Toques de gloria

Lo que está diferenciando a la masacre de Siria de tantas otras como llevamos vistas es la exposición de los niños sacrificados, la ofensa a la sensibilidad que supone distinguir en primer plano, entre la muchedumbre de cadáveres, los cuerpos sin vida de esos niños, incluso bebés, que parecen dormidos en las fotos que nos envían los corresponsales. Mucho ruido y pocas nueces a pesar del inmenso desastre que lleva provocado el bárbaro de Bachar al-Assad –las cifras oscilan demasiado según las fuentes–, apoyado vergonzosamente por Rusia y China pero surtido de armas y razones por otros que no se suelen nombrar. “Horrorizados” es la palabra de moda. Lo están en Berlín al ver esos retratos irrefutables, lo está el pelele de Kofi Anan cuyo “plan” está sirviendo para incrementar con el paso de los días la negra estadística del crimen, lo están en Francia, donde una mayoría se inclina por una intervención armada… pero no francesa, lo está la vecina Turquía invadida ya por el clamor de los refugiados y el resplandor de los incendios provocados por al-Assad en los bosques ara descubrir a los rebeldes, lo están, en fin, los países que han retirado sus embajadores a la vista del paisaje devastado en Homs, en Hama o en Homala. Lo que no hace nadie es dar el paso adelante, quizá porque no hay petróleo que conquistar, también porque la obcecación ruso-china mantiene atada de pies y manos a la ONU. Hasta ahora los genocidas han venido ocultando sus ruinas a base de desmentidos y fosas comunes. En Siria no se esconden la mortandad sino que se exhibe, mostrando en primer término el martirio infantil, como si el régimen buscara subrayar la imagen de su implacabilidad. Niños dormidos como último argumento: a la imagen convencional del montón de cadáveres ya estamos demasiados hechos. ¡Qué horror!, dicen las cancillerías haciendo estética de la ética. Uno cree recordar que ni Gadafi ni Mubarak llegaron nunca a dar tantos motivos y ya ven el resultado.

Lo de los niños asesinados no lo digo por gazmoñería porque siempre me pareció equívoco valorar la muerte en función del sexo o la edad. Lo digo, sin embargo, por la repugnancia que me produce la exhibición misma y lo que en ella subyace de aviso a los navegantes. ¿Acaso se puede bombardear una ciudad –como han hecho unos y otros—excluyendo del desastre a los débiles e impedidos? Los serbios como los rusos, los yanquis o los franceses han cuidado las formas en sus últimas agresiones pero con los mismos resultados. Al terrorismo le cuesta hilar fino, actúe con casco o con pasamontañas. La singularidad siria estriba en haber hecho de la barbarie un argumento propagandístico.

La mejor defensa

La mejor defensa es un buen ataque. Es lo que ha debido inspirar el ex–alcalde de Valverde del Camino (PSOE) su carga contra su propio partido, contra el PP y contra los medios, especialmente con el que tiene el lector en las manos. En lugar de arrepentimiento y propósito de enmienda, el tal Miguel Ángel Domínguez, el mismo que pagó los servicios de un burdel con la VISA municipal, se ha venido arriba por el simple hecho de que, como era previsible, la Fiscalía de Huelva ha archivado la denuncia de estos hechos despreciables. Ya veremos qué pasa en la vía penal, si es que se recurre a ella, pero no pocos padres de de la escuela calañesa donde ejerce de maestros andan desconcertados ante el hecho que un personaje con semejante tacha se convierta en responsable de sus hijos.

