¿Alianza o choque?

No será necesario repetir que todo aquel tinglado de la “alianza de civilizaciones” carecía de sentido porque, así como hay muchas Culturas en el mundo, Civilización no hay más que una, como ya entrevió Voltaire en “El siglo de Luis XIV” y glosaron luego entre otros Marx y Engels (que lo hicieron desde el materialismo reduccionista) a Tönnies y Alfred (no Max, ojo) Weber. El que dio en el clavo fue Huntington cuando, mucho antes de que apareciera el infantilismo zapaterista, habló de “Conflicto de Civilizaciones” en la idea de que, en este siglo que malvivimos, esas llamadas civilizaciones serían los auténticos protagonistas. Y bien, ya ven ustedes cómo va la cosa, en especial desde el 11-S. Hace bien poco, una facción islamista radical que domina en Mali, aplicó la charia correspondiente para destruir todos los mausoleos de Tombuctú, la famosa “ciudad de los 333 santos”, lugares sagrados fundados por los tuaregs en los siglos XI y XII, y comenzando por el veneradísimo de Sidi Mahmoud, como respuesta a la decisión de la Unesco de declarar la ciudad como patrimonio en peligro. ¿Recuerdan la voladura controlada de los Budas de Bamyan que dinamitaron los taliban precisamente por lo mismo? Pues a ver cómo hablar de “alianza” con unos bárbaros que destruyen hasta las obras más consagradas jactándose, por si fuera poco, de tan despreciable actitud y dejando clara la distancia cultural que los separa de los pueblos realmente civilizados.

Hay, nadie lo niega, un Islam pacífico y respetuoso, muchos de cuyos miembros han contribuido a manos llenas –y en España lo sabemos de sobra– a colmar el acervo que ha hecho de Occidente la única referencia de eso que entendemos por civilización, pero hay un Islam extremista que se perfila como un enemigo universal de la libertad de los pueblos desde la insensata voluntad de imponerles a todos su yugo. Pregunten en Bamyam o en Tombuctú si les queda alguna duda. Un periodista le ha preguntado a la portavoz del caciquillo correspondiente por las razones que pueden explicar, esta enloquecida iconoclastia, y la portavoz le ha respondido con flema casi británica: “Mire usted, todo esto es ‘haram’ (es decir, tabú, prohibido) y nosotros somos musulmanes. ¿Me puede decir, en cambio, qué porras es la Unesco?”. Lo pavoroso de esta coyuntura es, precisamente, ese fanatismo inaccesible a cualquier razón.

Profesionales

Hay más de un personaje mediático que se ha profesionalizado en la desgracia. El padre de la niña del Alcácer logró sacar una buena tajada del tétrico asunto de su hija reconvertido en una figura habitual de la sobrecena televisiva. Lo mismo han hecho otros padres de niños infelices a algunos de los cuales le he oído yo con estas orejas que se han de comer la tierra a acusar un horrendo crimen a alguien tan conocido como Luis Solana, y el mismo camino llevaban, desgraciada pero comprensiblemente, los padres de Marta del Castillo o de los niños de Huelva perdidos en Córdoba, y algunos otros a los que el tiempo ha limado su mordiente mediática. En un artículo de mi entrañable Alfonso Ussía, leo que la líder de las “madres de Mayo” argentinas — esa Eva Bonafini multimedia que nos tuvo hasta el gorro durante años deslumbrados por su liderato, pero que enseñó la patita por debajo de la puerta dejándose querer por los etarras– ha levantado de la caja de la asociación nada menos que 28 millones de dólares despilfarrados en lujosos viajes y cómodas estancias por todo el planeta, defendiendo, por ejemplo en España, la razón de unos terroristas que no eran más que basura del aberchalismo español. Yo he visto como Hebe de Bonafini –la presunta mangante de tantísimo dinero—se la daba con queso a mi querido Jesús Quintero, uno de esos que, de cara al mal, apuestan por instinto al beneficio de la duda. Bien, ¿dónde están los 28 millones que le reclama quien fuera antiguo apoderado de la Asociación Madres de Mayo, es decir, Sergio Schoklender? Hay demasiado político viviendo del enunciado, demasiado carota que hecho de la tragedia un medio de vida, demasiado desahogado que lava el programa metiendo el siempre dudoso testimonio de un explotador del caso. Ana Bonafini fue una mujer Valente, no hay duda. Luego hemos descubierto que también era una mercachifle del dolor.

