euros al mes. Un millón bien largo de las viejas pesetas (por lo menos) cobrará de por vida la ex Fernández de la Vega, lo que queda muy lejos de los haberes de los presidentes autonómicos y, por supuesto, de lo que trinca el alcalde de Madrid, que es una barbaridad no demasiado distante de las que afanan algunos colegas suyos de provincias. Bibiana Aído, mismamente, cobra más como secretaria de Estado que como ministra, allá por los 71.000 euritos, a los que, menos mal, pueden sumarse los que recibe su compañero como paraninfo de la Junta de Andalucía en Madrid, pero no sería justo recordar estos casos como excepcionales cuando existe una legión de beneficiados en la política, en no pocos casos equiparables y aún superadores de los de sus señorías. Vistas las cosas desde abajo, es decir, desde la cruda miseria que vive el país, no cabe duda de que deben de resultar un singular escándalo ante el que no cabe ni el sano ejercicio del pataleo. La “clase” que nos está arruinando ha sabido ponerse a buen recaudo ella misma.

 

Creo que no está de más recordar estas cosas cuando, resuena por doquier como un clamor la protesta contra los excesos laborales de algunos colectivos a los que, en última instancia, siempre han sido los propios políticos quienes les han abierto el grifo de los abusos. Y lo creo porque, ya puestos a echar carnaza a los leones de la opinión, ahí deberían estar antes que nadie esos responsables que tienen el privilegio de atribuirse a sí mismos el sueldo y los horarios. La política se ha convertido en el gran chollo de la democracia y cuenta además con la inmensa ventaja de que nadie puede decretar para reconducirla el estado de alarma.

Rozando el camino

Rifirrafe en torno al último sondeo del IESA, tradicional organismo parajuntista, que desde hace algún  tiempo viene anunciando un posible –cada vez más posible– cambio de ciclo en Andalucía. No hay duda de que el PP, ayudado por la crisis, ha volcado las expectativas y de que hoy el PSOE-A dependería en todo caso de una IU que, de momento y hasta las elecciones, tratará de disimular su papel subalterno pero decisivo. El PP reclama los datos de la encuesta que parece que el PSOE tiene en su poder, como de costumbre, hace tiempo. Se lo den o no, lo que es evidente es que las cosas han cambiado y siguen cambiando a fondo en la autonomía.

El árbol de la vida

La mujer francesa vive hoy el triple que hace dos siglos y medio con una esperanza de vida de 85 años que, a mediados del XVIII, era de 27. Más o menos como la española, que ve como su expectativa aumenta en un año cada lustro. Desde los años 70, los franceses vienen viendo aumentada esa esperanza en tres meses por año, un ritmo que ha forzado a admitir a los demógrafos la posibilidad cierta de que la especie llegue a vivir más de cien años el día menos pensado. Vamos superando la maldición divina (Génesis, 6,3) que estableció en 120 años el límite de la existencia, en un gesto celoso que recogió el mito. Ni que decir tiene que las expectativas de los ancianos no coinciden con las de las previsiones que fijan la esperanza de vida al nacer, pero es evidente que el éxito actual de la vida responde a los avances médicos y al aumento de la atención dispensada a los mayores de la tribu a pesar de los frecuentes fracasos de los sistemas de protección. Ya no se discute sobre la posibilidad de que todos acabemos descrestando el siglo aunque son contados los expertos que se atreven a aplicar el pronóstico a las generaciones ya nacidas y legión los que alertan sobre los decisivos cambios que debe prever una sociedad que, como la española, por ejemplo, tendrá a mediados de esta centuria un tercio de su población por encima de los 65 años. A un biólogo de tanto prestigio como Ginés Morata le he oído afirmar que el ritmo actual de desarrollo de la investigación permitiría aventurar la hipótesis de que la vida humana habría alcanzado ya la posibilidad objetiva de evitar la muerte, inimaginable desde la óptica de nuestro sistema de organización social. Vivir más, vivir incluso eternamente (sobre el papel) no es ya un asunto mítico sino un negocio socioeconómico equidistante entre el Génesis y el Presupuesto.

