La izquierda rota

Dura se le está poniendo la cosa a los “valderitas”, acusados por los disidentes de su propia “base” de hacer de mamporreros del PSOE a cambio de colocar a familiares y deudos. La denuncia abierta –como suya—que ayer hacía Julio Anguita en estas páginas o el chupinazo que le dedicaba Luis Carlos Rejón a la “nomenklatura” dejan claro, además, que no debemos entender por “bases” una amalgama informe y desdibujada, sino un partido dentro del partido, no solamente disconforme sino avergonzado de lo que se está haciendo con sus votos. Con tristeza hemos dicho en varias ocasiones que este pacto de Gobierno iba a ser la tumba de IU como alguno anterior lo fue del PA. Valderas debería orientarse por Antonio Ortega en vez de tentar la suerte con dados “cargados”.

La pelea política

Vamos siguiendo el curso del debatillo provocado por el Defensor del Pueblo en el Parlamento autónomo al recordarle a los diputados que “la gente está hasta el gorro” de ellos y de sus inacabables “peleítas”. A sus Señorías, que en un primer momento aplaudieron al Defensor por el aviso, les ha cambiado luego el humor y quieren que éste reciba una reprimenda institucional. ¡Qué bárbaro, tomar a mal unas palabras tan elementales y comprobables, y achantarse, sin embargo, cuando los sondeos sitúan la estima pública  junto a la prostitución, es decir, en lo más bajo! Charles Péguy sostuvo que los políticos piensan  igual que nosotros de la política y decía que ellos son los primeros en estimarla en lo que valen, esto es, en despreciarla, pero es el caso que el Defensor no ha despreciado en modo alguno el valor ni la tarea política sino que se ha limitado a reprocharle a sus actores que la hayan reducido a un pulso maniqueo e inútil, en virtud del cual todo lo que unos hacen es bueno y cuanto hace el adversario es malo, práctica que ha minado por completo su credibilidad. Que la política consista en un pulso no es ninguna rareza, pero que no quepa esperar de ella más que la descalificación del contrario y la exaltación de lo propio, descubre al ciudadano la inanidad de un proyecto del que es legítimo esperar mayor enjundia. Claro que es posible que haya que interpretar esa miseria dialéctica como la consecuencia inevitable del bajísimo nivel de nuestros representantes cuya formación se reduce, en muchos casos, demasiados, a la experiencia conspiratoria aprendida en los pasillos del partido. No esperará el Defensor de muchos de estos portavoces que han alcanzado el ambón trepando análisis profundos y, menos aún, argumentos complejos. Lo que hay es lo hay y eso, Defensor, a saber,  una asignatura pendiente de este sistema de libertades corrompido en partitocracia. Es más fácil tirarle el jarrón a la cabeza al rival que tratar de recomponerlo.

 

No son sólo los partidos, sino los medios, la sociedad en su conjunto la que está demediada y, en consecuencia, actúa con simpleza limitándose a seguir conveniencias ocasionales. Las “peleítas” no son exclusivas de los bienpagados profesionales de la vida pública sino de toda una cultura de masas que se alimenta con la papilla maniquea. Si los políticos hicieran bien su trabajo, ni que decir tiene que sobraría el Defensor.

