Vergüenza ajena

Que el PSOE no salga del burladero en la Comisión de los ERE es cosa que entiende cualquiera. Que su representante abrace de modo efusivo a un compareciente/imputado es ya harina de otro costal, aunque sólo fuera por aquello de guardar las formas. Que IU pregunte con insistencia por la complicidad de la Junta a sabiendas de que no van a responder bien puede ser una estrategia calculada. Que el diseño de la Comisión parezca de broma es lo lógico si se miran las cosas desde la perspectiva de los que no quieren y temen que funcione de verdad. Entre este bululú de los ERE y la tragicomedia de la banda de Gordillo, Andalucía tiene asegurada su presencia en “prime time” no sólo en España sino en toda la UE.

El martirio público

Hay que entender al Gobierno español cuando, a propósito del despropósito de los “cooperantes”, ha ampliado su prevención a todo el territorio de Mali. Al menos eso sugieren las noticias que nos llegan de la zona, por ejemplo, la de la lapidación pública de una pareja acusada de haber tenido hijos fuera del matrimonio, perpetrada por un grupo de tuaregs islamistas del Norte. Una terrible escena: hombre y mujer enterrados hasta el cuello en sendos agujeros, un grupo de apedreadores y un público forzado a asistir al suplicio e incluso invitado a participar en él, la pronta muerte de la hembra desmayada a la primera pedrada, la súplica inútil del hombre, que resistió algunas otras. La respuesta dada por los salvajes al New York Times es sencilla: “No tenemos porque explicar a nadie la aplicación de la charia”. Y la reacción de la población ha sido la obvia: el pueblo del suplicio ha huido en masa a Algeria, se calcula en 300.000 las personas que han escapado al terror inquisitorial, mientras los fanáticos destruían –como ya hemos comentado aquí—los importantes monumentos protegidos por la UNESCO. Tampoco se puede fumar: al principio del verano tuvo lugar una quema pública de paquete de cigarrillos y la correspondiente tallina a los fumadores. Una semana después, en pleno Tombuctú, una pareja no casada recibía cuarenta latigazos ante un público aterrado. Por haber bebido alcohol, alguien se llevó hace unos días otros cuarenta. Tras la caída del presidente Touré, la zona ha quedado en manos de los exaltados que coordina Al Qaeda. El pulso con una resistencia débil lo gana de lejos el fanatismo mientras el país se deshace social y económicamente.

Hay situaciones que no deberían ser consentidas por eso que se ha dado en llamar el “orden internacional”, nadie puede negar el derecho de injerencia cuando un país o una región del planeta queda en manos de dirigentes sádicos que reviven la peor Edad Media. Un hombre y una mujer enterrados hasta el cuello para ser luego lapidados a cantazos es una escena que el mundo civilizado no debería consentir en nombre de unos derechos humanos universales que ningún mandato religioso puede vulnerar a la sombra de un multiculturalismo imposible. ¿De qué “alianza de civilizaciones” nos hablaban hasta antier? Mali está demasiado cerca y demasiado lejos a un tiempo. Si es que no lo tenemos dentro ya.

El papel de IU

Se comprende que IU –la IU de los Valderas, no la de los Anguita y los Rejón—haya de pagar un alto precio por las sinecuras que le han tocado en la doble pedrea de las urnas. Lo que no se entiende es que se preste al triste papel de cirineo y prestidigitador del PSOE en el más grave caso de corrupción perpetrado en la autonomía, es decir, en hacer de peón de brega para ponerle en suerte el toro de los ERE y de las prejubilaciones falsas a un PSOE acorralado. El mismo formato de la Comisión y los aires de prefecto que está tomando su presidente, Ignacio García, anuncian un lamentable espectáculo que probablemente dejará tocado sin remedio al propio Parlamento. ¡Con lo que han bramado contra el PSOE los “valderitas”! El Diario de Sesiones demuestra que las democracias se pudren en cuanto pintan oros y se atisba el coche oficial.

6 toros 6

Me ha llevado a ver su breve exposición en la sevillana Casa de la Provincia mi amigo el pintor Fausto Velázquez. Seis soberbias cabezas de toro y tres sentimentales zapatillas que calzó en triunfo el gran Emilio Muñoz, bocetos para un cartel de su pueblo, La Algaba, que se distancia del cartelismo taurino al uso, esos mamarrachos. Toros bravíos, desafiantes, jaboneros, chorreaos, zaínos, ofreciéndonos ese aroma campero que en la dehesa –antesala de la mítica muerte—trasmina con las calores a las modestas yerbas, el tomillo, la matricaria, la lavanda. Seis toros de verdad, quiero decir, reales, como vistos desde la talanquera, no ignominiosamente reducidos a un garabato ni a un cartelón de taberna. Todavía hay arte, un arte eterno, nada platónico, menos aún surrealista. Nada de “performances”, como las famosas latas de “Merda d’artiste” con que Piero Manzoni ganó una fortuna, el ahorcado de Sevilla, los Cristos erectos de la Bienal veneciana, el orinal de Duchamps, nada de elitismo cultural, menos aún de “cancelar la diferencia entre representación y realidad”, como se ha dicho, ni rastro de la pulsión nihilista que enamoraba a Peggy Guggenheim y al Max Ernst que la chuleaba. Miro esas cabezas de toro, dibujadas con raro primor, sorprendidas en los exactísimos tonos de sus capas, las zapatillas gastadas en las que se funden la sangre del animal sagrado y la del maestro, sombra de Teseo, pecado de Pasifae.

