La toga y el barro

Decididamente el fiscal-consejero de Justicia parece haber asumido, con todas sus consecuencias, su papel de defensor de la Junta en el “caso ERE”, tal vez basado en aquella doctrina del anterior Fiscal del Estado que defendía, como una virtud, el hecho de que los magistrados arrastrasen la toga por el barro del camino. Referirse a esa super estafa como “el rollo de los ERE” descalifica a cualquiera y más a un miembro de la Justicia, no sólo porque suponga un desprecio supino a la juez instructora sino porque se ve a legua que al fiscal lo han llevado a la consejería para hacer el trabajo sucio de blindar a los responsables al precio que sea.  Tanto Griñán como De Llera están echando sus paletadas de tierra sobre el féretro de Monstesquieu.

Lujo y ruina

El reloj que ha lucido Nadal en el último Roland Garros, y que desapareció en la habitación de su hotel, ha sido recuperado por la policía francesa que, en un pis pas, arrancó la confesión a un camarero infiel. Estaba en un escondite próximo al domicilio del ratero, que aguardaba a que amainara la tormenta desatada para recuperarlo. El reloj no era de Nadal, por supuesto, sino de la casa Richard Mille, que se lo había prestado a efectos propagandísticos para que lo luciera en sus encuentros, hay que suponer que a cambio de algún sustancioso estipendio, como es habitual hoy en el negocio publicitario. Valía, o mejor, costaba –el reloj—300.000 euros, es decir, para entendernos como viejos compradores de relojes que somos el que más y el que menos, cincuenta millones de las viejas pesetas, y no me digan que llevar en la muñeca esa fortuna no es un contradiós, se mire por donde se mire, en un paisaje, como el europeo, que anda pegado a la pared, tieso y desconcertado, con su infraescolta de excluidos sociales, “homeless”, parados de larga duración, pensionistas que viven de milagro y niños hambrientos que a duras penas logran sobrevivir rebuscando entre desechos o quitándose el hambre en las colas de los comedores públicos. Nadal no tiene, como es lógico, ni pizca de culpa en este desafuero y hace muy bien, si le conviene, en cobrar esos extras que las marcas ofrecen a los famosos. Lo cuestionable es el reloj mismo, el escándalo deplorable que el lujo supone en medio de la necesidad, la obviedad de que si, en medio de esta crisis que trae de cabeza a un continente y parte de otro, existen esas joyas prohibitivas es porque hay quien las compre, es decir, porque el reverso de la crisis no es otro que la opulencia: el lujo no tiene sentido sin la emulación ni prosperaría sin la desigualdad. El reloj de Nadal vale lo que vale, no tanto porque haya quien puede pagarlo, sino por el infinito cortejo que no podría.

Con un pie en el marxismo y el otro entre los nazis, Werner Sombart sostuvo en “Lujo y capitalismo” que, contra la propuesta de Max Weber, no fue la ética de la austeridad y el espíritu de trabajo lo que produjo la economía de mercado, sino la aparición y el triunfo de la lujuria y del lujo de los que él hacía responsables a los judíos, a los burgueses y a las mujeres. Dudo que Nadal haya leído a Sombart e incluso que su esponsor tenga noticia de esa doctrina, pero ahí está el hecho –un reloj suntuario en el mercado—desafiando provocadoramente a la legión de víctimas de la crisis. Nuestro héroe se ha limitado a hacer de peón de lujo en ese ajedrez canalla en el acaso se esté jugando, sin saberlo, nada menos que la civilización.

Un mamarracho

Como si no fuera suficiente, de momento, el escándalo que está provocando IU con su amnesia sobre los ERE y el más descarado nepotismo que vieron los siglos, antier se presentó su portavoz, José Antonio Castro, en el Parlamento de Andalucía ataviado con una camiseta de la selección española de fútbol coloreada como la bandera republicana  en homenaje a la República en su 80 aniversario. No dan para más, por lo visto, la imaginación política ni la cordura de estos “integradísimos extrasistema” tan dispuestos a servir a su nuevo amo y a repartirse la tarta en familia como a reírse entre ellos las gracias que, de tener el mando, jamás consentirían a los demás.

