La “blanquiverde”

¡Hay que ver la multitud de gente que ha vivido y sigue viviendo de la “blanquiverde”! No incluyo, por supuesto, a los que creyeron en ella con sinceridad sino a los que no, que son, pues eso, multitud. Un viejo emblema islámico, adoptado por un duque rebelde y desempolvado por algunos soñadores rodeados de Judas. Ha servido lo mismo para un fregado que para un barrido y ahora es reutilizado de nuevo por los antisistema de Podemos acaso fieles a lo que fue en su origen: la bandera de una taifa. Aquí el más tonto hace un reloj y todo el mundo reclama un “poder andaluz”… para uso propio. Veo a esa podemita envuelta en la “blanquiverde” y se me viene a la mente el mantón rojigualda de Marujita Díaz. Esa bandera ha dado de comer a más andaluces que el olivar.

¡Colócanos a tos!

Desvelaba ayer este periódico la red de “enchufes” que electrifica a la Agencia Ideas (de soltera, Instituto Andaluz de Fomento, IFA), convertida en refugio laboral de parientes y amigos en medio de este agujero negro del 30 por ciento de parados. Nada nuevo: al cacique granadino don Natalio Rivas le gritó un espontáneo en un mitin de su pueblo “¡Natalio, colócanos a tos!”, una plegaria política que el “régimen” andaluz del PSOE ha sabido aplicar durante más de tres decenios. Sería estupendo hacer públicas las nóminas de “asesores” de la Junta, de las Diputaciones y de tantos organismos autónomos que compiten en nuestra ruina para comprobar que hasta en provincias donde no existe aeropuerto hay un asesor del ramo. Un “régimen” presupone un rebaño dócil. La autonomía andaluza es el mejor ejemplo de ello.

¿No habrá caso?

Si con el “caso ERE” se están haciendo encajes de bolillos, el que afecta al saqueo de los fondos de Formación acumula denuncias y sospechas cada día más inquietantes para quienes esperan justicia. Se afirma que la juez- sustituta de Alaya no tiene en cuenta las claves sobre el funcionamiento del clientelismo que le dan los investigadores policiales; la UCO acusa a la Junta de estar boicoteando sus intentos de investigar al que fuera número 2 de doña Susana, el cordobés Rafael Velasco; y los abogados de la acusación particular no se cortan un pelo al decir públicamente que la Junta no tiene más interés que “tapar el caso Formación”. Esto funciona ya, según  parece, como Cataluña: a cencerros tapados. No me dirán que no está justificado el escepticismo público ni a la vista el control político de la Justicia.

La memoria terrible

Con motivo del homenaje de su pueblo –Valverde del Camino— releo la obra, que yo mismo prologué en el año 92, “Miguel Hernández en el recuerdo”, escrita por el notario Diego Romero, testigo fidedigno de la Sevilla de la primera postguerra. Romero fue el primer defensor del desdichado poeta por recomendación de Llosent, compañero en aquel sector “benéfico” del Movimiento que comandaba don Carlos Ollero, y al que pertenecían Mercedes Fórmica, Romero Murube, el gobernador Gamero del Castillo, aparte de jóvenes como Fernández Ortiz o Díez Crespo.

Para uso de los profesionales de la “media memoria histórica” recomendaría este libro que permite entrever la tensión vivida en aquella sociedad en la que, junto al terror, se erguían también voluntades empeñadas en salvar lo salvable. Contemplen la inquietud de Jorge Guillén, a quien, a cambio del inevitable tributo de “adhesión” cultural, facilitaron su marcha al extranjero. O la odisea de Miguel rebotando en Sevilla entre Mercedes Fórmica y Romero Murube, para acabar en Valverde en busca de Diego Romero, quien, huyendo de la ominosa retaguardia,  acababa de incorporarse al frente. ¡Hasta la leyenda tan poco verosímil del encuentro de Miguel con Franco en el Alcázar dio de sí este trágico enredo!

