A la fuerza ahorcan

El co-presidente Griñán quiere comparecer ante la comisión parlamentaria que investiga los ERE fraudulentos y las prejubilaciones falsas –a la fuerza ahorcan—y ya ha adelantado que quiere porque “tiene cosas que decir” y pretende, además, “salir al paso de otras cosas que se han dicho”. Pues nada, que comparezca, y explique cómo es posible que ni de consejero de Hacienda ni de Presidente se enterara, a pesar de la tenacidad del Interventor, de la ruidosa juega que se andaban corriendo en el piso de abajo. Que comparezca es normal; que no hubiera comparecido sería una tomadura de pelo. Por lo demás, a la juez instructora la trae al fresco el menú que los “socios” del Gobierno quieran cocinar.

Sexo a la carta

Un brillante artículo de Arcadi Espada carga sin contemplaciones contra el fariseísmo de quienes tratan de convertir el caso de las corruptelas  del magistrado Dívar en un escándalo sexual. El hallazgo de esa hipótesis ha permitido echar leña al fuego incluso a personajes que han hecho de su condición sexual toda una profesión o a otros que han defendido con uñas y dientes la exacerbada pulsión zapaterista dirigida a “normalizar” la homosexualidad y presentar esa proeza como un progreso de las libertades cívicas. ¿No repugna escuchar estos argumentos tanto como las flamígeras condenas del obispo Reig, no descubren el asqueroso fondo de fariseísmo de este progresismo braguetario, las imbecilidades que un histrión como Boris Izaguirre se ha permitido lanzar contra el magistrado Dívar poniéndolo –sin la menor constancia, supongo– en la misma picota en que el franquismo encadenaba y exponía a los maricones (a las lesbianas no, porque teóricamente no existían) con el objetivo de humillarlos y escarnecerlos? No comparto, desde luego, la propuesta de “Secondat” de que los personajes públicos no tienen derecho al respeto a su privacidad por la sencilla razón de que, desde que aparecen voluntariamente en ese escenario, ya carecen de vida privada. ¿Por qué un reconocido magistrado que sale del armario es universalmente respetado –que es lo suyo en cualquier caso– mientras que otro es arrastrado por el mero hecho de mantener en torno a su intimidad un cerco de discreción? ¿De qué y de cuándo un Boris esperpéntico que alardea de lo suyo tendría derecho a forzar el “outing” de quien puede que haya birlado dinero al erario pero no tiene por qué publicar si prefiera la carne al pescado? Durante el franquismo hubo maricones notorios que no ocultaron su condición y hasta la exhibieron con fiera dignidad, pero jamás esos pioneros se echaron a la delación de otros. Ahora sí los hay, como hay heteros chismosos que ven más delito en la condición sexual que en el abuso un de un alto cargo. Zapatero habrá zamarreado al país pero no ha logrado, ni de lejos, librarlo de la alcahuetería.

 

Ahora se comprende que los urdidores de la campaña contra el juez Dívar ocultaban en la manga un comodín al que la opinión vulgar es mucho más receptiva, y lo ocultaron porque incluso ellos debieron comprender que era una cerdada ir por la vida de huelebraguetas. Que indaguen a Dívar –y a los demás miembros del CGPJ, por cierto—hasta establecer si se han llevado y cuánto se han llevado de la caja fuerte. Lo otro, enredar ese hilo rojo con el verde de la sexualidad es, simplemente, una canallada que descubre el fariseísmo de muchos de estos mercachifles del progreso y de la dignidad.

Las cuarenta en bastos

El Defensor del Pueblo Andaluz, José Chamizo, ha aprovechado si informe anual al Parlamento autónomo para cantarle a sus Señorías las verdades del barquero. Les ha dicho, así, por derecho, que “la gente está hasta el gorro” de todos ellos y que anda “muy cabreada” al verlos, día tras día, enfrascados en su “peleíta”, que si tú que si yo, en lugar de buscar el imprescindible consenso que exige la peor situación que Andalucía ha vivido en su historia. Una dura reprimenda que expresa plenamente el sentir popular pero a la que los bienpagados miembros de la Cámara no les ha de quitar el sueño, seguro.

La verdad inventada

Seguro que a Víctor Márquez Reviriego no habrá que recordarle a este Fernando Vela que me ha inquietado el fin de semana con la constatación que hace en su libro “Circunstancias” en torno a la tarea del escritor periodista: “El escritor periodista –nos dice Vela—asesina, desperdicia todos los días en sus artículos un tema, una idea que desarrollada pudiera ser objeto de todo un libro”. Gran verdad. Ahí tienen la obra de Víctor, escrita al filo de los días y agavillada luego en libros que él tiene la astucia y el oficio necesarios para inventarles la coherencia y darles ese atractivo aire de ensayo siendo, en muchos casos, hábiles antologías que él no está dispuesto a ver aventadas por el tiempo y la desmemoria. En mis manos tengo sus “Auténticas entrevistas falsas”, insolente y divertido ejercicio de imaginación pero también, de paso, exhibición de su capacidad de penetrar en la intimidad de sus personajes reales desde el convencimiento de que lo verdadero va, por lo general, de la mano de lo falso, autorizando al crítico o al simple espectador imaginar ese reducto íntimo con el solo límite de la discreción. “¿Y qué es la Verdad”, sabemos que le espetó Pilatos al Cristo cuando Éste le dio pie al final de su interrogatorio. Pues la Verdad, con mayúscula, no suele ser más que una convención que puede que ayer no valiera un pito o que mañana vuelva a deshacerse en el soberado de la memoria. Lean esta brillante muestra de talento y cultura para comprobar que, en efecto, esa Verdad se columpia sin freno en el balancín de nuestro criterio volátil, sin acabar nunca de blindar su dogma. No soy capaz de expresar la fruición que produce ver a esos cuarenta próceres de nuestra generación reflejados en el espejo cóncavo que suele ser  la retina del hombre culto. No sé si Víctor comparte la preciosa tesis de Braque: “La Verdad existe. Lo único que se inventa es la mentira”.

