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Me ha llevado a ver su breve exposición en la sevillana Casa de la Provincia mi amigo el pintor Fausto Velázquez. Seis soberbias cabezas de toro y tres sentimentales zapatillas que calzó en triunfo el gran Emilio Muñoz, bocetos para un cartel de su pueblo, La Algaba, que se distancia del cartelismo taurino al uso, esos mamarrachos. Toros bravíos, desafiantes, jaboneros, chorreaos, zaínos, ofreciéndonos ese aroma campero que en la dehesa –antesala de la mítica muerte—trasmina con las calores a las modestas yerbas, el tomillo, la matricaria, la lavanda. Seis toros de verdad, quiero decir, reales, como vistos desde la talanquera, no ignominiosamente reducidos a un garabato ni a un cartelón de taberna. Todavía hay arte, un arte eterno, nada platónico, menos aún surrealista. Nada de “performances”, como las famosas latas de “Merda d’artiste” con que Piero Manzoni ganó una fortuna, el ahorcado de Sevilla, los Cristos erectos de la Bienal veneciana, el orinal de Duchamps, nada de elitismo cultural, menos aún de “cancelar la diferencia entre representación y realidad”, como se ha dicho, ni rastro de la pulsión nihilista que enamoraba a Peggy Guggenheim y al Max Ernst que la chuleaba. Miro esas cabezas de toro, dibujadas con raro primor, sorprendidas en los exactísimos tonos de sus capas, las zapatillas gastadas en las que se funden la sangre del animal sagrado y la del maestro, sombra de Teseo, pecado de Pasifae.

Los miro, devoto, aliviado de la opresión que a muchos nos produce ese arte aniquilador que se ha resuelto en la aniquilación del arte, descargado de la ofensa que nos hace ese lenguaje creativo que el común de los mortales se siente incapaz de entender, como ha escrito, en un libro ejemplar, José Javier Esparza. Fausto vive de su pintura, exacta, sincera, minuciosa, recreando el “presente eterno” en la cabeza de un toro encastado y en unas zapatillas gastadas, en una leve pluma eternizada sobre un fondo gris o en la mirada de un niño sorprendida en el sortilegio de su ingenuidad. Fugurativo: Fausto Velázquez no pacta con las vanguardias –de las que dijo Valéry que todo cambia menos ellas–, ni parte peras con los estafadores. Paso y repaso toro a toro, me paro ante las zapatillas transfiguradas en reliquias. El arte que no cesa, ajeno al mercadeo de los iniciados y los millonetis. Fausto se va. La mañana de agosto deslumbra con una luz velazqueña que no les quiero no contar.

El milagro de Gracia

Pretende el Parlamento resolver en menos de mes y medio los misterios, poco misteriosos ya, que la jueza Alaya lleva anotados en casi 23.000 folios. ¿Alguien puede creerse que, a estas alturas, esa Comisión investigadora tiene otro sentido que no sea el puntillazo? Dos Presidentes, muchos altos cargos, cintas grabadas, “maletines Ollero” (¿se acuerdan?), documentación requetefiltrada y secreta… A finales de Septiembre, ya lo verán, la mayoría PSOE-IU decretará que aquí no pasado nada fuera de que “cuatro golfos” han metido la mano en un cajón que, por descontado, sólo un Presidente puede abrir con su llave maestra. ¿Y quién pagará el viaje? Pues, de nuevo el contribuyente. Entre unas cosas y otras, este saqueo nos va a salir por un pico.

