Paz y guerra

El olimpismo griego implicaba durante su competición la tregua de toda violencia y el armisticio de todas las guerras. Un griego podía ir tranquilo por los caminos seguro de que mientras los efebos evolucionaran por la pista ninguna amenaza le aguardaba. Hoy hemos abandonado radicalmente ese principio y casi no ha habido ocasión olímpica que no haya coincidido con guerras, como estos Juegos de 2012 están coincidiendo –aparte de otros conflictos menores—con la carnicería provocada en Siria por el sátrapa de turno, que se calcula ya, tirando por lo bajo, en 20.000 caídos entre unos y otros. No sabemos si terminarán antes los Juegos de Londres o la catástrofe de Alepo, donde los rebeldes a la tiranía del Assad luchan a cara de perro lanzando sus cócteles molotov contra los tanques rusos de que dispone el régimen. Lo que ni se ha planteado, por supuesto, es esa tregua olímpica de carácter sagrado que consagraba el atletismo primitivo, por más que la organización haya impedido la participación de Siria y el secretario de la ONU, Ban Ki-moon, haya propuesto, no poco ingenuamente, que se detuviera la barbarie durante estos días de esplendor. La violencia, tanto en lo que tiene de política como en la medida en que es negocio, anda ya demasiado lejos del paradigma clásico, como ha dejado patente la ridícula gestión de ese pasmarote que es Kofi Anan en un conflicto que teatraliza Siria con guión escrito desde Moscú. Estos días comprobamos que ese olimpismo favorece a tope las aspiraciones feministas, pero que ni por asomo tiene ya que ver con aquellas paces aceptadas por todos y acaso tampoco mucho más con los viejos agones que garantizaban al vencedor la corona de olivo y una pensión vitalicia.

Hemos vivido paralelamente el esplendor deportivo y la masacre bélica, la maníaca obsesión del hombre por superar los límites de su cuerpo, con el espectáculo macabro de los bombardeos inclementes de la población civil que ningún poder del planeta puede detener. Recordaremos estos Juegos Olímpicos asociados a la destrucción de Alepo, la ciudad declarada por la Unesco “patrimonio de la Humanidad”, la misma que los caballeros cruzados no lograron conquistar nunca, el regocijo de una Humanidad cautivada por los fuegos artificiales con el dolor irreparable de una guerra consentida por todos. El mundo anda ocupado en divertirse mientras un país se desangra. Nada menos olímpico, probablemente.

Sigue la fiesta

Cuando un político nos dice en plena crisis que él sabe cómo crear empleo no debemos tomar a chacota sus palabras. El PSOE es el mayor creador de empleo de la historia de Andalucía si sumamos Junta, Diputaciones, Ayuntamientos y, sobre todo, empresas públicas y cientos de órganos inútiles. El PA, en su día, eso fue lo que pidió –que se sepa–, empleos y cargos para los suyos. Y ahora IU, la reserva ética de esta tómbola, se salta la norma de austeridad imprescindible para dedicarse a crear sinecuras para reforzar su clientela, empezando por los propios familiares. Griñán está en manos de ese socio ayuno de poder y ya me dirán que podría hacer para ponerle coto. Nunca una Izquierda tan degradada nos costó tan caro.

La clase política

En el último de sus penetrantes artículos se ha referido Luis Carlos Rejón al incidente provocado por unos funcionarios que abroncaron en público al co-presidente Valderas con el eslogan “Valderas, tirano, vuélvete al butano”. Entiende Rejón que el insultado se merece, desde luego, muchas pitadas a las que él dice adherirse, para plantear a continuación una pregunta más que gastada ya, concretamente esa de si “acaso los butaneros no pueden dedicarse a la política y alcanzar altos puestos”, ya que él conoció en su larga experiencia política “auténticos burros con orla y catedráticos hechos en la universidad de la vida”, y al margen de que Valderas seguirá representando al pueblo mientras éste lo vote, como si con este sistema electoral el pueblo pudiera votar a alguien al margen de unos “aparatos” –¡qué le voy a contar a contar a Rejón que él no sepa—que hacen y deshacen a su antojo la voluntad popular. No caigamos de nuevo en lo de pobres y ricos, querido Luis Carlos, porque eso, en una democracia donde, según tú, el pueblo tiene la última palabra, carece de sentido. La realidad es que en estos treinta años hemos construido entre todos una “clase política” que se parece más al aguafuerte de Milovan Djilas que al chafarrinón de Cánovas. La política se ha convertido en una profesión para la que, es verdad, no se precisan reválidas ni oposiciones, y eso puede resultar muy refrescante y demagógico pero nos conduce a una gran mentira. ¿Te pondrías tú en manos de un neurocirujano surgido de lo que llamas “universidad de la vida”? Yo no, palabra. Pues, entonces, a ver por qué vamos a depositar en manos ignaras nada menos que nuestro orden legal y el poder ejecutivo.

A las alturas han llegado muchos compañeros y camaradas, Luis Carlos, cosa que no dejaba de inquietar a Besteiro o a don Fernando de los Ríos, cuando miraban de reojo, con envidia crítica, a una clase política como la británica que era (y es) básicamente clasista pero también, no hay que olvidarlo, una “gentry” severamente desbastada en Oxford o en Camdbridge. La disfunción no está en la clase sino en la mente: suscribo al cien por cien tu criterio cuando dices que el problema no es ese oficio sino que “Valderas se ha olvidado de que un día muy lejano fue butanero”. No hay “élites” espontáneas. Eso sólo lo defienden ya los “ninis” y aquellos a quienes estos guardan el cortijo

Todos y ninguno

Todos los partidos presentes en el Parlamento autónomo han protestado porque la institución oculte la relación de diputados que trincan las llamadas “cesantías”. Carajo, ¿y entonces por qué no las descubren ellos mismos? Habiendo muchas bromas en la crónica parlamentaria de esta castigada comunidad, no creo que haya ninguna tan cínica como ésta. A los denostados funcionarios, mismamente, les acaban de quitar la paga de jubilación, y nadie ha dicho ni pío en esa Cámara, pero decir pío y cerrar luego el pico es ya demasiado. Estos políticos no quieren transparencia por mucho que la proclamen. Lo primero, decía Cervantes y dirán ellos, es “el buen gobierno de las tripas”.