Los miro, devoto, aliviado de la opresión que a muchos nos produce ese arte aniquilador que se ha resuelto en la aniquilación del arte, descargado de la ofensa que nos hace ese lenguaje creativo que el común de los mortales se siente incapaz de entender, como ha escrito, en un libro ejemplar, José Javier Esparza. Fausto vive de su pintura, exacta, sincera, minuciosa, recreando el “presente eterno” en la cabeza de un toro encastado y en unas zapatillas gastadas, en una leve pluma eternizada sobre un fondo gris o en la mirada de un niño sorprendida en el sortilegio de su ingenuidad. Fugurativo: Fausto Velázquez no pacta con las vanguardias –de las que dijo Valéry que todo cambia menos ellas–, ni parte peras con los estafadores. Paso y repaso toro a toro, me paro ante las zapatillas transfiguradas en reliquias. El arte que no cesa, ajeno al mercadeo de los iniciados y los millonetis. Fausto se va. La mañana de agosto deslumbra con una luz velazqueña que no les quiero no contar.

El milagro de Gracia

Pretende el Parlamento resolver en menos de mes y medio los misterios, poco misteriosos ya, que la jueza Alaya lleva anotados en casi 23.000 folios. ¿Alguien puede creerse que, a estas alturas, esa Comisión investigadora tiene otro sentido que no sea el puntillazo? Dos Presidentes, muchos altos cargos, cintas grabadas, “maletines Ollero” (¿se acuerdan?), documentación requetefiltrada y secreta… A finales de Septiembre, ya lo verán, la mayoría PSOE-IU decretará que aquí no pasado nada fuera de que “cuatro golfos” han metido la mano en un cajón que, por descontado, sólo un Presidente puede abrir con su llave maestra. ¿Y quién pagará el viaje? Pues, de nuevo el contribuyente. Entre unas cosas y otras, este saqueo nos va a salir por un pico.

Tortilla vuelta

El caso de un grupo de jóvenes que osó plantarse ante el iconostasio de una catedral rusa para entonar una plegaria punk en la que se rogaba por la desaparición de Putin del panorama político, ha provocado, una inusitada reacción de la Iglesia Ortodoxa, cuyo patriarca Kiril destacó en la reciente campaña defendiendo la candidatura oficial. Para Kiril lo que han hecho esas jóvenes constituye un auténtico sacrilegio pero mucho más duro ha sido su portavoz al calificar los hechos como “un crimen peor que el asesinato” y, en consecuencia, exigir para esas punkies canoras la pena ejemplar que, en efecto, les ha sido impuesta. En Rusia, tras la obsesiva labor ateísta del sovietismo, hay en este momento un 70 por ciento de personas que se declaran ortodoxas aunque sólo siete de cada cien sean practicantes, muchas de las cuales apoyan con entusiasmo la sentencia impuesta. Frente a esta demostración, también ha sido notable la demanda de numerosos grupos de intelectuales y artistas que piden que se considere el caso en términos moderados, y recuerdan que la Iglesia rusa volverá a cotizar igual que cuando en 1901 excomulgó de modo tan ignominioso al conde León Tölstoi. Al patriarca Kiril no parece preocuparle, en todo caso, ese riesgo que hace años que desprecia como protagonista de un nuevo entendimiento con el Poder parecido al que, a pesar de todo, funcionó bajo la dictadura soviética.

Del Museo del Ateísmo, en el que, por ejemplo en Leningrado, exponía el péndulo de Foucault y otras proezas de la mente humana como argumento antirreligioso, Rusia ha pasado, de un salto acaso mortal, a reconstruir la alianza Iglesia-Estado (o viceversa) que funcionó hasta la Revolución, es decir, desde el ateísmo oficial de los soviéticos al clericalismo radical de los mafiosos, demostrando, una vez más, lo sutil que es la línea que separa el laicidad del laicismo, mientras Kiril prodiga el incienso convertido en un agente turiferario de la nueva autocracia. No hace mucho tuve ocasión de asistir, en la catedral de Novgorod, a un servicio religioso en el que, de creer a mi guía, el pope habría rogado doce veces por el nuevo patrón, en un vasto memento de los vivos. El humo de los incensarios, el misticismo bizantino de los frescos a lo Rublev y el rezongar de aquel pope sublimaban el rostro devoto de una feligresía diezmada que ha asistido de cerca a la vuelta de la tortilla.