¡Vaya verano!

Ayer comenzó el verano y lo hizo, por vez primera en setenta años, presidido por una luna llena. ¿Será un signo? Asisto recluido en casa al inicio de la diáspora de los amigos que pretenden reponer fuerzas respirando el aire de la montaña o la brisa marina unos, otros recorriendo mundo en busca de las imágenes soñadas. El estío es una estación con buena prensa, no sólo en estos tiempos del cólera, sino desde hace siglos. Los primeros cristianos adornaban sus sepulcros con emblemas de las cuatro estaciones –según leí hace mucho en Tertuliano– porque en ese rotar de los tiempos planetarios veían una metáfora elocuente de la resurrección y, en consecuencia, de la inmortalidad. Al verano lo representaban, por lo general, con la figura de un segador coronado de espigas que según el maestro Cirlot, sostenía con una mano una hoz y con la otra un manojo de aquellas, y en él, como en las otras tres estaciones, veía el viejo teólogo una suerte de pedagogía cósmica: “Cada día la luz se enciende y se apaga, las estaciones vuelven a reanudar en cuanto concluyen”. Y entre ellas, al menos en el nivel simbólico, el estío era temible, pues si a la primavera se la representaba coronada de flores y con un carnero, al otoño con una liebre y al invierno con una salamandra, al verano lo mostraban bajo el signo de un fiero dragón, lo que no deja de ser elocuente, a mi modo de ver. Fíjense en éste que comenzamos bajo la canícula y de cara a unas segundas elecciones, pendientes de los majaretas del Brexit y de nuestra “nueva política”. ¿Lo ven? ¡El dragón!

Laboralmente nos irá bien, eso está fuera de dudas, recogiendo las divisas que nos deje esa muchedumbre turística que todavía nos ve como un paraíso por el que transitar desnudos y animarse con sangría en el chiringuito, y nosotros nos iremos –quienes puedan, claro —en busca del lugar que ellos nos dejan en sus lejanas tierras. Sin Gobierno, eso sí, descabezados por la mala cabeza de unos y otros, incluyendo las del pueblo soberano, confiados en esos pactos que llegarán o no llegarán, ya veremos, permita Dios que en paz y concordia, en que la Bolsa se tranquilice y la prima de riesgo no deje de disminuir. Paciencia: ya vendrá el otoño, amarillo y frutal, veremos si cargado de bienes o con las manos vacías. ¡Mira que si tras pasar el ferragosto nos vemos otra vez de cara a las urnas! Confiemos en que no, pero todo puede ocurrir. Refugiémonos, de momento, en la esperanza y en el aire acondicionado.

El destierro, ¿la solución?

Un juez de Sanlúcar de Barrameda ha desterrado a una descuidera que había perpetrado en un solo mes veintitrés delitos de “hurtos al descuido” en diversos establecimientos de la localidad. Lo hace porque considera causa suficiente “su sorprendente frenesí delictivo” al tiempo que la policía subraya “su inusual reiteración delictiva” y los bemoles que le echaba a la hora de enfrentarse a los empleados que la descubría con las manos en la masa. ¡El destierro! Miren que solución tan estupenda y expeditiva a un tiempo. ¿No podría aplicarse, ya puestos, no a los descuideros sino a los grandes ladrones de guante blanco? Estoy seguro de que mucho personal suscribiría esta propuesta.

