El enigma bancario

Cuando nuestros nominalistas se pongan de acuerdo sobre si lo que acaba de ocurrirle a España es un rescate –dulce, amargo o parcial—o una intervención disimulada, habrá que proponerse satisfacer la indignada curiosidad de la gente sobre cómo ha podido producirse una catástrofe en unos bancos y cajas de ahorro que, año tras años, han venido anunciando beneficios milmillonarios y de pronto descubren un agujero negro que ha hecho preciso recurrir al mayor préstamo de nuestra Historia. ¿Por qué de pronto resulta que aquellos bancos zapaterinos de la Champion League no son más que un castillo sin cimientos, cómo es posible que el Banco de España no detectara la catastrófica situación y, sobre todo, de qué manera explicar dónde está el dinero que falta y cuál es la responsabilidad de esos gestores que, por cierto, han venido trincando, entre “stocks options”, blindajes y bonus, fortunas descomunales en un país de parados y mileuristas? ¿No tendrían que responder por su mala administración (quizá sería más propio decir por su  administración desleal), devolver esos tesorillos que han afanado y someterse a una Justicia ejemplar? No voy a ocultarles que en este terreno soy absolutamente pesimista, y no sólo porque quien hizo la ley hizo la trampa, sino porque esa responsabilidad está repartida de tal forma que alcanza a la mayoría del Poder. Estamos, pues, ante un escándalo perfecto, en el que los que han provocado la crítica avería se han llevado en la uña su parte en el festín. ¡Tanto exigir seguridad jurídica  a los demás y resulta que nos hemos levantado una mañana a la vera del “corralito”! Va a hacer falta mucha pedagogía política, quizá todo un despliegue de prestidigitación, para calmar a una muchedumbre despojada por una pandilla de insolventes de los recursos de toda una generación, pero me atrevo a augurar que ni se devolverá el dinero público desaparecido ni pagarán los platos rotos más que los ciudadanos de pie.

Eso sí, hay que reconocer la destreza con que los culpables han perpetrado la ruina general mostrando hasta el último momento una apariencia de solidez sólo comparable a su impunidad. Los partidos políticos, los sindicatos y las clientelas políticas se han repartido la tarta y volverán a repartírsela en cuanto pase el seísmo y vuelva una vida que pueda llamarse normal. Al peatón le quedará sólo su papel de espectador como en un teatro en el que los actores se cobraran sus víctimas en el patio de butacas. Este sistema financiero es una timba tramposa de la que, tras cada jugada, se expulsa sin contemplaciones al desplumado. Medio mundo permanece perplejo ante este montaje del que fue cómplice mientras duró la función.

Gallo sin cabeza

El temor de mucha gente andaluza es hoy por hoy que el PP no encuentre recambio para Javier Arenas, porque sin una buena foto para el cartel esta democracia parece no funcionar del todo. Pero lo malo es que lo propio ocurre también en el PSOE, donde Griñán ha fracasado como sucesor y ahora no hay quien imagine siquiera quién puede relevarlo tras el próximo congreso. No tenemos líderes con peso y el único que había hace mutis por el foro, dejando la autonomía en manos de segundones por los que nadie da un duro. La mayor autonomía de España está descabezada y marcha apenas por inercia en espera de que se produzca un milagro. Si mañana hubiera elecciones autonómicas, la abstención sería, sin la menor duda, de traca.

