Círculo cuadrado

Valderas ha sugerido a Griñán, su copresidente, que “adelgace” el chiringuito de la “Administración paralela” pero sin despedir a los muchos miles de empleados a dedo que el PSOE ha instalado en ella. Bien, pero ¿cómo se hace eso de “adelgazar” sin despedir, en qué fórmula mágica está pensando Valderas para librar al Presupuesto de esa losa que constituye ese centenar de “empresas públicas” que, según los jueces y los sindicatos profesionales, burlan la legalidad, y con toda evidencia no puede soportar nuestra crítica economía? Antes se amputará un brazo la Junta que despedir a esos “clientes” que sustituyen a los funcionarios cada vez que el asunto resulta inquietante para el Poder.

Pobres patos

Una seria campaña contra el foie gras, que viene desarrollándose hace tiempo y que incluso cuenta con una oenegé consagrada a defender su prohibición, ha forzado al presidente Hollande –como si esa criatura no tuviera cosa mejor que hacer estos días—a pronunciarse a favor de mantener la producción de esa delikatessen que, entre otras cosas acaba de ser prohibida en California. La sensibilidad postmoderna puede hacer compatibles la inhibición ante genocidios y masacres, asumir la explotación de la infancia y el olvido de la ancianidad, pero no se tiene en pie cuando de lo que se trata es de luchar franciscanamente en defensa del hermano toro o de la hermana oca, proponiéndose el final de esos grandes crímenes “contra natura” que, sin embargo, son tradición antiquísima en nuestras sociedades. Pone los pelos de punta leer el manifiesto contra ese negocio en el que se describe con calculado dramatismo el martirio de esos volátiles alimentados a la fuerza y sin consideración alguna hasta lograr que el exceso de comida aumente en diez veces el tamaño de su hígado, los daños provocados por las maniobras granjeras consistentes, como es sabido, en introducir un tubo por la garganta del ave que hace contraerse el esófago y casi provoca la asfixia del animal, prácticas intolerables contra las que luchan denodadamente los partidarios de implantar una ética de la alimentación y, si me apuran, una moral antitaurina. Curioso: los mismos que defienden la abolición de la pena de muerte en ese Estado norteamericano con el argumento de que su ejecución resulta muy cara, se oponen ahora con uñas y dientes a que sus ciudadanos consuman un manjar que hace sufrir a los patos, tal como aquí hacen pavorosas campañas contra de la crueldad de nuestras corridas. Comprendo ese humanismo animalista pero echo de menos que no incluya con el mismo fervor entre sus protegidos a nuestra propia especie.

Numerosos reglamentos obligan hoy al ganadero a cuidar del bienestar animal instando desde la abolición de la cría estabulada del pollo hasta la captura de las ballenas en mar abierto y la costosa protección de especies en peligro. Es como una victoria tardía del franciscanismo pero limitada a todas las especies menos a la humana, a pesar de ser ésta la más castigada de todas. Focas, rinocerontes o linces gozan hoy de activos abogados de oficio. Sólo el pobre “homo”, entre “sapiens” y “demens”, se queda solo en el banquillo.

Las dos Europas

Ya pueden disimular lo que quieran, pero no hay más que abrir los ojos para comprobar que, de hecho, ya conviven en el seno de la Unión Europea, dos Europas, la rica del Norte y la proverbial pobre del Sur. Cada euro que se pierde aquí cae en Alemania y ello explica –seamos sinceros—el estrecho marcaje que nos hace la Merkel, dado que aquel enérgico país reúne todas las condiciones que Max Weber (ver prólogo a su “Sociología de las religiones”) atribuía al capitalismo, y más concretamente en que dispone hoy por hoy de dinero al dos por ciento mientras por acá abajo, a causa de la dichosa “prima”, hemos de pagarlo al 7 por ciento o más. Alemania es un país reciente (no tiene más que un par de siglos) y es verdad que en ese breve tiempo ha sufrido mucho aunque no tanto como ella ha hecho sufrir a los demás, siempre a causa de su obsesión expansionista. Dicho de otro modo, resulta que el objetivo de liderar el continente que, incluyendo la franco-alemana,  no pudo conseguir en tres atroces guerras, va a lograrlo sin pegar un solo tiro por el sencillo procedimiento de agarrar por la gónada al baranda del BCE y apretar con fuerza cada vez que esa criatura se permite la menor concesión. Ésa y no otra es la verdad: que, al margen de los especuladores privados, Alemania es la gran beneficiaria de esta crisis casi terminal hasta el punto de haberse convertido, en el supergobierno continental que pastorea como quiere a los románticos defensores del soberanismo. Lo que se ideó para erradicar la guerra entre europeos ha servido, en fin de cuentas, para sustituirla por el dominio financiero. La fibra óptica se ha llevado de calle a la vieja metralla.
 
Pero aunque haya que reconocer todo eso, también es verdad que esas potestades no le tocaron a la Merkel en una tómbola sino que se deben a su astucia y fuerza de voluntad. Un ejemplo que basta y sobra: casi al mismo tiempo que en ella y Schröeder fraguaban la “Grosse Koalition” y ponían en práctica impopulares medidas de austeridad para combatir con tiempo la crisis que se adivinaba galopante, aquí se andaba diciendo todavía –supongo que lo recuerdan– que esa crisis era sólo el producto de las retorcidas mentes antipatrióticas. A quien madruga, Dios le ayuda, ¿no es cierto?, y al camarón que se duerme se lo lleva la corriente. Hegel explicó estos raros efectos en términos mucho más complejos pero que venían a decir lo mismo.