Tortilla vuelta

El caso de un grupo de jóvenes que osó plantarse ante el iconostasio de una catedral rusa para entonar una plegaria punk en la que se rogaba por la desaparición de Putin del panorama político, ha provocado, una inusitada reacción de la Iglesia Ortodoxa, cuyo patriarca Kiril destacó en la reciente campaña defendiendo la candidatura oficial. Para Kiril lo que han hecho esas jóvenes constituye un auténtico sacrilegio pero mucho más duro ha sido su portavoz al calificar los hechos como “un crimen peor que el asesinato” y, en consecuencia, exigir para esas punkies canoras la pena ejemplar que, en efecto, les ha sido impuesta. En Rusia, tras la obsesiva labor ateísta del sovietismo, hay en este momento un 70 por ciento de personas que se declaran ortodoxas aunque sólo siete de cada cien sean practicantes, muchas de las cuales apoyan con entusiasmo la sentencia impuesta. Frente a esta demostración, también ha sido notable la demanda de numerosos grupos de intelectuales y artistas que piden que se considere el caso en términos moderados, y recuerdan que la Iglesia rusa volverá a cotizar igual que cuando en 1901 excomulgó de modo tan ignominioso al conde León Tölstoi. Al patriarca Kiril no parece preocuparle, en todo caso, ese riesgo que hace años que desprecia como protagonista de un nuevo entendimiento con el Poder parecido al que, a pesar de todo, funcionó bajo la dictadura soviética.

Del Museo del Ateísmo, en el que, por ejemplo en Leningrado, exponía el péndulo de Foucault y otras proezas de la mente humana como argumento antirreligioso, Rusia ha pasado, de un salto acaso mortal, a reconstruir la alianza Iglesia-Estado (o viceversa) que funcionó hasta la Revolución, es decir, desde el ateísmo oficial de los soviéticos al clericalismo radical de los mafiosos, demostrando, una vez más, lo sutil que es la línea que separa el laicidad del laicismo, mientras Kiril prodiga el incienso convertido en un agente turiferario de la nueva autocracia. No hace mucho tuve ocasión de asistir, en la catedral de Novgorod, a un servicio religioso en el que, de creer a mi guía, el pope habría rogado doce veces por el nuevo patrón, en un vasto memento de los vivos. El humo de los incensarios, el misticismo bizantino de los frescos a lo Rublev y el rezongar de aquel pope sublimaban el rostro devoto de una feligresía diezmada que ha asistido de cerca a la vuelta de la tortilla.

Alas de mariposa

En torno a la central de Fukushima, los científicos han encontrado mariposas mutantes por efecto de la radioactividad. Lo leo en el “Scientific Reporter y luego en la prensa europea que se hace cruces ante la imagen de ese fantástico lepidóptero al que la radiación ha reducido las alas y deformado los ojos. Hace muchos años me mostró Ginés Morata en su laboratorio del CSIC los resultados obtenidos al bombardear con radioactividad ejemplares de “drosophila melanogaster”, la mosca del vinagre, y allí pude ver moscas con las alas en la cabeza y los ojos en la panza, lo que probaba que la radiación tiene capacidad para deformar o malformar a cualquier ser vivo. No se creía tanto entonces en la paciente investigación de mi amigo –hoy premio Príncipe de Asturias, entre otros muchos—, pero Morata ya iba entonces tras la idea fija de que, con el tiempo, la investigación científica sería capaz de manipular benéficamente (¡toquemos madera!) no ya moscas, sino cuerpos humanos. En una charla a la que le invitamos a pronunciar en El Mundo de Huelva, Ginés me dijo, con esa ambigua teatralidad con que los sabios saben ilustrar sus teorías, que algún día el biólogo podría “manipular” a placer al hombre de carne y hueso, a lo que yo le contesté, siempre en broma, claro,  que eso lo había conseguido la política muchos siglos antes que la biología. Hoy aquellos trabajos nos han puesto en la senda de una ciencia capaz de modificar la arquitectura biológica de los cuerpos y, en consecuencia, de lograr una longevidad que recuerdo que a Ginés le preocupaba por sus radicales efectos sociales. El demiurgo va siempre unas zancadas por delante del político.
 
