El tiempo es oro

Miren que llevamos visto en esta tómbola, pero como las jornadas de 37 horas que pagaba el alcalde sociata de Castril, López Ródenas, pocas y me sobran algunas. Lo de las facturas dobles o falsas, la verdad es que resulta ya un lugar casi común, pero prolongar los días como Josué deteniendo el sol, no lo habíamos visto hasta ahora. Habría que confeccionar un catálogo picaresco con los trucos y malabares de nuestros políticos, aunque lo previsible es que de él resultara una visión poco soportable de nuestra vida pública. ¡Jornadas de 37 horas no se ven todos los días! En cierta forma, puestos a aceptar lo que hay, casi habría que premiar siquiera con una mención a ese moterilla granadino que ríanse ustedes de Galileo.

Mañana de Corpus

Hay mucha Edad Media tardía en esta mañana postmoderna en que la fragancia del romero y la juncia nos anuncian temprano la gran procesión. Las edades se suceden, ceden el sitio al periodo siguiente, pero ese renuevo va dejando un poso ligero e imperceptible en el inconsciente colectivo. Nuestras ciudades son esta mañana escenario para una representación mística cuyos actores han perdido ya la memoria del origen e ignoran, tal vez, que lo que representan no es más que la teatralización sacra de la idea organicista que veía en la sociedad un cuerpo a semejanza del humano, con sus miembros diferenciados pero presentes desde la cabeza a los pies, gremio a gremio, estamento a estamento, corporación a corporación, simbolizando las imprescindibles funciones de la vida. El ser humano es como el gallo sin cabeza, que sigue indiferente sus pasos, como los siguen estos cofrades agrupados tras su lábaro, fieles tras el estandarte que expresa la adhesión de los oficios a ese “ordo” natural e inmutable que mantiene en pie al conjunto social, junto a los estamentos civiles –el poder de los hombres—y, finalmente, junto a la Iglesia desplegada en sus decorativas jerarquías. El cortejo de Corpus es un retrato a escala de la “comunitas”, de la primitiva asociación de los hombres, y por eso –porque arranca de la baja Edad Media—conserva tanta ruralidad disimulada, como un anacronismo que la alfombra de yerbas olorosas se empeñan inútilmente en rescatarnos para el campo a los espectadores urbanitas. Pero cuánto efluvio, cuánto inconfundible perfume nos remite desde el inconsciente al paraíso perdido de de la ruralidad, cuánto lábaro, cuántas pluviales, cuantas mangas y cruces alzadas, cuánta vara de plata, cuánto patrono exaltado sobre las andas los mismo que el Rey con su orbe en la mano, cuánto sable desnudo y cuánta devoción popular, presagian bajo la calima la misteriosa presencia bajo palio del Origen y la Razón de todo, hipostasiados en una hostia de pan bendito y mudo. Hay mucha Edad Media en plena postmodernidad.

Toda esta teología obsoleta pero admirable trasmina con tenacidad el olor de lo antiguo que ya ni percibe la pituitaria de la civilidad ni respeta una muchedumbre que acaso presiente el misterio tras el significante olvidado, mientras se arracima en torno al rito misterioso que los tiempos han vaciado de sentido. ¡Mañana de Corpus, niños arrastrando con los pies el hierbal balsámico, canónigos morados, albas miríficas, mílites erizados de inútiles armas, chaqués  y uniformes de alcurnia, precediendo el palio o la custodia, “mysterium fascinans”. Los cirios y el incienso hacen el resto en el rito perdido que sólo conserva el formol de la rutina!

Paripé

¿No se comprometió IU a que las comisiones parlamentarias de investigación no podrían ser vetadas? ¿Y no se comprometió a abrir esa comisión antes de aceptar un pacto de Gobierno? Pues a esos compromisos añade ahora el de que IU “no descarta citar absolutamente a nadie”, aparte de afear al PSOE que trate de inmiscuir al Gobierno en esa investigación de la Cámara. Corto me lo fiais, porque es obvio que las peticiones de comparecencia de los dos Presidentes será lo primero que ponga sobre el tapete la verdadera Oposición. Difícil lo tiene la coalición para seguir de socios en un gobiernillo si alguno de ellos sale mal parado en la Cámara, pero peor lo tendrá si la juez decide algún a vez imputarlos directamente dejando en evidencia al paripé parlamentario.

Señores y caciques

Es hoy ya un lugar común que nuestros políticos actúan como caciques. Hablamos de un nuevo cacicato que no se diferencia gran cosa del viejo y que ha sabido apoderarse del común como lo hiciera el romanonesco pero en el que, salvo rarísimas excepciones , ha desaparecido la figura de eso que ahora se llama el “emprendedor”. Leo de un tirón la historia de uno de aquellos próceres que logró transformar una desolada aldea en uno de los pueblos más florecientes de la provincia sevillana, empezando por urbanizar su caserío de calles terrosas para acabar una impresionante tarea económica que no sólo racionalizó su agricultura sino que, con raro empeño, logró industrializarla como quien levanta un hito en medio de un erial de subsistencia agraria. Así, entre la antigua monarquía y el franquismo pasando por la dictadura de Primo de Rivera, aquel hombre incansable adoquinó adecentando el pueblo, superó la temible filoxera importando viñas americanas, edificó un barrio de alquiler con opción de compra para las familias modestas a las que proveyó de tierras de cultivo en un amplio predio recién parcelado o abrió tierras improductivas para transformarlas en olivar o en pagos de pan llevar, instaló una factoría para elaborar aceituna rellena que exportaba a los EEUU, una fábrica de electricidad para abastecer ocho o nueve pueblos aljarafeños, y otras para la obtención de orujo o de jabón, además de un aserradero de madera. En 1922, aquellos ingenios industriales le costaron al prócer 1.500.000 pesetas y pagaban  anualmente un millón de pesetas en jornales. Valoren ustedes mismos la diferencia entre algunos de aquellos benefactores y la cuadrilla de ganapanes que ha dado de sí el feudalismo rapaz y ensimismado que hoy nos aflige.