La pelea política

Vamos siguiendo el curso del debatillo provocado por el Defensor del Pueblo en el Parlamento autónomo al recordarle a los diputados que “la gente está hasta el gorro” de ellos y de sus inacabables “peleítas”. A sus Señorías, que en un primer momento aplaudieron al Defensor por el aviso, les ha cambiado luego el humor y quieren que éste reciba una reprimenda institucional. ¡Qué bárbaro, tomar a mal unas palabras tan elementales y comprobables, y achantarse, sin embargo, cuando los sondeos sitúan la estima pública  junto a la prostitución, es decir, en lo más bajo! Charles Péguy sostuvo que los políticos piensan  igual que nosotros de la política y decía que ellos son los primeros en estimarla en lo que valen, esto es, en despreciarla, pero es el caso que el Defensor no ha despreciado en modo alguno el valor ni la tarea política sino que se ha limitado a reprocharle a sus actores que la hayan reducido a un pulso maniqueo e inútil, en virtud del cual todo lo que unos hacen es bueno y cuanto hace el adversario es malo, práctica que ha minado por completo su credibilidad. Que la política consista en un pulso no es ninguna rareza, pero que no quepa esperar de ella más que la descalificación del contrario y la exaltación de lo propio, descubre al ciudadano la inanidad de un proyecto del que es legítimo esperar mayor enjundia. Claro que es posible que haya que interpretar esa miseria dialéctica como la consecuencia inevitable del bajísimo nivel de nuestros representantes cuya formación se reduce, en muchos casos, demasiados, a la experiencia conspiratoria aprendida en los pasillos del partido. No esperará el Defensor de muchos de estos portavoces que han alcanzado el ambón trepando análisis profundos y, menos aún, argumentos complejos. Lo que hay es lo hay y eso, Defensor, a saber,  una asignatura pendiente de este sistema de libertades corrompido en partitocracia. Es más fácil tirarle el jarrón a la cabeza al rival que tratar de recomponerlo.

 

No son sólo los partidos, sino los medios, la sociedad en su conjunto la que está demediada y, en consecuencia, actúa con simpleza limitándose a seguir conveniencias ocasionales. Las “peleítas” no son exclusivas de los bienpagados profesionales de la vida pública sino de toda una cultura de masas que se alimenta con la papilla maniquea. Si los políticos hicieran bien su trabajo, ni que decir tiene que sobraría el Defensor.

Noticias de Afganistán

Una periodista de este diario, Mónica Bernabé, que lleva en Afganistán desde el año 2.000, acaba de presentar un libro que, por lo que se nos ha adelantado, debe de ser apasionante. Nadie es capaz de entender, a estas alturas, el sentido de esa guerra que fue, en su origen, una reacción visceral frente al 11-S, no poco justificada, es verdad, por haberse convertido aquel avispero en escuela de terroristas, pero, sobre todo, nadie sabe hoy por hoy cómo ponerle fin al conflicto. Mónica sostiene que no es real la película de que Afganistán, una vez retiradas las tropas de ocupación, podría ser un país viable, y menos aún que un Afganistán autónomo pueda recuperar la normalidad política puesto que el socio con que se han aliado los países intervinientes son “señores de la guerra” reconocidos como criminales por el grantestigo de la tragedia, el pueblo. El periódico Time, por su parte, acaba de publicar un dato terrible que se refiera ya a la guerra misma o, mejor, a los guerreros en ella implicados, y es una estadística facilitada por el propio Pentágono según la cual el índice de suicidios ha aumentado de tal manera que, en los cinco primeros meses de este año, se ha registrado entre las tropas americanas  un suicidio diario, un hecho que es interpretado sobre el terreno, más que como la consecuencia de la lucha misma, como el efecto de la retirada militar y de la consiguiente “rentrée” en un país que considera impopular que, muy probablemente –y aunque por motivos diferentes a lo que ya ocurriera a los ex-combatientes de Vietnam—que no valore y acaso ni siquiera comprenda la odisea vivida por los expedicionarios. Ahí tienen otra guerra frustrada, al menos ante la estimativa pública, que explica el creciente cuestionamiento del mismísimo derecho de intervención, como se está comprobando esta temporada frente al insensato e inhumano desafío de el-Assad en Siria. Acaso el fracaso se deba a la escasa o mala definición del conflicto mismo. Cicerón decía que para embarcarse en una guerra resultaba imprescindible garantizar que con ella se buscaba solamente la paz.