Armas para la paz

Una providencia judicial acaba de reiterar en los EEUU el mítico derecho de los ciudadanos a poseer armas de fuego, defendida con ardor por amplios sectores de una opinión que no renuncia a su actitud pionera y a la idea primitiva de la autodefensa heredada de aquella. La seducción de las armas y el equívico concepto de seguridad que ellas proporcionan prospera también en países europeos, como Francia, en los que cada día son más frecuentes las armas de guerra en manos de los particulares. Aquí en España mismo acaba de desmantelarse un enorme almacén de armas pesadas procedentes tanto de la Guerra Civil como de la Mundial, cuyo empleo por parte de la delincuencia común es cada día más frecuente. Durante los pasados ejercicios, nuestro comercio de armas, incluso con países en conflicto, ha crecido notablemente, convencidos como están nuestro pacíficos Gobiernos de que ese tráfico legal es también legítimo con independencia de las tragedias a que pueda dar lugar. Nunca sabremos, por lo demás, qué fue del arsenal soviético en manos de las mafias rusas ni cómo se liquidó, si es que liquidó, el temible armero sobrante de la tragedia yugoeslava, pero es obvio que si las armas proliferan por todo el planeta es porque hay quien las fabrica y las vende en régimen de mercado libre o negro. Una honda crisis de inseguridad comparte con el incremento de la delincuencia mayor este auge de las armas desde una equívoca sugestión protectora que está en función, sin duda posible, del fracaso del Estado como garante de la paz pública. Gadafi fue lo que fue con el arsenal que le vendió Francia como Arabia Saudí o Israel son lo que son gracias a ese comercio infame que todos condenan pero ninguno suprime, y que hasta hace poco ha incluido la fabricación y exportación de esas bombas antipersonales, la lucha contra las cuales preside aquí la Reina con modestos resultados. La selva subyace bajo el urbanismo y el predador se disfraza de civilizado con las bendiciones de las democracias.
En cierto modo, al aniquilar el principio democrático del monopolio de la violencia por parte del Estado, el hombre redescubre el bosque sagrado del que saltó a la sabana, ese territorio de la indefensión en el que le fue preciso afilar la piedra o la estaca para sobrevivir en competencia con la ferocidad cotidiana. Hace poco el propio Cameron viajó el África profunda acompañado de esos traficantes de cuello blanco y nadie se rasgó las vestiduras. La civilidad democrática puede con muchas cosas pero no con los grandes tráficos prohibidos. Es más, en cierto modo compite con ellos con todas las de ganar.

La bolsa o la vida

Cualquier lector del Nuevo Testamento sabe bien que Jesús de Nazaret tuvo relación con dos gerentes económicos, el apóstol Mateo Levi, recaudador de impuestos y, en consecuencia, publicano malmirado por la opinión, y Judas Iscariote, que fue el administrador del Los Doce aunque alguno de sus colegas, en un episodio memorable, lo tildara de ladrón. ¡Todo un dios y le salieron uno bueno y malo, calculen! Esta temporada estamos viviendo el desconcertante “affaire” que la prensa llama “Vatileacks”, consistente en el escandalazo provocado por la filtración de papeles de la mismísima cámara pontificia por mano de un criado infiel o, según otros, de una trama relacionada con las luchas sucesorias que ya acosa al sabio Ratzinger, aunque de momento el que está en el trullo sea el mayordomo. Secretos a voces, denuncias susurradas, papeles comprometedores en torno a los chanchullos vaticanos –esa jodida e histórica herejía del dinero—y también confidencias (más bien “infidencias”) del famoso “banquero de Dios”, Ettore Gotti Tedeschi, el presidente del Banco Vaticano, que se ha curado en salud poniendo a buen recaudo una grave documentación para el caso de que su cuerpecito gitano aparezca cualquier día, si no balanceándose colgado en un puente de Londres, como el pobre Calvi, tal vez con un agujero en la sien o dormido plácidamente para siempre como su ingenua Santidad Juan Pablo I, ya que él no tiene la posibilidad, como Marcinkus, de esconderse en una parroquia perdida. Hay toda una tradición cristiana enemiga del dinero –Jesús no tocó la pasta más que cuando fariseos y herodianos le dieron el denario para pillarlo en el célebre dilema—pero la verdad es que la pobreza sido siempre marginal y que frente a esa línea mental ha triunfado siempre lo que pudiéramos llamar un mercantilismo a lo divino realmente escandaloso. Por lo que sabemos, Jesús era un pobre entre los pobres. Sus sucesores, salvo nobilísimas excepciones, empezaron limosneando, pasaron luego a ahorrar y, cuando se han dado cuenta, resulta que tienen la Mafia dentro.