El pueblo al que me refiero era Pilas y el hombre que hizo todo eso, don Luis de Medina y Garvey. El concejo solicitó para él en su día el marquesado local, pero él lo rechazó y siguió siendo hasta su muerte un incansable “emprendedor”, una especie de “regeneracionista” de la recova de Joaquín Costa y Lucas Mallada. La muerte le sorprendió repoblando de pinos los eriales de su alfoz, seguro de que no llegaría a verlos pujantes pero confiado en que un día lejano la posteridad habría de disfrutarlos. El caciquismo que a nosotros nos ha tocado vivir carece de esa dimensión “emprendedora”, y mucho me temo que encaje mal en el paradigma “ilustrado” que fue la razón última de aquellos “señores”. Ésta es una “edad de hierro” como la que entrevió Hesíodo y fraguó Canóvas anticipándose al futuro. Hay que manejar con cuidado los conceptos históricos, empezando por no confundir a los señores con los caciques.

Darlas y tomarlas

No se puede aplaudir a las policías y a la Justicia cuando dan la razón a uno y lanzarse a desprestigiarlas cuando cuestionan sus intereses. La reacción de la Junta contra la Guardia Civil por haber recogido en su Informe a la juez de los ERE y las prejubilaciones falsas datos incomodísimos para los mismísimos Presidentes de la Junta ha sido y está siendo desmesurada e impropia, e incluye descalificaciones intolerables que prueban su escasa asunción del principio de separación de poderes. ¿Qué quieren que se aporte a esa investigación que ha demostrado ya de manera incontrovertible el uso ilegal del dinero público en un montaje, conocido de sobra por la cúspide de la Administración, que ha funcionado durante más de una década? Se comprenden los nervios pero no que desde lo más alto se intente romper la baraja. ¿De qué tienen miedo, además, si están tan seguros de la inocencia de los Presidentes? El tiempo pondrá a cada uno en su sitio como ya ha ocurrido tantas veces.

Anchas mangas

Recuerdo muy bien con qué denuedo se defendían desde la política los primeros casos de corrupción (¡y los últimos!) con el dudoso argumento de su excepcionalidad. Es la naturaleza humana –se decía–, la propia condición del hombre, la que mancha un sistema bajo su exclusiva responsabilidad, proyectando la obra de “cuatro golfos”  en una falsa imagen de corrupción generalizada. La experiencia nos ha demostrado que esa excusa era por completo incierta y que de lo que, en efecto, se trataba era de una epidemia generalizada y, tras ella, de una crisis moral que era en sí misma pródromo de la económica. Lo vamos entendiendo cuando ya es tarde y recorremos temerosamente el bordo del acantilado, cuando ya no es posible mantener esa componenda ética a la vista del fracaso mayúsculo que hemos experimentado. ¿Acciones singulares perpetradas por una minoría corrupta? A ver cómo sostener ya la vieja tesis, cuando tenemos o hemos tenido bajo sospecha al propio presidente del Tribunal Supremo, a un ex–ministro de Obras Públicas, a un ex-presidente de las Cortes, a un ex–presidente de una autonomía, a consejeros varios, a grandes gestores de la banca y a un montón de ediles sospechoso o imputados todos ellos de muy diversas corrupciones, por no hablar de lo que aún está en trámite. ¿Casos aislados? España entera es hoy un albañal en el que sobrevive estupefacta e indignada una masa a la que tal vez haya que reprochar su indiferencia moral ante la escalada golfa de las corrupciones, ese gravoso lastre que agrava nuestra situación casi desesperada. No se le puede pedir sacrificio máximo a un país que se entera diariamente de que los banqueros fracasados se van forrados y de que los máximos responsables de su vida pública están bajo sospecha, por más que se les trate con guante de seda. España entera es hoy el Puerto de Arrebatacapas y nuestra democracia un sistema malherido al que va a costar Dios y ayuda devolverle su dignidad.

Pero hay que insistir en la alícuota de culpa que corresponde a una sociedad tolerante que vota una y otra vez a los corruptos y mantiene en torno a la pandilla política la cataplasma de una tibia comprensión apenas compensada con algún desahogo ocasional. La democracia exige una pedagogía rigurosa que aquí hemos omitido hasta que nos hemos tropezado con todo un Presidente del TS dando excusas a la muchedumbre sin más ni menos dignidad que cualquier galopín en apuros. Hemos tocado fondo, probablemente, inconsciente de que la tormenta financiera y el desastre que nos abruma no es más que la consecuencia de una crisis moral que viene de lejos y que, como es obvio, no han de ser los corruptos quienes la diagnostiquen.