 

Si en un siglo hemos pasado de 35 a 80 años de esperanza de vida, si en los próximos 40 veremos aumentada ésta en 6 añitos más, no es dudoso que el problema más urgente concierne a los responsables del sistema de pensiones que habrán de romper la aporía de mantener a tantos con el aporte de tan pocos, que determina y complica el proceso de envejecimiento continuo de la población paralelamente al desconcierto de los más jóvenes. Brassens ironizó en su canción  (“Marquise, si mon visage a quelques traits un peu vieux…”) los viejos versos de Corneille que buscaban prevenir a los jóvenes frente los agravios de la vida. Los discretos buscan hoy mucho más cuerdamente hacer posible que comer del Árbol de la Vida no nos cueste la misma.

Fraude indultado

La hermana del alcalde de Carboneras, la misma teniente de alcalde que ya fuera condenada con él por delito electoral en 2005, vuelve a ser ahora encausada por el mismo presunto delito. ¿La culpa? De los culpables, eso seguro, pero sin olvidar el clamoroso indulto que el Gobierno de ZP concedió a ambos hermanos defraudadores a un  mes vista de las siguientes elecciones para que pudieran presentarse a ellas al año siguiente. ¿Tanto supone controlar un Ayuntamiento como para que todo un Gobierno se ponga en evidencia de esa manera? Los indultadores sabrán. Lo que desde luego no cabe hacer es condenar sólo a los reincidentes.

Vivir del cuento

Crece el desconcierto a propósito de las adscripciones políticas, quiero decir, a sus trasfondos ideológicos, hoy confundidos todos en esa suerte de crisol común del que ninguna postura parece escapar. Le pregunté un día en público a un dirigente sociata qué coños venía a ser hoy el socialismo habida cuenta de lo que se hacía en su hombre, y el dirigente me respondió, algo abruptamente, que el socialismo hodierno consistía en “resolverle los problemas a la gente”, es decir, ni más ni menos que lo que nos contestaría, caso de ser preguntados, un bombero, un policía municipal o un funcionario de cualquier ramo: ni mu de la vieja utopía, ni mentar la bicha colectivista, nada, en definitiva, que no fuera la pura rutina burocrática que es lo que le queda del socialismo cuando se instala en el poder. Hoy se mete en un mismo saco a Clinton, a Blair o a González, mientras desde el Gobierno “socialista” se recortan las pensiones, se suben los impuestos o se deja colgados a los parados, mientras se procede a privatizar lo público aunque, eso sí, llamando “liberalizaciones” a esas maniobras. No sabemos –nadie sabe—qué ocurrirá mañana, pero lo que es hoy, ciertamente no es posible hallar la menor diferencia programática ni ideológica entre una derecha que presume de progresista cuando se tercia y una sedicente izquierda que ha liquidado en pocos años una tradición utopista de más de un siglo. Aena no se va a vender a los tiburones capitalistas (que sería lo suyo, caso del ser el PP quien la vendiera) sino que va a ser “liberalizada” porque, bien miradas las cosas, ésa es la única maniobra posible para un Gobierno en apuros que lo que busca es hacer caja para saldar sus deudas. Desde la economía, que es lo que cuenta, en la presente legislatura el llamado “socialismo” está viviendo el culmen de su degeneración ideológica. La “derechona” no lo hubiera hecho peor ni mejor en lo fundamental: hubiera hecho exactamente lo mismo.

 

Cuando se habla de crisis de la democracia no suele tenerse en cuenta esta degeneración ideológica que, en la práctica, ha igualado entre sí a las diversas opciones políticas, dejando a los ciudadanos a la intemperie sentimental a la hora de apoyar con su voto a cualquiera de ellas. Nadie sabe en este momento qué es la izquierda, qué pretende frente un oponente que le siega la hierba bajo los pies arrebatándole las banderas, cómo diferenciarse de un rival que, cambiando lo imprescindible, ha conseguido dejarla obsoleta. Sólo un puñado de shakespearianas palabras permite mantener en cartel una comedia que los hechos certifican cada día más como un drama si no como una tragedia.