El dinero es necesario, no digo yo que no, pero desde luego no es evangélico, como no lo es el Poder en sí mismo, que mi llorado Juan Mateos identificaba con el pecado, aunque yo creo que él votaba al PSOE. Y al contrario, la pobreza es escandalosamente revolucionaria, los mismo con los “fraticelli” que con los teólogos de la liberación, igual en el retrato colectivista que hace de ella el autor de los “Hechos” que en la renuncia silenciosa de muchas almas coherentes. Puede que Dios ande entre los pucheros, como quería la doctora Teresa, pero donde por supuesto no está es en los paraísos fiscales.

Belmonte

Otra vez resurge la hipótesis de que “Malaya” significaba “desde Málaga a Ayamonte”. Ahí está el chapucero espectáculo de este último Ayuntamiento con sus alcaldes, el anterior y el actual, en medio de la balacera, por haber permitido un montaje exactor para trapichear en la cosa urbanística y establecer un “urbanismo a la carta” –incluyendo en la faena a los propios técnicos de la casa– mientras el PSOE hace una vez más de clueca de los presuntos, sus dirigentes sabrán por qué, por no decir a cambio de qué. De lo que no cabe la menor duda es de que la costa andaluza ha sido todos estos años nuestra isla de las Tortugas, y el control del territorio el filibusterismo de los electos y sus séquitos.

Testas coronadas

Los monarquistas españoles, tan tibios, tan retarguadistas, andan que se pudren de envidia contemplando el jubileo que en Gran Bretaña le están dedicando a la reina Isabel en el 60 aniversario de su reinado. Se mueren de rabia viendo en torno a la soberana, recuperada ya de sus “años horribles”, de los escarceos de su paciente heredero, de la losa sentimental que ha sido el recuerdo de lady Di, de las veleidades nazistas de alguno de sus nietos (que no es el primero ni el segundo en tenerlas en esa familia, como bien sabemos) o de las movidas tarambanas de alguna nuera cimarrona, y ahora rodeada de los flor y la nata del pop mientras una muchedumbre agita sin tregua la enseña de la “Union Jack” al paso de la carroza real. Qué envidia para ellos, para nuestros monarquistas, una dinastía deseada por el 80 por ciento de la población y qué astucia la de los Windsor si comparamos su circunstancia con la española, qué alarde de estudiada demagogia el contenido en esas tres palabras –“Her Majesty…, Mummie”—con que el príncipe Carlos hizo reír a su adusta madre y, a la farándula en peso, desde Paul MacCarney a Elton Jonh pasando por Stevie Wonder o Cliff Richards. Hasta ahora, al menos, esa fabulosa capacidad de recuperación demostrada por los Windsor resulta incomparable con las torpezas sucesivas de los Borbón que están dando alas a un nuevo republicanismo, por el momento inofensivo y testimonial, apenas compensado por la novelería de los príncipes de Asturias pero con la bomba-lapa de los Undargarín y la escopeta del Rey lastrando esa nave cada día más frágil. El borbonismo ha cifrado su éxito –a pesar de la distante “profesionalidad” de la Reina–  en la famosa empatía familiar y en su leyenda populachera más que en el prestigio de una institución, al fin y al cabo instaurada por la Dictadura. Lejos de ese modelo,  los Windsor han echado mano de una pléyade de publicitarios profesionales que, en  bien poco tiempo, han logrado invertir el transparente del humor popular.

En Inglaterra la monarquía es el esqueleto y el músculo del imaginario colectivo. Aquí poco más que una prótesis ajustada de aquella manera en su vacilante andador, por más que el futuro de la dinastía no me parece más cuestionado que el de la propia nación, a pesar de estar convaleciente en su “annus horribilis”. Nos llevan ventaja, por descontado, pues mientras ellos celebran el 800 aniversario de su Carta Magna nosotros andamos festejando la victoria sobre Miramamolín en las Navas de Tolosa. Los Borbón harían bien en mirarse en el espejo de sus primos si quieren celebrar dignamente algún día su propio jubileo.