Me cuentan en el campo andevalino que cada otoño hay menos moscas, mi sufrido médico de cabecera, el doctor López Guilarte, me explica el fracaso de su cosecha tomatera por la ausencia de abejas polinizadoras que aquí, como en gran parte del planeta, están despareciendo de manera no poco misteriosa, y Ginés Morata estimaba ya hace unos años que prolongar la vida más allá del centenario era ya cosa de poco tiempo. Y el hombre medio, ésa es la verdad, ni se inmuta, entre acongojonado e indiferente, ni más ni menos pasivo que el Poder. Lo que no lograrán los laboratorios será obtener diseños maravillosos como el de esas mariposas amenazadas por la radioactividad. Dios no jugará a los dados, como quería Einstein, pero tiene en su mano una belleza que nosotros, no podemos, ni soñar.

Gibraltar va por libre

Hubo un tiempo –durante las dos legislaturas de confrontación al Gobierno Aznar—en que el mismísimo presidente de la Junta encabezaba manifestaciones populares en la raya de Gibraltar protestando por esto y por lo otro. Pero eso ya pasó, por lo que se ve, pues a la tomadura de pelo de ese concejal/ministro gibraltareño no responden ya ni el Gobierno de la nación ni la Junta de Andalucía, a pesar de que con su cínico tejemaneje aquel tenga en la cuerda floja a miles de familias de pescadores españoles. Es verdad que el anterior Gobierno concedió tratamiento de “Alta parte” a la Roca y que el actual ha desactivado aquella estupidez. Pero Gibraltar va por libre, como siempre, pasándose el derecho internacional por la entrepierna y extendiendo día tras día el territorio colonial. Sería lógico llevar el contencioso entre los Gobiernos y no con un gobiernillo de pueblo.

Nueva esclavitud

Un interesante informe de una ONG tan prestigiosa como China Labor Wacht, aparecido hace unos días, ha vuelto a poner de actualidad el debate sobre los abusos que las grandes marcas internacionales hacen de la mano de obra barata. Niños de ambos sexos, menores de dieciséis años muchas veces, trabajan como esclavos, en jornadas de catorce horas y más, en empresas subcontratantes del Tercer Mundo –sobre todo del Sudeste asiático—a cambio de salarios ridículos y en condiciones, a veces, infrahumanas. Pero si hace años provocó gran escándalo el descubrimiento de que Nike fabricaba sus productos en países africanos y en régimen de semi-esclavitud, ahora sabemos que la globalización galopante ha convertido en común y habitual esa práctica infame que recrea, de hecho, una nueva esclavitud, con el agravante de que ahora se conocen los nombres de esas firmas que pasan por ejemplares entre nosotros. Según agencias de de reconocida solvencia, como Intermón, esa práctica se halla generalizada por empresas tercermundistas que trabajan para Zara, Maximo Dutti, Stradivarius, Pull and Bear, Cortefiel, Benneton o Mango, del mismo modo que en otros países, sobre todo en Pakistán, menores prácticamente esclavizados trabajan para Adidas, Chicco, Inditex o Aldi (solamente en India se calcula que lo hacen 55 millones de niños), o en Tailandia, Indonesia, Filipinas o Vietnam una legión de niños y niñas se deja la edad de la inocencia en beneficio de Nike. Es muy probable que este negocio, por indignante que pueda resultar a muchos, no pueda detenerse ya, toda vez que se ha convertido en uno de los elementos de la estructura productiva mundial, de manera que podemos dar por hecha la existencia de una nueva esclavitud en todo el planeta. Las conquistas paulatina y dolorosamente conseguidas a medias por el progreso y por el movimiento obrero, sin ya pura leyenda.

Un nuevo colonialismo informa la actividad capitalista en esta era difícil que, paradójicamente, garantiza menos los derechos básicos de las personas y de los trabajadores que las de nuestros padres y abuelos. Baroja, evocando su aventura de panadero, no alcanzaba a comprender la actitud reivindicativa de los trabajadores, como no alcanzamos nosotros a ver en nuestra vestimenta o en nuestras zapatillas el símbolo de una explotación indecente. Hay que volver a empezar, por lo visto. El “eterno retorno” vale también para el mercado de trabajo.