Gran mosaico el que ofrece esta obra, que incluye teselas como la relación de Miguel con Juan Ramón; o con Lorca a quien, según nos contaba el pintor Pepe Caballero, rechinaban las “asperezas aldeanas” del poeta de Orihuela; la imagen humillada de Guillén perorando ante el Gran Visir y el general Queipo; la entrevista en la temible cárcel madrileña de Torrijos mantenida con el poeta por Romero y Llosent; el ambiente madrileño que en torno a Zubiri reunía al autor con Díez del Corral, Díez Cañabate o Rodríguez Huéscar; la visita curiosa de Miguel a Romero en Madrid tras su primera liberación, atribuida sin fundamento a la intercesión del cardenal Baudrillart; la odisea portuguesa de Miguel tras el desencuentro con Diego Romero en Valverde…

La Sevilla trágica, todavía desgarrada y convulsa, escondía en su interior estos afanes nobles que cuestionan la hipótesis maniquea de un cainismo cuyas excepciones convendría no olvidar. Hubo, entre tantos judas, sus buenos samaritanos. Y me temo que en los meritorios esfuerzos actuales por repintar aquel cuadro falten y sobre ciertos colores. Ninguna memoria es cierta si no es completa. Ni cierta ni justa.

 

La fosa abierta

¿No acabará nunca el culebrón de las fosas de la guerra civil, una de las medidas más banderizas que puso en marcha el populismo de ZP? ¿No han tenido ya bastantes fracasos y gastado un dineral esos apasionados fosores que, en efecto, tratan de mantener abierta la fosa que cavó el conflicto fratricida? La alcaldesa de Alfacar acaba de exigirle a esos “investigadores” que, una vez frustrada la costosa búsqueda de los restos de nuestro desdichado García Lorca, tapen “el hoyo inmenso” que han dejado abierto como un símbolo clamoroso de la “media memoria”, justo cuando, desde enfrente, se abre el proceso de beatificación de las víctimas de Paracuellos. Lleva razón la alcaldesa: ochenta años después de la tragedia lo único razonable es, sin duda posible, cerrar las fosas y no abrirlas.

Onneti en La Campana

Sería allá por los primeros 70. Se celebraba en Sevilla un Congreso de Escritores Hispanoamericanos organizado por Luis Rosales en el ICH y en él nos enrolamos –con la misión estricta de controlar a Juan Carlos Onetti– Félix Grande, Paca Aguirre, Fernando Quiñones y yo mismo. Parábamos en el Hotel Colón, Onetti enclaustrado en su severa ebriedad, sin salir de la habitación, de la que, de vez en cuando escapaba para pedir ayuda la pobre Dolly, su mujer. La logística corría a cargo de Jesús Quintero, pronto animador del grupo e inestimable cicerone de la Sevilla secreta y sus recovecos, algo especialmente necesario en los días de Semana Santa, en los que sólo un todoterreno entusiasta como él era capaz de reservar mesa donde fuera preciso y animar el cotarro en nuestro grupo, bien pronto liberado de la disciplina congresual.

Onetti dormía briago de la mañana a la noche y sólo un par de atardeceres se logró reorientarlo en su selva etílica, lo que aprovechamos para explorar el barrio de Santa Cruz, bien es verdad que sin lograr arrancarle su condición fantasmal. Recuerdo nuestra visita al Hospital de  la Santa Caridad donde, todo hay que decirlo, pareció despabilarse interesado en la leyenda del venerable Mañara que, encima, Quiñones, también algo “iluminado”, se empeñó en sabotear proponiendo comparaciones entre nuestro beato, el Juntacadáveres y no sé qué otro personaje del universo onettiano.

Contra todo pronóstico, Quintero consiguió instalarnos en la Campana y en primera fila durante la Madrugá, y aunque les cueste creerlo, Onneti, exacerbando su natural exoftalmia, aguantó con silencioso entusiasmo hasta que, tras pasar la de Triana, hubimos de concelebrar ante una rueda de churros, el gran escritor pasmado pero sobrio, y repitiendo con insistencia “¡Nunca vi nada igual, nuca vi nada igual…!”. Casi insomne nos lo llevamos a La Rábida y luego a Moguer, donde Paca recitó ante la tumba de Juan Ramón aquello de “Y yo me iré,/ y se quedarán los pájaros cantando …” para que a Rosales, siempre sentimental, se le vidriara la mirada por la emoción. Onetti seguía con su matraca –“¡Nunca vi nada igual…!”—, incluso cuando Quiñones, ya a mediodía y en petit comité, nos llevó a una venta para preparar con destreza un pargo a la sal. ¡“Nunca vi nada igual!”… Finalmente, volvimos en autobús a Madrid, Onetti ya abismado en el sueño, Félix sin quitarle ojo y Paca tratando de distraer a la pobre Dolly con los recuerdos de aquella noche mágica.