Se alzará alguna voz, tal vez muchas, contra el silogismo de Ussía, porque en este desdichado país sigue prevaleciendo el prejuicio ideológico, pero, en fin de cuentas, de lo que se trata de ver es si es verdad o no lo es que Hebe Bonafini –la heroína de Quintero y de otros bienintencionados ingenuos—ha levantado al movimiento que representa esa fortuna con la que ya podría vivir tranquilamente, con dictadura o sin ella, lo que le queda de existencia. La mediatización de la realidad acarrea estos desastres que con tanta facilidad anulan el sentido común.

El ejemplo rebelde

Pocos personajes he conocido en esta vida de la altura y dignidad del profesor José Luis Sampedro, ese nonagenario insigne que nos introdujo a la Estructura Económica, nos regaló espléndidas novelas tan malvaloradas como “El río que nos lleva” o “El caballo desnudo”, supo resistir en la Universidad los embates de la dictadura y nos dio un permanente ejemplo de honradez y sabiduría. Pocos como él, también, supieron prodigar el trato afable y la comprensión, tan firme en su papel de “excitator animae”, como decía Unamuno de sí mismo. Hasta hondas lecciones peripatéticas, impartidas en largos paseos por Madrid o en la rebotica de la Librería Turner que convocaba Manolo Arroyo, hemos recibido de Sampedro, ese caballero integral, cuya educada insolencia le granjeó siempre el respeto de todos. Sampedro es un humanista todo conciencia, todo compromiso, al que me temo que cierto desgaste propio de su edad le esté llevando a duplicar un papel del estilo del que Sartre jugó en sus amenes defendiendo causas perdidas y también, a veces, injustas. Por todo ello nos ha sorprendido a muchos incondicionales esa carta abierta, realmente desconcertante, que le ha dirigido al Presidente del Gobierno al que, de entrada, llama nada menos que “mal nacido” para acusarle enseguida de ignorante, mentiroso, inculto o pirómano, y a quien avisa de que “estamos metidos en una III Guerra mundial” y que lo va a pasar muy mal. De verdad, me sigue emocionando la grave libertad de Sampedro, pero en este libelo no lo reconozco, y no sólo por la zafiedad de ese estilo, sino por la no poco incoherente lección que culmina en la síntesis del New Deal como la decisión de “subir los sueldos y bajar las horas de trabajo”. Respeto en Sampedro hasta el exabrupto, pero creo que para ser sinceros con él, quienes lo queremos desde hace tanto tiempo hemos de decirle que el trallazo en cuestión no parece suyo.

Cuando lo de Sartre nos ocurrió lo mismo: que nos encocoró el hecho de verlo –¿manejado quizá?—como un Jovellanos convertido en Alejandro Sawa. Por mi parte, da igual. Nunca olvidaré su sabiduría, ni aquel “planctu Hispaniae” que venían a ser sus novelas, ni su valor frente a la amenaza cuando se nos mezclaba en CEISA, la escuela libre de sociología, llano, como uno más, erigido sobre su recta conciencia. Digamos que lo vemos ya más allá del fielato tras toda una vida de vigoroso enfrentamiento con el consumero.

