En corral ajeno

No sé qué inquietudes ha disipado Griñán en los empresarios en relación con los comunistas que co-gobiernan con él, ya que los mandapoco de IU, a pesar de todo, y como entiende parte de la militancia radical, van a estar en ese Gobierno de fieles como gallos (o gallinas) en corral ajeno. Pero había prisas por tocar pelo y Valderas ha hecho una faena de aliño en la que se ha conformado con que le dejen el quite de cortesía. ¿Será este gobiernillo la tumba de IU? Pues no es nada improbable, pero la política tiene un lado humano y depredador que no puede olvidarse. Por la utopía nadie da un duro a estas alturas. Lo único que se cotiza ya en este mercado es la nómina.

Sobra las “pinzas”

No han sido una ni dos las ocasiones en que el PSOE-A ha precisado ayuda pasa seguir adelante en el Parlamento. La más memorable fue aquella en que Chaves pactó con el PA, en plan compartimentos estancos, pero la más extravagante no deja de ser la que desperdició de pactar con la IU de Anguita y Rejón para permitir la alianza de comunistas y conservadores. Esto de ahora, sin embargo, con la tripulación amarrada por el talle al palo mayor y la prima de riesgo echando abajo el palo de mesana, es cosa distinta, no sólo porque, previsiblemente, las “pinzas” son artilugios de emergencia que no están hechos para durar, sino porque los niveles han bajado no poco desde entonces, que ya es bajar. Hay países europeos en que partidos minoritarios, sobre todo “liberales”, han llegado a gobernar como árbitros en un derby, como los hay en que han hecho falta hasta siete formaciones políticas para enderezar un Parlamento, y lo raro en nuestro caso es que la norma que rige para la nación –es decir, que gobierne el partido más votado—no valga para la comunidad, de modo que las “pinzas” son como un salvavidas de la democracia aunque, en realidad, la vida que salven sea la de los partidarios. Ni a González ni a Zapatero, se les pasó nunca por el magín cogobernar con IU como se la ocurrido a Griñán, lo que da una idea del grado de desesperación en que se halla este Presidente por accidente que en dos ocasiones ha visto como le caía en la mano, bien madura, la breva extraelectoral. Las “pinzas” no son malas ni buenas, pero, ojo, si se dice eso hay que decirlo siempre y no sólo cuando nos convenga, por la sencilla razón de que tan legítimas son para los minoritarios que las traman como inasumibles para los ganadores que se ven relegados por la aritmética. Es más, ya puestos, creo que tendría que haber también un álgebra electoral y acaso una trigonometría para asegurarnos la gobernabilidad.

Cuando la “pinza” PP-IU hubo que hacer encajes de bolillos para darle a Chaves la facultad de disolver la cámara y hacer borrón y cuenta nueva, cosa siempre menos alarmante que ver a al propio Presidente vapuleado en una comisión que, como ocurría a la sazón, investigaba mangazos bancarios de él mismo. Ahora no se tratará de eso, pues ya verán como IU rebajará sus rigores y se conformará con una investigación paliativa en el caso de los ERE y las prejubilaciones falsas, pero creo inevitable que, a pesar del chollo, IU aguante mucho tiempo sin plantearle a Griñán memeces georgianas como lo del banco de tierra o tardofranquistas como una banca pública. Aquí en la “aldea” rebelde nos vamos a enterar de verdad lo que nos cuesta mantener a Obelix.

El tacto del fiscal

No me cuento entre quienes se quejan de que Griñán haya nombrado consejero al fiscal que llevaba la madeja de los ERE y las prejubilaciones falsas. Lo que me inquieta es que el fiscal haya aceptado entrar en un Gobierno que él sabe mejor que nadie lo que ha hecho anteriormente y cuáles son sus responsabilidades, incluidas las eventuales que pudiera tener su Presidente. ¿No está prohibido que un juez o un fiscal relacionados con un Gobierno no ejerzan luego poder alguno, durante una temporada, sobre temas que incumban a ese Poder? Pues me parece a mí que, en su contrario, debería prohibirse también que quienes han manejado un asunto que incumben –y tan gravemente– a un Poder pasen a integrarse en él. No dudo de la integridad del fiscal Llera, dudo de su estética, por  lo menos.