Convalecencia

Desde que ando atado a mi sillón reclinable (nada grave, lo siento por mis adversarios) ocupo cada mañana algunos ratos en hablar con amigos de la “inteligentsia”. Con Raúl del Pozo, comandante de toda una cohorte generacional de periodistas; con Antonio Elorza, sabio y realista, máximo debelador del populismo podemita; con Santiago González, acaso el más brillante opinador del momento. Compartimos todos el pesimismo ante el “retorno de los brujos” y la irrupción de los oportunistas. Es verdad que las encuestan apuntan a un bastinazo terminal del PSOE y a la recuperación relativa de un PP que hasta, en alguna de ellas, junto con Ciudadanos, rozaría ya la mayoría absoluta… Paren el carro: ver para creer. Porque ¿cómo podría dar marcha atrás ese Rivera que –tras su incuestionable esfuerzo en Cataluña, ha encontrado, como dice Santiago, su “nivel de incompetencia” en la política nacional— si lleva meses concentrando el fuego en Rajoy desde la barbacana de los ERE, por no hablar de su intentona de compartir con el PSOE el Gobierno nacional? Si ustedes se fijaron bien, verían en el traído y llevado “debate a 4” algo desconcertante: que de los cuatro bustos parlantes, tres de ellos carecían de la más elemental experiencia de gestión. ¿No se les eriza el cabello imaginando a uno o a varios de esos tres aficionados gobernando a la cuarta “potencia europea” con la excusa del relevo generacional? Entre charla y charla, reclino mi sillón y pacifico mi disforia leyendo algún clásico. Ya vendrán tiempos mejores.

Que ya veremos, porque en Italia acaban de ganar los payasos de Beppe Grillo y en Francia circula creciente el rumor, esperemos que infundado, de que los neofascistas de Le Pen podrían protagonizar su “sorpasso” sobre los dos grandes partidos tradicionales, lo mismo que aquí, donde el populismo leninista, disfrazado o no, podría destruir la izquierda –la política y la moral—ante el desmayo del PSOE. ¿Qué la banca internacional nos avisa de ese peligro, que la UE nos da un toque por día? Bueno, ¿y qué? Si hemos visto a la Colau con aires de Merkel, a Kichi de Cádiz gobernando (¿) sin quitarse la mochililla, ya podemos ver cualquier cosa. Una clase política –la “nueva clase” de que habló Milovan Djilas—no se improvisa así como así como no sea a base de trampantojos. ¡Un catálogo de Ikea por programa! Mucho me temo que el frente anti-PP acabe reventando como la purga de Benito.

La familia unida

Por muy molesto que pueda resultarle, el pretorio de la presidenta Díaz –que tanto ha esgrimido el fantoche de ¡la Gurtel andaluza!– debe aceptar, siquiera en conciencia, que si las explicaciones dadas para liquidar el vidrioso tema del enchufe del marido de Susana en los cursos de formación han sido hasta ahora del todo insuficientes, lo del cuñado de la Presidenta es ya el colmo. Hay familias unidas por el dinero como las hay fraguadas en la estirpe, pero el problema es que en la Andalucía del “régimen” son ya demasiadas las familias del primer tipo. ¿Nombres? ¿Para qué, si van a repetir en el Parlamento el cuento arcaico del oro de Moscú o lo de la prensa-basura que dice la propia Reina? Que casarse con la hermana de doña Susana resulte un chollo da la medida del vasto lodazal en que estamos enfangados.

“La Roja” y poco más

Menos mal lo del éxito de “la Roja”. La adrenalina se ha tornado en satisfacción y amplios sectores de la sociedad española, este país funámbulo que recorre el alambre sin red, parecen haber recuperado la euforia. Hay, sí, problemas que pocos ignoran: tenemos una clase política incapaz, vivimos un intenso brote de populismo insensato, los “populares” y los “sociatas” viven poco menos que de la sopa boba que proporcionan las siglas, tras los comicios inminentes no se entrevé más que la bruma, la unidad de la nación está en el alero, etcétera, pero, miren, “la Roja” va ganando y eso es ya un alivio. Si no fuera por los lamentos más o menos fariseos provocados por el puterío de algunos futbolistas –nuestros héroes nacionales– y por la desazón que produce la suplencia de Casillas, casi podría esperarse que, siguiendo el modelo belga, vayamos a unas terceras elecciones y así sucesivamente, hasta desembocar en un Gobierno responsable pero frágil, o en una “dictadura democrática” (lo he oído alguna vez, palabra) que se presenta como “socialdemócrata” tras haber publicado su “leninismo amable”. Pero ¿y si ganamos la Eurocopa? Vean cómo Dios aprieta pero no ahoga y consideren la pasta flemática y maleable del criterio nacional. Ahora bien, si encima perdiéramos en París, entonces temo, como temía el jefe de Axterix, que el cielo se nos caiga encima.