Pero a mí me parece que, en este sentido, Víctor se “inventa” estos retratos “falsos” con la mejor voluntad de ser fiel a sus modelos, esa colección de maestros que componen la galaxia de esta generación nuestra, tan estupenda y tan perdida. Y quién sabe si Nebrija o Mark Twain, si don Pedro Laín o Julio Verne, son tan verdaderos o más en la versión de Víctor que lo fueron en la siempre ambigua realidad. Tanto él como yo, que conservamos tanta cifra facultativa junto a la duramadre, no hemos olvidado el aviso de Demócrito que nos recordaba , ay de la vida, el Díez del Corral de nuestra primera juventud: “En realidad, no sabemos nada. La verdad está en el fondo del abismo”. Al escribir hay que ser fiel. No es necesario siquiera ser objetivo.

La base y la altura

A los gerifaltes de IU les trae el fresco la protesta de la famosa “base”. La utilizan para legitimarse pero la desprecian cuando disiente o critica, cuando les saca los colores (es un decir) recordándoles su lacayuna sumisión al PSOE que, a cambio, les deja hacer y deshacer o les permite el más descarado nepotismo. A Valderas, una vez cumplido el trámite del referéndum,  se la refanfinfla el colectivo “IU por la Base” o que dos consejos provinciales, los de Sevilla y Córdoba nada menos, le exijan que no apoye el recorte de Griñán a los funcionarios, y ni siquiera la reflexiva opinión del blog “Prometeo” (Anguita incluido) alcanza a las alturas de la co-Presidencia. Los gerifaltes ya tienen lo que querían. No digo ya la revolución, sino el compromiso de transparencia y el control de la corrupción, pueden esperar. Sentados.

La cabeza del pez

Llámenle corrupción, agio, peculado o como gusten, lo cierto es que no hay modo ya de defender al carácter aislado de la corrupción . Tomen el caso Dívar, por ejemplo, un presidente de consenso, que llegó precedido de una rara fama de integridad moral, y habrán de convenir que –al margen de que la saña ande de por medio—no tiene pase que quien encabeza la Justicia de la nación y, además, preside a los jueces y magistrados, se vea en el trance en que, por cuatro perras gordas, se ha visto este hombre. Uno anda convencido de que si se examinaran con lupa todos los cargos públicos la relación de deslices mayores o menores sería interminable, conclusión que no tiene por qué afligir a los políticos honrados, pero que si alguna vez pudo resultar controvertible, desde ahora no habrá quién la discuta. ¿Por qué es tan frágil la condición humana, por qué personas demostradamente íntegras sucumben a la tentación de aprovecharse del cargo a costa del contribuyente, en qué cabeza cabe que un Presidente del CGPJ y del Tribunal Supremo se deje llevar y acepte el envite en esta inmensa timba? Por curiosa casualidad, el Presidente del Tribunal Supremo de Pakistán, Iftikhar Chaudry, anda revuelto en un trance semejante al de Dívar, al parecer, por haber hecho la vista gorda ante el cohecho de un hijo suyo que se comprometió con un millonario a allanarle sus cuitas judiciales. Es posible que de todos los males que acosan a la democracia sea la corrupción el más comprometedor y el que resulta más atentatorio a su legitimidad. La idea de una vida pública correcta difícilmente entra ya en cabeza humana y no es difícil comprender el escepticismo del ciudadano a la vista de escándalos como los que estamos viendo. Si se tiene que ir por el foro el presidente del Tribunal Supremo, ya me dirán que confianza cabe depositar en los escalones descendientes del sistema público por parte de los ciudadanos.

Un cínico diría, por lo demás, que ya que se corrompe uno, al menos que el manguis merezca la pena, y un historiador, que en todos los tiempos hubo corrupción en al ámbito del Poder. Y qué. Quien se pudre moralmente por unas lentejas no es ni más ni menos despreciable que el que con el agio logra hacer una fortuna. La cantidad no engendra la cualidad, ¿recuerdan?, razón por la que los abusos, tan desvergonzados como ridículos, de un Dívar resultan, si cabe, más despreciables que los graves cohechos que llevamos vistos. El pescado no se pudre siempre por la cabeza, como asegura el viejo refrán.  Dívar es la prueba de que puede terminar de pudrirse por ella.