 

Si el antimilitarismo es ingenuo, cada guerra pone más en evidencia la inevitabilidad del fracaso. Jamás ha habido una guerra buena ni una mala paz, venía a decir Benjamín Franklin, y es sobre ese movedizo dilema donde hay que moverse para comprender por qué las grandes potencias fracasan una y otra vez al enfrentarse, no a los enemigos ciertos y definidos, sino, en definitiva, a los pueblos. Dice nuestra enviada que el problema no son los burkas sino el mal entendimiento de la realidad del país. Esa explosión de suicidios parece confirmarlo.

La verdad escuece

Cuando el Defensor del Pueblo Andaluz, José Chamizo, abroncó a los políticos diciéndole lo que dicen todas las encuestas, es decir, que la gente “está hasta el gorro de ellos y de sus peleitas”, sus Señorías se apresuraron a excluirse por el procedimiento de aplaudir sus palabras. Pero luego han reaccionado y resuelto que sea el propio Presidente de la Cámara, Manuel Gracia, quién le dé réplica privada. La verdad escuece y no cabía esperar otra cosa, pero carece por completo de sentido que los mismos que –supongo que por sus méritos– lo han mantenido en el cargo tantas legislaturas se reboten ahora porque alguien les diga lo mismo que les diría la inmensa mayoría de los ciudadanos si tuvieran ocasión.

La rueda del hámster

El tema de nuestro tiempo, como diría Ortega, es la crisis. La crisis, por su parte, consiste en una fantasmagoría en la que todos yerran y ninguno acierta, un embeleco que, como el lobisome o el vampiro,  no se manifiesta sino en sus destrozos. ¿Habrá que recordar al propio Ortega cuando decía aquello de “No sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa”? Fíjense en España, en cómo poco a poco la soberanía nacional se ha ido volatilizando aquí para reaparecer en manos de los burócratas de Bruselas y en los sanedrines de Berlín. Hagan memoria. Primero nos hablaron vagamente de que había que ajustarse el cinturón y así se hizo, pero la cosa fue a peor. Nos ordenaron luego perpetrar una reforma laboral de no te menees, la hicimos y la prima de riesgo ésa subió mientras la bolsa bajaba. Dijeron entonces que lo prioritario era la reforma financiera y se intentó hacer mejor o peor –manipular ese artefacto nos costó una mano y parte de la otra– pero la prima en cuestión seguía subiendo y subiendo. Se adujo entonces que había que asfixiar al contribuyente y sisarle la cartera  a los trabajadores públicos, y cuando se hizo resulta que la prima no se inmutó y continuó su ascensión, como haciendo bueno el dictum de no sé qué prócer que dijo del año 2001: “Sólo sabemos que el 2012 será peor”. Y en fin, allá estaba Grecia amenazando al sistema con la insumisión y, en consecuencia, empujándonos a todos hacia el abismo, pero cuando en Grecia se despejó el ambiente y los apolíneos del europeísmo vencieron a los dionisiacos de ambos extremos, vimos con asombro que tampoco esa afortunada circunstancia evitaba la levitación de la prima. Media Europa se reconoce ya en la imagen el hámster que galopa sin fin en su rueda finita pero ilimitada como el Universo. Ni idea de adónde vamos, aunque tengamos algunas teorías medio qué para explicar de dónde venimos.

El sistema capitalista, el ideal del mercado libre con su “mano invisible” y sus manos negras, está fracasando si es que no ha fracasado ya más o menos como fracasó el timo colectivista que se escondía detrás del Muro. ¿Por qué nadie osa decir algo parecido a esto, por qué renovamos una y otra vez el crédito a un Sistema que incluso se permite cachondearse de sus más fieles arúspice?  ¿Será éste el purgatorio previo al reino feliz de los tiempos finales? Sólo la jodida prima podría contestar a esa pregunta mientras menea en el bululú su invisible perfil en manos del buhonero. “No sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa”. Y a uno le da el pálpito de que sólo la prima conoce las claves de estas postrimerías. No hay mal peor que el que está en todas partes y en ninguna.