Toques de gloria

Lo que está diferenciando a la masacre de Siria de tantas otras como llevamos vistas es la exposición de los niños sacrificados, la ofensa a la sensibilidad que supone distinguir en primer plano, entre la muchedumbre de cadáveres, los cuerpos sin vida de esos niños, incluso bebés, que parecen dormidos en las fotos que nos envían los corresponsales. Mucho ruido y pocas nueces a pesar del inmenso desastre que lleva provocado el bárbaro de Bachar al-Assad –las cifras oscilan demasiado según las fuentes–, apoyado vergonzosamente por Rusia y China pero surtido de armas y razones por otros que no se suelen nombrar. “Horrorizados” es la palabra de moda. Lo están en Berlín al ver esos retratos irrefutables, lo está el pelele de Kofi Anan cuyo “plan” está sirviendo para incrementar con el paso de los días la negra estadística del crimen, lo están en Francia, donde una mayoría se inclina por una intervención armada… pero no francesa, lo está la vecina Turquía invadida ya por el clamor de los refugiados y el resplandor de los incendios provocados por al-Assad en los bosques ara descubrir a los rebeldes, lo están, en fin, los países que han retirado sus embajadores a la vista del paisaje devastado en Homs, en Hama o en Homala. Lo que no hace nadie es dar el paso adelante, quizá porque no hay petróleo que conquistar, también porque la obcecación ruso-china mantiene atada de pies y manos a la ONU. Hasta ahora los genocidas han venido ocultando sus ruinas a base de desmentidos y fosas comunes. En Siria no se esconden la mortandad sino que se exhibe, mostrando en primer término el martirio infantil, como si el régimen buscara subrayar la imagen de su implacabilidad. Niños dormidos como último argumento: a la imagen convencional del montón de cadáveres ya estamos demasiados hechos. ¡Qué horror!, dicen las cancillerías haciendo estética de la ética. Uno cree recordar que ni Gadafi ni Mubarak llegaron nunca a dar tantos motivos y ya ven el resultado.

Lo de los niños asesinados no lo digo por gazmoñería porque siempre me pareció equívoco valorar la muerte en función del sexo o la edad. Lo digo, sin embargo, por la repugnancia que me produce la exhibición misma y lo que en ella subyace de aviso a los navegantes. ¿Acaso se puede bombardear una ciudad –como han hecho unos y otros—excluyendo del desastre a los débiles e impedidos? Los serbios como los rusos, los yanquis o los franceses han cuidado las formas en sus últimas agresiones pero con los mismos resultados. Al terrorismo le cuesta hilar fino, actúe con casco o con pasamontañas. La singularidad siria estriba en haber hecho de la barbarie un argumento propagandístico.

La mejor defensa

La mejor defensa es un buen ataque. Es lo que ha debido inspirar el ex–alcalde de Valverde del Camino (PSOE) su carga contra su propio partido, contra el PP y contra los medios, especialmente con el que tiene el lector en las manos. En lugar de arrepentimiento y propósito de enmienda, el tal Miguel Ángel Domínguez, el mismo que pagó los servicios de un burdel con la VISA municipal, se ha venido arriba por el simple hecho de que, como era previsible, la Fiscalía de Huelva ha archivado la denuncia de estos hechos despreciables. Ya veremos qué pasa en la vía penal, si es que se recurre a ella, pero no pocos padres de de la escuela calañesa donde ejerce de maestros andan desconcertados ante el hecho que un personaje con semejante tacha se convierta en responsable de sus hijos.

