Marcha atrás

Tras mucha protesta y plantes, la Junta se ha dado cuenta de que el recorte impuesto al personal sanitario es ilegal y hasta sugiere que puede haber otros colectivos que también resulten “no recortables”. Y uno se pregunta quién proyectará los recortes de la Junta, para qué le sirven a ésta sus servicios jurídicos, porque más bien da la sensación de que esos recortes se han dispuesto a lo tonto modorro, trazando la raya sin pensárselo dos veces, un modo inverosímil de reaccionar contra una crisis tan compleja y delicada. A esa consejera irresponsable debería deberían encargarle una faena más sencilla. Los sanitarios andaluces lo agradecerían una barbaridad.

Sobre el pudor

La noticia de que el gigantesco Museo Nacional chino de la plaza de Tiananmen expondrá una muestra del Renacimiento hizo concebir en el cogollo de la cultura europea la ilusión de que, contra lo predicho por algunos de los viejos sociólogos, las naciones no queman etapas en su modernización ni siquiera en la “aldea global”. La que nos llega ahora sobre la anacrónica censura decretada por sus autoridades culturales que culmina, de momento, con la pixelación de los genitales en el David florentino de Miguel Ángel, nos desmonta la idea lanzado por en su día por Gautier de que el pudor es una invención moderna y cristiana. En la fenomenal “Historia del Cuerpo” que coordinó Alain Corbin, Daniel Arasse denuncia el cinismo del Aretino al denunciar la indecencia de los frescos de la Sixtina y, en especial, los de El Juicio Final, a los que decía considerar apropiados para el cuarto de baño pero no para un espacio sagrado, una opinión que, no hay que engañarse no fue minoritaria ni mucho menos y que acabó zanjándose cuando Pío V ordenó a Danielle de Volterra que cubriera los genitales con sus famosos “braghettonne”. En plena emergencia económica y social, los chinos viven su particular Renacimiento con cinco siglos de retraso, al menos en el espacio moral, haciendo buena la broma de Rémy de Gourmont de que el pudor sexual no es más que un progreso sobre el exhibicionismo de nuestros ancestros los primates. En China es frecuente ver una larga hilera de desdichados arrodillada para facilitarle a los verdugos el tiro en la nuca, cuya bala habrán de pagar los parientes, y concentrar en Shanghai un modernismo desmadrado que desconcierta al turista occidental, pero parece que el país no está preparado, en cambio, para ver una escultura desnuda ni siquiera en la penumbra de un museo. Siempre he pensado que el pudor no es más que una forma delicada de la hipocresía.

El cuerpo humano (y vuelvo a remitir a la obra de Corbin) es un tabú que sólo desmonta la civilización, el estadio libre de la evolución humana, cosa que no han entendido en su justa medida y significación ni los espíritus delicados ni los pornográficos. Felipe II guardaba para él solo algún desnudo, por no recordar la crónica grotesca del famoso “Origen del mundo” de Courbet. Eliminar ese tabú nunca ha sido fácil y la explosión china no tenía por qué ser una excepción. Al fin y al cabo la relación entre el pudor y el vicio constituye un viejo tema.

Epulón y Lázaro

El argumento de paliar la pobreza expoliando a la riqueza no lo han inventado estos penúltimos socialdemócratas sino que es, casi, un invariante del espíritu de justicia que, paralelamente al egoísmo, anima desde siempre a la conciencia humana. Hoy día se ha convertido, es cierto, en un “leiv mitiv” electoral pero parece que su eco llega también a las mayores alturas. En la ONU, por ejemplo, la Conferencia para el Comercio y del Desarrollo acaba de proponer un tasa especial para las “grandes fortunas” –¿les suena?– que ella calcula que vendrán a ser más de 1.200 en este año de gracia, entendiendo por grandes afortunados a aquellos que posean, como mínimo, el miliardo de dólares, que en su conjunto sumarían 4.600 miliardos, o sea, cuatro billones y medio bien despachados de esa ansiada moneda, a los que de imponérseles la tasa de un 1 por ciento apenas notarían el rasguño pero cederían a los países desarbolados nada menos que 46.000 mil millones. La ONU ofrece, en este caso, un detallado cuadro de la distribución de la riqueza en el planeta, llegando a la conclusión que, de aplicarse finalmente la tasa, ni se enterarían esos afortunados ya que, suponiendo que si la media de ellos dilapidara mil dólares al día, ninguno lograría liquidar su fortuna en menos de 10.000 años. Son “elegantes”, como dicen los científicos, estas propuestas que tienen poco de utopía y mucho de remiendo en el sayo de esta sociedad desigual que va distanciando más cada día a quienes nada poseen de quienes tienen de sobra y creen ya escasamente en la perícopa lastimera de Epulón y en la gloria de Lázaro. La riqueza lo es todo, opinaba Eurípides cuando los plutócratas más encumbrados no podían ni soñar lo que con el tiempo llegarían a ser.

Gravar especialmente a los ricos debería ser una propuesta indiscutible o, como ocurrió hace poco en Francia, una ocurrencia de ellos mismos, un gesto razonable de quienes saben que poseen lo que no podrían dilapidar en cien vidas a favor de aquellos desafortunados a los que el ahorro no habría de sacar de su precariedad. Con lo que muchos no tragamos es con la pantomima política que supone reclamar ese impuesto sobre las grandes fortunas a título maniqueo y sabiendo de antemano que nunca cuajará. En el Satiricón resuena la voz de Petronio preguntándose qué coños pueden hacer las leyes allí donde sólo reina el dinero. Veinte siglos después aún escuchamos su eco.