Efectos del calor

“La Administración paralela de la Junta es una de las terminales del Estado del Bienestar”, Susana Díaz, consejera de Presidencia. “Cerrar hospitales y colegios no está en la hoja de ruta de la Junta”, la misma. “Si Griñán se ve incapacitado, debería devolver competencias”, José Luis Sanz, secretario general del PP. “En principio, tengo fe en la jueza Alaya”, consejero de Justicia y magistrado. “En este país no hay Justicia”, Elena Cortés, consejera de Fomento. “El Gobierno ha declarado la guerra económica a Andalucía”, Diego Valderas, copresidente de la Junta.  “El programa oculto del PP pasa por asfixiar a las comunidades autónomas”, José Luis Centella, portavoz de IU. “No hay hueco para la insumisión, entre otras cosas porque no tienen financiación”, Marta Fernández Currás, secretaria de Estado de Presupuestos.

Asterix en Sevilla

Hemos tenido suerte, ésa es la verdad, al mantenernos en equilibrio en una suerte de federación que no es un Estado federal. Ni carne ni pescado, las autonomías se han deslizado durante tres trienios gobernando, unas mejor y otras peor, como si fueran “estaditos” vagamente dependientes de un Estado que ha hecho la vista gorda con sus muchas travesuras. Lo que no habían hecho hasta ahora es romper la baraja, levantarse de la mesa y dar el portazo, dando entender que, como aquel famoso manifiesto cantábrico, que la vida pública española dependía de dos poderes, ambos concebidos como “altas partes contratante”. En Andalucía, por ejemplo, se sabe desde hace mucho que los nativos se consideran tan españoles como andaluces, pero ha sido el propio poder central, en tiempos del PSOE, el que se ha permitido defenestrar sin tentarse la ropa a tres Presidentes, Escuredo, Borbolla y Chaves, sin que la autonomía haya movido un dedo, ya que no por el huevo, al menos por el fuero. Y ha sido a Griñán, el primer líder del PSOE que pierde unas elecciones autonómicas, a quien se le ha ocurrido encerrarse tras la empalizada pensando eso de que “los romanos están locos”, un gesto que pone en cuestión el modelo territorial del Estado que establece la Constitución. ¡Astérix en su aldea! ¿No se habrá dado cuenta este hombre de que un Estado autonómico que rompe el principio de solidaridad y menosprecia al de jerarquía se está jugando el resto con las peores cartas en la mano? Emparejarse con los separatistas catalanes es una mala idea, entre oras razones porque la inmensa mayoría de los andaluces respeta nuestra Ley Fundamental y tiene una idea no poco chusca del tinglado de la Junta. Astérix ha desafiado a César desde Sevilla sin acordarse siquiera de que éste fue quien en su día la cercó de murallas.

Sólo en descerebrado puede ignorar a estas alturas la gravedad de una crisis frente a la cual nuestra única defensa es la unidad y la disciplina. Aquí no valen Obelix ni druidas con pociones mágicas, sino gobernantes con sentido del Estado que comprendan la necesidad de hacer piña alrededor el Gobierno de la nación tal como los socialistas alemanes juntaron filas con la democracia cristiana para salvarse del naufragio. Obélix es una ficción imaginaria que sólo vale para animar el tebeo. Griñán es un funcionario del Estado que debería encabezar la maniobra de la solidaridad.

Paz y guerra

El olimpismo griego implicaba durante su competición la tregua de toda violencia y el armisticio de todas las guerras. Un griego podía ir tranquilo por los caminos seguro de que mientras los efebos evolucionaran por la pista ninguna amenaza le aguardaba. Hoy hemos abandonado radicalmente ese principio y casi no ha habido ocasión olímpica que no haya coincidido con guerras, como estos Juegos de 2012 están coincidiendo –aparte de otros conflictos menores—con la carnicería provocada en Siria por el sátrapa de turno, que se calcula ya, tirando por lo bajo, en 20.000 caídos entre unos y otros. No sabemos si terminarán antes los Juegos de Londres o la catástrofe de Alepo, donde los rebeldes a la tiranía del Assad luchan a cara de perro lanzando sus cócteles molotov contra los tanques rusos de que dispone el régimen. Lo que ni se ha planteado, por supuesto, es esa tregua olímpica de carácter sagrado que consagraba el atletismo primitivo, por más que la organización haya impedido la participación de Siria y el secretario de la ONU, Ban Ki-moon, haya propuesto, no poco ingenuamente, que se detuviera la barbarie durante estos días de esplendor. La violencia, tanto en lo que tiene de política como en la medida en que es negocio, anda ya demasiado lejos del paradigma clásico, como ha dejado patente la ridícula gestión de ese pasmarote que es Kofi Anan en un conflicto que teatraliza Siria con guión escrito desde Moscú. Estos días comprobamos que ese olimpismo favorece a tope las aspiraciones feministas, pero que ni por asomo tiene ya que ver con aquellas paces aceptadas por todos y acaso tampoco mucho más con los viejos agones que garantizaban al vencedor la corona de olivo y una pensión vitalicia.

Hemos vivido paralelamente el esplendor deportivo y la masacre bélica, la maníaca obsesión del hombre por superar los límites de su cuerpo, con el espectáculo macabro de los bombardeos inclementes de la población civil que ningún poder del planeta puede detener. Recordaremos estos Juegos Olímpicos asociados a la destrucción de Alepo, la ciudad declarada por la Unesco “patrimonio de la Humanidad”, la misma que los caballeros cruzados no lograron conquistar nunca, el regocijo de una Humanidad cautivada por los fuegos artificiales con el dolor irreparable de una guerra consentida por todos. El mundo anda ocupado en divertirse mientras un país se desangra. Nada menos olímpico, probablemente.