Saltar la valla

Atónito me quedo ante el riguroso informe de Stella Benot sobre la decisión de la Mesa del Parlamento autónomo de elegir por sí misma a los letrados de la Cámara aparecido ayer aquí mismo. Y no porque me sorprenda una alcaldada más de sus biempagadas Señorías, sino porque resulta por completo desconcertante que el PP se haya sumado en esta ocasión a una iniciativa que, de confirmarse en todos sus términos, no sería más que un comodín en manos de la arbitrariedad interesada del “régimen” y sus socios. ¿Cómo apoyar que los aspirantes a letrados sean escogidos por los propios diputados y que sea la Mesa la que los entreviste por su cuenta y riesgo al margen de lo dispuesto en el Estatuto? Stella dice que lo ignora. Algún letrado al que consultó, también.

La novena provincia

Así, “la novena provincia andaluza”, llamaba a Barcelona el gran José María Osuna . Hay que recordarlo hoy –al iniciar la semana límite que traerá lo que traiga– porque más de un millón de andaluces se vería extranjero el próximo lunes en su propia nación de prosperar el proyecto sececionista y no es posible siquiera imaginar esa situación viviendo como vivimos en el periodo pacífico y libre más vasto de la historia española. A esos trabajadores –que llevaron allá desde el Rocío a la Feria de Sevilla– debe Cataluña gran parte de su progreso y de su bienestar por más que el ex-honorable Pujol –y no sólo él– los ultrajara miserablemente antes de descubrirse su presunto saqueo familiar del país. A ellos, españoles y catalanes estatutarios, debe proteger el Estado frente a la frenopatía de los ganapanes.

Cortázar en la memoria

Lo primero que llamaba la atención en aquel ídolo generacional era su estatura. Alto, delgado, elegante sin afectación. Más bien silencioso y, sin embargo, locuaz cuando se abría en confidencias igual en público que en privado. Lo conocimos entusiasmado en casa de Félix Grande, uno de sus amigos más constantes, con quien mantuvo la intensa e ilustrativa correspondencia que éste públicó luego en Cádiz, y estuvimos con él en compañía de Jaime Salinas primero y de José María Guelbenzu después, invitado él en ambas ocasiones por la editorial Alfaguara. Cercano y preciso siempre, traslucía su fervor por los viejos griego lo mismo que por Cervantes –a quien conocía minuciosamente– o por Poe, cuya obra misteriosa tradujo, a instancias de don Francisco Ayala, cuando todavía éste andaba por Puerto Rico y él circulaba soñador por un París que fue, sin duda, su hogar literario.

No fue fácil su vida a pesar de su éxito clamoroso, como no lo fue su itinerario sentimental –tres mujeres marcaron su obra tanto, probablemente, como su vida– pero él supo atravesarla con invariable pasión, como un cronopio inspirado que eligió el camino de lo fantástico frente al de la lógica y, por descontado, frente al de la ideología, maestro de una narrativa deslumbrante igual en la distancia corta que ante el desafío de una novela con cuya estructura hasta se permitía jugar ofreciendo al lector una imaginaria libertad ilimitada. Si “Todos los fuegos el fuego” o “62 modelo para armar”, si los cuentos fascinantes de “Final del juego” o “Las armas secreta” nos habían sumergido de golpe en una perspectiva literaria insospechada, el concierto de “Rayuela” , entre Wagner y Mozart, un pie en Joyce y otro en Borges, supondría para mi generación un hito decisivo, que tantas veces nos trajo y llevó desde la Rue Cherche Midi al Pont des Arts, o nos fascinó con el saxo de Lester Young o la trompeta de Louis Amstrong –“uno de mis dioses”, diría el escritor alguna vez- bulléndonos en la memoria, vagabundos y noctámbulos por Saint André des Arts, los vericuetos de Saint-Michel o –con mi llorado José Antonio Gabriel y Galán, jóvenes como éramos– ebrios de “vin rouge” y “pastis”, tras las huellas de la Maga, de Ossip, de Gregorovius, tiernos con Rocamadour, el hijo que él nunca tuvo…

Y su leyenda incómoda, su presunto y lejano elogio de la dictadura española, la tesis del sida final –cuando todo indica que él y ella, Carol Dunlop, murieron de leucemia y de aplasia-, el inútil cerco de los anticomunistas profesionales, las pullas al exiliado que siempre negó ser o al afrancesado que tampoco… Lo veo en Les deux Magots o en la Coupole, en la taberna de la Guindalera, recorriendo el Prado, escucho su erre gutural, recuerdo el capítulo 7 de “Rayuela”en la voz de José Luis Gómez, el ritmo pausado de su discurso. Fue un genio y decía que “no hay que buscarle sentido a lo fantástico: está ahí y eso es todo”. Miro su tumba en Montparnasse y lo comprendo.

¡Gracias, generosos!

Ha sido preciso que ambos, el gobiernillo y su “socio para todo”, vieran peligrar sus propias nóminas para decidirlos a rebajar el impuesto de sucesiones en Andalucía, que era excepcional entre las comunidades autónomas. ¡Gracias, generosos! Eso era lo suyo y lo que pedía gritos la comunidad entera, entre otras razones, porque esa carga fiscal del heredero ya la había pagado antes el testador. Ahora bien, hay que preguntarse qué dirán ahora los miles de ciudadanos andaluces que ya han apoquinado, al pensar que, de haberse tomado la decisión al principio de la legislatura, que hubiera sido lo suyo, no habrían tenido qe embargarse para heredar. Y también, qué habrán sentido el PP e IU al ver que el mérito (y la eventual renta electoral) se la llevan el PSOE y Ciudadanos, por haber hecho, al fin, lo que ellos pedían desde un principio.

Ir por libre

La insumisión y el desafío institucional no son exclusivos de la sedición catalana. También en Cádiz –la cuna de nuestro constitucionalismo– un alcalde hace de su capa un sayo saltándose la Carta Magna y la jurisprudencia a la hora de izar la bandera oficial. Pero lo malo no es esa ocurrencia sino el hecho de que la respuesta de la autoridad tarde tanto en pronunciar algo tan sencillo como es la ilegalidad que aquella supone. No sólo en Cataluña; también aquí hay quien se salta impunemente la regla de oro de la democracia, lo que demuestra que la crisis de la autoridad es un flagelo que afecta, a lo largo y a lo ancho, a nuestro sistema de libertades. Y mientras se pueda ir por libre en la vida pública, no hay duda de que algo cruje en sus cimientos.

Lo que diga Don Manué

Hay una evidente contigüidad entre las corrupciones públicas y las privadas. Ambas responden a un mismo impulso ilícito y se contagian entre sí, de manera que no es verosímil mantener probo al gentío mientras, en las alturas, sus poderosos rabadanes se ríen de la Ley. Lopera no es sólo un síntoma sino un resultado: el inevitable que se produce en el laberinto social cuando Ariadna guía son su hilo negro a Teseo por el laberinto tramposo. La política puede y deber ser una pedagogía para lo bueno pero, desde luego, lo es inevitablemente para lo malo. Don Manué — como tantos “don Manueles”– sólo es concebible en una sociedad podrida en las alturas. En la Andalucía de los ERE, de las facturas falsas, de Invercaria y de los fondos de formación, ese pícaro no es más que un efecto colateral.