Griñán nos quiere griegos

Por “medios legales, constitucionales y de todo tipo (¿)” dice el Presidente Griñán que se opondrá a las medidas de ahorro de Rajoy, no a las suyas propias, y para ello ya ha anunciado la consejera de Presidencia una campaña de agitación que alcanzará a toda la provincia de Sevilla antes de fin de mes. Lo esperados, pues: una Junta dedicada a obstruir la labor del Gobierno de la nación en el peor momento de nuestra historia. Con tal de debilitar al partido que les ha ganado las elecciones serán capaces de reproducir la situación de desgobierno que ya costó a Grecia lo que le costó. No defienden a Andalucía; atacan al PP. Y eso no es un gesto de legítima autonomía sino una estrategia irresponsable.

Saber y recordar

Nuestros nietos tendrán, como tuvimos nosotros en su día, tres reválidas por delante, una al finalizar la “primaria”, que nosotros llamábamos “examen de ingreso”, otra al término de la fase “elemental”, que fue nuestra primera reválida, y una tercera, que había que enfrentar tras superar el bachillerato superior, y en la que se trataba de acercar al alumno a ese planeta de los estudios superiores garantizando que en la memoria iba intacto lo aprendido durante todos esos años. Las reválidas han ido y venido por nuestros “planes de estudio” que fueron todos –desde el Reglamento de 1821, los planes del Duque de Rivas y de Pidal o la Ley Moyano del 57—fruto e instrumento de porfías ideológicas entre los diversos partidos aunque sin llegar a la rígida politización impuesta por el franquismo ni a la versión secularizada, digámoslo así, del intento sociata de cierta controvertida asignatura– , cambios que dañaron, cada cual a su manera, la conservación inalterable de la enseñanza. Las “reválidas”, sobre todo la anterior a la reforma de Ruiz-Jiménez de 1953, que se llamaba temerosamente “Examen de Estado”, constituían un auténtico “rito de paso” en virtud del cual quienes lo superaban conseguían de modo automático, aparte del tratamiento de “don”, el privilegio de alcanzar una Universidad no poco clasista todavía tras superar todavía un incierto curso intermedio de adaptación que duró lo que pudo resistir su misma evanescencia. Y hoy vuelven esas pruebas, imaginamos que desritualizadas en lo posible, y en las que esperemos que lo que se busque sea ratificar el fondo de saberes bachillerescos sin recurrir a la rígida truculencia de los viejos tribunales. Hoy no habría tiempo ni circunstancia para aquellos montajes en el que el catecúmeno debía responder a cualquier materia ya aprobada y elegida al azar.

La educación ha ido tendiendo a la facilidad, estoy convencido de que por razones electorales, pero la recurrencia a las viejas reválidas no debería restaurar aquel medroso aparato sino, más bien, comprobar en términos generales la solvencia conseguida por el alumno. Hemos extraviado en buena medida a un par de generaciones con la engañifa del “buen rollito” y se trataría ahora de restablecer la exigencia razonable de esfuerzo y recompensa. Un país es su bachiller, me dijo en una ocasión Ridruejo. Nunca he olvidado tan osada como certera visión.

En manos de insensatos

Hemos insistido mucho en que encumbrar a los “ninis” es una temeridad lo haga quien lo haga. Pero pocos, quizá ningún caso como el de los “griñaninis” del presidente “Pepe” Griñán, el que dijo alguna vez a una asamblea de mujeres: “Llamadme Presidenta”, y ahora ha entregado su mano derecha al más “nini” de todos que es, encima, el más agresivo. Ha dicho, en efecto, ese Jiménez que los “recortes” de Madrid –que boicotea la Junta desde Sevilla al tiempo que trata de eludir los propios—son comparables ¡al golpe de Estado del 23-F!, que él debió vivir todavía a gatas. Estamos, como se ve, en manos de insensatos que han montado un frente contra el Gobierno de la nación en plena catástrofe. Yo creo que llamar golpista al Gobierno es algo que tendría que acabar en mano de un juez, aunque fuera con la atenuante de que el agresor, como en este caso, nunca pasó de primero de Derecho.