Citius, altius, fortius

También en Grecia, su inventora, fueron las Olimpiadas ocasión del negocio. También en ella, como ahora, se dopaban los atletas con remedios que, en aquel estado de inocencia, aún se consideraban “naturales”. Tampoco faltaban, junto a los bujarrones que hacían epinicios, los críticos razonados de los límites del esfuerzo. ¿Tenía sentido la imagen del atleta que alcanza desmayado la meta tras sufrir varios desmayos? Qué clase de progreso implica superar a otro en veinte centímetros tras disputar una prueba de cuarenta kilómetros? Hoy las cosas han cambiado –hasta se habla ya del campeón biónico– y el triunfo debe mucho a los avances tecnológicos y al desarrollo químico aparte de la fabulosa cronometría. El slip de poliuretano que gastaba creo que era Mark Spitz hubo de ser prohibido como en su día se discutieron los botines de Jesse Owens, el negro que cabreaba a Hitler, de los que descienden nuestra sofisticadas zapatillas modernas. Un cronómetro permite hoy distinguir periodos cada vez más despreciables de tiempo porque ya me dirán que quiere decir, o mejor, qué importancia tiene que un sujeto recorra una pista en diez milésimas de segundo menos que su rival. Me siento cercano a esas críticas, no sólo por lo que tienen de colosal montaje político y económico, sino porque desconfío de las emociones primitivas, por no hablar de lo que suponen las sustancias estimulantes, legales, ilegales o mediopensionistas. Un rostro desencajado rompiendo con el pecho la cinta de la meta me parece más cercano a la competición elemental del primitivo que al reto deportivo civilizado, y lo mismo diría de los corredores de fondo o de esa prueba mostrenca que es el lanzamiento de martillo. El “homo ludens” reconvertido en un sustitutivo irracional del deportista razonable, la competición como oficio consagrado del ocio primordial, el héroe ampliado en la visión estereoscópica de la masa.

El barón de Coupertin no restauró una tradición clásica, sino que inventó un anacronismo a la medida del sistema capitalista. Píndaro venía a creer que la superioridad del atleta manifestaba nobleza hereditaria. Hoy se hacen pruebas analíticas al más pintado y ésa es ya harina de otro costal. Haría falta un humanismo que lograra respeto para los límites del hombre y no exigiera proezas debidas a alguna prótesis, un humanismo nuevo que devolviera al atleta su condición genuina sin reconvertirlo en un fenómeno o una anormalidad.

Pequeño balance

Unos días lejos del mundo, un respiro entre montañas y vuelta a empezar. El mundo está en crisis, Europa hecha trizas, España se hunde abismada en su propio maniqueísmo, en esa bicefalia que ansía impaciente el Poder concelebrando la misa negra del pesimismo: “cuanto peor, mejor”. Creo que el partido en el Gobierno ha cedido casi una docena de puntos pero que el de la Oposición apenas araña unas décimas, notabilísima sugerencia de que es nuestro montaje democrático el que renquea. Unas palabras pronunciadas en el BCE disparan la Bolsa y desploman la prima de riesgo, lo que obliga a plantear la cuestión de por qué esa fórmula mágica no fue pronunciada antes, y nos permite, de paso, comprobar, la quiebra maniquea que emputece nuestra convivencia: “el patriotismo es un lujo moral no practicable con la moral baja. Me dicen que la crisis es obra sibilina del Sistema, como si el Sistema fuera un concepto menos fantasmal que los Mercados, como si uno y otro no tuvieran nombres y apellidos, y estamos de acuerdo, pero enseguida volvemos a la porfía focalizando el desastre español cada cual en el partido contrario a sus ideas (o a sus intereses). Nos pierde el patriotismo de partido, la pulsión de dinamitar al rival para quedarse solos en el puente, de desfilar como partido único disimulado por los adláteres, al paso alegre de la paz, ya saben. Nunca como hoy recuerdo tan dividida esta democracia, nunca tan cainita. “Cuanto peor, mejor” piensan los mismos que de lo mismo acusaban al de enfrente. Un mínimo respiro provoca un sofocón partidario en la acera de enfrente. La patria es una puñetera mierda para la partitocracia.

Bajo un castaño, a la sombra silenciosa sólo turbada por el trino de algún pájaro, se ven las cosas con mayor claridad, quizá porque el autogobierno es fruta urbana mientras que el viático rural tiende a la autarquía. Lo único en lo que ha colaborado el campo con la democracia ha sido en ilustrarle el caciquismo, que en éste procede en línea directa de Caín y en la ciudad desciende de los Romero Robledo, pero que, en el fondo, variantes aparte, son una y la misma cosa. Da pena, incluso enfurece, escuchar la misma murga crítica en boca de los unos y de los otros. Los partidos, los partidarios, no ven más que la paja en el ojo ajeno, nunca la viga en el suyo. Si salimos de ésta será porque de lejos nos tiren el salvavidas que aquí nos disputamos con ferocidad.