Pero ¿van a suceder las dos cosas, será posible que nos veamos sometidos a soviets vecinales –ya lo está Barcelona, y no lo está ella sola—o a un Gobierno funámbulo bajo la severa mirada de Europa?
En fin, no hay que ponerse en lo peor, entre otras razones porque lo peor puede que esté por llegar, aunque sea para que quede suspenso el ejército rencoroso que ha hecho trizas un bipartidismo podrido pero reparable, ante la evidencia de que lo peor no era Rajoy sino –permítanme la licencia—nosotros mismos. Hacer de la tele un Parlamento y del Parlamento una tele ha sido un disparate que a ver quién arregla ahora que una agitadora de barrio gobierna Barcelona y un mochililla Cádiz. España es hoy un país demediado, casi un espejismo calviniano, y no se ven por ninguna parte instrumentos para superar semejante drama. ¡“La Roja”, “la Roja”, ésa es nuestra última esperanza! Panem et circenses: al fin y al cabo no hemos cambiado tanto desde Sertorio y Perpena. En unos días saldremos de la angustiosa duda, no porque se recupere la cordura política, sino porque se decida la suerte de “la Roja”.

Arde París

No sé si será verídica la pregunta que dicen que Hitler le formuló por teléfono, el día de la retirada, al jefe militar de las tropas ocupantes: “¿Arde París?”. No, París no ardía aunque aún quedaban emboscados en algunas mansardas y sobrados pelotones de francotiradores, disparando sobre el gentío que abarrotaba los Campos Elíseos vitoreando a De Gaulle. En el 68 también surgió la ilusión extremista de que París ardía, cuando la realidad era que, fuera de las áreas universitarias—en las que se cultivaba la demagogia y el amor libre–, París seguía siendo el Paname de siempre, con sus cafés acristalados, sus ruidosos bateaux-mouche, sus colas en el Louvre, los ilusos conspirado en el Café de Flore alrededor de un sabio Sartre afectado ya de le “enfermedad senil” del extremismo y la Piaf afinando sus bellas elegías por lo bajini. Cuando París está ardiendo de verdad es hoy, estos días en que cien mil agentes no dan abasto para prevenir el terrorismo, combatir la criminal demencia de los hooligans y enfrentarse a las protestas políticas, lo que sugiere que la seguridad va a tener que replantearse –permita Dios que sin estridencias—hasta en los lugares más adelantados del planeta. Resulta desconcertante ese espectáculo furioso en uno de los Estados más jacobinos que conocemos, y aterrador pensar en lo que puede ocurrir en países menos preparados, como el nuestro, si por desgracia se desata en él un día de la ira, con sus lobos solitarios haciendo piña con los ciudadanos de la protesta social.

La situación de París hoy es un símbolo elocuente del peligroso momento que vivimos y del reto que supone para las democracias blindarse frente a un espíritu anómico que lo mismo dinamitan una iglesia cristiana que retrasmite la degollación de los inocentes o cultiva desde el populismo una acracia sin moral e incluso la amenaza de un puño de hierro leninista que desde Podemos califican de “amable”. La imagen de un París en estado de alerta vale más que cuántas palabras se puedan amontonar para lamentarlas, incluso desde la esperanza de una pronta normalización que reabra los bistró y nos permita de nuevo asomarnos al Sena, callejear por Montmartre escuchando a lo lejos el bandoneón de la libertad y contemplar de nuevo la ciudad alegra y confiada desde el mirador del Sacré Coeur. París simboliza la proeza de levantarse tras cada tragedia intacto su sentido cosmopolita de la convivencia. No ha habido bárbaro hasta ahora capaz de abatir esa solemne insolencia.