Armas para la paz

Una providencia judicial acaba de reiterar en los EEUU el mítico derecho de los ciudadanos a poseer armas de fuego, defendida con ardor por amplios sectores de una opinión que no renuncia a su actitud pionera y a la idea primitiva de la autodefensa heredada de aquella. La seducción de las armas y el equívico concepto de seguridad que ellas proporcionan prospera también en países europeos, como Francia, en los que cada día son más frecuentes las armas de guerra en manos de los particulares. Aquí en España mismo acaba de desmantelarse un enorme almacén de armas pesadas procedentes tanto de la Guerra Civil como de la Mundial, cuyo empleo por parte de la delincuencia común es cada día más frecuente. Durante los pasados ejercicios, nuestro comercio de armas, incluso con países en conflicto, ha crecido notablemente, convencidos como están nuestro pacíficos Gobiernos de que ese tráfico legal es también legítimo con independencia de las tragedias a que pueda dar lugar. Nunca sabremos, por lo demás, qué fue del arsenal soviético en manos de las mafias rusas ni cómo se liquidó, si es que liquidó, el temible armero sobrante de la tragedia yugoeslava, pero es obvio que si las armas proliferan por todo el planeta es porque hay quien las fabrica y las vende en régimen de mercado libre o negro. Una honda crisis de inseguridad comparte con el incremento de la delincuencia mayor este auge de las armas desde una equívoca sugestión protectora que está en función, sin duda posible, del fracaso del Estado como garante de la paz pública. Gadafi fue lo que fue con el arsenal que le vendió Francia como Arabia Saudí o Israel son lo que son gracias a ese comercio infame que todos condenan pero ninguno suprime, y que hasta hace poco ha incluido la fabricación y exportación de esas bombas antipersonales, la lucha contra las cuales preside aquí la Reina con modestos resultados. La selva subyace bajo el urbanismo y el predador se disfraza de civilizado con las bendiciones de las democracias.
En cierto modo, al aniquilar el principio democrático del monopolio de la violencia por parte del Estado, el hombre redescubre el bosque sagrado del que saltó a la sabana, ese territorio de la indefensión en el que le fue preciso afilar la piedra o la estaca para sobrevivir en competencia con la ferocidad cotidiana. Hace poco el propio Cameron viajó el África profunda acompañado de esos traficantes de cuello blanco y nadie se rasgó las vestiduras. La civilidad democrática puede con muchas cosas pero no con los grandes tráficos prohibidos. Es más, en cierto modo compite con ellos con todas las de ganar.

La bolsa o la vida

Cualquier lector del Nuevo Testamento sabe bien que Jesús de Nazaret tuvo relación con dos gerentes económicos, el apóstol Mateo Levi, recaudador de impuestos y, en consecuencia, publicano malmirado por la opinión, y Judas Iscariote, que fue el administrador del Los Doce aunque alguno de sus colegas, en un episodio memorable, lo tildara de ladrón. ¡Todo un dios y le salieron uno bueno y malo, calculen! Esta temporada estamos viviendo el desconcertante “affaire” que la prensa llama “Vatileacks”, consistente en el escandalazo provocado por la filtración de papeles de la mismísima cámara pontificia por mano de un criado infiel o, según otros, de una trama relacionada con las luchas sucesorias que ya acosa al sabio Ratzinger, aunque de momento el que está en el trullo sea el mayordomo. Secretos a voces, denuncias susurradas, papeles comprometedores en torno a los chanchullos vaticanos –esa jodida e histórica herejía del dinero—y también confidencias (más bien “infidencias”) del famoso “banquero de Dios”, Ettore Gotti Tedeschi, el presidente del Banco Vaticano, que se ha curado en salud poniendo a buen recaudo una grave documentación para el caso de que su cuerpecito gitano aparezca cualquier día, si no balanceándose colgado en un puente de Londres, como el pobre Calvi, tal vez con un agujero en la sien o dormido plácidamente para siempre como su ingenua Santidad Juan Pablo I, ya que él no tiene la posibilidad, como Marcinkus, de esconderse en una parroquia perdida. Hay toda una tradición cristiana enemiga del dinero –Jesús no tocó la pasta más que cuando fariseos y herodianos le dieron el denario para pillarlo en el célebre dilema—pero la verdad es que la pobreza sido siempre marginal y que frente a esa línea mental ha triunfado siempre lo que pudiéramos llamar un mercantilismo a lo divino realmente escandaloso. Por lo que sabemos, Jesús era un pobre entre los pobres. Sus sucesores, salvo nobilísimas excepciones, empezaron limosneando, pasaron luego a ahorrar y, cuando se han dado cuenta, resulta que tienen la Mafia dentro.

El dinero es necesario, no digo yo que no, pero desde luego no es evangélico, como no lo es el Poder en sí mismo, que mi llorado Juan Mateos identificaba con el pecado, aunque yo creo que él votaba al PSOE. Y al contrario, la pobreza es escandalosamente revolucionaria, los mismo con los “fraticelli” que con los teólogos de la liberación, igual en el retrato colectivista que hace de ella el autor de los “Hechos” que en la renuncia silenciosa de muchas almas coherentes. Puede que Dios ande entre los pucheros, como quería la doctora Teresa, pero donde por supuesto no está es en los paraísos fiscales.