Conciencia y bolsillo

En EEUU está cambiando considerablemente la opinión frente al escándalo de la pena de muerte. Se trata de un debate que desparece y reaparece según las circunstancias, pero que en 1972 sufrió ya una inflexión notable tras la declaración de inconstitucionalidad dictada por el Tribunal Supremo, revocada por él mismo cuatro años más tarde. Hoy el movimiento parece avanzar a paso rápido como lo prueba que, si bien las encuestas registran todavía un 64 por ciento de partidarios de aplicar el suplicio en caso de homicidio, cuando se ofrece la opción de elegir entre la pena capital y la cadena perpetua, la opinión se divide prácticamente por dos, aparte de que se admite ya que se está produciendo una caída del apoyo a nivel nacional. En los comicios de noviembre, una iniciativa ciudadana será votada en referéndum en California, en marzo pasado Illinois se convirtió en un nuevo estado abolicionista y se anuncia que, en breve, haga lo propio el de Connecticut. Los analistas sostienen como una evidencia que esa opinión está relacionada con la ideología política, de manera que serían mayoritariamente abolicionistas los estado proclives a los demócratas –como Vermont, Massachussetts o Rhode Island—y partidarios de mantenerla los de inclinación republicana, sobre todo en el Oeste y en el Sur. En estos momentos encabeza el movimiento una antigua responsable de la prisión de San Quintín, convencida de que esa inhumana sanción no proporciona seguridad a la sociedad, por lo que es partidaria de sustituir la horca, la silla eléctrica o la siniestra inyección letal por la reclusión sin posibilidad de libertad condicional. Desde 1976, año en que se restableció la pena, se han ejecutado en EEUU nada menos que 1.280 personas, y en este momento, sólo en California, aguardan en el “corredor de la muerte” otros 725 condenados. Y como siempre hay quien ve la tragedia desde el ángulo económico, no ha faltado quien calcule en 200 millones de euros el ahorro que la abolición permitiría a este Estado, en el que la cámara de gas ha estado en funciones hasta no hace demasiado tiempo.

Releo las páginas del marqués de Beccaria, su idea de que la pena de muerte proporciona a los hombres comunes un lamentable ejemplo de ferocidad, su previsión (confirmada luego por tantos sociólogos) de su escaso impacto en la estadística criminal, su lamento de que la “prodigalidad de los suplicios” jamás han conseguido hacer mejores a los hombres. Y recuerdo el alegato de Chateaubriand calificando esa pena de crimen legal o el de Hugo que aseguraba no ver en su aplicación más que un signo de barbarie. Todos acabaremos comprendiendo al fin que si la cárcel es un remedio, la horca una venganza.

Vieja polémica

En medio de la galerna fiscal que estamos viviendo, un lector asiduo me emplaza a explicar un concepto al que aludí en una anterior columna, el de “flat tax” o modelo de imposición rígidamente proporcional que propone una misma tasa de impuesto para todas las rentas. Aquí hemos asistido –mirando al dedo en lugar de a la luna señalada—a la absurda polémica de si subir los impuestos era propio de la derecha o más bien de la izquierda, y en los dos sentidos hemos visto responder, llegado el caso, a los preguntones. Bueno, yo no soy ecónomo ni tengo mejor opinión de esa casta que de la mía propia, pero si me lo permite el sentido patrimonial de algunas profesiones, les diré sólo que la “flat tax” consiste en gravar con una misma a tasa a todas las rentas, dado que si un sujeto afana cien veces más que otro, a igual impuesto ya habrá pagado también cien veces más. Sí, no se me amontonen, que penetro el sofisma, y soy de los que creen que las clases menos favorecidas no tiene sentido que contribuyan al común con una carga igual que la de los potentados. Ahora bien, resulta que esa jodida tasa se ha aplicado ya en Rusia, Estonia y hasta Eslovaquia, con resultados excelentes. En mi generación los fiscalistas nos enseñaban en la universidad que cada tipo de impuesto tiene sus pros y sus contras, ya que si el llamado directo grava en realidad al trabajo, el indirecto lo hace sobre el consumo y no hay manera de decidir si es mejor sisarle más cuartos al que más gana o sisárselos a quien consume. ¿Por qué tengo yo que pagar por el tabaco o la cerveza si yo no fumo ni consumo esa espumosa bebida?, nos preguntaba entonces el maestro Naharro, para objetarse a sí mismo a continuación con esta otra pregunta: ¿Pero cómo es posible que el que gana diez pague lo mismo que el que gana cien mil? El colectivismo no tenía problemas en este sentido porque bajo su férula cuánto llegaba a manos del ciudadano venía ya despojado de toda ganga, aunque luego las dachas playeras de Crimea fueran para los mandamases. El impuesto sólo es problema en el sistema abierto, ya ven la paradoja.

Lo que no tienen sentido es la preguntita de si es de derechas o de izquierda subir la carga impositiva, porque la experiencia demuestra que todo dependerá de la circunstancia. Y además, a ver qué sentido tiene detenernos en esta minucia del atraco fiscal mientras nadie es capaz de ponerle el cascabel al gato de los paraísos fiscales. Nuestros venerados deportistas de élite declaran en Andorra como nuestra “beatifull people” lo hace en las Islas Caimán. Ya me dirán lo que a ellos les importa la vaina de esa declaración que cada junio le quita el sueño a los peatones.

¿Cuando amanecerá, Tovarich?

Va a haber que hacerse, desde el primer momento, aquí en Andalucía la Roja, la pregunta que la Krúpskaya le hacía al padrecito Lenin en plena madrugada moscovita: “¿Cuándo amanecerá, tovarich?”. Es decir, cuánto tiempo tardaremos en ver venirse abajo este castillo de naipes, cuánto en padecer sus contradicciones, cuánto en estallar el odio visceral entre los dos socios que van a cogobernarnos? Oponerse desde ya a la aplicación de la Reforma Laboral del Gobierno, por ejemplo, es, al margen de todas las discrepancias imaginables, incluidas las mías, un acto de solemne de rebeldía y de deslealtad  institucional que puede perjudicar a la comunidad mucho más que ayudarla y, como dice Alfonso Lazo con clarividencia, convertir a Andalucía en una reserva india o en la aldea de Asterix.