Un juez menos

El Tribunal Supremo (cuando lo deja el TC) ha liquidado al juez de Familia, Francisco Serrano, por la telenovela del niño cuya tenencia paterna se prolongó un día en atención a su fervor cofrade. Dudo seriamente de que si Serrano hubiera hecho lo mismo pero en favor de la madre en lugar del padre, hubiera sido condenado por una Justicia cuya cúpula es incapaz de elegir Presidente, echa al anterior por cargar al Presupuesto sus viajes pero se niega a descubrir lo gastado en el mismo capítulo por el resto de la compañía. Es triste que el Supremo soporte la supremacía del Constitucional o que los jueces de Estrasburgo se hayan convertido en la última esperanza de los justiciables españoles. Esperemos que estos no defrauden a Serrano como no defraudaron a Liaño.

El rapto de Europa

Tras un largo debate, la FIFA, ha decidido autorizar a la mujer futbolista a saltar a la cancha tapada de pies a cabeza, providencia que ha sido celebrada en los países islámicos, en especial en los más radicales, pero que ha levantado la consiguiente polvareda en aquellos otros que cuidan con esmero su noción de laicidad. No ceder ante esa petición significaría, según la FIFA, excluir del deporte rey a la mujer islámica, aunque contemplada la cuestión desde la cera de enfrente, lo que significa es que, en lugar de plegarse a la inmensa mayoría, la minoría conseguiría imponer sus usos privativos a los generales. ¿Qué vendrá después de esta victoria, dónde se detendrá la creciente exigencia de origen religioso o simplemente cultural, habrá de verse un día el Occidente laico sometido a todas las limitaciones que se autoimponen los adeptos del Islam? Ni que decir tiene que ese visto bueno ha sido contestado sin demora desde otros países, con la Federación de Fútbol Francés a la cabeza, que expresa con su negativa a aceptar el acuerdo de la FIFA una precaución más profunda, compartida por casi todas las sociedades secularizadas: la de que cediendo a las demandas de una cultura externa pudiera llegarse más pronto que tarde a la mediatización de la cultura propia, no ya en asuntos de impacto limitado, sino en aquellos otros que estarían imponiendo, so capa del concepto de integración multicultural, pesados cambios que alcanzarían desde el alimento al vestido pasando por el propio lenguaje, de manera que las culturas indígenas podrían acabar desnaturalizadas por la aplicación de lo que el Islam llama “halal”, es decir, permitido.

Es lógico que los países que cuentan con vastos contingentes de inmigrantes extranjeros estén prevenidos ante el riesgo de que su cultura propia termine desnaturalizada o incluso sepultada ante la imposición de normas y costumbres ajenas, por más que el multiculturalismo predique lo contrario. Y lo es porque numerosos de esos trágalas resultan incompatibles con la propia axiología cuyos valores no solamente se niegan sino que se consideran contrarios a la moral individual o social. Aparte de que ninguno de esos exigentes países aceptaría, como contrapartida, que en ellos se impusieran usos y costumbres que chocan con su idiosincrasia. El rapto de Europa se está produciendo esta vez en sentido contrario.

¿Alianza o choque?

No será necesario repetir que todo aquel tinglado de la “alianza de civilizaciones” carecía de sentido porque, así como hay muchas Culturas en el mundo, Civilización no hay más que una, como ya entrevió Voltaire en “El siglo de Luis XIV” y glosaron luego entre otros Marx y Engels (que lo hicieron desde el materialismo reduccionista) a Tönnies y Alfred (no Max, ojo) Weber. El que dio en el clavo fue Huntington cuando, mucho antes de que apareciera el infantilismo zapaterista, habló de “Conflicto de Civilizaciones” en la idea de que, en este siglo que malvivimos, esas llamadas civilizaciones serían los auténticos protagonistas. Y bien, ya ven ustedes cómo va la cosa, en especial desde el 11-S. Hace bien poco, una facción islamista radical que domina en Mali, aplicó la charia correspondiente para destruir todos los mausoleos de Tombuctú, la famosa “ciudad de los 333 santos”, lugares sagrados fundados por los tuaregs en los siglos XI y XII, y comenzando por el veneradísimo de Sidi Mahmoud, como respuesta a la decisión de la Unesco de declarar la ciudad como patrimonio en peligro. ¿Recuerdan la voladura controlada de los Budas de Bamyan que dinamitaron los taliban precisamente por lo mismo? Pues a ver cómo hablar de “alianza” con unos bárbaros que destruyen hasta las obras más consagradas jactándose, por si fuera poco, de tan despreciable actitud y dejando clara la distancia cultural que los separa de los pueblos realmente civilizados.

Hay, nadie lo niega, un Islam pacífico y respetuoso, muchos de cuyos miembros han contribuido a manos llenas –y en España lo sabemos de sobra– a colmar el acervo que ha hecho de Occidente la única referencia de eso que entendemos por civilización, pero hay un Islam extremista que se perfila como un enemigo universal de la libertad de los pueblos desde la insensata voluntad de imponerles a todos su yugo. Pregunten en Bamyam o en Tombuctú si les queda alguna duda. Un periodista le ha preguntado a la portavoz del caciquillo correspondiente por las razones que pueden explicar, esta enloquecida iconoclastia, y la portavoz le ha respondido con flema casi británica: “Mire usted, todo esto es ‘haram’ (es decir, tabú, prohibido) y nosotros somos musulmanes. ¿Me puede decir, en cambio, qué porras es la Unesco?”. Lo pavoroso de esta coyuntura es, precisamente, ese fanatismo inaccesible a cualquier razón.