La taza en el borde

Ando convencido de que en la médula de la condición humana actúa un activo factor milenarista. Quiero decir que desde el Apocalipsis llamado de Juan hasta nuestros días, pasando por Joaquim de Fiore o Campanella, la idea postrimera de que esto se acaba, de que el Mundo más o menos feliz sobre el que navegamos, tiene fecha de caducidad y, en consecuencia, que nosotros los vivientes tenemos los días contados, ha acompañado a la especie como la sombra al cuerpo. Un científico ha ilustrado, nada menos que en la revista “Nature”, esta sospecha mía con una figura sensacional: la que compara nuestro orbe, la Tierra en que vivimos, a una fragilísima taza de té al borde la mesa, es decir, en una situación límite más allá de la cual sólo queda el desastre. ¡Hay que joderse con el mono crédulo! Desde aquel Apocalipsis no han dejado de sucederse avisos tremendistas a lo largo de los siglos y a su difusión han contribuido, con probable lealtad intelectual, sabios como los mencionados o camelistas de fortuna como Nostradamus, por no hablar de los charlatanes innominados que nunca dejaron de predicar esa catástrofe final tan bien acogida por la muchedumbre. Ortega hizo su tesis doctoral sobre los presuntos terrores del año 1.000 (ocultada a cal y canto por su familia y su escuela) y Henry Focillon escribió un texto breve en el que sintetiza admirablemente el paso temeroso de aquella Europa adolescente sobre el inexistente abismo con que amenazaba el milenio, por no citar más que dos casos señeros, y no hace tanto que hubimos de pechar con las leyendas que anunciaban el Apocalipsis para el año 2.000 y luego para 2.011 del mismo modo que ahora aguardamos expectantes el plazo maya que se cumple este año. “Nature” anuncia un colapso irreversible e inminente que el hombre podría evitar aún corrigiendo su alocada actitud antiecologista, y ahí tienen el mensaje circulando por Internet como una sombra malhadada para evidenciar, una vez más, cuánta Edad Media subyace entre los entresijos de nuestro criterio postmoderno.

Nadie como Jean Delumeau ha devanado la madeja de estos pavores en el área de lo que llamamos Occidente, pero mucho me temo que las teorías tremendistas superen con mucho sus cuerdas conclusiones. La cuota irracional de “sapiens” aventaja por sistema a su retranca lógica y por eso mismo lo apocalíptico, a pesar de sus reiterados fracasos, tiene asegurado el éxito en el pantano de la credulidad humana. Ahí está la taza quebradiza expuesta a que el miedo, con sus negros argumentos, le dé el último empujón. A veces nuestras grandes referencias científicas, como “Nature”, emborronan sus vaticinios con la péndola arcaica de la melancolía.

La pedrea de IU

No eran tres consejerías (una de ellas vacía pero mitrada) lo que IU pactó con el PSOE para permitirle gobernar tras perder las elecciones. A esos premios gordos hay que añadir, según vamos sabiendo, una abundante pedrea en la que los primeros agraciados han sido la propia hija de Willy Meyer, el hermano de Centellas y el suegro de Mariscal, sin contar al primo de Valderas. En política, no hay pactos sin reparto de premios, está visto, pero habrá que convenir en que IU ha llegado, a las primeras de cambio, a cotas inverosímiles de descaro. Griñán no debe temer por esa comisión de los ERE que lo emplaza temerosamente, mientras tenga en la cesta cargos que repartirle a los comunistas. La verdad es que unos y otros no han podido llegar más bajo en menos tiempo.

El enigma bancario

Cuando nuestros nominalistas se pongan de acuerdo sobre si lo que acaba de ocurrirle a España es un rescate –dulce, amargo o parcial—o una intervención disimulada, habrá que proponerse satisfacer la indignada curiosidad de la gente sobre cómo ha podido producirse una catástrofe en unos bancos y cajas de ahorro que, año tras años, han venido anunciando beneficios milmillonarios y de pronto descubren un agujero negro que ha hecho preciso recurrir al mayor préstamo de nuestra Historia. ¿Por qué de pronto resulta que aquellos bancos zapaterinos de la Champion League no son más que un castillo sin cimientos, cómo es posible que el Banco de España no detectara la catastrófica situación y, sobre todo, de qué manera explicar dónde está el dinero que falta y cuál es la responsabilidad de esos gestores que, por cierto, han venido trincando, entre “stocks options”, blindajes y bonus, fortunas descomunales en un país de parados y mileuristas? ¿No tendrían que responder por su mala administración (quizá sería más propio decir por su  administración desleal), devolver esos tesorillos que han afanado y someterse a una Justicia ejemplar? No voy a ocultarles que en este terreno soy absolutamente pesimista, y no sólo porque quien hizo la ley hizo la trampa, sino porque esa responsabilidad está repartida de tal forma que alcanza a la mayoría del Poder. Estamos, pues, ante un escándalo perfecto, en el que los que han provocado la crítica avería se han llevado en la uña su parte en el festín. ¡Tanto exigir seguridad jurídica  a los demás y resulta que nos hemos levantado una mañana a la vera del “corralito”! Va a hacer falta mucha pedagogía política, quizá todo un despliegue de prestidigitación, para calmar a una muchedumbre despojada por una pandilla de insolventes de los recursos de toda una generación, pero me atrevo a augurar que ni se devolverá el dinero público desaparecido ni pagarán los platos rotos más que los ciudadanos de pie.

Eso sí, hay que reconocer la destreza con que los culpables han perpetrado la ruina general mostrando hasta el último momento una apariencia de solidez sólo comparable a su impunidad. Los partidos políticos, los sindicatos y las clientelas políticas se han repartido la tarta y volverán a repartírsela en cuanto pase el seísmo y vuelva una vida que pueda llamarse normal. Al peatón le quedará sólo su papel de espectador como en un teatro en el que los actores se cobraran sus víctimas en el patio de butacas. Este sistema financiero es una timba tramposa de la que, tras cada jugada, se expulsa sin contemplaciones al desplumado. Medio mundo permanece perplejo ante este montaje del que fue cómplice mientras duró la función.